miércoles, 3 de abril de 2019

y ni arriba ni abajo podía hallarse nada que no hubiera sido al mismo tiempo estrella y sombra; hasta el espíritu del hombre, vuelto estrella, daba ya la sombra del lenguaje.

(...)

—¿Y qué sucederá si ambos muriéramos? Pronto o tarde también esto ocurrirá…
—Esto es cosa vuestra y no me atañe a mí. Pero podéis nombrar como sucesores a Cebes y a Alejo, el uno como poeta, el otro como gramático; ambos son jóvenes…
Una vez más resopló Plocio desde lo más profundo:
—Oh Virgilio, nos colmas de regalos, y tus regalos hacen daño…

(...)

—Y vosotros tenéis que asumir la tarea tanto más por cuanto os dejo en legado el manuscrito, oh, no, pongamos por caso, como premio por vuestras fatigas, pero sí porque me agrada la idea de saberlo en vuestras manos…
El efecto de esta noticia fue en cierto modo sorprendente; tras unos instantes de mudo desconcierto se oyó un profundo resuello procedente del pecho de Plocio, que daba la impresión como si estuviera por volver a llorar, mientras que Lucio, que había acogido el legado en metálico con gratitud, sí, pero también con plena compostura —por lo menos se había quedado sentado en su sitio—, ahora se puso en pie de un salto gesticulando violentamente:
—¿El manuscrito de Virgilio, el manuscrito de Virgilio…, pero sabes valorar siquiera la importancia de tu regalo?
—Un regalo sobre el que pesan obligaciones, no es un regalo.

(...)

Octaviano…
—Sí, Virgilio…
—Muchas cosas te agradezco.
—Yo te debo mis gracias, Virgilio.
Los esclavos habían levantado el cofre y en el instante en que estaban dando el primer paso, alguien sollozó, no muy fuerte, pero salvajemente y con ese fervor que en general se halla sólo cuando la eternidad irrumpe de repente en la vida humana, tal vez como cuando los funerarios levantan el ataúd a hombros para sacarlo de la habitación, de modo que los parientes se sienten heridos de golpe por lo inexorable, que ya está cumpliéndose. Era ese sollozo de eternidad que sigue a un féretro, era ese grito de eternidad y salía del ancho, poderoso pecho de Plocio Tucca, de su buena y poderosa alma humana, de su conmovido y poderoso corazón, siguiendo al cofre del manuscrito, que era llevado hacia la puerta y era propiamente un féretro, un féretro de niño, el féretro de una vida.
Y en ese momento el sol se había oscurecido de nuevo.
Al llegar a la puerta, el Augusto se volvió una vez más; una vez más la mirada del amigo buscó la mirada del amigo, una vez más se encontraron sus ojos:
—Puedan tus ojos descansar siempre en mí, Virgilio —dijo Octaviano, en pie entre las hojas de la puerta abiertas de par en par, una vez más Octaviano todavía, para desaparecer luego de prisa, delgado y orgulloso e imponente, como César; pegado a sus talones, le seguía con garra pesada y suave un león color de oro pálido, luego seguía el féretro, y muchos de los presentes se le unieron.

(...)

Es cierto, las puertas de la curia estaban abiertas, y cualquiera podía asistir a las sesiones del Senado; pero ésta era también la única libertad concedida al pueblo, la más traidora de todas las libertades populares, ¡la concesión de poder oír cómo se decidían leyes para la opresión y la expoliación del pueblo por pura falta de conciencia! Imagen o no imagen, las instituciones que se sobreviven pervierten la realidad en realidad aparente, libertad en pseudo-libertad, y éste es el mejor terreno para cualquier delito

(...)

