Su risa era tranquila; ni siquiera se alteró cuando el dependiente hubo de sostenerle, llamándole por su nombre, como Leonora, al tiempo que le decía:
Tranquilícese, tranquilícese.
Muy bien repuso el joven. Voy a tranquilizarme. Si alguna vez ve a un hombre más tranquilo que yo, me lo dice, y le compraré un aeroplano.
Okey! respondió el otro. Lo que debe hacer es llamar a un taxi e irse a su casa.
¿A mi casa? ¡Pero si vengo de allí! Ahora me voy a la oficina. Ya me siento bien. Sírvame otra copa, sitúeme frente a la puerta y todo irá como sobre ruedas. ¿Me entiende? Me di cuenta, por equivocación, de que había otros dos hombres.
Se detuvo, observando cómo el dependiente le servía la copa de whisky. Al beberla no experimentó sensación alguna; solo la del líquido descendiendo por su garganta, cálido y frío al mismo tiempo. Había cesado de estremecerse y echó a andar, sintiendo sobre él la mañana inmaculada y brillante.
Me encuentro mejor dijo. Me encuentro mejor
¡Mejor! ¡Mejor! añadió, gritando cada vez más, hasta que de nuevo se detuvo para decir con trágica y pasiva clarividencia, al hallarse ante las puertas acristaladas por las que había de pasar: Algo va a ocurrirme. Las cosas han ido demasiado lejos y todo esto ha de terminar de un modo insospechado.
(...)
Mirando hacia atrás pudo aún distinguir la ciudad, o, mejor dicho, su resplandor, no muy lejano, como si se moviese al mismo tiempo que el vehículo, a pesar de la velocidad de este. No podía escapar de ella, simbólica y envolvente, como si no tuviese en cuenta las distancias ni el convencionalismo de las horas. Estaba allí
con su eterno olor a café y a azúcar, con sus húmedos esqueletos metálicos suspendidos sobre la gris superficie de las aguas, perdida por completo toda esperanza de latitudes u horizontes, mientras por las alcantarillas, llenas de agua, se deslizaban las inmundicias y basura
con sus diez mil mañanas inevitables en las que diez mil árboles sacudidos por el viento rozarían los muros de ladrillos chorreando humedad, mientras que diez mil pares de negras como Leonora tratarían de pelearse contra el invencible sol
, el oscuro café, las miríadas de pescados friéndose en aceite
, y un mañana repitiéndose sin cesar, no lleno de esperanza o ilusiones, sino tan solo tratando de existir.
(...)
Atravesaron la puerta, entre una multitud de rostros vueltos hacia arriba. «No son seres humanos pensó. Ni puede considerarse su caso como un adulterio. No es posible imaginárselos amando, como tampoco es posible imaginarse a dos aeroplanos unidos en un rincón oscuro del hangar». Con una mano sostenía al niño, sintiendo sobre el hombro su liviano peso. «Si se hacen un corte, sale de él aceite de engrasar. Y si se los disecase, podría comprobarse que, en vez de huesos, tienen bielas y cojinetes». El restaurante estaba atestado; así es que hubieron de renunciar a tomarse un helado en plato. Con un cono lleno de crema en la mano y una barra de chocolate en el bolsillo atravesaron de nuevo la puerta del campo, en el preciso instante de estallar el cohete
(...)
Sí. Todo irá bien. Y escúcheme: para regresar aquí, es mejor que cojamos el tren de las ocho veinte.
Muy bien dijo Shumann. Oiga. Acerca de aquel dinero
No se preocupe repuso el otro. Estaba intacto.
Depositamos de nuevo un billete de cinco y otro de un dólar en su bolsillo. Si desapareció, la culpa es nuestra por dejarlo allí. Pero no pudimos meterle en su casa porque la puerta se cerró de golpe y no teníamos llave.
Es igual afirmó el reportero. Solo se trata de despreciable dinero y no me importa que no me lo devuelvan.
