miércoles, 5 de diciembre de 2018

Durante tres horas me ha torturado el pensamiento de tener que decirle que me acompañara a El cántaro roto, porque solo no iré a El cántaro roto, dijo entonces Reger, escribe Atzbacher, durante tres horas torturadoras pensé en cómo le diría que había comprado dos entradas para El cántaro roto y que al hacerlo sólo había pensado en usted y en mí, porque durante decenios sólo ha oído usted de mí que el Burgtheater es el teatro más espantoso del mundo y ahora, de repente, tiene que venir usted conmigo a El cántaro roto en el Burgtheater, algo que ni siquiera Irrsigler comprende. Coja usted la segunda entrada, dijo, y venga esta noche conmigo al Burgtheater, comparta conmigo el placer de esa locura perversa, mi querido Atzbacher, dijo Reger, escribe Atzbacher. Sí, le dije a Reger, escribe Atzbacher, si es su deseo expreso, y Reger dijo, sí, es mi deseo expreso y me dio la segunda entrada. Realmente estuve esa noche con Reger en el Burgtheater viendo El cántaro roto, escribe Atzbacher. La representación fue espantosa.

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Mundo confuso, brutal, dijo. Demasiado viejo para desaparecer, dijo, soy demasiado viejo para irme, Atzbacher, ¡ochenta y dos, me oye! ¡Siempre he estado solo! Ahora estoy definitivamente en la trampa, Atzbacher. Adondequiera que miremos hoy en este país, vemos una letrina de ridiculez, dijo Reger. Locura de masas catastrófica, dijo.

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Las llamadas clases bajas son, ésa es la verdad, igual de innobles y abyectas e igual de falsas que las altas. Al fin y al cabo ésa es una de las características más repelentes de nuestra época, que siempre se afirma que las llamadas gentes sencillas y las llamadas oprimidas son buenas y las otras malas, ésa es una de las falsedades más repugnantes que conozco, así Reger. Los hombres son en conjunto igualmente abyectos e innobles y falsos, así Reger.

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Creemos siempre que podemos confiar en esos, así llamados, Importantes y Grandes, lo que sean, en el momento decisivo, es decir, en el momento decisivo para nuestras vidas, pero es un error, precisamente en el momento decisivo para nuestras vidas todos esos Importantes y Grandes y, como suele decirse, Inmortales, nos dejan solos, no nos dan más que el hecho de que también entre ellos estamos solos, abandonados a nosotros mismos en un sentido totalmente horrible, así Reger. Única y exclusivamente Schopenhauer me ayudó, porque sencillamente abusé de él para mi objetivo de sobrevivir, así Reger a mí en el Ambassador.

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Miraba abajo a la Singerstrasse y aborrecía a aquellos hombres y pensaba, no quiero volver con esos hombres, así Reger. A esa bajeza y esa mezquindad no quiero volver, me dije, así Reger. Saqué varios cajones de varias cómodas y miré en ellos y cogí una y otra vez fotografías y escritos y correspondencia de mi mujer y los fui poniendo sobre la mesa y lo fui mirando poco a poco todo, mi querido Atzbacher, como soy sincero, tengo que decir que mientras tanto lloraba.

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Veo ya al hombre totalmente aniquilado por la industria musical, dijo Reger, a esas masas de víctimas de la música que poblarán en definitiva los continentes con su hedor de cadáveres musicales, mi querido Atzbacher, la industria musical tendrá un día a los hombres sobre su conciencia, tendrá al final, con la mayor probabilidad, a toda la Humanidad sobre su conciencia, no sólo la química y los desechos, se lo digo yo. La industria musical es el verdadero asesino de hombres, la industria musical es el verdadero genocida de la Humanidad que, si la industria musical continúa como hasta ahora, sólo en unos decenios no tendrá ya ninguna probabilidad, mi querido Atzbacher, así Reger irritado.

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A la gente se le atiborra diariamente de música desde hace ya tanto tiempo, que hace mucho que ha perdido todo sentido para la música. Ese horror influye también, naturalmente, en los conciertos que hoy se escuchan, ya no existe lo extraordinario, porque toda la música en el mundo entero es extraordinaria, y cuando todo es extraordinario no hay, como es natural, nada que sea ya extraordinario, y resulta francamente conmovedor, así Reger, cuando todavía algunos virtuosos ridículos se esfuerzan por ser extraordinarios, ya no lo son porque no pueden serlo ya.