—¿Paz?, ¿guerra? —el encubrimiento se volvía casi doloroso en el rostro de Octaviano—; al pueblo le da lo mismo… He combatido contra Antonio, había sido su aliado, le he aniquilado y el pueblo apenas si ha notado algo de todas estas vicisitudes; no sabe nada de sus propios deseos y por tanto nuestro único cuidado será prever que no aparezca un nuevo Antonio… El pueblo festeja a cualquier vencedor; ama la victoria y no al hombre.
—Esto podrá valer de las masas humanas atraídas y amontonadas en las ciudades, Augusto, pero no del campesino; el campesino ama la paz y ama a quien la trae. El campesino te ama como el hombre que eres. Y el campesino es el verdadero pueblo.

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¿Era realmente el Augusto quien había dicho eso?, ¿o habían sido palabras de su más secreta angustia? Misterioso pasaba el tiempo, la corriente vacía, sin orillas, que lleva a la muerte, siempre dividida por el presente, siempre arrastrando un ahora inaprensible

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El César tenía la obsesión de la gloria, siempre hablaba de la gloria, aspiraba a la gloria y por eso no se le podía decir —a él naturalmente aún menos que a Lucio— que la gloria, aunque sobreviva a la muerte, no elimina nunca la muerte, que el camino de la gloria es terreno, en el más acá, ignaro, un camino de la apariencia, de la inversión y de la ebriedad, un camino de perdición:
—La gloria es un don de los dioses, pero no es el objetivo de la poesía; solamente los malos poetas la estiman como meta.

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—Oye, Virgilio: hace tiempo que has perdido el derecho a juzgar así. Hace más de diez años que me hiciste conocer el plan de tu Eneida y podrás acordarte del íntimo gozo con que todos los que pudimos participar en él, aprobamos tu proyecto y te dimos nuestro asentimiento. Durante los años siguientes nos has leído trozo a trozo el poema y, cuando ante la grandeza del propósito y la potencia de la composición —¡y cuán a menudo ocurrió eso!— te sobrevino alguna vacilación, te has repuesto de nuevo por nuestra admiración, mejor dicho, por la admiración de todo el pueblo romano; piensa que gran parte de la obra es ya del dominio público, que el pueblo romano conoce la existencia de este poema, de un poema que lo magnifica como ningún otro poema lo ha hecho, y que es el legítimo, inalienable derecho real del pueblo recibir el don de la obra completa. Ya no es tu obra, es la obra de todos nosotros e incluso, en este sentido, todos hemos colaborado en ella y es también la obra del pueblo romano y de su grandeza.

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—Has sido siempre demasiado modesto, Virgilio, pero no un hombre con falsa modestia; veo claro que quieres empeorar tus regalos intencionadamente, para quitárnoslos al fin astutamente.
Ya estaba dicho, ay, ya estaba dicho… tenaz y duramente, el César iba directo a su objetivo, y nada le impediría robar los manuscritos:
—¡Octaviano, déjame el poema!
—Muy bien, Virgilio, de eso se trata… Lucio Vario y Plocio Tucca me han informado de tu tremendo propósito y no les he querido prestar fe… ¿Piensas realmente destruir tus obras?
El silencio se extendió en la habitación: un riguroso silencio, que tenía su centro lívido y finamente delineado en el severo rostro reflexivo del César. En el ninguna parte algo se quejaba muy suave, y también esto era tan delgado y rectilíneo como la amiga entre los ojos del Augusto, cuya mirada estaba fija en él.
—Callas —dijo el César— y esto significa que realmente quieres retirar tu regalo… Reflexiona, Virgilio, ¡es la Eneida! Tus amigos están muy tristes, y yo, tú lo sabes, me encuentro entre ellos.

(...)

Entonces sonrió Plocia, muy lentamente: y la sonrisa comenzó en los ojos, se deslizó hacia el delicado brillo de la piel de sus sienes, cual si también las finas venas insinuadas debieran sonreír, y muy lentamente, muy imperceptiblemente, alcanzó a los labios que temblaron como en un beso, antes de abrirse a la sonrisa, descubriendo el borde de los dientes, el borde del esqueleto de la muerte, el borde de roca marfileña de lo terreno en lo humano. Así quedó la sonrisa y estaba en la mirada, sonrisa en la orilla de lo terreno, sonrisa en la orilla de la eternidad, y fue el centelleo del mar de sol, plata infinita, lo que se hizo palabra en la sonrisa:
—Quiero quedarme a tu lado, sin fin.
—Quédate a mi lado, Plocia, no te abandonaré nunca, cuidaré siempre de ti. —Era súplica y juramento de corazón, y era a la vez el cumplimiento, pues Plocia, sin dar un solo paso, se había acercado un poco más y las ramas extremas del amplio olmo tocaban ya sus hombros.
—Quédate y descansa, Plocia, descansa a mi sombra…

