Estaba profundamente hundida en estas sombrías meditaciones, y mirando distraídamente a los enanitos de piedra que Rosie había dispuesto al otro extremo del césped. Ahora ya no parecían monumentos a la memoria de Willy, ni tampoco estatuas que conmemoraran la infantil inocencia de Rosie, sino más bien un grotesco grupo que se burlaba de su propia ingenuidad. Ella era la ninfa de la fuente de la que ellos se reían, una reliquia de aquel mundo ordenado e ilusorio en el que los pobres no existían, y los homicidios apenas si llegaban a ser unos dramas lejanos cometidos por personas inimaginablemente malévolas que siempre acababan en la horca. La vida, sin embargo, jamás había sido como ella imaginara, y jamás llegaría a serlo. Era otra cosa.
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Prácticamente cada día, sí dijo Consuelo. Si es que no hay día en que no salgan. Últimamente, periódico que cojes, periódico que va lleno de anuncios de enanos que piden compañía
¿Es que no tiene cerebro?
No hace falta que se ponga ofensiva dijo el inspector, estamos aquí para ayudarla.
¿Ah, sí? Pues, mire, cuando vuelva a necesitar su ayuda llamaré a los bomberos, sabe dijo Consuelo recogiendo sus cosas y poniéndose en pie. Ya sé que soy una persona de crecimiento restringido, aunque prefiero que me llamen enana a secas, pero al menos soy capaz de pensar como un ser adulto, cosa que no todo el mundo puede decir. Bien, ya se apañarán ustedes como puedan.
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¿Amable? Esta vez fue el inspector el que tembló. Después de haber visto lo que es capaz de hacer esa enana con lo que yo diría que es un cruce entre un neumático radial y un pene, jamás en la vida acercaría mis intimidades a menos de dos metros de esa mala puta.
No me refiero a eso dijo el agente. Me refiero a que no le va a gustar que alguien diga que ella no es una mujer normal. Debe ser socia fundadora del Partido de la Liberación de las Enanas. Odia a los hombres, pero sobre todo a los normales.
Pues que odie a quien quiera, pero ya me dirá usted a mí si lo que le hizo a ese pedazo de caucho es normal o qué.
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De estos encuentros con la locura y la violencia del mundo Emmelia salía reconciliada con la relativa bonachonería de sus propios planes. Un hombre había incinerado a veintidós personas en Texas, «para divertirse»; en Manchester, un padre de cinco hijos había violado a una anciana; en Teherán se habían producido nuevas ejecuciones en masa de personas denunciadas por haber «pecado contra Dios»; otro soldado británico había muerto en el Ulster cuando se suponía que trataba de evitar que protestantes y católicos se mataran entre sí; una canguro de catorce años, al ver que el bebé que tenía a su cargo no paraba de llorar, había decidido arrojarle por la ventana. Y como si todos estos actos de violencia insensata no bastaran para convencerla de que el mundo estaba loco, vio también algunas series de televisión en las que los detectives y los sospechosos de diversos delitos caían víctimas de balas disparadas con evidente placer, mientras Annie y Rosie y, seguramente, millones de personas más, lo contemplaban con más placer si cabe.
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La nariz de Yapp era incapaz de analizar uno por uno los numerosos estímulos que estaba recibiendo, con la sola excepción de los de la tripa con cebolla, que ahora ocupaban un puesto muy poco importante de la lista. Durante las horas que se había pasado esperándole, Rosie Coppett había cambiado de perfume muchas veces. Primero probó con Noches de París, y luego se aplicó varios frascos que su mamá le había dejado en herencia, y luego los de los perfumes que Willy le compró a lo largo de los años de matrimonio, y la combinación de unos y otros le había parecido muy divertida, pero al final cambió de idea y trató de sofocar todos los demás olores con ese tan característico del que se llamaba Noches de París. Y eso fue todo. Estaba tan aburrida que, para matar el tiempo, se fue a limpiar el retrete, después de lo cual le echó un aerosol con aroma intenso a pino, luego localizó unas cuantas moscas en la cocina y cortó de raíz su breve vida saturándolas prolongadamente de otro aerosol que encontró, que en realidad servía para dar lustre a los zapatos pero que ella se había comprado como arma para impedir que Héctor ladrase más de la cuenta.
Todo esto no le importaba a Yapp. Estaba traspuesto por lo que tenía ante sus ojos, a saber: Mrs. Coppett, en un estado de casi desnudez, pintarrajeada, y en una actitud y con unos olores tan nauseabundos, que el profesor dedujo que, además de ponerse el perfume, había estado bebiéndoselo.
