No hace falta ser muy listo para encontrar un calmante en la vida de los muertos. Entonces, ¿qué espero para conjurar la mía? Ya llega, ya llega, desde aquí estoy oyendo el estertor que, aunque no sea yo quien lo exhale, va a sumirlo todo en la calma. Mientras, es inútil saber que estoy difunto, no lo estoy, me voy retorciendo todavía, los cabellos crecen, se alargan las uñas, se vacían las entrañas, han muerto todos los enterradores. Alguien, quizá uno mismo, ha descorrido las cortinas. Ni el más leve ruido. ¿Dónde están las moscas de las que tanto nos habían hablado? Hay que rendirse a la evidencia, no soy yo el muerto, sino todos los demás. De modo que me levanto para ir a ver a mi madre, que aún se cree con vida. Estas son mis impresiones.
Pero ahora tengo que salir de esta zanja. De buena gana desaparecería en ella, hundiéndome cada vez más bajo el influjo de las lluvias. Probablemente volveré algún día a esta zanja o a otra parecida, para esto me fío de mis piernas, del mismo modo que estoy seguro de que algún día volveré a encontrarme con el comisario y sus secuaces. Y si he cambiado demasiado para reconocerlos y no llego a precisar que son los mismos, no os dejéis engañar por ello, serán los mismos aunque hayan cambiado. Pues conocer a una persona, conocer un lugar, iba a decir conocer una hora, pero no quisiera ofender a nadie, y luego no darle ningún papel más en la vida de uno, es como si, no sé cómo decirlo. No querer decir, no saber lo que se quiere decir, no poder decir lo que se cree querer decir, y decirlo siempre, o casi, esto es lo que importa no perder de vista, en el calor de la redacción.
Molloy - Samuel Beckett
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