Diríase que los Saposcat encontraban la fuerza de vivir en la perspectiva de su impotencia. Pero a veces, antes de llegar a este punto, se detenían a considerar el caso de su hijo mayor. «¿Qué edad tiene?», preguntaba el señor Saposcat. Su mujer suministraba el informe; él estaba convencido de que esto le incumbía a ella. Ella se equivocaba siempre. El señor Saposcat repetía varias veces, en voz baja y con asombro, la cifra equivocada, como si se tratara del alza de un artículo de primera necesidad, como la carne. Y al mismo tiempo buscaba en el aspecto de su hijo un atenuante a lo que acababa de descubrir. ¿Se trataba al menos de un pedazo de buena calidad? Sapo miraba el rostro de su padre, triste, atónito, afectuoso, decepcionado, esperanzado a pesar de todo. ¿Meditaba sobre el paso implacable de los años, o en el tiempo que su hijo tardaría en convertirse en un hombre asalariado? A veces expresaba con laxitud su pesar por no ver en su hijo mayores prisas por decidirse a ser útil. «Es mejor que prepare sus exámenes», decía su mujer. A partir de un tema dado, sus cerebros pensaban al unísono. No tenían, pues, una conversación propiamente dicha. Usaban las palabras como el maquinista se sirve de las banderas o de la linterna. O bien se decían: «Apeémonos aquí». Una vez señalado su hijo, se preguntaban con tristeza si no sería propio de los espíritus superiores fracasar en el escrito y cubrirse de ridículo en el oral. No siempre se contentaban con contemplar en silencio el mismo paisaje. «Por lo menos, su salud es buena», decía el señor Saposcat. «No tanto», decía su mujer. «Pero no tiene nada grave», decía él. «A su edad, sería el colmo», decía ella. Ignoraban por qué estaba destinado a una profesión liberal. Eso se daba por sentado. Era, por tanto, inconcebible que resultara inepto. Preferentemente, le veían médico. «Nos asistirá cuando seamos viejos», decía la señora Saposcat. Y su marido contestaba: «Más bien le veo cirujano», como si a partir de determinada edad las personas no pudieran operarse.
Malone muere - Samuel Beckett
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