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Atribuyo mi desgracia siempre a la estación en que tengo que vivir, ésa es mi desgracia. No soy de las personas que disfrutan del presente, así es, soy de los desgraciados que disfrutan del pasado, ésa es la verdad, que sienten el presente siempre sólo como una ofensa, ésa es la verdad, dijo Reger, siento el presente como ofensa y como desconsideración, ésa es mi desgracia.

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Todo lo que está de moda me ha repelido siempre. Probablemente padezco también lo que yo llamo egoísmo cultural, quiero, en lo que al arte se refiere, tenerlo todo para mí solo, quiero poseer solo mi Schopenhauer, mi Pascal, mi Novalis y mi entrañablemente querido Gogol, quiero poseer esos productos artísticos sólo yo solo, esas agresiones artísticas geniales, quiero poseer yo solo a Miguel Ángel, Renoir, Goya, dijo, apenas soporto que, además de mí, otro posea y disfrute los productos de esos artistas, me resulta insoportable sólo el pensamiento de que, además de mí, otro aprecie solo Janácek, Martinu o Schopenhauer o Descartes, eso me resulta casi insoportable, quiero ser el único, se trata naturalmente de una actitud horrible, dijo Reger entonces. Soy un pensador posesivo, así Reger entonces en su piso. Me gustaría creer que Goya pintó para mí solo, que Gogol y Goethe escribieron para mí solo, que Bach compuso para mí solo. Como eso es un error y, por añadidura, una bajeza abismal, en el fondo soy siempre infeliz, eso lo comprenderá sin duda, dijo Reger entonces.

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La verdad es que la música me salva una y otra vez, el hecho de que la música siga viviendo aún en mí y la verdad es que vive en mí como el primer día, así Reger. Salvado cada día de nuevo por la música de todas las cosas atroces y repulsivas, dijo, eso es, convertirse otra vez por la música todas las mañanas en un ser que piensa y que siente, ¡comprende!, dijo. Ay sí, dijo Reger, aunque lo maldigamos y aunque a veces nos parezca totalmente superfluo y aunque tengamos que decir que la verdad es que no vale nada, el arte, cuando contemplamos aquí los cuadros de esos llamados Maestros Antiguos, que muy a menudo y, como es natural, con los años de forma cada vez más radical, nos parecen sin utilidad y sin sentido, y nada más que torpes intentos de asentarse hábilmente en la superficie de la Tierra, a los que somos como nosotros no nos salva otra cosa que ese arte maldito y condenado y a menudo repulsivo hasta vomitar y fatal, así Reger.

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El que roba veinte chelines es perseguido y encarcelado por la justicia, el que estafa millones y millares de millones en su puesto de ministro es expulsado, en el mejor de los casos, con una pensión gigantesca y olvidado enseguida, así Reger. Al fin y al cabo es realmente un milagro, así Reger entonces, que se haya expulsado ahora otra vez a un ministro, pero mire, apenas ha sido destituido y expulsado y apenas han escrito los periódicos que ha estafado millares de millones y apenas han escrito esos mismos periódicos que ese ministro es un criminal empedernido y debe ser llevado ante los tribunales, se le olvida ya para siempre por esos mismos periódicos y, con ello, por toda la opinión pública. Mientras que ese ministro hubiera debido ser acusado ante los tribunales y encarcelado, como corresponde a sus crímenes, puedo decir, durante toda su vida, disfruta de una pingüe pensión en su villa de Kahlenberg y nadie piensa ya en impedírselo. Lleva lo que se llama una vida disipada de ministro jubilado y cuando un día muera tendrá aún un entierro oficial y un mausoleo en el cementerio central, así Reger, junto a sus colegas ministros fallecidos antes que él, que fueron tan criminales como él.

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Nada es más repugnante que lo que se llama una lectura poética, dijo Reger, apenas hay cosa que aborrezca más, pero a toda esa gente no le importa nada leer públicamente por todas partes su basura. A nadie le interesa en el fondo lo que esa gente ha escrito apresuradamente en sus correrías literarias, pero ellos lo leen en público, se presentan y lo leen en público y se inclinan ante cualquier consejero municipal retrasado mental y ante cualquier concejal embrutecido y ante cualquier pazguato germanista, así Reger.