(...)
El reportero echó a correr, al tiempo que percibía, no el ruido del aparato precipitándose contra el suelo, sino el rumor de la muchedumbre al exhalar una exclamación, unánime, que pareció ser recogida y ampliada por el altavoz. Atravesó velozmente la rotonda y la puerta de entrada, ahora llena de confusión, exhibiendo su tarjeta profesional. Era como si, de repente, todos los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas, con sus victorias y derrotas, sus esperanzas y fracasos, se hubieran borrado de su vida, volando por los aires como las hojas de un periódico, tras haberse detenido unos instantes en su armazón de espantapájaros. Después, sobre las cabezas gesticulantes acumuladas en el campo de aviación y alrededor de la ambulancia, el coche de los bomberos y las motocicletas de la Policía, pudo percibir al aparato completamente invertido sobre el terreno, con el tren de aterrizaje proyectándose al aire, rígido, delicado e inmóvil como las patas de un pájaro muerto.
(...)
Así es que empezó a alejarse lentamente, apoyándose en la pared y tratando de contener el vómito, mientras reflexionaba: «Hace cuatro horas ellos estaban fuera y yo dentro. Y en este instante ocurre precisamente lo contrario». Es como si existiese alguna regla cósmica que regulase la pobreza. Al parecer, resulta imprescindible la presencia de vagabundos en los bancos del parque y en las salas de espera de las estaciones, sin aguardar otra cosa sino que el amanecer los esparza a todos por el ancho mundo gritando y gesticulando como estrellas fugaces que se sumergen de nuevo en la nada. Era preciso hallar un sitio donde refugiarse, aunque estaba ya acostumbrado al temblor y no sentía frío alguno. Existían por allí dos estaciones, pero como nunca estuvo en ellas no pudo recordar cuál era la más cercana. De pronto se detuvo, acordándose del mercado
Tomaría una taza de café. «Café se dijo, café. Cuando me haya bebido una taza ya será de día. Sí, cuando uno se bebe una taza de café, ya es mañana, y no hay que esperar más».
Caminaba ahora muy de prisa, respirando a pleno pulmón, con la boca abierta, como si pretendiera llenar su estómago de aire frío y de oscuridad.
(...)
Puede usted hablar de paternidades inmaculadas. Pero ese niño nació sobre un paracaídas extendido en el suelo, y luego el doctor llamó a Shumann y al paracaidista, y este sacó unos dados y le dijo a la mujer: «¿Quieres que lo hagamos así?», y ella repuso: «Agita el cubilete», y cuando salieron los dados, Shumann sacó el número más alto. Aquella misma tarde fueron en busca del juez de paz, y ella, desde entonces, se llama Shumann, y lo mismo el niño. Me dijeron que no habían sido ellos quienes empezaron a decirle: «¿Quién es tu padre?», sino la mujer misma. Y el chiquillo tiene ya la misma cara que los cuatro. Ella misma se corta el pelo con unas tijeras y juguetea con el muchacho diciéndole: «Ya puedes golpearme fuerte
, más
, más». ¿Qué le parece todo esto?
Se detuvo de nuevo. El editor, apoyado contra el respaldo de su sillón giratorio, emitió un largo y profundo suspiro, mientras el reportero se inclinaba sobre la mesa, como un esqueleto a punto de desintegrarse, con el mismo aire de soñadora furia que debió de adoptar Don Quijote.
Creo que debería escribirlo dijo el editor.
El otro le estuvo contemplando, completamente inmóvil, durante unos segundos.
Debería escribirlo
, debería escribirlo murmuró. Su voz eclipsóse, mientras miraba al editor con aire extático, y este le respondía con una expresión fría y vengativa:
Sí. Váyase a casa y escríbame todo esto.
¡Que me vaya a casa y
! ¡A casa a escribir
! ¡Dios mío! Jefe, ¿cómo es que no nos hemos comprendido hasta ahora?