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Y entonces se levantó el viento meridiano, el hálito del beso fervoroso de la vida; llegaba rozando apenas perceptible desde el sur, oleaje de lento movimiento, el mar del aliento del mundo, que desborda cada día sus orillas, el hálito de los tiempos cumpliéndose, nunca cumplidos, sobre los cuales pasa el astro: soplo de tierra que madura, soplo del olivo, de la vid y de los campos de trigo, soplo del cuidado y la simplicidad, soplo de los establos y de la fruta estrujada, soplo de la comunidad y de la paz, soplo de tierras y más tierras, de campos y más campos, soplo del trabajo que sirve con amor, soplo del mediodía; oh plenitud del mediodía, la más santa, descansando sobre el mundo y los mundos, cual si las ruedas del carro solar se hubieran detenido en el cenit para sagrado descanso. Levemente oscilaba la lámpara en el soplo y sonaba plateada la cadena.
No basta la vida de un hombre. No alcanza para nada. ¡Oh recuerdo, oh retorno!

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Un arma abatió antaño al antepasado primigenio y, siempre repitiendo el crimen, se extermina el hombre a sí mismo con rumorosa violencia de armas, aniquilando al hombre en esclavo; él mismo esclavo del arma, hace reventar la creación, ardiendo en helada rigidez. Héroe es solamente quien soporta hallarse inerme.

(...)

vio el Circo y el Anfiteatro, rugiente como un salvaje órgano, vio cómo, por mor de la belleza, agonizaban muchos gladiadores o las fieras eran azuzadas contra hombres, vio cómo la muchedumbre, jubilosa de placer, se apiñaba alrededor de una cruz a la que está clavado un esclavo insumiso, rugiendo de dolor, sacudido de dolor —embriaguez de sangre, embriaguez de muerte, pero también embriaguez de belleza—, y vio cómo las cruces eran cada vez más, cómo se multiplicaban, entre lenguas de antorchas, entre lenguas de llamas, subiendo del crepitar de la madera, de la gritería de la muchedumbre, un mar de llamas, que caía sobre la ciudad de Roma, para no dejar atrás, al retirarse, más que ennegrecidas ruinas, muñones reventados de columnas, estatuas volcadas y campos de maleza. Vio y supo que así ocurriría, porque la verdadera ley de la realidad se venga y tiene que vengarse irrevocablemente del hombre, cuando, más grande que cualquier acontecer de la belleza, es confundido con ésta y justamente por eso es ofendido, convertido despreciable por no tomarlo en serio: por encima de la ley de la belleza, por encima de la ley del artista, que ambiciona sólo una armonía, está la ley de la realidad, está —divina sabiduría de Platón— Eros en el curso del ser, está la ley del corazón y ¡ay de un mundo que ha olvidado esta última realidad!

(...)

¡Ay, conocía esta forma de hablar, la forma de hablar del vegetar literario y filosófico, la forma de hablar de las palabras yertas, nonatas y premuertas; un tiempo había sonado también de sus labios, y seguramente entonces había creído en lo que expresaba o había creído creerlo, mientras que ahora sonaba para él extraña, casi incomprensible! ¿La ley?, ¡no hay más que una ley, la ley del corazón!, ¡la realidad, la realidad del amor! ¿No debía, no tenía que gritarlo?, ¿no debía, no tenía que decírselo, para que lo comprendieran?… Ay, no lo comprenderían, no tenían ganas de comprenderlo y por eso dijo solamente:
—La belleza no puede vivir sin aplauso; la verdad se cierra al aplauso.

