lunes, 15 de abril de 2019

Cuando los dos enterradores echaron unas cuantas paletadas de tierra encima de la caja para taparla, se incorporaron y uno de los dos, dirigiéndose a Rastignac, le pidió la propina de ambos. Eugène se hurgó en los bolsillos, no le quedaba nada y no tuvo más remedio que pedirle prestado un franco a Christophe. Este hecho, tan inane en sí, provocó en Rastignac un ataque tremendo de tristeza. Caía la noche, no quedaba ya más que un crepúsculo que irritaba los nervios; miró la tumba, enterró en ella su última lágrima de muchacho, aquella lágrima que le habían arrancado las emociones santas de un corazón puro, una de esas lágrimas que, desde el suelo en que caen, brotan luego casi hasta los cielos.

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Llegaron los dos sacerdotes, el monaguillo y el sacristán y dieron cuanto puede darse por setenta francos en una época en que la religión no es lo bastante rica para rezar gratis. Los clérigos cantaron un salmo, el Libera, y el De profundis. El servicio duró veinte minutos. Sólo había un coche de duelo, para un sacerdote y un monaguillo, que consintieron en llevar a Eugène y a Christophe.
—Como no hay comitiva —dijo el sacerdote—, podremos ir deprisa y no entretenernos. Ya son las cinco y media.

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Tras haber tomado todas las disposiciones, Eugène volvió a eso de las tres a la casa de huéspedes y no pudo contener una lágrima cuando vio en aquella puerta, que no era ni principal ni de servicio, el ataúd apenas tapado con un paño negro y colocado encima de dos sillas en aquella calle desierta. Un mal hisopo, que nadie había tocado aún, estaba a remojo en una fuente de cobre plateado llena de agua bendita. La puerta ni siquiera tenía colgaduras negras. Era la muerte de los pobres, que no tiene ni fastos, ni acompañantes, ni amigos, ni parientes.

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—Ya no volverá a oler el pan así —dijo un huésped, imitando la mueca del pobre hombre.
—Cuerpo de Cristo, señores —dijo el profesor pasante—, dejen ya al Goriot ese y no nos lo traigan más a la mesa. Llevamos una hora sirviéndolo con el aderezo de todas las salsas. Uno de los privilegios de esta buena villa de París es que se puede nacer, vivir y morir en ella sin que nadie se fije en uno. Disfrutemos de las ventajas de la civilización. Hoy ha habido trescientas muertes, ¿es que quieren compadecerse de las hecatombes parisinas? ¡Si Goriot la ha espichado, mejor para él! Si usted lo adora, vaya a velarlo y déjenos cenar en paz a los demás.
—¡Huy, sí —dijo la viuda—, más le ha valido morirse! Por lo visto al pobre hombre le pasaron muchas desdichas en la vida.
Fue ésta toda la oración fúnebre que correspondió a un hombre que, para Rastignac, representaba la paternidad entera. Los quince huéspedes se pusieron a charlar como solían. Cuando Eugène y Bianchon hubieron acabado de comer, el ruido de los tenedores y de las cucharas, las risas de la conversación, las expresiones varias de aquellas caras glotonas e indiferentes, su despreocupación, todo ello, los colmó de espanto.

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—Nada le falta a mi desdicha —dijo, mirando a Eugène—. El señor de Trailles se ha ido, dejando unas deudas gigantescas, y me he enterado de que me engañaba. Mi marido no me perdonará nunca, y lo he dejado que se apodere de mi fortuna. He perdido todas mis ilusiones. ¡Ay! ¿Por quiénes traicioné al único corazón —señaló a su padre— que me adoraba? ¡No le hice caso, lo rechacé, le di mil disgustos, porque soy una infame!
—Estaba al tanto —dijo Rastignac.
En aquel momento Goriot abrió los ojos, pero fue efecto de una convulsión. El gesto revelador de esperanza de la condesa no fue menos espantoso que verle la mirada al moribundo.
—¿Me estará oyendo acaso? —exclamó la condesa—. No —se dijo, sentándose junto a la cama.

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—¿Que no viene ninguna de sus hijas? —exclamó Rastignac—. Voy a escribirles a las dos.
—Ninguna —exclamó el anciano sentándose en la cama—. Están ocupadas, están durmiendo, no vendrán. Ya lo sabía. Hay que morirse para saber cómo son los hijos. ¡Ay, amigo mío, no se case, no tenga hijos! Les damos la vida y ellos nos matan. Los metemos en el mundo y ellos nos echan. ¡No, no vendrán! Hace diez años que lo sé. Me lo decía a veces a mí mismo, pero no me atrevía a creérmelo.
Le asomaron unas lágrimas y le corrieron por el filo encarnado de ambos ojos, sin caer.

