—Antes ninguna gente puede encontrar fiera primero. Todo el rato mía primero ve. Mía dispara y siempre hace agujero en su camisa. Mi bala nunca no fue a nada. Ahora mía cincuenta y ocho años. Ojo malo, ve no puedo. Dispara al almizclero, no di. Dispara al árbol, tampoco di. No quiero ir con los chinos. Su trabajo mía no entiende. ¿Cómo ahora mía va a vivir?
Sólo en ese momento comprendí la inconveniencia de mis bromas. Para él, que lograba su medio de subsistencia gracias a la caza, el debilitamiento de la vista equivalía a la muerte. El carácter trágico de la situación aumentaba además con la circunstancia de que Dersú estaba completamente solo. ¿Dónde ir? ¿Qué hacer? ¿Dónde inclinar en la vejez su cabeza de cabellos canos?
Sentí una insoportable pena por el viejo.
—No pasa nada —le dije—. No temas. Me has ayudado mucho; me has sacado de apuros muchas veces. Estoy en deuda contigo. Siempre encontrarás en mi casa un techo y un trozo de pan. Viviremos juntos.
Dersú comenzó a ajetrearse y a recoger sus cosas. Alzó el rifle y lo miró como si fuera una cosa que ya no necesitara para nada.
Dersu Uzala - Vladimir Arseniev
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