¡Y cuánta juventud había sido inútilmente sepultada entre estas paredes, cuántas fuerzas grandiosas habían sucumbido en vano! Porque hay que decirlo todo de una vez: ésta era una gente extraordinaria. Se trataba, tal vez, de la gente mejor dotada, de la gente más fuerte de todo nuestro pueblo. Pero han perecido en vano esas fuerzas poderosas, han perecido de un modo anormal, ilegítimo, irremediable. ¿Y quién es el culpable?
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Veamos, M
cki, ¿qué has soñado esta noche? le preguntó.
«Me dio un vuelco el corazón nos contó más tarde M
cki, al volver a nuestro lado. Como si me lo hubieran atravesado».
Soñé que recibía una carta de mi madre respondió.
¡Mejor, mejor! replicó el comandante. ¡Eres libre! Tu madre ha pedido clemencia
y han atendido sus súplicas. Aquí tienes su carta, y aquí está la orden que te concierne. Ahora mismo vas a salir del presidio.
Al volver, estaba pálido, todavía no se había repuesto de la noticia. Le felicitamos. Nos dimos la mano: las suyas estaban heladas y temblorosas. Muchos otros reclusos le felicitaban y se alegraban de su suerte.
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En el penal se daba a veces el caso de conocer a una persona desde hacía varios años, y pensar de ella que no era una persona, sino una fiera, y despreciarla; y de improviso llega un momento casual en el que su alma, en un impulso involuntario, se abre al exterior, y te permite ver en ella tanta riqueza, tanto sentimiento, tanto corazón, una comprensión tan nítida del sufrimiento propio y ajeno, que abres los ojos y se te hace casi imposible creer, en un primer momento, lo que tú mismo has visto y oído. Pero también ocurre lo contrario: en ocasiones la educación va acompañada de tal barbarie, de tal cinismo, que da náuseas, y ya puedes ser muy comprensivo o estar muy favorablemente predispuesto, que no encuentras en tu corazón ni excusas ni justificaciones.
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Por fin eligieron y compraron un nuevo Gnedkó. Era un magnífico ejemplar, joven, precioso, fuerte y con una pinta muy cariñosa y alegre. Ni que decir tiene que en todos los demás aspectos también era intachable. Empezó el regateo: pedían treinta rublos, los nuestros daban veinticinco. Regatearon con calor; durante un buen rato, subían y bajaban las ofertas. Al final, incluso ellos lo encontraron ridículo.
Pero ¿es que vas a sacar el dinero de tu propio bolsillo, o qué? decían unos. ¿A qué viene tanto regateo?
¿Qué pasa, que os da pena el fisco? gritaban otros.
Lo cierto, compañeros, es que, con eso y con todo, son fondos
de la comunidad
¡De la comunidad! Está visto que a los tontos como nosotros no hace falta sembrarlos: crecemos solos
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Hay vagabundos contumaces. Algunos huyen incluso tras haber cumplido su condena a trabajos forzados, cuando les han instalado ya como colonos. Se esperaría que estuvieran satisfechos de su situación como colonos, con las necesidades cubiertas, pero no es así. Algo les arrastra, algo les llama lejos de allí. La vida en los bosques, la vida mísera y terrible, pero libre y llena de aventuras, posee un encanto secreto y seductor para quien la ha experimentado alguna vez; por eso se ve cómo se dan a la fuga incluso personas tímidas y metódicas que ya habían prometido convertirse en unos perfectos sedentarios y en unos labradores eficientes.
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De hecho, cualquier fabricante, cualquier empresario, experimenta sin duda un excitante sentimiento de satisfacción al saber que a veces un trabajador depende, junto con toda su familia, única y exclusivamente de él.
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Ya es hora de que nos dejemos de protestas apáticas contra un medio que nos ha engullido. Es cierto que el medio nos engulle en muchos sentidos, pero nunca por completo, y a menudo el pícaro astuto que se da cuenta de todo sabe muy bien cómo invocar la influencia del medio para encubrir y justificar no sólo su debilidad, sino también en muchos casos su auténtica villanía, sobre todo si sabe hablar o escribir con elocuencia.
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Pero sus ojos se encontraron y a Chekunov empezó a temblarle de pronto el labio inferior. Hizo una especie de mueca extraña, enseñó los dientes y, bruscamente, tras hacer con la cabeza un gesto fortuito con el que pareció dirigirse al suboficial para que mirase al muerto, exclamó:
¡También él tenía madre! y se apartó.
Recuerdo que aquellas palabras me atravesaron el corazón
¿Por qué las pronunciaría?, ¿cómo se le pudieron ocurrir?