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Al fin y al cabo resulta francamente idílico lo que han preescrito todos esos grandes pensadores y esos grandes escritores, dijo Reger, todos ellos, aunque pensaban haber descrito el infierno, sólo describieron un idilio que, en comparación con el infierno en que hoy existimos, es al fin y al cabo, francamente, un idilio idílico, así Reger. Todo lo actual está lleno de vileza y lleno de maldad, mentira y traición, dijo Reger, tan desvergonzada y pérfida como hoy no ha sido nunca la Humanidad. Podemos mirar lo que queramos, podemos ir a donde queramos, sólo veremos maldad y bajeza y traición y mentira e hipocresía y siempre nada más que una absoluta abyección, da igual lo que miremos, igual a donde vayamos, nos enfrentaremos con maldad y con mentira e hipocresía.

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En los hospitales psiquiátricos hay gente encerrada que, una sola vez, no levantó la mano cuando hubiera debido levantarla, dijo Reger, que sólo una vez dijo blanco en lugar de negro, dijo Reger, imagínese. Pero al fin y al cabo no estoy loco, dijo, sólo soy un hombre extraordinariamente de costumbres que tiene una costumbre extraordinaria, a saber, la extraordinaria costumbre de venir desde hace treinta años, un día sí y otro no, al Kunsthistorisches Museum y sentarse en el banco de la Sala Bordone.

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Al fin y al cabo, la gente comete en los museos siempre el error de proponerse demasiadas cosas, de querer verlo todo, y así anda y anda y mira y mira y de pronto se derrumba porque, sencillamente, ha devorado demasiado arte.

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Arrancamos de nuestra vida un objeto para nosotros querido, como suele decirse, que nos sale del alma, una obra de arte, y el que lo recibe va y lo vende por una suma desvergonzada, exorbitante, dijo Reger. Hacer regalos es una costumbre horrible, practicada naturalmente por mala conciencia y también, muy a menudo, por el habitual miedo a la soledad, dijo Reger, un mal hábito, el regalo y, por consiguiente, lo regalado, no se aprecia, hubiera debido ser siempre más y siempre más aún y en definitiva no engendra más que odio, dijo.

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De repente tenía por mujer a una cosmopolita inteligente y acaudalada, dijo Reger, que con su inteligencia y con su caudal me salvó, porque mi mujer me salvó, yo estaba, como suele decirse, por los suelos cuando conocí a mi mujer, dijo. Ya ve, debo no poco a este Kunsthistorisches Museum. Quizá sea incluso el agradecimiento lo que me hace venir al Kunsthistorisches Museum un día sí y otro no, dijo riéndose, pero naturalmente no es ésa

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Después de la muerte de mis padres fue lógico para mí volver a Viena, a esta ciudad gris, abatida por la guerra y sin espíritu, en la que, al principio, sólo existí asustado durante varios años. Pero en el momento en que ya no sabía qué hacer, conocí a mi mujer, dijo. Mi mujer me salvó, siempre he temido al sexo femenino y, por decirlo así, aborrecido realmente en cuerpo y alma a las mujeres, y sin embargo lo salvó una mujer. ¿Y sabe usted dónde conocí a mi mujer?, dijo, ¿se lo he dicho alguna vez?, dijo, y yo pensé que me lo había dicho ya a menudo, pero no lo dije y él dijo, conocí a mi mujer en el Kunsthistorisches Museum. ¿Y sabe usted en dónde en el Kunsthistorisches Museum?, preguntó, y yo pensé, naturalmente que sé en dónde en el Kunsthistorisches Museum, y él dijo, aquí en la Sala Bordone, en este banco, me lo dijo como si realmente no supiera ya que me había dicho ya cientos de veces que conoció a su mujer en el banco de la Sala Bordone, y yo, cuando me lo dijo otra vez, hice como si no se lo hubiera oído nunca aún.

