martes, 23 de julio de 2019

Sus tres lanchas desfondadas a su alrededor, y remos y hombres girando ambos en los remolinos, un capitán, tomando el cuchillo de la estacha de su quebrada proa, se había abalanzado sobre la ballena como un duelista de Arkansas sobre su enemigo, buscando ciegamente, con una hoja de seis pulgadas, alcanzar la vida profunda de brazas de la ballena. Ese capitán había sido Ajab. Y entonces había sido cuando, barriendo súbitamente bajo él su mandíbula inferior de forma de hoz, Moby Dick había cercenado la pierna de Ajab lo mismo que un segador una hoja de hierba en el césped. Ningún turco de turbante, ningún sicario veneciano o malayo podría haberle herido con mayor malevolencia aparente. Poca razón había entonces para dudar de que desde aquel encuentro casi fatal, Ajab hubiera albergado una fiera vindicación contra la ballena; caído por ello hasta tal punto en su frenética morbidez, finalmente había llegado a identificar con ella no sólo todas sus desgracias corporales, sino también sus agravios intelectuales y espirituales. La ballena blanca nadaba ante él como la monomaníaca encarnación de todas las malévolas potencias que algunos hombres de naturaleza profunda sienten roer en su interior, hasta que quedan viviendo con medio corazón y medio pulmón.

Moby Dick - Herman Melville

No hay comentarios:

Publicar un comentario