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Cuando estaba terminando la obra, el contento general llegó a su apogeo. No exagero lo más mínimo. Imaginemos el presidio, los grilletes, el cautiverio, los largos y tristes años que hay por delante, una vida monótona como la llovizna en un gris día otoñal, y, de pronto, a todos esos hombres oprimidos, encerrados, se les permite por un rato estar a sus anchas, divertirse, olvidar sus pesadillas, montar un teatro, y además, ¡menudo teatro!: el orgullo y el asombro de toda la ciudad, ¡para que vean quiénes son los presos!
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La orquesta empieza a tocar
Es una orquesta digna de ser descrita. En un lateral, junto a los camastros, se habían instalado ocho músicos: dos violines (uno era del penal, el otro se lo habían pedido prestado a alguien de la fortaleza, pero lo tocaba uno de los nuestros), tres balalaikas, todas ellas de fabricación casera, dos guitarras y una pandereta que hacía las veces de contrabajo. Los violines no hacían más que rechinar monótonamente y las guitarras eran pésimas, pero las balalaikas eran insuperables. La destreza de los dedos que punteaban las cuerdas igualaba sin duda a la del más hábil prestidigitador. Tocaban sólo temas de danza. En los pasajes más animados, los músicos repiqueteaban con los nudillos sobre las tablas de sus balalaikas; el tono, el gusto, la ejecución, el manejo de los instrumentos, el estilo de la interpretación del tema, todo aquello resultaba peculiar, original, tenía el sabor del presidio.Uno de los guitarristas también sabía tocar su instrumento de forma magistral. Se trataba de aquel noble que había matado a su padre. En cuanto a la pandereta, era sencillamente prodigiosa: el músico tan pronto la hacía girar con un dedo como pasaba el pulgar por la piel; podían estar resonando golpes frecuentes, enérgicos y regulares, y de improviso ese sonido poderoso y nítido parecía desparramarse, como un puñado de guisantes, en un sinfín de sonidos diminutos, tintineantes y susurrantes. Finalmente, aparecieron también dos acordeones. Doy mi palabra de honor de que hasta ese momento yo no tenía ni idea de lo que se podía hacer con esos instrumentos humildes, populares; la armonía de los sonidos, la coordinación y, sobre todo, el alma, la naturaleza de la comprensión y de la transmisión de la verdadera esencia del motivo musical eran realmente asombrosas
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No es mucho lo que nuestros sabios pueden enseñar al pueblo. Más bien, afirmo rotundamente, es al contrario: son ellos los que deben aprender del pueblo.
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Lo primero que me sorprendió fue el telón. Mediría unos diez pasos, atravesando la sala a lo ancho. Ese telón era todo un lujo, algo realmente asombroso. Además, estaba decorado con pinturas al óleo: en él se veían árboles, templetes, estanques y estrellas. Lo habían confeccionado con retazos de tela, vieja y nueva, según lo que cada cual hubiera dado o sacrificado: viejas vendas para los pies y camisas de presidiario, cosidas de cualquier modo hasta formar un gran lienzo; por último, como no había alcanzado la tela, una parte era sencillamente de papel, mendigado hoja a hoja en diversas oficinas y dependencias.Los reclusos pintores, entre los cuales destacaba A
v, nuestro Briúllov, se encargaron de colorearlo y pintarlo. El efecto era admirable. Tanto lujo alegraba incluso a los presos más sombríos y puntillosos; todos ellos, cuando llegó la función, resultaron tan infantiles como los más acalorados e impacientes.
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Un hombre como nuestro mayor necesita tener a todas horas alguien a quien oprimir, algún objeto que requisar, algún derecho que anular: en definitiva, necesita imponer su autoridad en cualquier sitio. En este aspecto era famoso en toda la ciudad. ¿Qué le importaba a él que precisamente por culpa de sus abusos pudiera haber disturbios en el penal? Para evitar los disturbios ya están los castigos (así razonan las personas del talante de nuestro mayor) y con esos pillastres de reclusos lo único que hace falta es mano dura y aplicar la ley de forma sistemática y al pie de la letra. Pero estos ineptos ejecutores de la ley no comprenden, ni están capacitados para comprender, que su mera observación literal, sin discernimiento, sin comprender su espíritu, lleva directamente al desorden, y jamás ha llevado a ninguna otra parte. «Lo dice la ley, ¿qué más hace falta?», dicen ellos, y se asombran sinceramente de que se les exija, además de la ley, sentido común y lucidez. Esto último, sobre todo, les parece a muchos de ellos un lujo superfluo y escandaloso, un atropello, algo intolerable.
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Pero, aguarde un poco interrumpí a Baklushin, por eso sólo podían echarle diez o doce años a lo sumo, y en la categoría civil; pero usted está en la sección especial. ¿Cómo puede ser eso?
