Era digno de verse a Queequeg sentado frente a Tashtego, oponiendo sus dientes afilados a los del indio; Daggoo, perpendicular a ellos, se sentaba en el suelo, pues un banco habría llevado su emplumada cabeza de carroza fúnebre hasta los bajos barrotines; con cada movimiento de sus colosales extremidades hacía temblar la achaparrada estructura de la cabina, como cuando un elefante africano va de pasajero en un barco. Pero a cambio de todo esto, el gran negro era magníficamente frugal, por no decir melindroso. Difícilmente parecía posible que con bocados comparativamente tan pequeños pudiera mantener la vitalidad esparcida a lo largo de una persona tan extensa, señorial y soberbia. Aunque sin duda este noble salvaje se alimentaba con abundancia y bebía en profundidad del abundante elemento del aire; y a través de sus dilatadas aletas nasales inhalaba la sublime vida de los mundos. No es con buey o con pan que se hacen o se nutren los gigantes. Y Queequeg hacía un mortal, bárbaro chasquido de labios al comer —un sonido bastante feo—, tanto así que el tembloroso Dough-Boy casi se miraba a ver si en sus propios enjutos brazos había alguna marca de dientes. Y cuando escuchaba a Tashtego llamarle para que se presentara, que se recogieran los huesos, el mozo de mente simple, por culpa de sus repentinos temblores, estaba a punto de hacer añicos la vajilla que colgaba a su alrededor en la despensa. Tampoco las piedras de afilar que los arponeros llevaban en sus bolsillos, para sus lanzas y otras armas (piedras de afilar con las cuales, en la comida, ostentosamente afilaban los cuchillos), ese sonido de raspado en modo alguno tendía a tranquilizar al pobre Dough-Boy. Cómo podía olvidar que Queequeg, por ejemplo, en sus días en la isla, ciertamente debía haber sido culpable de algunas homicidas indiscreciones sociables. ¡Ah, Dough-Boy! Duro le va al camarero blanco que sirve a caníbales. No es una servilleta lo que debe llevar en el brazo, sino un escudo.
Moby Dick - Herman Melville
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