Mientras las dos tripulaciones estaban todavía dando vueltas en el agua, tratando de alcanzar las tinas de estacha, los remos, y otros restos a flote que giraban; mientras, escorado, el pequeño Flask se hundía y emergía como un frasco vacío, soltando las piernas hacia arriba para escapar de las temibles mandíbulas de los tiburones; y Stubb gritaba ávidamente que alguien le pescara; y mientras la estacha del viejo —ahora rota— servía para que la arrojaran a la cremosa poza para rescatar a quien fuera; en esa salvaje simultaneidad de miles de riesgos concretos, la lancha todavía intacta de Ajab pareció ser izada hacia el cielo por cables invisibles… cuando, similar a una flecha emergiendo perpendicularmente del mar, la ballena blanca golpeó su anchurosa frente contra el fondo, y la lanzó girando una y otra vez al aire; hasta que volvió a caer —con la borda hacia abajo— y Ajab y sus hombres salieron como pudieron de debajo de ella igual que focas de una cueva litoral.
El primer impulso ascendente de la ballena —modificando su dirección al golpear la superficie— la lanzó, a su vez, a ella involuntariamente a una pequeña distancia del centro de la destrucción que había causado; y de espaldas a ésta, descansó ahora unos momentos tanteando lentamente de lado a lado con las palmas de su cola; y siempre que un remo suelto, un pedazo de tabla, la más pequeña astilla o grumo de las lanchas tocaba su piel, su cola se retiraba rápidamente, y volvía de lado, golpeando el mar. Aunque pronto, aparentemente satisfecha de que su trabajo por el momento estuviera concluido, impulsó su arrugada frente a través del océano y, arrastrando tras ella las estachas enredadas, continuó su trayecto a sotavento con el metódico paso del viajero.
Moby Dick - Herman Melville
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