Pensó en el haz de músculos bajo una camisa azul mojada por el sudor, y en alguien a quien atender o con quien hablar. Siempre alguien, algún otro miembro de su raza, de su género. El hombre puede falsificarlo todo salvo el silencio. Y en aquel silencio reconoció el miedo.
Relatos no reunidos: Ninfolepsia - William Faulkner
Y a cazarlo dije. La próxima vez no vamos a andar perdiendo el tiempo con ningún Willy Legate ni Walter Ewell.
Quizá dijo el señor Ernest.
Sí dije yo.
Quizá dijo el señor Ernest. Es la mejor palabra que hay en nuestra lengua, la mejor de todas. Es lo que mantiene el progreso del hombre: el «quizá». Los mejores días de su historia no fueron aquellos en los que decía sí de antemano; fueron aquellos en los que lo único que sabía decir era «quizá». No puede decir «sí» hasta después, pues no sólo no lo sabe hasta entonces, sino que no quiere saberlo hasta entonces
Vete a la cocina y prepárame un ponche. Luego nos ocuparemos de la cena.
(...)
No dijo el señor Ernest. Eso ya no es suficiente. Hubo un tiempo en que lo único que tenía que hacer un hombre era trabajar la tierra once meses y medio, y cazar el otro medio. Pero ahora no es así. Ahora dedicarse al oficio de la labranza y al oficio de la caza no es suficiente. Uno debe dedicarse al oficio de la humanidad.
¿La humanidad? dije yo.
Sí dijo el señor Ernest. Así que vas a ir a la escuela. Porque debes saber por qué. Uno puede dedicarse al oficio del campo y de la caza y puede aprender cuál es la diferencia entre lo que está bien y lo que está mal, y obrar bien. Y eso, en un tiempo, bastaba: obrar bien. Pero ahora ya no basta. Uno debe saber por qué está bien y por qué está mal, y ser capaz de decírselo a la gente que nunca tuvo oportunidad de aprenderlo; enseñar a la gente a obrar bien, y no sólo porque sepan lo que está bien, sino porque hayan aprendido ya por qué está bien, porque alguien les ha mostrado, les ha dicho, les ha enseñado el porqué. Así que vas a ir a la escuela.
Grandes bosques: Carrera en la mañana - William Faulkner
Su padre le miraba con gravedad a través de la copiosa media luz de primavera del cuarto; cuando habló, sus palabras fueron tan apacibles como la media luz; no eran palabras en alta voz, no necesitaban serlo porque iban a ser duraderas:
El valor y el honor y el orgullo dijo y la piedad y el amor por la justicia y por la libertad. Todo ello toca el corazón, y aquello a lo que se aferra el corazón se convierte en verdad, en aquello que alcanzamos a entender como verdad. ¿Entiendes ahora?
(...)
Y un pequeño perro sin nombre y mestizo y con muchos padres, adulto ya pero de menos de seis libras de peso, diciéndose como para sus adentros: «No puedo ser peligroso, porque no hay nada mucho más pequeño que yo mismo; no puedo ser fiero, porque dirán que sólo es ruido; no puedo ser humilde, porque ya estoy demasiado cerca del suelo como para doblar la rodilla; no puedo ser orgulloso, porque tampoco puedo estar tan cerca de él como para saber quién proyecta una sombra, y ni siquiera sé que no voy a ir al cielo, porque han decidido que no poseo un alma inmortal. Así que lo único que puedo es ser valiente. Pero está bien. Puedo serlo, aunque sigan diciendo que sólo es ruido».
(...)