(...)

—Tienes fiebre, mi buen Virgilio, quédate quieto. Plocio en cambio indicó al esclavo:
—Pregunta por el médico…, apresúrate…
—No necesito médico. —Y también esto fue dicho contra su voluntad.
—A este respecto tú no tienes nada que decir.
—Me estoy muriendo.
Hubo una pausa. Sabía que había dicho la verdad, y estaba muy poco conmovido por ello, asombrosamente poco. Sabía que apenas viviría hasta la tarde, y a pesar de ello estaba tan tranquilo como si tuviera una infinidad de tiempo por delante. Estaba contento de que se hubiera dicho.
Probablemente también los otros dos tenían conciencia de la seriedad del caso; se sentía. Tardó bastante, hasta que Plocio recuperó la palabra:
—No blasfemes, Virgilio; estás tan lejos de la muerte como nosotros dos… ¡Qué debería yo decir entonces, que tengo diez años más que tú y además soy apoplético…!
Lucio no dijo nada. Se había sentado en la silla cerca del lecho y callaba. Y era emocionante que al sentarse hubiese dejado de estirar los pliegues de la toga.
—Me moriré, tal vez hoy mismo…, pero antes quemaré la Eneida…
—¡Sacrilegio! —Había sido un verdadero grito y era Lucio quien lo había emitido.

(...)

…, el amor, en efecto, es disponibilidad constante, en él todo es paciente perseverancia, pues el amor es disponibilidad a la creación: aún no y sin embargo…, en este umbral está el amor, está en el atrio de la realidad, allí donde debe abrirse la puerta, para que, abierta la frontera, pueda ser traspasada por lo mortal, abierto al despertar, abierto al renacer, abierto al lenguaje de la resurrección, resucitado y resucitante, nunca oído y siempre anhelado, en última y salvadora definitividad, abierto a la sentencia definitiva, que ha de resonar más allá de cualquier ser soñado, más allá del mundo, más allá del espacio, más allá del tiempo; oh, el amor se encuentra antes de esta renovación de la creación, aún rodeado de crepúsculo, aún a la escucha, y sin embargo ya ayuda que despierta, despertar que comienza…

(...)

—Ya no quiero ser yo; quiero desaparecer en la zona más sin sombra de mi corazón y en su más profunda soledad; y allí ha de precederme mi poesía.
No hubo respuesta; desde lo invisible vino algo así como un sueño, largo como un sueño, breve como un sueño, y finalmente oyó:
—La esperanza busca la compañía de una esperanza, y aun la soledad de tu corazón fue la esperanza de tu comienzo.
—Puede ser —admitió—, pero es la esperanza en la voz la que me asistirá en la soledad de mi muerte; si me es negada, me hallaré desvalido, para siempre sin consuelo.

(...)

así obligado por la férrea superioridad, obligado por su suavidad, obligado a la sumisión y al deseo de sumisión, obligado a la angustia por la obra que debía serle arrancada, obligado a desear la sentencia que se le impondría, obligado a la angustia como a la esperanza, obligado a la extinción y a la extinción de sí mismo por amor de la vida, encarcelado y liberado en la grandeza de su pequeñez, consciente-inconsciente bajo el poder de la totalidad de las voces informemente ansiada, podía al fin atrapar lo sabido hacía mucho, lo sufrido hacía mucho, lo percibido hacía mucho, y se desprendió de él como una expresión minúscula, insuficiente, jamás a la altura de lo inexpresable, con su grandeza de Eones, se le escapó en un aliento, en un suspiro, en un grito:
—¡Quemar la Eneida!