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Con la arrogancia típica de los Petrefact, dio por buena la imagen: para ella, cabía la posibilidad de profanar un capital, y, por otro lado, si la riqueza servía para garantizar la reputación de la familia, esa misma reputación también era un medio para mantener y aumentar la riqueza. Ponga usted a un Petrefact en cualquier lugar del mundo, aunque sea sin un céntimo, y a base de mucho trabajo, astucia comercial y egoísmo acabará convirtiéndose en un millonario. El hecho de que ese presunto Petrefact pudiese pedir préstamos al banco familiar o, en caso necesario, utilizar el prestigio de su apellido para obtener un capital de otras fuentes, no importaba. Lo que Emmelia veía claramente es que sin el apellido se acababa el crédito, y se había propuesto lograr que el nombre de los Petrefact siguiera siendo desconocido excepto para ciertos círculos.
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Ronald es un calavera y un sinvergüenza le dijo ella la primera vez que Frederick fue a verla para explicarle su problema. No hubiese debido manchar el nombre de la familia aceptando el título nobiliario que le ofrecía ese malévolo hombrecillo, y dudo mucho que hayamos hecho méritos suficientes para merecerlo. No me sorprendería que cualquier día nos dijeran que ha huido a Brasil. Seguro que sería capaz de seguir el ejemplo de aquel que decidió pegarse un tiro.
Sorprendía esta actitud en una mujer aparentemente tan hogareña, pero muy pronto Frederick averiguó que tía Emmelia tenía al menos un principio al que se aferraba con todas sus fuerzas. Había elevado la oscuridad social a la categoría de cuestión de honor, y siempre citaba a aquel Petrefact del siglo XVII que solía decir que si el mismísimo Dios se limitó a contestarle a Moisés con aquello de «yo soy el que soy», a ellos, los Petrefact, les correspondía una actitud de absoluta modestia. Los Petrefact eran los Petrefact, y el apellido bastaba, sin necesidad de título alguno. A los ojos de tía Emmelia, su hermano había ensuciado vilmente el apellido familiar poniéndole delante ese «Lord» tan pedante. Y si Frederick consiguió granjearse su afecto y ocupar un sitio a su lado en la administración de la fábrica, no era por el modo en que su padre le había tratado, sino como venganza por su aceptación del título.
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Pero Lord Petrefact ya no le escuchaba. Era obvio que se había equivocado al juzgar a Yapp. No era el marica de mierda que se imaginaba. Si aquel animal era capaz de poner en marcha la serie de acontecimientos que había concluido con la completa destrucción de una habitación de la planta baja, incluido todo lo que contenía, aparte de provocar la caída de una pesadísima y carísima araña de cristal, y todo eso por el simple hecho de darse un baño, no cabía duda de que se trataba de una fuerza de la naturaleza con la que no se podía jugar. Más aún, aquel tipo era un cataclismo humano, una zona de desastre andante, un maníaco de actividades inimaginables. Dejarle suelto por los lugares donde rondaban los demás miembros de la familia Petrefact significaba exponerles a una maliciosa energía que daría buena cuenta de todos ellos antes de que supieran que les estaba pasando algo.
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¿Se encuentra bien? preguntó, y al instante lamentó haberlo hecho. La pregunta sirvió para galvanizar al viejo. Sufrir la presencia de la silla de ruedas y verse luego arrastrado por aquel enloquecido trasto a través de Dios sabe qué porquería había sido espantoso, pero recobrar la conciencia y encontrarse con que le estaban besando su propio secretario confidencial, tras cincuenta años de leales servicios, un tipo que además era una persona dotada de un perverso sentido del humor, capaz de construir un lechoncillo con los cuartos delanteros y traseros de un jodido jabalí, rayaba en lo más espeluznantemente insoportable.
¿Bien? ¿Que si me encuentro bien? chilló. ¿Tiene los cojones de preguntarme si me encuentro bien? Y, además, ¿por qué demonios estaba besándome?
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¿Cómo demonios iba yo a saber que ese condenado artilugio llevaba sesenta años sin ser utilizado? chilló Yapp mientras Croxley le sacaba a rastras del jaleo.
Ya le advertí que esto era como vivir en un museo.
Pero no se refirió a la existencia de ninguna cámara de los horrores, ni me dijo que esa jodida bañera era un instrumento pensado para la aplicación de la pena capital. Tendría que haber una ley que prohibiese la instalación de bañeras con tendencias asesinas. Podría haber muerto abrasado por esos chorros.
Cierto dijo maliciosamente Croxley. Si Walden Yapp le había parecido poco agradable cuando estaba vestido, una vez desnudo, con la piel enrojecida, llena de moretones y exudando por todos los poros la alarma y el escándalo, parecía la personificación de sus opiniones políticas. O eso le pareció a Croxley. Luego le dejó solo, no sin antes haberle comentado, aprovechando aquella magnífica oportunidad, que confiaba en que Lord Petrefact no fuese a llevarle a los tribunales por haber estropeado aquella valiosísima muestra del ingenio victoriano, así como, a juzgar por lo que se veía a través del agujero del suelo, por los destrozos que había causado en el piso inferior.
