martes, 5 de marzo de 2019

—Cuando por fin la venda, tendré un rifle —dijo en voz alta, y miró la reluciente esferilla en busca de su rifle, pero no vio más que un cuerpo tendido en el suelo y manando sangre de una herida en la garganta. Entonces dijo rápidamente—: Nos casaremos en la iglesia. —Y en la perla vio a Juana con la huella de su mano en el rostro arrastrándose por la playa—. Nuestro hijo aprenderá a leer —exclamó con frenesí, y en la perla surgió el rostro infantil hinchado y febril por efecto de la extraña medicina.
Kino volvió a guardar la perla, porque su música se había hecho siniestra y tenía extraño parentesco con la música del mal.

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Los hermanos, mientras caminaban, semicerraban los ojos para mirar a todas partes con disimulo, tal como sus abuelos y bisabuelos habían hecho durante cuatrocientos años desde el día en que llegaron los extranjeros con su autoridad, su pólvora y sus sermones. Durante los cuatrocientos años los compatriotas de Kino sólo habían podido aprender un medio de defensa: semicerrar los ojos, apretar los labios y sumirse en una actitud distante y altiva. Era como edificar una pared en su torno, pared que los aislaba totalmente.

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Porque se dice que los humanos no se satisfacen jamás, que se les da una cosa y siempre quieren algo más. Y se dice esto con erróneo desprecio, ya que es una de las mayores virtudes que tiene la especie y la que la hace superior a los animales que se dan por satisfechos con lo que tienen.

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Toda clase de gente empezó a interesarse por Kino, gente con cosas que vender y gente con favores que pedir. Kino había encontrado la Perla del Mundo. La esencia de la perla se combinó con la esencia de los hombres y de la reacción precipitó un curioso residuo oscuro. Todo el mundo se sintió íntimamente ligado a la perla de Kino, y ésta entró a formar parte de los sueños, las especulaciones, los proyectos, los planes, los frutos, los deseos, las necesidades, las pasiones y los vicios de todos y de cada uno, y sólo una persona quedó al margen: Kino, con lo cual convirtiose en el enemigo común.
La noticia despertó algo infinitamente negro y malvado en la ciudad; el negro destilado era como el escorpión, como el hambre al olor de la comida, o como la soledad cuando el amor se le niega. Las glándulas venenosas de la ciudad empezaron a segregar su líquido mortífero y toda la población se inflamó, infectada.

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Una ciudad se parece mucho a un animal. Tiene un sistema nervioso, una cabeza, unos hombros y unos pies. Está separada de las otras ciudades, de tal modo que no existen dos idénticas. Y es además un todo emocional. Cómo viajan las noticias a su través es un misterio de difícil solución. Las noticias parecen ir más de prisa que la rapidez con que los muchachos pueden correr a transmitirlas, más de prisa de lo que las mujeres pueden vocearlas de ventana en ventana.

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Y los recién llegados, en particular los mendigos de la entrada de la iglesia que eran grandes expertos en análisis financiero, miraban rápidamente la vieja falda azul de Juana, veían los rotos de su chal, evaluaban las cintas verdes en su pelo, leían la edad en la manta de Kino y el millar de lavados de sus ropas, los clasificaban al momento como gente mísera y seguían tras ellos para ver qué clase de drama se iba a representar. Los cuatro mendigos de la puerta de la iglesia conocían todo lo existente en la ciudad. Estudiaban la expresión de las jóvenes en el confesionario, las miraban al salir y sabían la naturaleza del pecado. Estaban enterados de todos los pequeños escándalos y de algunos grandes crímenes. Dormían en los mismos escalones de la puerta de la iglesia así nadie podía entrar en el templo a buscar consuelo sin que ellos se enterasen. Y conocían al doctor. Sabían de su ignorancia, su crueldad, su avaricia, sus apetitos, sus pecados.

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Oyó el leve crujir de las cuerdas al sacar Juana a Coyotito de su cuna, lavarlo y envolverlo en su chal de modo que quedara muy cerca de su seno. Kino podía ver todo esto sin mirarlo. Juana cantaba en voz baja una vieja canción que sólo tenía tres notas y, no obstante, interminable variedad de pausas. Esto también formaba parte de la Canción Familiar, como todo. A veces llegaba a ser un acorde doloroso que ponía nudos en la garganta, musitando: «esto es certeza, esto es calor, esto lo es todo».

La perla - John Steinbeck

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