martes, 27 de agosto de 2019

A aquello le llamaba reflexionar. Reflexionaba casi sin interrupción, no me atrevía a detenerme. Quizá debía a esto mi inocencia. Estaba un poco marchita y como mordisqueada en los bordes, pero estaba contento de tenerla, sí, bastante contento. Muchas gracias, como me dijo una vez un chico al que le recogí una canica del suelo, no sé por qué, no tenía ninguna obligación de hacerlo y probablemente hubiera preferido recogerla él mismo. O quizá no fuera necesario recogerla. ¡Y qué esfuerzo me costó, a causa de mi pierna inválida! Aquellas palabras se inscribieron para siempre en mi memoria, sin duda porque las entendí de buenas a primeras, lo que en mi no es frecuente. No porque fuese duro de oído, porque tengo el oído bastante fino, y percibo quizá mejor que nadie los ruidos sin un sentido determinado. ¿De qué se trataba entonces? Quizá de un fallo del entendimiento, que solo resonaba si era percutido varias veces, o, si se prefiere, que resonaba, pero a un nivel inferior al raciocinio, si es posible concebir tal cosa, y es posible concebir tal cosa, puesto que yo la concibo. Sí, las palabras que oía, y las oía bastante bien, porque era bastante fino de oído, las oía la primera vez, e incluso a veces la segunda, y a menudo también la tercera, como puros sonidos, libres de toda significación, y probablemente era esta una de las razones de que conversar me resultara indescriptiblemente penoso. Y las palabras que yo pronunciaba y que casi siempre debían estar en relación con un esfuerzo de la inteligencia, me parecían a menudo el zumbido de un insecto. Lo cual explica que yo fuese poco conversador, me refiero a esta dificultad que tenía no solo para comprender lo que decían los otros, sino también lo que yo les decía a ellos. Cierto que con un poco de paciencia nos llegábamos a comprender, pero respecto a qué, pregunto yo, y con qué finalidad. Y pienso que también reaccionaba a mi modo ante los rumores de la Naturaleza y las acciones humanas, sin deducir de ellos lección alguna.

Molloy - Samuel Beckett

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