No tengo el propósito de narrar las diversas aventuras que nos acontecieron a mi hijo y a mí, juntos y por separado, antes de nuestra llegada al país de Molloy. Sería fastidioso. Pero no es esa la dificultad que me detiene. Todo es fastidioso en ese relato que se me ha impuesto. Pero iré dando cuenta de él a mi gusto, hasta cierto punto. Y si no tiene la fortuna de agradar a quien me lo encargó, si le parece que contiene pasajes desagradables para él y para sus asociados, tanto peor para todos nosotros, para todos ellos, porque lo que es para mí ya no hay peor posible. Es decir, que para formarme tal idea necesitaría más imaginación de la que tengo. Y eso que tengo más imaginación que antes. Y me someto a esta triste labor de escribano, que no entra en mis atribuciones, por razones bien distintas de las que podría creerse. Sigo obedeciendo órdenes, si quieren, pero ya no a impulsos del temor. Sí, sigo teniendo miedo, pero es más bien por costumbre. Y ya no necesito a Gaber para transmitirme la voz a que obedezco. Ahora está en mí y me exhorta a seguir siendo hasta el final el fiel servidor de una causa ajena que he sido siempre, y cumplir pacientemente con mi papel hasta sus últimos y más amargos extremos, como quería, en los tiempos en que quería algo, que hiciesen los demás. Y todo ello, odiando a mi dueño y sintiendo el desprecio más absoluto por sus designios.
Molloy - Samuel Beckett
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