—¿Soy una bala de cañón, Stubb, que vos me retacaríais de ese modo? –dijo Ajab–. Mas seguid vuestro camino; lo he olvidado. Abajo, a vuestra tumba nocturna, donde los que sois como vos dormís entre mortajas, para acostumbraros a la del remate final… ¡Abajo, perro, meteos a la perrera!
Sobresaltado ante la imprevista exclamación conclusiva del tan repentinamente despectivo viejo, Stubb quedó sin habla un instante; entonces dijo con excitación:
—No estoy acostumbrado a que me hablen de esa manera, señor; no me agrada en modo alguno, señor.
—¡Deteneos! –gritó Ajab entre sus apretados dientes, y apartándose violentamente, como si quisiera evitar una pasional tentación.
—No, señor; aún no –dijo Stubb, envalentonado–, no dejaré dócilmente que me llamen perro, señor.
—Entonces sed llamado diez veces burro, y mulo, y asno, y retiraos, ¡o le libraré al mundo de vos!
Mientras decía esto, Ajab avanzó sobre él con tal imponente terror en su aspecto que Stubb retrocedió involuntariamente.
Moby Dick - Herman Melville
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