Bueno, eso es por otro caso dijo Baklushin. Cuando me llevaron ante el tribunal, el capitán se puso a insultarme de mala manera delante del juez. Yo no pude contenerme y le dije: «¿Cómo me insultas de ese modo? ¿Es que no ves, canalla, que estás ante el espejo de la justicia?». Entonces, ya fue otra cosa, me juzgaron de nuevo y por todo junto me condenaron a cuatro mil palos y a la sección especial. Pero, cuando me llevaron a cumplir el castigo, llevaron también al capitán: a mí me hicieron pisar la calle verde, y a él lo degradaron y le trasladaron al Cáucaso como soldado. Hasta luego, Alexánder Petróvich. Venga a vernos para la función.
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No sé qué me pasó, pero me puse a besarle y le abracé la cabeza; él levantó las patas delanteras, las puso en mi hombro y empezó a lamerme la cara. «¡Este es el amigo que me envía el destino!», pensé, y desde entonces, cada vez que, en aquellos primeros tiempos, duros y sombríos, volvía del trabajo, lo primero que hacía, antes de entrar en ningún sitio, era irme detrás de los barracones con Shárik, que saltaba delante de mí, ladrando de alegría, cogerle la cabeza y ponerme a darle besos y más besos mientras un sentimiento dulce, y al mismo tiempo dolorosamente amargo, me oprimía el corazón. Recuerdo que incluso me era grato pensar, como si me jactase de mi tormento, que en todo el mundo sólo me quedaba entonces una criatura que me amaba, que me tenía apego: mi amigo, mi único amigo, mi fiel perro Shárik.
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Pero, a pesar de tales choques, decidí no cambiar el plan de acción, que ya, en parte, tenía pensado en aquel tiempo; sabía que era justo. Y era éste: decidí que debía comportarme de la manera más sencilla e independiente posible; no mostrar un interés especial en acercarme a ellos, pero sin rechazarles si deseaban acercarse a mí. No tener miedo de sus amenazas ni de su odio y, en la medida de lo posible, hacer como si no los notara. No acercarme a ellos en determinados puntos y no transigir con algunos de sus usos y costumbres; en una palabra, no buscar por mi cuenta su camaradería. Desde la primera mirada adiviné que al principio me despreciarían por eso. Sin embargo, ellos pensaban (lo supe más tarde con seguridad) que yo debía acreditar y respetar ante ellos mi origen noble, es decir, dármelas de delicado, hacer remilgos, despreciarles, bufar a cada paso y escaquearme del trabajo. Esa era la noción que tenían de un noble. Naturalmente, me habrían criticado, pero en su fuero interno me habrían respetado.
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«En todas partes hay gente mala y, entre ella, también hay gente buena me apresuré a pensar para consolarme. ¿Quién sabe? Esa gente quizá no sea, después de todo, peor que la otra, la de allí fuera». Pensaba esto y asentía con la cabeza; y, sin embargo, ¡Dios mío, si hubiera sabido entonces cuán cierta era aquella idea!
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¿Qué, Alí, seguro que ahora estabas pensando en cómo celebráis esta fiesta en Daguestán? Seguro que allí se está bien.
Sí respondió con ardor, y sus ojos resplandecieron. Pero ¿por qué sabes que estaba pensando en eso?
¡Cómo no lo voy a saber! ¿No se está allí mejor que aquí?
¡Oh! ¿Por qué dices eso?
¡Qué flores debe haber ahora allí, qué paraíso!
¡Oh!
No sigas
Estaba muy conmovido.
Oye, Alí, ¿tú tenías una hermana?
Sí, ¿por qué lo preguntas?
Pues porque, si se parece a ti, debe ser muy guapa.
¿Si se parece a mí? Es tan guapa que no hay en Daguestán ninguna igual. ¡Qué guapa es mi hermana! ¡No has visto otra como ella! Y mi madre también era muy guapa.
¿Te quería mucho tu madre?
¡Ah, qué cosas dices! Seguro que se ha muerto de pena por mí. Yo era su hijo del alma. Me quería más que a mis hermanas, más que a todos
Hoy vino a verme en sueños y lloraba por mí.
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Digo «por naturaleza», e insisto en esta expresión. En efecto, en todas partes de nuestro pueblo, en cualquier circunstancia, en cualquier situación, siempre existen y existirán individuos extraños, apacibles, y con frecuencia nada holgazanes, a los que la suerte ha predestinado a ser mendigos por los siglos de los siglos. Siempre viven solos, siempre van mal vestidos, siempre parecen estar intimidados por alguien, agobiados por algo, y eternamente están al servicio de alguien, hacen los recados de alguien, por lo general de los juerguistas o de los que súbitamente se enriquecen o ascienden de categoría. Cualquier comienzo, cualquier iniciativa supone para ellos una desgracia y una pesada carga. Parecen haber nacido con la condición de no emprender nada por sí mismos, sólo para servir a los demás, no vivir según su libre albedrío, bailar al son que les tocan. Su destino es hacer lo que otros mandan. Por añadidura, no hay circunstancia ni cambio alguno que puedan enriquecerles. Son siempre mendigos.