(...)

en la bóveda impresionantemente gris del cielo, sonando de ira la inmóvil ala broncínea, destellantes y fugaces cual figuras de acero, silenciosos, trazaban los pájaros del odio sus pesados y grandes círculos sobre los campos del horror, cobardemente enconados y prontos a precipitarse con sus garras abiertas en jubilosa furia, para clavar las uñas en los sangrientos campos del campesino y en los corazones sangrantes, picoteando las entrañas, devorándolas, para ordenarse en la procesión de las mariposas y los lobos al lado del lecho, huyendo con ellos a las orillas de la indefensión y el desconsuelo, a las orillas de los cráteres de fuego y de las plantas de los dragones, nunca conocida, nunca nombrada, siempre sabida, la orilla de serpientes de la animalidad

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su misión había sido la de disolver sombras, y sombras había creado; le había sido impuesta la gran alianza de la tierra y él había sido perjuro por anticipado; oh, le había sido dada la tarea de apartar una vez más las piedras de la tumba, para que lo humano resucite al nuevo nacimiento, para que no se interrumpa la creación viviente como ley

(...)

oh, ninguna otra criatura es tan absolutamente y tan no-divinamente mortal, como lo es el hombre, pues ninguna otra puede volverse tan perjura como el hombre y cuanto más depravado se hace, tanto más mortal se torna; pero el más perjuro y mortal es aquel cuyo pie ha perdido el hábito de la tierra y ya sólo toca el empedrado, el hombre que ya ni labra el campo ni lo siembra, para quien ya nada se cumple según el círculo de los astros, para quien la selva ya no canta ni los verdes campos; verdaderamente nadie ni nada es tan mortal como la plebe de la gran ciudad, que se afana, se arrastra y hormiguea a través de las calles, y de tanto culebrear ha olvidado cómo se anda, ya sin el apoyo de ninguna ley y sin llevarla en sí, rebaño de nuevo disperso, perdida su sabiduría de un tiempo, rebelde al conocimiento, bestial, casi infrabestialmente entregado a cualquier acaso y finalmente a la extinción del acaso sin recuerdo, sin esperanza, sin inmortalidad

(...)

igual si los de allá abajo habían pedido harina y ajo y vino, o si otros ansiaban los juegos en el circo, para aturdir su angustia en una cruenta bufonada, y ofrecer a las potencias celestes una engañosa víctima expiatoria por el perjurio en el autoengaño y engaño de los dioses con tal juego asesino y grotesco, al filo entre la belleza y la risa como su unidad cruel y horrenda; igual si es placer o reconciliación divina, lo así exigido no es despertar, no es ayuda, auténtica ayuda, sino ventaja, auténtica ventaja, y si el César quisiera imponer de nuevo la legalidad a los sin ley, los espectáculos circenses, el vino y la harina eran simplemente el precio que debía pagar por su obediencia.

(...)

todo esto ocurrió tan rápidamente, tan lejos, tan profundamente entretejido en la febril transparencia inmóvil de la noche, que nadie ciertamente hubiera podido intervenir allí para impedir nada, y menos aún un enfermo, que desde la ventana había debido seguir el curso de los hechos, impotente para lanzar un grito, impotente para hacer un gesto, paralizado y rígido y hechizado por la vigilia impuesta, por la pena impuesta, pero además porque apenas había podido asimilar lo ocurrido, pues antes todavía que la fugitiva pareja de asesinos hubiese desaparecido tras la esquina coronada de almenas que cerraba netamente el muro de circunvalación, el caído se movió y, después de conseguir ponerse sobre el vientre, se arrastró a cuatro patas como un animal, como un grande y torpe escarabajo, que hubiese perdido un par de patas, apresurándose tras sus compañeros. No era cómico, no, sino espantoso y atemorizante ese animal fabuloso, y espanto y terror siguieron, cuando finalmente se levantó sobre sus cuartos traseros, para orinar en la pared y luego, perdiendo el equilibrio a cada paso y tanteando la pared, fue tambaleándose a lo largo de ella. ¿Quiénes eran los tres? ¿Enviados del infierno, mandados por el barrio de la miseria, en cuyas hileras de ventanas había mirado, obligado despiadadamente por el destino?, ¿qué vería todavía, qué más debía suceder aún?

