jueves, 25 de julio de 2019

El viento aumentó hasta un fragor; las olas chocaban sus frentes; la borrasca entera bramaba, se bifurcaba y crepitaba a nuestro alrededor, como un fuego blanco en la pradera en el que nosotros ardíamos sin consumirnos; ¡inmortales en estas fauces de muerte! En vano llamamos a las otras lanchas; lo mismo hubiera dado rugir chimenea abajo de un horno ardiente a los incandescentes rescoldos que llamar a las lanchas en aquella tormenta. Mientras tanto, la fuerte cellisca, las desgarradas nubes y la neblina, se oscurecían con las sombras de la noche; ninguna señal del barco era visible. La mar brava impedía todo intento de achicar la lancha. Los remos, al hacer ahora la función de salvavidas, eran inútiles como medios de propulsión. Así que, cortando las correas de la barrica estanca de las cerillas, Starbuck, tras muchos intentos fallidos, logró encender la lámpara de la linterna; colgándola entonces de una pértiga de descarrío, se la pasó a Queequeg como portador del estandarte de esta desamparada esperanza. Allí, entonces, se sentó alzando aquella estúpida candela en el corazón de esa omnipotente desesperanza. Allí, entonces, se sentó el signo y símbolo de un hombre sin fe, alzando desesperadamente la esperanza en medio de la desolación.

Moby Dick - Herman Melville

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