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Fue a vestirse mientras se hacía las reflexiones más tristes y desalentadoras. Veía la buena sociedad como un océano de barro donde, si un hombre metía los pies, se hundía hasta el cuello. «¡Sólo se cometen ahí crímenes mezquinos! —se dijo—. Vautrin es más grande». Había visto las tres magnas manifestaciones de la sociedad: la Obediencia, la Lucha y la Rebelión; la Familia, el Mundo y Vautrin. Y no se atrevía a tomar partido. La Obediencia era aburrida; la Rebelión, imposible; y la Lucha, incierta. El pensamiento lo llevó al seno de su familia. Recordó las puras emociones de aquella vida sosegada, le volvieron a la memoria los días pasados entre personas que lo querían. Haciéndose a la medida de las leyes naturales del hogar doméstico, aquellos seres queridos hallaban en él una dicha plena, continua y sin angustias. Pese aquellos buenos pensamientos, no se sintió con valor para ir a confesar a Delphine la fe de las almas puras, ordenándole virtud en nombre del Amor. Ya había dado sus frutos la educación iniciada. Ya amaba de forma egoísta.

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La señora Vauquer no tuvo valor para decir ni una palabra al ver sólo diez personas alrededor de la mesa, en vez de dieciocho; pero todos intentaron consolarla y animarla. Aunque los mediopensionistas charlaron al principio de Vautrin y de los acontecimientos del día, no tardaron en ceder al serpenteo de la conversación y empezaron a hablar de los duelos, del presidio, de la justicia, de las leyes que había que volver a hacer, de las cárceles. Luego se fueron a mil leguas de Jacques Collin, de Victorine y de su hermano. Aunque sólo eran diez, chillaron como veinte y parecían ser más que de costumbre; ésa fue la única diferencia que hubo entre aquella cena y la de la víspera. La despreocupación habitual de este mundo egoísta que, al día siguiente tendría otra presa por devorar en los sucesos cotidianos de París, se impuso; e incluso la señora Vauquer dejó que la tranquilizase la esperanza, que le tomó prestada la voz a la oronda Sylvie.

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—Un poco de filosofía, mamá —siguió diciendo Collin—. ¿Es una desgracia haber ido ayer a mi palco de La Gaîté? —exclamó—. ¿Es usted mejor que nosotros? Llevamos menos infamia en el hombro que vosotros en el corazón, miembros fláccidos de una sociedad gangrenada: el mejor de vosotros no se me resistía.

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Es usted un joven guapo, delicado, valiente como un león y dulce como una muchacha. Sería buena presa para el demonio.

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—Sí —dijo Eugène—. Pero, señor Goriot, ¿cómo es posible que teniendo unas hijas tan acomodadas como las suyas viva en un tugurio como éste?
—La verdad —dijo Goriot con expresión de despreocupación aparente—, ¿de qué iba a valerme estar mejor? No puedo explicarle algo así, no sé hilvanar como es debido dos palabras. Todo está aquí —añadió dándose golpes en el corazón—. Mi vida propia está en mis dos hijas. Si se lo pasan bien, si son felices, si van bien arregladas, si van pisando alfombras, ¿qué más me da con qué paño voy vestido yo y cómo es el sitio en que duermo? No tengo frío si ellas no lo pasan, no me aburro nunca si ellas se ríen. No tengo más penas que las suyas. Cuando sea padre, cuando se diga al oír gorjear a sus hijos: «¡Han salido de mí!», cuando note que esas criaturitas son inseparables de todas y cada una de las gotas de su sangre, cuya flor y nata son, ¡porque eso es lo que pasa!, pensará que va pegado a la piel de sus hijos, pensará que se mueve cuando ellos andan.