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Cuando comprendió que yo quería llegar hasta su conciencia y buscar en ella algún indicio de arrepentimiento, me miró con tanto desprecio y tanta altivez como si de pronto me hubiera convertido a sus ojos en un niño pequeño y tonto, con el que no se puede razonar como con un mayor. También algo a modo de compasión por mí se reflejó en su rostro. Instantes después comenzó a reírse de mí con una risa bonachona, sin ironía alguna. Estoy seguro de que, al quedarse solo y recordar mis palabras, quizá volvió a reírse para sus adentros varias veces.
(...)
Un día estaba de guardia. Era ya de noche; me habían puesto de centinela, en el cuerpo de guardia, en la armería. Hacía viento: era otoño, y estaba tan oscuro que no se veía nada. ¡Me sentía tan asqueado! Bajé el fusil del hombro, le quité la bayoneta y la puse a un lado; me quité la bota del pie derecho, coloqué el cañón en mi pecho y con el dedo gordo del pie apreté el gatillo. Miro
¡disparo fallido! Repasé el fusil, limpié el oído, puse pólvora nueva, ajusté la piedra y coloqué otra vez el cañón en mi pecho. Pero ¿qué pasa? La pólvora estalló, pero el tiro no salió. ¿Qué significa esto?, pienso. Cogí el fusil, me puse la bota, calé la bayoneta y en silencio me puse a dar los pasos reglamentarios de la guardia. En aquel instante decidí hacerlo: pase lo que pase, se acabó el servicio militar. A la media hora se presentó el capitán, que iba haciendo la ronda. Vino derecho a mí: «¿Es así como se hace la guardia?». Cogí el fusil y le clavé la bayoneta hasta el cañón. Cuatro mil baquetazos y a la sección especial
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En el criminal, el presidio y los trabajos forzados más duros sólo fomentan el odio, el ansia de placeres prohibidos y una terrible imprudencia. Estoy firmemente convencido de que el famoso sistema celular consigue sólo resultados falsos, engañosos y superficiales. Exprime el jugo vital del hombre, le contrae el alma, la debilita e intimida, y después presenta una momia moralmente seca, un medio loco, como modelo de corrección y de arrepentimiento.
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Por lo demás, había una especie de resignación externa, por decirlo así, oficial, una especie de razonamiento tranquilo: «Somos gente acabada decían, no supiste vivir en libertad, pues pisa ahora la calle verde[6], pasa revista». «No escuchaste a tu padre y a tu madre, pues escucha ahora el redoble de tambor». «No quisiste bordar con oro, pues golpea ahora la piedra con el mazo». Todo esto se decía a menudo, a modo de moraleja y de dichos y sentencias habituales, pero nunca en serio. Sólo eran palabras.
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Hago constar, por cierto, que aquella gente era verdaderamente instruida, y no en sentido figurado, sino en el literal. Seguramente, más de la mitad sabía leer y escribir. ¿En qué otro sitio donde se reúnan grandes masas del pueblo ruso es posible apartar un grupo de doscientas cincuenta personas, de las cuales la mitad sepa leer y escribir? He oído decir después que alguien llega a la conclusión, a partir de datos semejantes, de que la instrucción pierde al pueblo. Es un error: los motivos son otros; aunque hay que reconocer que la instrucción alimenta en el pueblo la autosuficiencia. Mas eso no es, en absoluto, un defecto.
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Al instante pensabas que pasarían años enteros y tú irías puntualmente a mirar por las rendijas de la empalizada y verías el mismo terraplén, los mismos centinelas y el mismo trocito de cielo, no del cielo que estaba sobre el penal, sino de otro cielo lejano, libre. Imaginad un gran patio, de unos doscientos pasos de largo y unos ciento cincuenta de ancho, completamente vallado, en forma de hexágono irregular, por una alta empalizada de altas estacas hincadas profundamente en la tierra, fuertemente atadas unas a otras con cuerdas, unidas por travesaños y de punta afilada: así era el recinto exterior del penal. En uno de sus lados había un recio portalón, siempre cerrado, custodiado día y noche por los centinelas; lo abrían, previa solicitud, para salir a trabajar. Tras ese portalón estaba la luz, el mundo libre, vivía la gente, como en todas partes. Pero, a este lado del recinto, te imaginabas el mundo como un cuento irrealizable. Aquí había un mundo aparte, que no tenía semejanza con nada; aquí había leyes especiales, con su indumentaria, su moral y sus costumbres propias, y una Casa Muerta en vida, una vida como en ningún otro lugar, y gente especial. Ese rincón especial es el que me propongo describir.
Memorias de la Casa Muerta - Fiodor Dostoyevski
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