(...)

oh, ahora reconocía mejor que nunca la inutilidad de los intentos de evasión de la masa animal y de sus estampidas aterradas, cuyos asaltos en desbandada, rugiendo de esperanza, sumiéndose en el desengaño, debían desembocar cada vez en la fría luz sin sombra de la nada, perdidos en el tiempo y sin poder huir del tiempo, y reconocía que le correspondía la misma suerte, igualmente ineludible, igualmente inexorable, la caída en la rigidez de una nada que no elimina la muerte, sino que es ella misma la muerte.

(...)

insatisfecho de cualquier carrera, las había malogrado todas y no había perseverado en la profesión de médico, ni en la de astrónomo, ni en la de sabio y maestro de filosofía ni había logrado tranquilidad en ellas: ante sus ojos había tenido siempre la exigente, la irrealizable imagen del conocimiento, la seria imagen del conocimiento de la muerte, y ninguna profesión podía hacer justicia a esa imagen, pues no hay ninguna que no esté exclusivamente sometida al conocimiento de la vida, ninguna con excepción de aquella única a la que se había visto abocado finalmente y que se llama poesía, la más extraña de todas las actividades humanas, la única que sirve para el conocimiento de la muerte.

(...)

mas cuando se ha tendido para el sueño, para el amor, para la muerte, cuando ella misma se ha vuelto paisaje desplegado, entonces ya no es su cometido fundir lo contrario, pues durmiendo, amando, muriendo, cierra los ojos, para dejar de ser buena o mala y convertirse ya sólo en un único infinito atisbar: alma infinitamente desplegada, infinitamente encerrada en el anillo de las edades, infinita en su descanso y por consiguiente dispensada de cualquier crecimiento

(...)

le ocurría lo que desde siempre, cada vez más y más claro, había ocurrido de nuevo una y otra vez, hacía lo que había hecho durante toda una vida; pero ahora sabía la respuesta: atisbaba la muerte.

(...)

¡Fuga, oh fuga! Oh noche, la hora de la poesía. Pues poesía es espera que mira en la media luz, poesía es abismo en presentimiento del crepúsculo, en espera en el umbral, es comunidad y soledad al mismo tiempo, es promiscuidad y angustia de la promiscuidad, libre de lascivia en la promiscuidad, tan libre de lascivia como el sueño de los rebaños que duermen y sin embargo angustia ante esa lascivia; oh, poesía es espera, aún no partida, pero continua despedida.

(...)

Un monstruoso ahora estaba en juego, un ahora infinitamente multiplicado, un ahora de rebaños, arrojado al aire por el mugir de los rebaños, un ahora precipitado en el estruendo y al mismo tiempo caído de él, arrojado al aire por alocados, desquiciados, dementes sin sentidos a fuerza de haber perdido el alma, y sin embargo tan exacerbado el sentido en conjunto, que todo lo pasado y todo lo futuro se hallaban devorados por ese ahora, recogiendo en sí el bramar de todas las profundidades del recuerdo, ocultando en su efervescencia el pasado más lejano y el más lejano futuro…

(...)

oh, miríadas de criaturas que fueron llevadas sobre ellos por los Eones, que serán llevadas de nuevo sobre ellos en la corriente crepuscular, en la infinita corriente de su conjunto, y ninguna de ellas que no hubiera pensado, que no pensara cernirse eternamente como alma eterna sin tiempo, cerniéndose libremente en la libertad sin tiempo, separada de la corriente, desligada del tumulto, incapaz de caer, ya no creatura, sino sólo flor transparente, llegando solitaria hasta las estrellas, arabesco vertical, desligada y separada, temblando el corazón como una flor transparente sobre tallo ya invisible…

(...)

