Me tendía un tazón lleno de un jugo grisáceo que debía de ser té verde con sacarina y leche en polvo, en un platillo desparejado. Eso no era todo, porque entre el platillo y el tazón se alzaba en equilibrio precario una rebanada de pan seco, de la que me puse a decir, con una especie de angustia: «Va a caerse, va a caerse», como si el hecho de que se cayera o no tuviese alguna importancia. Un instante después yo mismo sostenía entre mis manos temblorosas este pequeño amasijo de objetos heterogéneos y vacilantes, donde se codeaban lo duro, lo líquido y lo blando, sin la menor idea de cómo se había llevado a cabo la transferencia. Voy a advertiros de una cosa: cuando las asistentes sociales os ofrecen graciosamente una bazofia como para ni mirarla, lo cual en ellas constituye una obsesión, es inútil mostrarse recalcitrante. Os perseguirían hasta los confines de la Tierra blandiendo su vomitivo. Las del Ejército de Salvación no están mucho mejor. No, realmente no conozco defensa alguna contra el gesto caritativo. Hay que inclinar la cabeza, tendiendo las manos confusas y temblorosas, y decir gracias, señora; gracias, buena señora. El que no tiene nada, no tiene derecho a despreciar la mierda.
Molloy - Samuel Beckett
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