Sí, sí repuso el editor. Váyase a casa, enciérrese con llave, arroje esta por la ventana y póngase a escribir observó la cara desvaída del reportero, iluminada ahora por una fantasmal claridad verdosa. Y una vez haya terminado, préndale fuego a su habitaciónla faz del joven se fue haciendo lentamente hacia atrás, como una máscara tirada por un cordal. Y luego volvió a quedarse inmóvil, excepto por un ligero movimiento de los labios, como si estuviese probando algo muy sabroso o muy desagradable. Después se irguió poco a poco, como si le costase trabajo encajar uno en otro sus huesos y articulaciones. Sobre el escritorio veíase un paquete de cigarrillos, hacia el que tendió los dedos; pero el editor, con la misma rapidez con que antes había cogido el sombrero, se hizo cargo de la cajetilla, sin perder de vista al joven. Este, recogiendo del suelo su despreciable sombrero, le estuvo contemplando unos momentos con aire ensimismado, como si sacase muchas consecuencias de semejante examen. Óigame dijo el editor con voz paciente, casi amable: Los propietarios de este periódico, o sus editores, o quienquiera que sea el que pague nuestros sueldos, por suerte o por desgracia, no tienen a su disposición Sinclairs Lewis, Hemingway, ni tan siquiera Chejov, principalmente, porque no desean tenerlos, ya que lo que ellos quieren no son piezas literarias, aunque estas sean dignas del premio Nobel, sino noticias.
(...)
Pero no son como nosotros. De tener sangre en las venas, sentido común y cerebro, no se atreverían a efectuar esos virajes ceñidos alrededor de un poste. Hágalos arder, como el de esta noche, y no les oirá gritar siquiera. Hiéralos, y verá que no es sangre lo que tienen en las venas, sino aceite lubricante
Escúcheme: esta mañana entré en el hangar, cuando estaban repasando los aparatos, y pude ver al niño y a un individuo que parece un potro, agachado y con los puños cerrados, mientras que el resto del personal estaba vuelto hacia ellos, con las herramientas en la mano. El niño precipitóse contra aquel hombre, y este le sostuvo en el aire, volviéndole a depositar en el suelo. Yo me acerqué y, poniéndome también en guardia, dije: «¡Vamos, Dempsey! ¿Quieres pelear conmigo ahora?». Pero el chiquillo no hizo gesto alguno, sino que permaneció inmóvil, hasta que aquel sujeto me dijo: «Pregúntele quién es su padre», pero yo entendí «Cómo es su padre», y el otro me aclaró: «No. ¿Quién es su padre?». Así lo hice, y el niño precipitóse hacia mí, golpeándome con los puños con tal fuerza, que, de haber sido un poco mayor, me hubiera derribado. Entonces hizo unas preguntas, y ellos me lo explicaron todo se detuvo, quizá falto de respiración, pero no con esa suavidad propia de una embarcación vacía, sino de repente, como un juguete infantil que deja de funcionar al terminársele la cuerda. Tras su escritorio, aún echado hacia atrás y con las manos crispadas sobre el sillón, el editor le miraba con sorpresa.
(...)
Luego sentóse en una silla, mientras el editor proseguía increpándole. Al hacerlo, dejóse caer con ruido seco, como el que hubiese producido un espantapájaros al desplomarse sobre el suelo, o como si su esqueleto hubiese entrado en contacto directo con la madera del mueble, e inclinóse hacia adelante, sobre el escritorio, con expresión anhelante, no solo como si estuviera al borde de la tumba, sino como si ya contemplara las orillas de la Laguna Estigia y los inmensos espacios en los que nunca ha sonado el timbre de una caja registradora ni el ruido de dinero
, en aquel lugar resplandeciente lleno de aromas de incienso y ámbar, situado en el seno profundo del más completo placer celestial.
Pylon - William Faulkner
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