… «¡Animal, animal de la litera!», «¡Se cree que es más que nosotros!», «¡Saco de dinero en el trono!», «¡Si no tuvieras dinero, ya te gustaría andar!», «¡Se hace llevar al trabajo!» —aullaban las mujeres…
… absurdo era el granizo de palabras ultrajantes que crepitaba sobre él, absurdo, absurdo, absurdo, y sin embargo justificado, sin embargo admonición, sin embargo verdad, sin embargo locura elevada hasta la verdad, y cada injuria arrancaba un trozo de orgullo de su alma, tanto que ésta quedó desnuda, tan desnuda como los lactantes, tan desnuda como los ancianos en sus andrajos, desnuda de tiniebla, desnuda de olvido total, desnuda de pura culpa, inmersa en la desnudez invasora de lo indistinguible.
… peldaño tras peldaño marchaba el cortejo por la calle de la miseria, deteniéndose en cada tramo de la escalera…

(...)

aliento de agua, aliento de plantas, aliento de ciudad: un solo vaho pesado de vida constreñida en bloques, de piedra y de su aparente vitalidad en descomposición, humus del ser, cerca de la putrefacción y elevándose desmedido de las cavidades recalentadas de piedra, elevándose a las frías y pétreas estrellas con que comenzaba a cubrirse la interior cuenca del cielo, que oscurecía en profunda y suave negrura. La vida brota de profundidades inescrutables, penetrando a través de la piedra, muriendo ya en este camino, muriendo y pudriéndose y helándose ya en el subir, en el subir también ya evanescente; pero desde inescrutables alturas desciende lo inexorable, frío como la piedra, aliento que desciende e ilumina oscuramente, dominando con su contacto, petrificándose en roca del abismo, arriba y abajo lo pétreo, como si fuera la última realidad de este mundo del más acá…

(...)

Las planchas del puente cedieron un momento, cuando la litera pasó sobre ellas al paso uniforme de los cargadores; abajo fluctuaba lenta el agua negra, estrechada entre la negra y pesada mole de la nave y el negro y pesado murallón del muelle, el elemento liso y denso respirando de sí, respirando suciedad, sobras y hojas de legumbres y melones en descomposición, todo lo que fermentaba abajo, flojas oleadas de un grave aliento dulzón de muerte, oleadas de una vida en podredumbre, la única que puede existir entre las piedras, viviente ahora sólo en la esperanza del renacimiento de su putrefacción. Así era allí abajo; aquí arriba en cambio estaban las varas impecablemente labradas, doradas y adornadas de la litera sobre los hombros de animales de carga de figura humana, animales de carga alimentados como hombres y de habla humana, de sueño humano, de pensamiento humano, y en el asiento de la litera impecablemente trabajado y tallado, adornados su respaldo y sus brazos laterales con estrellas de áurea lámina, descansaba un desecho, un enfermo, en él la putrefacción ya habitaba al acecho.Todo esto era extremadamente discorde; en todo esto se escondía la oculta desgracia, la rigidez de un suceder más perfecto que el hombre, aunque sea éste mismo quien construye los muros, quien corta y manilla, curte la lonja del látigo y forja cadenas. Imposible cerrarse a ello, imposible olvidar.

(...)

Desmemoriado había sido el sarcasmo del pequeño sirio, desmemoriado, como si no hubiera más que un desolado y violentado presente, sin futuro y por eso también sin pasado, sin después y por eso también sin antes, como si ambos encadenados nunca hubiesen sido niños, nunca hubiesen jugado en los campos de la juventud, como si en su patria no hubiera montañas, praderas, flores, ni siquiera un arroyo al fondo del atardecer, sonando en el valle lejano.

(...)

el abismo de perdición del pueblo en todo su alcance, el descenso de los hombres a plebe de gran ciudad, y con ello la transformación del hombre en lo contra-humano, causada por el vaciamiento del ser, por la conversión del ser en mera vida codiciosa de superficie, perdido su origen radical y cortado del mismo, de manera que ya no queda otra cosa que la vida individual, peligrosamente disuelta, de un exterior casi turbio, preñada de desventura, preñada de muerte, oh, preñada de un desenlace misteriosamente infernal. ¿Era esto lo que el destino quiso enseñarle, obligándole a volver a la multiplicidad, rechazándole a esta horrible caldera de terrenalidad descompuesta? ¿Era ésta la venganza por su anterior ceguera? Nunca había sentido tan próxima la desventura de la masa; ahora estaba obligado a verla, a oírla, a sentirla hasta en la última raigambre de su propio ser, porque la ceguera es ella misma una parte de la desventura.Una y otra vez resonaba insistente el sombrío rugido jubiloso del aturdimiento; se agitaban antorchas, voces de mando cruzaban la nave; sordamente cayó sobre las planchas de la cubierta una maroma lanzada desde tierra, y la desgracia gritaba, y el tormento gritaba, y la muerte gritaba, gritaba el misterio preñado de desgracia, imposible de descubrir y, a pesar de ello, presente sin velos por doquiera.

