miércoles, 6 de febrero de 2019

Porque no, porque lo que está allá en el cementerio de la Iglesia de Caledonia fue Crawford Gowrie solo un segundo o dos el sábado pasado y Lucas Beauchamp arrastrará su pigmento a diez mil situaciones que un hombre más prudente evitaría y uno más ágil eludiría diez mil veces después de que lo que fue Lucas Beauchamp durante un segundo o así el sábado pasado esté en el cementerio de su iglesia de Caledonia también porque este condado de Yoknapatawpha que os habría detenido a ti y a Aleck Sander y a la señorita Habersham la noche del domingo pasado tiene razón en realidad, la vida de Lucas el que respire y coma y duerma no tienen importancia lo mismo que no la tienen la tuya y la mía lo importante es su indiscutible derecho a vivirla tranquilo, en paz y seguro y de hecho esta tierra sería mucho más cómoda con muchísimos menos Beauchamp y Steven y Mallison de todos los colores en ella si hubiese algún medio indoloro de eliminar no los torpes cadáveres devoraespacio cosa que puede hacerse sino el recuerdo cosa que es imposible: ese recuerdo inalienable inmortal la conciencia de haber estado vivo una vez que existe siempre aún diez mil años después en diez mil recuerdos de injusticia y sufrimiento, somos demasiados no por el espacio que ocupamos sino porque estamos deseando vender libertad casi a cualquier precio siempre que sea ostentoso en pro de lo que llamamos nuestro que es una licencia constitucional estatutaria para perseguir cada uno su postulado personal de felicidad y satisfacción independientemente de la aflicción y el coste llegando incluso hasta la crucifixión de alguien cuya nariz o pigmento nos desagrade y hasta esto puede resolverse siempre que haya algunos más que crean que una vida humana es valiosa solo porque tiene derecho a seguir respirando sin importar el pigmento que distiendan sus pulmones o la nariz que inhale el aire y estén dispuestos a defender ese derecho a cualquier precio, no hacen falta muchos, bastaron tres el domingo por la noche, e incluso puede bastar uno y con suficientes dispuestos a más que a sentirse agraviados y avergonzados Lucas ya no correrá el riesgo de necesitar sin previo aviso que le salven

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—¿Era eso lo que tú querías? —dijo su tío—. ¿El tabaco? ¿Habría bastado eso?… Claro que no. Lo que es un motivo para que Lucas reciba al final su tabaco; insistirán en ello, habrán de hacerlo. Recibirá pagos parciales a cuenta el resto de su vida en este país los quiera o no los quiera y no ya Lucas sino Lucas: Sambo puesto que lo que hace que un hombre se agite insomne de noche en la cama no es tanto haber ofendido a sus semejantes como haber cometido un error; la simple ofensa (si no puede justificarla con lo que llama lógica) puede borrarla destruyendo a la víctima y a los testigos pero el error es suyo y es uno de sus gatos y él siempre prefiere matarlo dulcemente. Así que Lucas tendrá su tabaco. No lo querrá, claro, e intentará rechazarlo. Pero lo tendrá y veremos así invertida aquí precisamente en el condado de Yoknapatawpha la antigua relación oriental entre el salvador y la vida que salvó: Lucas Beauchamp que fue antes esclavo de cualquier blanco a cuyo alcance pudiera estar tiraniza ahora la conciencia blanca de todo el condado. Y ellos (Beat One y Two y Three y Five) también se dieron cuenta de esto así que ¿por qué perder ya el tiempo en mandarle la lata de tabaco de diez centavos si no tendrán más remedio que pasarse haciéndolo el resto de su vida? Así que lo desecharon de momento. No escapaban de él, escapaban de Crawford Gowrie; solo repudiaban no ya por horror sino por unanimidad absoluta un no harás y un no debieras que sin aviso previo alguno se convirtió en no debes. No matarás comprendes… nada acusatorio, frío: un precepto moral simple; lo hemos aceptado en el anonimato distante de los antepasados, lo hemos conservado todo este tiempo, acariciado, alimentado, mantenido vivo su sonido y las mismas palabras inalteradas tan usado ya que tiene gastadas todas las esquinas; ya no nos quita el sueño; hemos destilado incluso antídotos propios contra él lo mismo que el ama de casa previsora tiene siempre a mano una solución de mostaza o claras de huevo en la misma estantería que el matarratas