De algún modo, era más sencillo que todo eso. Había un viejo oso fiero y cruel, mas no por el mero hecho de conservar la vida, sino con el fiero orgullo de la libertad, lo bastante orgulloso de su libertad como para verla amenazada y no sentir miedo y no alarmarse siquiera; aún más, un animal que a veces parecía incluso poner aquella libertad deliberadamente en peligro a fin de saborearla, a fin de recordar a sus viejos y fuertes huesos y carne la necesidad de mantenerse flexibles y rápidos para defenderla y preservarla. Había un hombre viejo, hijo de una esclava negra y de un rey indio, heredero por un lado de la larga crónica de un pueblo que había aprendido la humildad a través del sufrimiento y la justicia, y por el otro, la crónica de un pueblo que aún más antiguo en aquella tierra que el primero, y que sin embargo había desaparecido de ella por completo, perpetuándose sólo en la solitaria fraternidad entre la sangre extraña que corría en las venas de un viejo negro y el espíritu salvaje e invencible de un viejo oso.Había un muchacho que deseaba aprender la humildad y el orgullo a fin de llegar a ser diestro y valioso en los bosques, que de pronto se vio convirtiéndose en tan diestro con tanta rapidez que temió no llegar nunca a convertirse en valioso, pues no había aprendido la humildad y el orgullo, pese a haberlo intentado, hasta un día en que, súbitamente asimismo, descubrió que un viejo incapaz de definir ninguna de las dos virtudes le había guiado, como de la mano, a aquel punto en el que un viejo oso y un pequeño perro mestizo le habían enseñado que, poseyendo una de las dos, se poseía ambas.
El oso - William Faulkner
El delta, pensó: El delta: «Esta tierra, que el hombre ha librado de pantanos y ha despejado y ha hecho mudar en dos generaciones, de forma que el hombre blanco puede poseer plantaciones y viajar cada noche a Memphis, que el hombre negro puede poseer plantaciones e incluso pueblos y mantener hogares urbanos en Chicago, una tierra en la que los blancos arriendan granjas y viven como negros y los negros trabajan como aparceros y viven como animales, donde el algodón se planta y alcanza la altura de un hombre hasta en las grietas de las aceras, donde la usura y la hipoteca y la bancarrota y la riqueza desmedida, tanto china como africana o aria o judía, crecen y se multiplican juntas hasta el punto de que nadie puede al fin distinguir unas de otras, ni le importa»
No es extraño que los bosques devastados que conocí en un tiempo no griten en demanda de justicia, pensó. Su venganza la llevará a cabo la misma gente que los ha destruido.
(...)
Cógelo dijo él. Su voz empezó de nuevo a alzarse, pero volvió a bajar el tono: Llévatelo de mi tienda. Ella fue hasta el catre y cogió el dinero. Muy bien dijo él. Vuelve al norte. Cásate con un hombre de tu propia raza. Es tu única salvación. Cásate con un negro. Eres joven, hermosa, casi blanca, encontrarás un hombre negro que verá en ti lo que tú viste en él, sea lo que fuere; un hombre que nada te pedirá, que esperará poco de ti y que obtendrá aún mucho menos si es desquite lo que buscas. Y luego, dentro de un año, habrás olvidado todo esto, olvidarás incluso que ha sucedido, que él ha existido.
Calló; durante un instante estuvo casi a punto de dar otro respingo, pues le pareció que la mujer, sin moverse en absoluto, le estaba fulminando con sus ojos silenciosos. Pero no era así; ni siquiera se había movido; le miraba en silencio desde debajo del ala de su empapado sombrero.
Anciano dijo, ¿has vivido ya tanto que has llegado a olvidar todo lo que supiste o sentiste o hasta oíste acerca del amor?
(...)
tierra en la que no se oía ya el rugido de la pantera, sino el largo silbido de las locomotoras: trenes increíblemente largos tirados por una sola máquina, pues no había en el terreno pendientes ni otras elevaciones que las levantadas por olvidadas manos aborígenes como refugio contra las crecidas anuales, y utilizadas luego por sus sucesores indios como sepulcro de los huesos de sus padres; y todo lo que quedaba de aquel antiguo tiempo eran los nombres indios de pequeñas poblaciones, con frecuencia relacionados con el agua: Aluschaskuna, Tillatoba, Homachito, Yazoo.
El otoño del delta - William Faulkner
He telefoneado dijo Stevens. He hablado con el alcaide de la cárcel de Joliet, y con el fiscal del distrito de Chicago. Tuvo un juicio justo, un buen abogado. Tenía dinero. Estaba metido en el negocio de la lotería clandestina, un asunto en el que hace dinero la gente como él. Ella le miraba, erguida, inmóvil. Es un asesino, señorita Worsham. Disparó al policía por la espalda. Un mal hijo de un mal padre. Él mismo se confesó culpable después.
Ya veo dijo ella. Entonces él se dio cuenta de que la anciana no le miraba. O cuando menos no le veía. Es terrible.
