El hecho es, según parece, que a lo máximo que puede aspirar uno es a ser al final algo menos de lo que era al principio, y así sucesivamente. Pues apenas había establecido mentalmente mi plan, cuando me di de manos a boca con un perro, según supe más tarde, y caí al suelo, torpeza tanto más imperdonable cuanto que el perro, atado con un lazo, no estaba en la calzada, sino en la acera, paseando juiciosamente al lado de su dueña. Hay que tomar las precauciones con precaución, ocurre como con las resoluciones. Aquella señora debía creer que no dejaba nada al azar, en lo que respecta a la seguridad de su perro, cuando lo que hacía en realidad era desafiar a toda la naturaleza, como yo con mis disparatadas pretensiones de poner algo en claro. Pero en vez de humillarme, haciendo valer mi avanzada edad y mis defectos físicos, agravé mi situación con una intentona de huida. No tardé en ser alcanzado por una jauría de justicieros de ambos sexos y de todas las edades, ya que divisé barbas blancas y caritas casi en plena edad de la inocencia, y ya se disponían a hacerme picadillo cuando intervino la señora. Vino a decir en resumen, según me dijo más tarde y yo creí: «Dejad en paz a este pobre viejo. Desde luego mató a Teddy, a quien amaba como a mi propio hijo, pero la cosa no es tan grave como parece, porque precisamente le llevaba a casa del veterinario, para que pusiera término a sus sufrimientos. Porque Teddy era viejo, sordo, ciego, baldado por el reuma y se hacía sus necesidades encima a cada paso, día y noche, tanto en casa como en el jardín. De modo que este pobre viejo me ha evitado un itinerario penoso, para no hablar de un gasto que no tengo muchos recursos para sufragar, pues mi único medio de subsistencia es la pensión de guerra de mi querido difunto, muerto por lo que llaman su patria, de la que en vida no obtuvo provecho alguno, solo afrentas y bastonazos a discreción».
Molloy - Samuel Beckett
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