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Pero fue precisamente el recuerdo del sufrimiento de todos esos millones de personas lo que acabó arrancando a Walden Yapp de su cama. ¿Cómo podía aceptar cien mil libras esterlinas ganadas de aquel modo? Y ofrecidas por un hombre cuya frase más difundida, y de la que más orgulloso se sentía, era una paráfrasis de Churchill que decía: «En el campo de la empresa privada, jamás tantos le habían debido tanto a una sola persona». La mismísima idea de ser pagado con monedas que estaban manchadas con la sangre, el sudor, las lágrimas y los esputos de los mineros silicóticos de Bolivia y Sudáfrica, así como por los cultivadores de té en Sri Lanka, los leñadores del Canadá, los conductores de las palas mecánicas de Queensland, así como de obreros de todas las partes del mundo, le resultaba intolerable.
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De este modo, a los treinta años ya tenía fama de ser el más espeluznante cronista de los horrores padecidos por el Obrero inglés durante la Post-Revolución Industrial, como mínimo desde los escritos de G.D.H. Cole y hasta de Thompson. Pero había otra cosa más importante incluso, al menos desde su propio punto de vista, y es que había llegado a convertir la historia demográfica en poco menos que una forma de expresión artística, gracias a una serie de comedias de televisión que trataban de las desgracias domésticas de la época victoriana, bajo el adecuado título genérico de «La prueba del pudding». Y si esta serie no sirvió para mejorar su imagen en los círculos académicos e hizo vomitar a más de un telespectador, contribuyó como mínimo a que el nombre de Walden Yapp se hiciera famoso, y a que el de la universidad de Kloone permaneciera en pie.
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Fue aquí precisamente, en estas extraordinarias maquinaciones mentales elaboradas con conocimientos inútiles, y con cálculos matemáticos y especiales igualmente baldíos, donde se fraguó el brillante futuro de Walden Yapp. La realidad le importaba un pimiento.
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Y así, mientras otras universidades se convertían en campos de batalla donde se enfrentaban los enragés con matrículas de honor contra los cátedros protofascistas, todos los intentos de crear militantes de extrema izquierda en Kloone acabaron fracasando. No hubo allí sentadas; nadie que estuviera en sus cabales habría querido sentarse voluntariamente en la biblioteca, y no había ningún otro edificio lo suficientemente amplio como para acomodar a la enorme cantidad de gente necesaria para crear fenómenos de histeria colectiva; no hubo tampoco peticiones de poder estudiantil; nadie invadió la secretaría para quemar los archivos; y se produjo una firme negativa a acudir a los seminarios de autocrítica de los miembros del claustro. Incluso los grafitti tan ineptamente pintarrajeados por los profesores fueron prontamente borrados por estudiantes voluntarios, y las únicas exigencias que se oyeron allí fueron en nombre de la reimposición de los exámenes y la introducción de una disciplina estricta, con una plétora de reglas y normativas que liberaran a los alumnos del tormento de tener que tomar decisiones.
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A comienzos de primavera y otoño no había más remedio que hacer funcionar simultáneamente los sistemas de refrigeración y calefacción, o de alternarlos bruscamente, a fin de mantener un ambiente moderadamente soportable. Fue durante uno de esos cambios repentinos cuando un gran fragmento de cristal, menos dispuesto que otros a adecuarse a las tensiones que se le obligaba a soportar, se desintegró, desintegrando también al vicejefe de la biblioteca, el cual se encontraba en los lavabos, setenta metros por debajo del susodicho cristal, dispuesto a empezar a masturbarse. Desde aquel horrible día los estudiantes comenzaron a llamar a los lavabos Calle de la Muerte, y muchos de ellos dejaron de frecuentarlos, para escándalo de los bibliotecarios supervivientes y con un desprecio por la higiene que normalmente nadie espera de una institución dedicada a los estudios superiores.
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¡Calla! aulló Petrefact, pero Frederick no pensaba dejarse silenciar fácilmente.
Yo siempre había querido tener una hermana murmuró, y aunque quizá yo sea un poco torpe, al menos puedes consolarte, querida madre, pensando que, más que perder un hijo, has ganado un neutro.
Pero no acabó aquí la cosa. Cuando conducían a la desmayada Mrs. Petrefact a una habitación en donde atenderle, Frederick le preguntó al ministro paraguayo si la iglesia católica tenía sobre el cambio de sexo opiniones tan estrictas como sobre el aborto.
Sin esperar la respuesta, Frederick añadió:
Pues claro que no. Basta recordar los coros de castrati que había en Roma.
Luego se volvió hacia la esposa del ministro y le dijo que confiaba en que no le hubiera resultado dolorosa aquella misma operación cuando se la hicieron a ella.
Cuando terminó la reunión, Petrefact había tomado una firme e inalterable resolución: ni su hijo ni su supuesta hija heredarían jamás las propiedades de su padre.
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