También es terrible el asesinato dijo Stevens. Es mejor así.
Al cabo ella volvía a mirarle.
No estaba pensando en él. Estaba pensando en Mollie. No debe enterarse.
Desciende, Moisés - William Faulkner
Fui a tu casa anoche, pero no estabas. Me manda ella. Quiere que vengas a casa. Dejó la lámpara encendida toda la noche por si venías.
Estoy bien dijo él.
No estás bien. El Señor te la dio, el Señor te la quitó. Pon tu fe en Él, confía en Él. Y ella podrá ayudarte.
¿Qué fe y qué confianza? dijo él. ¿Qué le había hecho a Él Mannie? ¿Qué es lo que Él pretende metiéndose conmigo y
?
¡Calla! dijo el viejo. ¡Calla!
(...)
y en su suelo, en su polvo de agosto claro, liviano y seco como harina, la larga huella semanal de cascos y de ruedas había sido borrada por los pausados zapatos de paseo del domingo, bajo los cuales, en alguna parte, eclipsadas pero no idas, fijas y contenidas en el polvo apelmazado, se hallaban las delgadas huellas, de dedos gruesos y planos, de los pies desnudos de su esposa, cuando los sábados por la tarde caminaba hasta el economato para comprar las provisiones de la semana siguiente mientras él tomaba el baño, y él, sus propias huellas, clausuraban ahora un tiempo a medida que avanzaba, tan de prisa casi como un hombre más pequeño, arrostrando el aire que el cuerpo de ella había dejado vacío, tocando con los ojos los objetos poste y árbol y campo y casa y colina que los ojos de ella habían perdido.
(...)
Uno de su cuadrilla en el aserradero le tocó el brazo y le dijo:
Déjamela a mí, Rider.
Él ni siquiera vaciló. Soltó una mano en mitad del trayecto de la pala y la lanzó hacia atrás, y golpeando al otro en pleno pecho lo hizo retroceder unos pasos, y volvió a retomar con la mano la pala en movimiento; arrojaba la tierra con tal furia sin esfuerzo que el montículo parecía ir alzándose por propia voluntad, crecer no desde arriba sino emerger visiblemente hacia lo alto desde la tierra misma, hasta que al fin la tumba, salvo en su novedad patente, se asemejó a cualquier otra de las que se hallaban esparcidas por el terreno yermo, delimitadas sin ningún orden por trozos de barro cocido y botellas rotas y cascotes de ladrillo viejo y otros objetos sin significado aparente, pero que en realidad encerraban un profundo simbolismo y eran fatales para quien los tocara, y que ningún hombre blanco hubiera podido interpretar.
Bufón en negro - William Faulkner
Supongo que sabes lo que te va a pasar dijo Edmonds, cuando ese abogado se despache con Nat, y Nat se despache con George, y George se despache contigo, y el juez Gowan se despache con George y contigo. Has estado aquí con mi padre durante veinticinco años, hasta su muerte; llevas conmigo veinte años
¿Eran tuyos aquel alambique y aquel whisky que encontraron en tu patio trasero?
Usted sabe que no dijo Lucas.
De acuerdo dijo Edmonds. ¿Y el otro alambique que encontraron en la parte baja del arroyo? ¿Era tuyo?
Se miraron.
No se me juzga por ése dijo Lucas.
¿Era tuyo ese alambique, Luke? dijo Edmonds.
Se miraron. La cara de Edmonds miraba una cara vacía por completo, impenetrable.
¿Quiere usted que le conteste? dijo Lucas.
¡No! dijo Edmonds con violencia. ¡Sube al coche!
Cuestión de leyes - William Faulkner
Y gradualmente, a medida que hablaba de aquellos viejos tiempos y de aquellos hombres esfumados y muertos y pertenecientes a una raza distinta de las que yo conocía, los viejos tiempos dejaban de ser viejos tiempos y se convertían en presente, no sólo como si hubieran tenido lugar ayer sino como si estuvieran teniendo lugar hoy y algunos de ellos no hubieran tenido lugar todavía y fueran a acontecer mañana, de modo que al final me daba la impresión de que ni siquiera yo existía todavía, de que nadie de mi raza ni de la otra raza que trajimos con nosotros a esta tierra había puesto aún pie en ella; de que, aunque hubiera pertenecido a mi abuelo y ahora fuera de mi padre y algún día fuera mía aquella tierra en la que cazábamos y sobre la que ahora descansábamos, nuestro derecho sobre ella era en realidad tan banal e irreal como aquel título arcaico y desvaído que figuraba en uno de los libros de registro de propiedad de la ciudad, y de que allí el huésped era yo, y Sam Fathers el portavoz del anfitrión.