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—Imbéciles, ¿es que no veis que llegáis ya demasiado tarde, que tendréis que empezar otra vez por el principio para encontrar un nuevo motivo? —Luego volviéndose en el asiento y mirando hacia atrás por la ventanilla trasera un segundo o quizá dos lo vio realmente: no rostros sino un rostro, no una masa ni siquiera un mosaico de ellos sino un Rostro: ni siquiera voraz ni insaciable sino solo en marcha, insensato, vacío de pensamiento e incluso de pasión

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—Calma —dijo su tío—. Han pasado todos. Todos están en el pueblo —y aún mirando al viejo que se agachó y limpió torpemente con su mano única la arena coagulada de los ojos y la nariz y la boca y la mano parecía extraña y torpe haciendo aquello, una mano tan conformada tan proclive y presta a la violencia; a los botones de la camisa y la culata y el percutor de la pistola: luego retro cedió la mano y empezó a hurgar en el bolsillo de la cadera pero ya su tío había sacado un pañuelo y lo había extendido aunque ya demasiado tarde pues el viejo se arrodilló y se sacó el faldón de la camisa e inclinándose para acercarlo más limpió con él el rostro muerto luego inclinándose más intentó apartar soplando la arena mojada como si hubiera olvidado que aún lo estaba. Luego se incorporó de nuevo y dijo con aquella voz lisa chillona y penetrante en la que aún no había la menor modulación auténtica:
—¿Bien, sheriff?

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»Y en cuanto a Lucas Beauchamp, Sambo, también él es un hombre homogéneo, salvo esa parte suya que está intentando escapar no ya hacia lo mejor de la raza blanca sino hacia lo de segunda fila… la música barata vulgar y deshonesta, el mísero dinero rufián sin base hipervalorado, el edificio resplandeciente de la propaganda fundada en la nada castillo de naipes sobre un abismo y toda la algarabía estridente de la actividad política que antes era nuestra industria nacional secundaria y es ahora nuestro pasatiempo nacional más querido… todo el espúreo estruendo que producen hombres que fomentan deliberadamente nuestra pasión nacional por lo mediocre y se enriquecen luego con ello; que aceptarán incluso lo mejor siempre que esté envilecido y mancillado antes de que se nos dé a nosotros: que son las únicas gentes de este mundo que se ufanan públicamente de ser de segunda fila, es decir vulgares e ignorantes. No me refiero con eso a Sambo. Me refiero al otro aspecto de él que tiene una homogeneidad mejor que la nuestra y que lo demostró hallando raíces propias en la tierra donde había de desplazar realmente a los blancos para humillarlos: porque él tuvo paciencia aunque no tuviese ya esperanza, capacidad para ver lejos aunque no se viese nada al fondo, no ya la voluntad sino el deseo de resistir porque amaba las pocas cosas viejas y sencillas que no quería quitarle nadie: no un automóvil ni ropas vistosas ni su foto en el periódico sino un poco de música (la suya), un hogar, no su hijo sino cualquier niño, un Dios un cielo del que un hombre puede permitirse un poco a cualquier hora sin tener que esperar a morir, un poco de tierra para que su sudor caiga entre sus propios brotes y plantas verdes. Nosotros (él y nosotros) deberíamos confederamos: intercambiar con él el resto de los privilegios económicos y políticos y culturales a que tiene derecho a cambio de su capacidad para esperar y aguantar y sobrevivir. Luego prevaleceríamos; juntos dominaríamos los Estados Unidos; ofreceríamos un frente no solo impenetrable sino para el que ni siquiera sería una amenaza una masa de gentes que ya no tienen nada en común salvo la frenética codicia de dinero y un miedo básico a un desastre de alcance nacional y que se esconden unos de otros detrás de una palabrería sonora en torno a una bandera»

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No debería haberlo sido nunca. Sin embargo sí lo fue el sábado y probablemente vuelva a serlo, puede que una vez más, puede que dos. Pero luego ya no, se habrá acabado; la vergüenza seguirá presente por supuesto, pero en fin toda la crónica de la inmortalidad del hombre está en el sufrimiento que ha soportado, su lucha hacia las estrellas en los escalones de sus expiaciones. Algún día Lucas Beauchamp podrá pegarle un tiro por la espalda a un blanco con la misma impunidad respecto a la soga del linchamiento o a la gasolina que un blanco; con el tiempo, él votará cuándo y dónde pueda un blanco y enviará a sus hijos a la misma escuela a la que vayan los niños del blanco y viajará en donde viaja el blanco lo mismo que el blanco. Pero no será el martes que viene. Y la gente del Norte cree que puede lograrse no ya el martes que viene sino el lunes por la simple ratificación mediante los votos de un párrafo impreso: ha olvidado que aunque hace ya un cuarto largo de siglo que la libertad de Lucas Beauchamp se convirtió en un artículo de nuestra Constitución y no solo se puso de rodillas al amo de Lucas Beauchamp sino que se le pateó la cara diez años en el polvo para que lo mordiera, solo tres breves generaciones después ellos se enfrentan una vez más con la necesidad de dictar leyes para liberar a Lucas Beauchamp.

