jueves, 29 de agosto de 2019

Aquella noche tuve una discusión bastante violenta con mi hijo. No recuerdo por qué causa. Un momento, tal vez sea importante.
No, no sé. He tenido tantas discusiones con mi hijo. Lo único que sé es que en aquel momento debió parecerme una escena como tantas otras. Debí llevarla a buen término de acuerdo con una técnica de probada eficacia, mostrarle con maestría la enormidad de sus fallos. Pero a la mañana siguiente comprendí que me había equivocado. Porque al despertar temprano me encontré solo en el refugio, yo que era siempre el primero en despertarme. Es más, mi instinto me decía que hacía tiempo que estaba solo, que hacía tiempo que la respiración de mi hijo no se confundía con la mía, en el angosto refugio que había construido bajo mi dirección. Y el hecho de que se hubiera marchado con la bicicleta, durante la noche o al apuntar los primeros rubores del alba, no tenía en sí mismo nada que resultara profundamente inquietante. Y, si solo se hubiera tratado de eso, habría sabido hallarle excelentes y honorables explicaciones. Desgraciadamente, se había llevado su impermeable y su mochila. Y en el refugio, fuera del propio refugio, no me quedada absolutamente nada suyo. Más aún, se había ido con una considerable suma de dinero, él, que solo tenía derecho a algún penique de vez en cuando para su alcancía italiana. Porque desde que se ocupaba de todo, bajo mi dirección por supuesto, y especialmente de las compras, le otorgaba un cierto margen de confianza en lo referente al dinero. Y llevaba siempre encima una suma muy superior a lo estrictamente necesario. Y para que ello parezca más verosímil añadiré que:
1.º Deseaba que aprendiera a llevar una contabilidad por partida doble, cuyos rudimentos le había enseñado.
2.º Ya no me sentía con ánimos de ocuparme de aquellas miserias que antaño me alegraban la vida.
3.º Le había dicho que durante sus correrías anduviera con el ojo abierto por si encontraba otra bicicleta, liviana y a buen precio. Porque estaba cansado del Portaequipajes y además veía acercarse el día en que mi hijo no tendría ya fuerzas para pedalear por dos. Y yo me creía capaz, qué digo, me sabía capaz, con algún entrenamiento, de aprender a pedalear con un solo pie. Y entonces tomaría el lugar que me correspondía, quiero decir en cabeza. Y mi hijo me seguiría. Y no se reproduciría aquella situación escandalosa, a saber, mi hijo despreciando mis instrucciones, tomando la izquierda cuando yo le indicaba la derecha, o la derecha cuando le indicaba la izquierda, o siguiendo en línea recta cuando le decía a derecha o a izquierda, como ocurría cada vez más frecuentemente en los últimos tiempos.
Esto es cuanto quería añadir.

Molloy - Samuel Beckett

No hay comentarios:

Publicar un comentario