viernes, 16 de agosto de 2019

—Permitidme antes llevaros a la amurada, señor.
—¡Oh, oh, oh! ¡Cómo me cornea esta astilla ahora! ¡Maldita fatalidad!, ¡que el capitán, inconquistable en el alma, tenga que tener un oficial tan pusilánime!
—¿Señor?
—Mi cuerpo, señor, no vos. Dadme algo que haga de bastón; allí, esa lanza astillada servirá. Reunid a los marineros. Seguramente no le he visto aún. ¡Por los Cielos, no puede ser!… ¿Falta?… ¡Rápido!, llamadlos a todos.
La sospecha del viejo era cierta. Al reunir a la compañía, el parsi no estaba allí.
—¡El parsi!… —gritó Stubb—, debe de haberse quedado atrapado en…
—¡Que el vómito negro os retuerza!… Corred todos arriba, abajo, a la cabina, al castillo… Encontradle… ¡No se ha perdido… no se ha perdido!
Pero rápidamente regresaron a él con el parte de que no se encontraba al parsi en ningún lugar.
—Sí, señor… —dijo Stubb—, atrapado entre la maraña de vuestra estacha… me pareció verle hundirse, arrastrado.
—¡Mi estacha!, ¿mi estacha? ¿Perdido?… ¿perdido? ¿Qué significa esa pequeña palabra?… ¿Qué toque a muertos resuena en ella, que el viejo Ajab tiembla como si fuera el campanil? ¡El arpón también!… Volcad allí los restos… ¿Lo veis?… El hierro forjado, marineros, el de la ballena blanca… No, no, no… ¡Necio infecto! ¡Esta mano lo lanzó!… ¡Está en el pez!… ¡Atentos, arriba! No lo perdáis… ¡Rápido!… Toda la tripulación a aparejar las lanchas… recoged los remos… ¡Arponeros!, ¡los hierros, los hierros!… Izad más los sobrejuanetes… ¡Cazad todas las escotas!… ¡Timonel!, ¡firme, firme, por tu vida! Rodearé diez veces el inmensurado globo, sí, y me zambulliré derecho a su través, ¡pero aún lo mataré!
—¡Dios omnipotente, mostraos aunque sólo sea un instante! —gritó Starbuck—; nunca, nunca lo capturaréis, viejo… En nombre de Jesús, no más de esto, es peor que la locura del Diablo. Dos días acosado; dos veces hecho astillas; vuestra propia pierna arrebatada de una dentellada de debajo de vos; vuestra maligna sombra perdida… todos los bondadosos ángeles abrumándoos con advertencias: ¿qué más deseáis?… ¿Hemos de seguir persiguiendo este pez asesino hasta que abisme al último hombre? ¿Hemos de ser arrastrados por él al fondo del mar? ¿Hemos de ser por él remolcados al mundo infernal? Ah, ah… ¡Seguir cazándole es impiedad y blasfemia!
—Starbuck, últimamente me he sentido extrañamente impelido a vos; desde esa hora en que los dos vimos… vos sabéis qué, el uno en los ojos del otro. Mas en este asunto de la ballena, sea para mí el exterior de vuestro rostro como la palma de esta mano… un vacío sin rasgos desprovisto de labios. Ajab siempre es Ajab, señor. Este entero acto está inmutablemente decretado. Fue ensayado por vos y por mí mil millones de años antes de que este océano ondeara. ¡Necio! Yo soy el lugarteniente de las Parcas; actúo bajo órdenes. ¡Aplicaos, vos, inferior, a obedecer las mías!… Rodeadme, marineros. Veis un viejo cercenado al muñón; recostado en una lanza astillada; sostenido en un solitario pie. Es Ajab… su cuerpo es un fragmento; pero el alma de Ajab es un ciempiés que se mueve sobre cien patas. Me siento tenso, medio deshilachado, como los cabos que remolcan fragatas desarboladas en una galerna; y puede que eso sea lo que aparente. Pero antes de romperme me escucharéis chascar; y hasta que escuchéis eso, sabed que la guindaleza de Ajab aún remolca su propósito. ¿Creéis, marineros, en los llamados presagios? ¡Entonces reíd en voz alta, y pedid otro más! Pues antes de ahogarse, lo que se ahoga ha de subir dos veces hasta la superficie; y entonces volver a subir, para hundirse por siempre jamás. Así es con Moby Dick… dos días ha salido a flote… mañana será el tercero. Sí, marineros, volverá a subir una vez más… ¡pero sólo para su chorrear final! ¿Os sentís valientes, marineros, valientes?
—¡Como el intrépido fuego! —gritó Stubb.

Moby Dick - Herman Melville

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