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—No todos los blancos pueden soportar la esclavitud y al parecer ningún hombre puede soportar la libertad (Lo cual, dicho sea de pasada, esa premisa de que el hombre quiere realmente paz y libertad, es en este momento el problema de nuestras relaciones con Europa, cuyo pueblo no solo no sabe lo que es la paz sino que, salvo los anglosajones, teme activamente la libertad personal y desconfía de ella; estamos esperando sin ninguna esperanza en realidad que nuestra bomba atómica baste para defender una idea tan anticuada como el arca de Noé); con un acuerdo mutuo instantáneo pone su libertad en manos del primer demagogo que aparece: y si no aparece ninguno él mismo la destruye y la aniquila y la hace desaparecer de su vista y su alcance y hasta su recuerdo con la unanimidad frenética de un vecindario que apaga a pisotones la yerba que se incendia.

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las casonas viejas de madera ya casi en ruinas de la lejana fundación de Jefferson se alzaban como la de la señorita Habersham al fondo de jardines y bosquecillos escabrosos y descuidados llenos de árboles viejos y enraizados arbustos aromáticos y floridos cuyos nombres la mayoría de las personas de menos de cincuenta no conocían ya y que aunque viviesen niños en ellas parecían pese a todo hechizadas por los fantasmas de mujeres, viejas aún y solteras y viudas esperando aún setenta y cinco años después a que el lento telégrafo les trajese noticias de batallas en Tennessee y Virginia y Pennsylvania, que no daban ya siquiera de frente a la calle sino que la atisbaban por encima de los modernísimos hombros de las casitas pulcras y nuevecitas de una sola planta proyectadas en Florida y California provistas de sus garajes correspondientes con sus limpias parcelas de yerba recortada y sus monótonos setos de flores, tres y cuatro había ahora, una subdivisión ya de lo que cinco años antes se había considerado algo pequeño para un jardincillo delantero aceptable, donde vivían las prósperas parejas de matrimonios jóvenes dos hijos cada una y (en cuanto podían permitírselo) un automóvil y el carné del club de campo/de los clubs de bridge y de los jóvenes rotarios y de la cámara de comercio y los artilugios eléctricos patentados para cocinar y congelar y limpiar y las sirvientas de color pulcras e inmaculadas con tocas de volantes para manejarlos y hablar por teléfono entre ellas de una casa a otra mientras las señoras, sandalias y pantalones y uñas de los pies pintadas fumaban cigarrillos manchados de carmín con sus bolsas de compra en los supermercados y en las tiendas.

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—Así que he de estar allí al pie de aquella escalera sentada con las faldas estiradas o quizá mejor con la espalda apoyada en la balaustrada y un pie en la pared de la cocina de la señora Tubbs mientras ustedes los hombres que no tenían ni un minuto libre ayer para hacerle a ese viejo negro unas cuantas preguntas por lo que tuvo que recurrir en última instancia a un muchacho a un niño…

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—Señor Hampton —dijo la señorita Habersham. Entonces el sheriff la miró. Hasta la oyó esta vez.
—¿Aún no ha acabado usted de cortar la carne?
Traiga acá ese cuchillo. —Y la cogió del brazo, obligándola a volver a la mesa—. ¿Es que no ha trajinado usted bastante esta noche? Dentro de quince minutos habrá amanecido y la gente no empieza un linchamiento en pleno día. Podrían terminarlo de día en caso de poca resistencia o de mala suerte o de retraso. Pero no lo empiezan nunca de día porque entonces tendrían que verse las caras entre ellos. ¿Cuántos pueden comer más de dos huevos?

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a cinco millas del pueblo cruzaría (la señorita Habersham y Aleck Sander ya lo habrían hecho probablemente en la camioneta) la línea topográfica invisible que era la frontera de Beat Four: el mal afamado, el casi fabuloso y desde luego menos de lo que cualquiera de ellos osase pensar ya, pensando que nunca le era difícil a un forastero hacer al mismo tiempo dos cosas que no le gustasen a Beat Four pues a Beat Four no le gustaban ya por adelantado la mayoría de las cosas que hacía la gente del pueblo (y la mayor parte del resto del condado en realidad): pero a su criterio quedaba, al de ellos, un blanco de dieciséis años y un negro de la misma edad y una vieja blanca solterona de setenta, el elegir y hacer al mismo tiempo las dos cosas de toda la inmensa reserva de invención y capacidad del hombre que con mayor violencia repudiaría y vengaría Beat Four: violar la tumba de uno de su progenie para salvar de su venganza a un asesino negro.

