El criado volvió y me dijo que habían enviado mis vestidos a la tintorería, para quitarles el brillo. Traía mis muletas, lo que hubiera debido sorprenderme, pero en cambio me pareció lo más natural del mundo. Tomé una y me puse a golpear con ella los muebles, pero no muy fuerte, justo lo bastante para hacer que cayeran al suelo sin llegar a romperlos. No había tantos como la noche anterior. La verdad es que más que golpearlos los empujaba, lo que hacía era dirigirles estocadas, cosa que no puede llamarse tampoco empujar, pero que se acerca más a empujar que a golpear. Pero, acordándome de quién era, arrojé mis muletas y me quedé inmóvil en el centro de la habitación, decidido a no suplicar nada más y a no volver a parecer enfurecido. Porque si quería mis vestidos, y parecía quererlos, esto no era razón bastante para simular que me enfurecía al rehusármelos. Y, solo otra vez, reanudé mi inspección del cuarto, y cuando ya iba a descubrirle nuevas propiedades, el criado regresó y me dijo que habían mandado a buscar mis vestidos y que dentro de poco los tendría. Pasó acto seguido a poner nuevamente en su sitio los muebles que yo había derribado, aprovechando para quitarles el polvo con un plumero que apareció súbitamente en su mano. Y no tardé en ayudarle con mi mejor voluntad, para demostrar que no estaba enfadado con nadie. Y aunque, a causa de mi pierna tiesa, no podía servirle de gran ayuda, de todos modos hice lo que pude, es decir, que me iba apoderando de los muebles según él los iba levantando y, con maniática minuciosidad, procedía a colocarlos de nuevo en posición correcta, retrocediendo con los brazos en alto para apreciar mejor el efecto, y precipitándome luego para llevar a cabo modificaciones imperceptibles. Y recogía los faldones de mi camisón para dirigirles con ellos golpes petulantes. Pero tampoco en esta mímica pude mantenerme, y me quedé bruscamente inmóvil en el centro de la habitación. Viendo entonces que el criado se disponía a marcharse, avancé un paso hacia él y le dije: «Mi bicicleta».
Molloy - Samuel Beckett
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