martes, 27 de agosto de 2019

Creo que todavía conservo en alguna parte aquel extraño instrumento, que nunca me he decidido a vender, ni siquiera en mis momentos de más extremada necesidad, porque me era imposible comprender para qué podía servir, ni siquiera esbozar una hipótesis al respecto. Y de vez en cuando me lo sacaba del bolsillo y lo contemplaba, con una mirada de asombro y no diré de afecto, porque de eso yo no soy capaz. Pero durante algún tiempo me inspiró, creo, una especie de veneración, ya que tenía por cierto que no era un talismán, sino que tenía una función muy específica que me seria siempre velada. De modo que podía interrogarle sin fin y sin peligro. Porque no saber nada no es nada, no querer saber nada tampoco, pero lo que es no poder saber nada, saber que no se puede saber nada, este es el estado de la perfecta paz en el alma del negligente pesquisidor. Entonces da comienzo la verdadera división, veintidós entre siete, por ejemplo, y los cuadernos se llenan por fin de auténticos números. Aunque nada quisiera afirmar a este respecto.

Molloy - Samuel Beckett

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