Gente de antaño - William Faulkner
Así fue como la muerte de Lion afectó a las dos personas que más lo amaron, en caso de que pudiera llamarse amor a los sentimientos de Boon hacia Lion, o hacia cualquier otra cosa. Y creo que se podría, pues suele decirse que uno siempre ama aquello que le hace sufrir. O puede que Boon no considerase sufrimiento el haber sido alcanzado por los zarpazos de un oso.
(...)
La gente de Hokes se había enterado ya de que habíamos cazado a Old Ben, y también de lo de Lion. Debieron de llegar al centenar las personas que en el curso de la tarde vinieron a ver a Old Ben y luego a Lion; se sentaban y hablaban quedamente de Lion, de las batidas en las que había participado y los osos que había acorralado, y Lion, de cuando en cuando, abría los ojos (Boon lo había tendido de manera que pudiera ver los bosques sin moverse), no como si estuviera escuchando lo que decían, sino como si mirara los bosques unos instantes antes de volverlos a cerrar, como si recordara otra vez aquellos bosques o comprobara que aún seguían allí. Y acaso era eso lo que hacía, pues esperó hasta que oscureció para morir.
(...)
Podía oler la soledad, el aislamiento, un algo que exhalaba aquel lugar en donde el mero paso de los humanos nada había modificado, en donde no había huella de hacha o arado, un lugar que seguía exactamente igual que cuando el primer indio se había internado en él y mirado a su alrededor, con el arco en las manos, presto para usarlo. Pensé en que Jefferson se hallaba sólo a veinte millas, con sus casas en las que las gentes pronto despertarían rodeadas de comodidad y seguridad, con sus tiendas y oficinas en las que a lo largo del día se reunirían para comprar y vender y conversar, y apenas podía creerlo. Pensé: «Está sólo a veinte millas. ¿Qué es lo que te pasa?», pero el otro lado de mí, lo otro que había en mí decía: «Sí, pero no eres más que un insignificante montón de huesos y carne, incapaz de alejarte una milla sin la ayuda de tu brújula, incapaz de sobrevivir aquí esta noche sin un fuego que te dé calor y tal vez tampoco sin un arma que te proteja».
(...)
Era normal que se pensase que la casa y los bosques le pertenecían, e incluso los ciervos y osos que había en ellos; hasta los ciervos y osos cazados allí por otra gente eran abatidos por cortesía del mayor Spain, que los ofrecía por propia delicadeza y voluntad. Pero no Lion. Lion era como esos jefes de tribu aztecas o polinesios a quienes no se considera hombres, sino más que hombres y menos que hombres a un tiempo. Porque, una vez en el campamento, tampoco nosotros éramos hombres: éramos cazadores. Y Lion era el mejor cazador de todos nosotros, seguido por el mayor de Spain y por el tío Ike McCaslin. Y no hablaba nuestra lengua, no porque no pudiese, sino porque era el jefe, el Hijo del Sol; conocía nuestra lengua, pero pertenecía a un nivel superior para dignarse a hablarla; a eso se debía el que viviera en el subsuelo, debajo de la cocina, y no a que fuera un perro, un animal: vivía aparte por la misma razón que vivían aparte los jefes aztecas o polinesios, a quienes su propia divinidad se lo exigía.
(...)
Boon medía más de un metro noventa de estatura, y tenía la mente de un niño y el corazón de un caballo y la cara más fea que yo había visto en mi vida. Era como si alguien hubiera encontrado una nuez un poco más pequeña que un balón de baloncesto y con un martillo de mecánico le hubiera moldeado los rasgos faciales y luego la hubiese pintado, sobre todo de rojo. No era el rojo de los indios, sino un rojizo brillante y espléndido en el que algo tendría que ver quizá el whisky, aunque lo más probable era que fuera debido primordialmente a la dichosa y violenta vida al aire libre.
Lion - William Faulkner
No hay comentarios:
Publicar un comentario