viernes, 5 de julio de 2019

La hoguera estaba casi extinguida; tan sólo dos tizones ardían débilmente. El viento atizaba las brasas y hacía volar chispas por la nieve. Dersú estaba sentado en el suelo, con las piernas extendidas sobre la nieve. Tenía la mano izquierda apoyada contra el pecho, como si quisiera detener la palpitación de su corazón. El viejo tazá estaba echado boca abajo sobre la nieve y no se meneaba.
Durante unos instantes no pude comprender qué estaba pasando y qué tenía que hacer. Me quité el perro de encima con dificultad, salí del saco y me acerqué a Dersú.
—¿Qué pasa? —le pregunté, sacudiéndolo por el hombro.
—¡Amba, amba! —exclamó asustado—. ¡Amba anda todo rato por vivac! ¡Un perro lleva!
Entonces me di cuenta de que faltaba el perro del tazá. Dersú se incorporó y se puso a remover el fuego.
En cuanto surgieron las llamas, el tazá también volvió en sí. Miraba asustado a todos lados y tenía el aspecto de un loco. En otro momento hubiera resultado divertido.

En esta ocasión fui yo el que mostró más dominio de sí mismo. Y fue así porque me hallaba durmiendo y no había visto lo que ocurría. Sin embargo, pronto cambiamos los papeles. Cuando Dersú se tranquilizó, yo me asusté. ¿Quién podía garantizar que el tigre no volviera a aparecer por el vivac y que no se lanzara contra un hombre? ¿Cómo había ocurrido todo aquello y cómo fue que nadie disparó?
Resultó que el primero en despertarse fue Dersú; lo despertaron los perros, que saltaban todo el tiempo de un lado a otro de la hoguera. Al ponerse a salvo del tigre, Alpa se lanzó directamente a la cabeza de Dersú. Éste, medio dormido, se la quitó de un empujón. Fue en ese momento cuando vio al tigre muy cerca de él. La terrible fiera atrapó al perro del tazá y lentamente, sin prisa, como comprendiendo que nadie podía impedírselo, se lo llevó al bosque. Asustada por el empujón, Alpa saltó sobre la hoguera y me cayó en el pecho. Entonces fue cuando oí el grito de Dersú.

Dersu Uzala - Vladimir Arseniev

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