Después siguió contándome su vida. Dijo que, todavía siendo joven, aprendió de un viejo chino a buscar gingseng y estudió sus supersticiones. Nunca vendía las raíces, las llevaba frescas al curso alto del río Lefu y allí las plantaba en la tierra. La última vez que había estado en unas plantaciones de gingseng había sido quince años atrás. Todas las raíces habían crecido bien. En total había 22 plantas, aunque Dersú no sabía si se habían conservado o no. Probablemente sí, porque las había plantado en un sitio apartado en el que no observó huellas humanas cerca.
—¡Esto es todo para ti! —dijo, poniendo fin a su largo discurso.
Aquello me sorprendió. Me puse a convencerlo de que vendiera las raíces a los chinos y que tomara el dinero, pero Dersú seguía en sus trece.
—Mía no necesita —dijo—. Me queda vida pequeña, pronto muere. Mía mucho quiere regalarte el pantsui.
En sus ojos había una expresión tan rogativa, que no pude oponerme.
Mi negativa podía ofenderlo. Accedí, pero le tomé la palabra de que, después de que acabara la expedición, se vendría conmigo a Jabarovsk. Dersú también estuvo de acuerdo.
Decidimos ir en primavera al río Lefu a por las preciadas raíces.
Dersu Uzala - Vladimir Arseniev
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