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Su tío miró fijamente a Lucas un largo instante. Pero habló ya con voz tranquila y serena.
—Lucas —dijo— ¿ha pensado alguna vez que si hubiese tratado con respeto a los blancos y lo hubiera hecho además sinceramente, quizá no estuviera sentado aquí ahora?
—Voy a empezar a hacerlo ahora, sí —dijo Lucas—. Trataré con mucho respeto a esa gente que va a venir a sacarme a rastras de aquí y a quemarme.

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Era de ladrillo, cuadrada, bien proporcionada, cuatro columnas de ladrillo en vez de bajorrelieve en la fachada y hasta una cornisa de ladrillo bajo los aleros porque era vieja, de una época en que la gente se tomaba su tiempo para construir hasta las cárceles con gracia y con esmero y recordó que su tío le había dicho una vez que no eran los juzgados ni incluso las iglesias sino las cárceles los verdaderos anales de la historia de un condado, de una comunidad, puesto que no ya las iniciales olvidadas y crípticas y las palabras e incluso frases gritos de desafío y acusación garrapateados en las paredes sino que los mismos ladrillos y piedras conservan en sí, no en solución sino en suspensión, intactos sugerentes poderosos e indestructibles, los calvarios vergüenzas y aflicciones con que corazones hace mucho ya polvo ni recordado ni marcado se habían debatido y quizá reventado.

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«¿Ves? —dijo su tío—. Él no tiene nada contra lo que llama los negros. Si se lo preguntas, probablemente te dirá que le gustan más incluso que algunos blancos que conoce y te lo dirá convencido. Puede que anden siempre robándole unos centavos de aquí y de allá en la tienda y hasta que se lleven quizá cosas (paquetes de chicle o azulete o un plátano o una lata de sardinas o unos cordones para los zapatos o una botella de desrizador) escondidas debajo de la chaqueta y del delantal y él lo sabe; puede incluso que él les dé algunas cosas gratis: huesos y carne que se le estropeen en la caja de hielo y caramelos que estén muy pasados y la grasa de cerdo que se le ponga rancia. Él lo único que quiere es que se porten como negros. Que es exactamente lo que está haciendo Lucas: perdió los estribos y asesinó a un blanco (es probable que el señor Lilley esté convencido de que eso es lo que quieren hacer todos los negros) y ahora los blancos lo agarrarán y lo quemarán, todo normal y en orden y ellos mismos obrando exactamente como él cree que querría Lucas que obrasen: como blancos; ambos observando implícitamente las reglas: el negro actuando como un negro y las gentes blancas actuando como gentes blancas y sin rencores en el fondo por ninguna de las partes (puesto que el señor Lilley no es un Gowrie) cuando la cólera se aplaque; de hecho el señor Lilley puede que fuese uno de los primeros que aportase dinero en metálico para el funeral de Lucas y para el sustento de su viuda y sus hijos si los tuviera. Lo que demuestra una vez más que el hombre que puede causar más aflicción es aquel que se aferra ciegamente a los vicios de sus ancestros».

(...)

podía imaginárselos viéndose de viejos, muy viejos, en un punto de aquel calvario de terminaciones nerviosas inermes inanestesiables que a falta de término mejor llaman los hombres estar vivo en el cual no solo los años transcurridos sino el medio siglo de diferencia entre ellos sería tan indefinible e incalculable como otros tantos granos de arena en una pila de carbón y él diciéndole a Lucas: Yo soy aquel chico que cuando me dio usted la mitad de su comida intentó pagarle con algo que la gente de entonces llamaba setenta centavos de valor monetario y todo lo que se me ocurrió para salvar la cara fue tirarlos al suelo ¿no se acuerda? Y Lucas: ¿Hice eso yo? o viceversa, al revés y Lucas diciéndole: Yo soy aquel hombre que cuando usted tiró las monedas al suelo y no las quiso recoger mandé a dos negros recogerlas y devolvérselas ¿no se acuerda? y él esta vez: ¿Hice eso yo? Porque ya todo había acabado. Había ofrecido la otra mejilla y había sido aceptada. Era ya libre.