(...)

empujada ya sólo por unos pocos remos, alcanzó el muelle con suave bordeo y atracó casi sin ruido en el lugar asignado, ante los dignatarios de la ciudad, en medio del cuadrado militar de antorchas; sí, entonces llegó el instante esperado por el sordo rugir de la bestia masa, para poder soltar su jubiloso alarido, que en ese momento estalló, sin pausa y sin fin, victorioso, estremecedor, desenfrenado, aterrador, magnífico, sometido, invocándose a sí mismo en la persona del Uno.

(...)

aquellos sentados ante las mesas de juego —que debían ser alimentados y atendidos con bocaditos que se les llevaban y ofrecían por las cubiertas sobre grandes fuentes de plata—, en previsión de un hambre que podía anunciarse renovada a cada instante, para prevención de una gula cuya expresión estaba clara e indeleblemente marcada en la cara de todos ellos, los bien alimentados y los magros, los tardos y los ágiles, los paseantes como los sentados, los despiertos como los dormidos, a veces esculpida, a veces incrustada, aguda o levemente, más perversa o más bondadosa, como de lobo, de zoo, de gato, de loro, de caballo, de tiburón, pero siempre dirigida a un goce horrendo de algún modo encerrado en sí mismo, ávido por una posesión insaciable, ávido por un tráfico de mercancías, dineros, cargos y honores, ávido por la laboriosa inacción del poseedor. Por doquier había alguien metiendo algo en la boca, por doquier ardía la ansiedad, ardía la codicia, desarraigada, pronta a tragar, tragándolo todo; su hálito vibraba sobre la cubierta, lo llevaba el impulsivo compás de los remos, implacable, imponiendo su presencia: toda la nave vibraba de avidez. ¡Oh, bien se merecían ser representados alguna vez con exactitud!

(...)

El mismo compás de impulso, como trueno sordo, salpicado de plata, llegaba de las dos naves cercanas, de la más vecina y de la siguiente, parecido a un eco que se prolongara sobre todos los mares y por todos ellos fuera contestado, porque así van por doquiera, cargados con hombres, cargados con armas, cargados de granos, de mármol, de aceite, de vino, de especias, de sedas, cargados de esclavos; esta navegación universal, que canjea y comercia, una de las peores entre las muchas corrupciones del mundo.

(...)

Campesino era por su nacimiento; un campesino que ama la paz del ser terrenal; un campesino a quien hubiera convenido una vida simple y afincada en la comunidad del terruño; un campesino a quien, de acuerdo con su origen, hubiera correspondido poder quedarse, deber quedarse y que, de acuerdo con un destino más alto, no había abandonado la patria, pero tampoco había sido dejado en ella; había sido expulsado, fuera de la comunidad, e impelido en la más desnuda, perversa y bárbara soledad del torbellino de los hombres; había sido echado de la sencillez de su origen, expulsado al ancho mundo hacia una multiplicidad siempre creciente, y cuando, por ello, algo se había tornado más grande o más amplio, era solamente la distancia de la verdadera vida la que única y realmente había aumentado: sólo al borde de sus campos había caminado, sólo al borde de su vida había vivido; se había convertido en un hombre sin paz, que huye de la muerte y busca la muerte, que busca la obra y huye de la obra, uno que ama y sin embargo perseguido, un vagabundo a través de las pasiones internas y externas, un huésped de su propia vida.

La muerte de Virgilio - Hermann Broch

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