martes, 6 de agosto de 2019

Ahora bien, en la segunda arriada, la lancha remó hasta la ballena; y cuando el pez recibió el afilado hierro, soltó su acostumbrado golpe, que en esta ocasión se produjo exactamente bajo la bancada del pobre Pip. El inevitable susto del momento le hizo saltar remo en mano fuera de la lancha; y lo hizo de tal manera, que arrastrando con el pecho parte de la estacha suelta, se la llevó por la borda, quedando enredado en ella cuando cayó al agua. En ese instante la ballena arponeada inició una feroz huida, la estacha se tensó con celeridad, y ¡presto!, el pobre Pip llegó entre la espuma a los escalmos de la lancha, arrastrado hasta allí sin piedad por la estacha, que había dado varias vueltas alrededor de su pecho y de su cuello.
Tashtego iba a proa. Estaba enteramente enardecido en la caza. Odiaba a Pip por cobarde. Sacando violentamente de su vaina el cuchillo de la lancha, colocó la afilada hoja sobre la estacha y, volviéndose hacia Stubb, exclamó inquisitivamente:
—¿Corto?
Entretanto, el rostro azul, asfixiado, de Pip expresaba claramente: «¡Hazlo, por amor de Dios!». Todo sucedió en un destello. En menos de medio minuto ocurrió este entero episodio.
—¡Maldito sea! ¡Corta! —bramó Stubb.
Y así se perdió la ballena, y Pip se salvó.
En cuanto se restableció, el pobre negrito fue asediado por los gritos y los juramentos de la tripulación. Dejando tranquilamente que remitieran estas anárquicas imprecaciones, Stubb, de manera sencilla, profesional, aunque todavía bienhumorada, maldijo oficialmente a Pip; hecho lo cual, extraoficialmente, le dio muy sanos consejos. La substancia de lo que dijo fue «nunca saltes de una lancha, Pip, excepto…», mas todo lo demás fue indefinido, como lo son siempre los consejos más juiciosos. Ahora bien, por regla general, No abandones la lancha es la máxima fundamental en la caza de la ballena, pero a veces se dan ocasiones en que Abandona la lancha es una máxima todavía mejor. Asimismo, como si observara finalmente que, de no darle a Pip un consejo firme, le estaría dejando un margen demasiado amplio para que en el futuro saltara, Stubb dejó repentinamente de lado todos los consejos y concluyó con una orden perentoria:
—No abandones la lancha, Pip, o por Dios que no te recogeré si saltas; tenlo presente. No podemos permitirnos perder ballenas por individuos como tú. Una ballena, Pip, alcanzaría un precio treinta veces mayor del que darían por ti en Alabama. Métetelo en la cabeza, y no vuelvas a saltar nunca.
Con ello Stubb quizá quería indirectamente indicar que, aunque el hombre ama a su semejante, también es un animal que gana dinero, la cual propensión interfiere con demasiada frecuencia en su benevolencia.

Moby Dick - Herman Melville

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