(...)

o quizá no hiciese falta nada, el blanco allí súbitamente diciéndole cosas a Lucas, diciéndole: «¿Por qué andas tú tan tieso Edmonds de mierda hijo de puta?» y Lucas masticó la galleta y la tragó y con la caja ya inclinada de nuevo hacia la otra mano volvió muy despacio la cabeza miró un momento al blanco y luego dijo:
—No soy Edmonds. Esos son gente nueva. Yo soy de los antiguos. Soy un McCaslin.
—Tú sigue por ahí poniéndole esa cara a la gente y acabarás sirviendo de carnada a los cuervos —dijo el blanco. Y durante otro instante o por lo menos medio Lucas miró al blanco con un distanciamiento contemplativo y sereno; la caja que sostenía en una mano fue inclinándose despacio hasta que cayó otra galleta en la otra, alzando luego la comisura de los labios chupóse uno de los dientes de arriba muy sonoramente en el silencio brusco mas sin que implicase esto en modo alguno burla o impugnación ni aun desacuerdo, sin que implicase nada en absoluto más bien como abstraído, como podría chuparse un diente (si lo hacía) un hombre que comiera una galleta de jengibre en la más absoluta soledad, y dijo:
—Sí, eso ya me lo han dicho. Y veo que los que lo dicen no son siquiera Edmonds —tras lo cual el blanco se incorporó de un salto y estirando la mano hacia atrás hacia el mostrador donde había una media docena de balancines de arado agarró uno y lo esgrimió y cuando iba ya a utilizarlo intervino el hijo del dueño de la tienda, un joven animoso que rodeando el mostrador o saltándolo fue y lo sujetó de modo que el balancín se estrelló inofensivo contra la estufa fría. Luego ya lo sujetó también otro hombre.
—¡Fuera de aquí, Lucas! —dijo el hijo del propietario por encima del hombro. Pero Lucas seguía inmutable, tranquilo del todo, ni burlón siquiera, ni siquiera despectivo, ni siquiera muy alerta, la caja de chillones colores aún en la mano izquierda y la galletita en la derecha, mirando solo cómo el hijo del propietario y el otro sujetaban al blanco que soltaba tacos y espumarajos. «¡Largo de aquí imbécil, majadero!» gritó el hijo del propietario; y solo entonces se puso Lucas en marcha, sin prisa, dando vuelta despacio y yendo hacia la puerta y llevándose la mano derecha a la boca, para que cuando saliera por la puerta pudieran ver la firme presión de su masticación.

(...)

—Usted es del pueblo. Mi tío le conoce… El abogado Gavin Stevens.
—Yo recuerdo también a su mamá —dijo ella—. La señorita Maggie Dandridge.
—Esa era mi abuela —dijo él—. Mi madre también se apellidaba Stevens —y alargó las monedas: y en el mismo instante en que supo que ella las habría cogido supo que solo por ese preciso instante irrevocable llegaría ya siempre demasiado tarde, eternamente más allá del recuerdo, allí con la sangre cálida lenta tan lenta como los minutos mismos hacia el cuello y el rostro, eternamente con la abierta mano tonta y en ella los cuatro vergonzosos fragmentos de acuñada y troquelada escoria, hasta que al fin el hombre hizo algo que cumplió al menos la función de la piedad.
—¿Para qué es eso? —dijo, sin moverse siquiera, sin inclinar siquiera la cabeza para ver lo que tenía en la palma; por otra eternidad y solo la sangre inmóvil muerta cálida hasta que al fin corrió violenta de modo que al menos pudiera soportar la vergüenza: y vio que la palma giraba no arrojando las monedas sino dejándolas caer desdeñosa y tintinearon en el suelo desnudo, saltando y una de las de cinco centavos rodó incluso lejos en un gran círculo barredor con un sonido seco diminuto como un ratoncito que se escurre; y luego su voz:
—¡Recogedlo!
Y nada más, el hombre no se movía, manos cogidas a la espalda, sin mirar nada; solo el aflujo de la sangre densa muerta ardiente desde la cual habló la voz sin dirigirse a nadie: «Recoged su dinero»; y oyó y vio a Aleck Sander y al chico de Edmonds llegar y hurgar entre las sombras junto al suelo. «Dádselo», dijo la voz; y vio al chico de Edmonds depositar sus dos monedas en la palma de Aleck Sander y sintió la mano de Aleck Sander acercar las cuatro a la suya inerte y meterlas en ella.
—Ahora pueden irse a cazar ese conejo —dijo la voz—. Y no se acerquen al arroyo.

Intruso en el polvo - William Faulkner

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