miércoles, 31 de julio de 2019

Al ser yo el hombre de amura del salvaje, es decir, la persona que batía el remo de amura en su lancha (el segundo a partir de la proa), era mi festiva obligación atenderle mientras se daba ese paseo de pisar huevos por el lomo de la ballena. Habréis visto a los chicos italianos de los organillos que llevan un mono danzarín sujeto con una larga cuerda. Justo así, desde el empinado costado del Pequod, sujetaba yo a Queequeg allí abajo en el mar, mediante lo que técnicamente se llama en la pesquería un cabo de mono, unido a una recia tira de lienzo arrollada a su cintura.
Para nosotros dos era una humorísticamente arriesgada tarea. Pues, antes de que continuemos, debe decirse que el cabo de mono estaba atado en ambos extremos; atado al ancho cinturón de lienzo de Queequeg, y atado al mío estrecho de cuero. De manera que para mejor o para peor, los dos, durante ese tiempo, estábamos casados; y si el pobre Queequeg se hundía para no volver a emerger, entonces tanto la costumbre como el honor requerían que, en lugar de cortar el cabo, éste debía arrastrarme al fondo, tras su estela. Así, por tanto, nos unía una prolongada ligatura siamesa. Queequeg era mi propio inseparable hermano gemelo; y en modo alguno podía yo librarme de los arriesgados compromisos que el vínculo de cáñamo implicaba.

Moby Dick - Herman Melville

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