viernes, 16 de agosto de 2019

A su debido tiempo se arriaron las lanchas; mas al situarse en la popa de su chalupa, Ajab, demorándose un instante a punto de descender, le hizo señas al primer oficial —que sostenía uno de los cabos del aparejo en cubierta— y le pidió que hiciera una pausa.
—¡Starbuck!
—¿Señor?
—Por tercera vez el barco de mi espíritu inicia este viaje, Starbuck.
—Sí, señor, así deseáis que sea.
—Algunos barcos se hacen a la mar desde sus puertos, ¡y desaparecen por siempre jamás, Starbuck!
—Cierto, señor: la más triste de las certezas.
—Algunos hombres mueren al bajar la marea; algunos en bajamar; algunos en lo más vivo de la marea… y yo me siento ahora como una ola que es toda ella una cresta, Starbuck. Soy viejo… estrechad mi mano, compañero.
Sus manos se encontraron; sus ojos pegados; las lágrimas de Starbuck el adhesivo.
—¡Oh, mi capitán, mi capitán!… noble corazón… no vayáis… ¡no vayáis!… Atended, es hombre valiente el que gime; ¡qué grande entonces, la agonía de la persuasión!
—¡Arriad! —gritó Ajab, apartando de sí el brazo del oficial—. ¡Alerta, tripulación!
En un instante la lancha estaba virando bajo la popa.
—¡Los tiburones! ¡Los tiburones! —gritó allí una voz desde la ventana baja de la cabina—; ¡oh, amo, mi amo, regresad!
Pero Ajab no escuchó nada; pues en ese momento su propia voz se elevaba; y la lancha avanzaba brincando.

Moby Dick - Herman Melville

No hay comentarios:

Publicar un comentario