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Aquel paseo le fue fatal al estudiante. Unas cuantas mujeres se fijaron en él. ¡Era tan guapo y tan joven y vestía con una elegancia de tan buen gusto! Al verse blanco de una atención casi admirativa, no volvió a acordarse ni de sus hermanas ni de su tía, expoliadas, ni de la virtuosa repugnancia anterior. Había visto cómo le pasaba por encima de la cabeza ese demonio que es tan fácil tomar por un ángel, ese Satanás de alas jaspeadas que va sembrando rubíes, que dispara sus flechas de oro al frontispicio de los palacios, ruboriza a las mujeres, envuelve en un necio resplandor los tronos, tan sencillos en sus orígenes; había atendido al dios de la vanidad crepitante cuyo relumbrón nos parece símbolo de poder

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En París, el hombre honrado es quien calla y se niega a compartir. No le estoy hablando de esos infelices ilotas que hacen el trabajo en todas partes sin recibir nunca compensación, y a quienes llamo la cofradía de los torpes del Señor. Ahí sí que está la virtud, desde luego, en toda la flor de su necedad, pero ahí está la miseria. Estoy viendo la cara que pondrían esas pobres gentes si Dios nos gastase la broma de no presentarse al juicio final.

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¿Cómo nos las vamos a apañar para llenar la olla? Para empezar, tenemos que zamparnos el Código, no es ameno y no enseña nada, pero no queda más remedio. Bien está. Nos hacemos abogado para llegar a presidente de un tribunal de lo criminal y para mandar a los pobres diablos que valen más que nosotros, con una T y una F en el hombro, para demostrarles así a los ricos que pueden dormir en paz. No resulta nada divertido y además se tarda mucho. De entrada, dos años de tabarra en París, mirando, sin tocarlas, las golosinas que nos apetecen. Cansa mucho eso de desear siempre sin poder satisfacerse nunca. Si fuera pálido y con naturaleza de molusco, no tendría nada que temer; pero tenemos la sangre febril de los leones y un apetito que basta para hacernos cometer mil tonterías diarias.

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Le voy a dejar claro en qué posición está, pero lo haré con la superioridad de un hombre que, tras haber examinado mucho las cosas de aquí abajo, vio que sólo podían tomarse dos partidos: o una obediencia estúpida o la rebelión. Yo no obedezco a nada, ¿está claro? ¿Sabe usted lo que necesita, al paso que va? Un millón, y enseguida. Si no, con esa carita que tenemos podríamos acabar dando una vuelta por las redes de Saint-Cloud para enterarnos de si existe un Ser Supremo. Y ese millón se lo voy a dar yo —hizo una pausa mirando a Eugène—. ¡Ajajá! Ya le va poniendo mejor cara a su papaíto Vautrin.

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No le perdonamos en mayor grado a un sentimiento que se nos muestre por entero que a un hombre que no tenga ni un céntimo. Ese padre lo había dado todo. Se había pasado veinte años dando las entrañas y su amor; dio su fortuna en un día. Cuando el limón estuvo exprimido del todo, las hijas dejaron la cáscara por las esquinas.

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¿Por qué azar aquel desprecio rencoroso a medias, aquella persecución mezclada con compasión, aquella falta de respeto a la desgracia habían recaído en el huésped más antiguo? ¿Había dado motivo con alguno de esos rasgos ridículos o de esas rarezas que se perdonan menos de lo que se perdonan los vicios? Estas preguntas tienen mucho que ver con buen número de injusticias sociales. Quizá es propio de la naturaleza humana cargar con todo a quien lo soporta todo por auténtica humildad, por debilidad o por indiferencia. ¿Acaso no nos gusta a todos dar prueba de nuestra fuerza a costa de alguien o de algo? El ser más débil, el arrapiezo, llama a todas las puertas cuando está helando o se pone de puntillas para escribir su nombre en un monumento virgen.

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No obstante, en el fondo es una buena mujer, dicen los huéspedes, que la tienen por pobre al oírla quejarse y toser como ellos. ¿A qué se había dedicado el señor Vauquer? Su viuda nunca hablaba del difunto. ¿Cómo había perdido su fortuna? No le fue bien, contestaba ella. Se había portado mal con su mujer y no le había dejado más que los ojos para llorar, aquella casa para vivir y el derecho a no compadecerse de infortunio alguno porque, a lo que decía, había padecido cuanto es posible padecer. Al oír el trotecillo de su ama, Sylvie, la gruesa cocinera, se apresuraba a dar de almorzar a los huéspedes fijos.

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La calle Neuve-Sainte-Geneviève sobre todo es como un marco de bronce, el único que entona con este relato, en que no hay que escatimar, para aprontar la inteligencia, los tonos pardos y las ideas adustas; de la misma forma que, de peldaño en peldaño, la luz disminuye y la cantilena del guía suena a hueco cuando el viajero baja a las Catacumbas. ¡Comparación atinada! ¿Quién decidirá qué es más espantoso ver

El pobre Goriot - Honoré de Balzac

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