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Las once y media y ha aparecido usted, dijo, miré al reloj y eran las once y media, y ya estaba usted delante de mí. No tengo a ninguna persona más útil que usted, dijo. Probablemente sólo me resulta posible sobrevivir a causa de usted. Eso no hubiera debido decírselo, dijo Reger, es una desvergüenza decir eso, dijo, una desvergüenza sin igual, pero lo he dicho, es usted la persona que me permite seguir existiendo, realmente no tengo a nadie más. ¿Y sabe usted siquiera que mi mujer lo quería a usted mucho? Ella no se lo dijo, pero a mí me lo dijo, y más de una vez. Tiene usted una cabeza libre, dijo Reger, eso es lo más precioso que hay en el mundo.

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Tengo ya esa verborrea musicológica durante toda mi vida musicológica, porque sin duda mi vida no es otra cosa que una vida musicológica lo mismo que la suya es una vida filosofante, eso es evidente. Naturalmente, puedo decir también que hoy es absurdo todo lo que dije ayer sobre la Sonata La tempestad, lo mismo que al fin y al cabo todo lo que se dice es absurdo, pero sin embargo decimos esas cosas absurdas de forma convincente, dijo Reger.

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Y la verdad es que pronto no habrá ya realmente ninguna cultura en esta ciudad, dijo. Estos gobiernos que cada vez se vuelven más tontos y que tenemos aquí en Austria se ocuparán con el tiempo de que en Austria no haya pronto ninguna clase de cultura, nada más que trivialidad burguesa, dijo Reger.

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La gente dice que ha tenido una hermosa infancia, pero sin embargo fue el infierno. La gente lo falsifica todo, y falsifica también la infancia que tuvo. Dice: tuve una hermosa infancia, y sin embargo sólo tuvo un infierno. Cuanto mayor se hace la gente, tanto más fácilmente dice que tuvo una hermosa infancia, cuando sin embargo no fue otra cosa que el infierno. El infierno no va a venir, el infierno ha sido, dijo, porque el infierno fue la infancia. ¡Cuánto me costó salir de ese infierno!, dijo ayer.

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Mis padres eran un matrimonio espantoso, dijo, se aborrecían en secreto, pero no podían separarse. La propiedad y el dinero los mantenían unidos, ésa es la verdad. Teníamos muchos cuadros, bellos y costosos, colgados de nuestras paredes, dijo, pero durante decenios no los miraron una sola vez, teníamos muchos miles de libros en las estanterías, pero durante decenios no leyeron ni uno de esos libros, teníamos un piano Bosendorfer, pero durante decenios nadie lo tocó. Si la tapa de ese piano hubiera estado soldada, no se hubieran dado cuenta en decenios, dijo. Mis padres tenían oídos, pero no oían nada, tenían ojos, pero no veían nada, sin duda tenían un corazón, pero no sentían nada.

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Por mi parte nunca me he recatado de decir que un pariente mío había estado en Stein y en Garsten, lo que sin duda es lo peor que puede decir un austríaco de sus parientes, al contrario, lo he dicho más a menudo de lo que era necesario, lo que naturalmente puede interpretarse también como debilidad de carácter, dijo Reger. Al fin y al cabo tampoco he callado nunca que estuve enfermo del pulmón y que siempre he estado enfermo del pulmón, dijo, nunca en mi vida he tenido ese miedo a los defectos y deficiencias. Estoy emparentado con Stifter y con Heidegger y con Bruckner y con el autor de un doble asesinato que cumplió su condena en Estiria y en Stein, he dicho muy a menudo, incluso cuando no me lo preguntaban, dijo Reger ayer.

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He visto una serie de fotografías, que hizo una fotógrafa de mucho talento de Heidegger, el cual tuvo siempre aspecto de gordo oficial de Estado Mayor retirado, dijo Reger, y que un día le enseñaré; en esas fotografías, Heidegger se levanta de la cama, se vuelve a meter en la cama, duerme Heidegger, se despierta, se pone los calzoncillos, se pone las medias, bebe un trago de mosto, sale de su blocao y mira el horizonte, se talla un bastón, se pone el gorro, se quita el gorro de la cabeza, sostiene el gorro entre las manos, abre las piernas, levanta la cabeza, baja la cabeza, pone la mano derecha sobre la izquierda de su mujer, su mujer pone la mano izquierda sobre la derecha de él, se dirige a su casa, se aleja de su casa, lee, se come su sopa, se corta un pedazo de pan (amasado por él mismo), abre un libro (escrito por él mismo), cierra un libro (escrito por él mismo), se inclina, se estira y así sucesivamente, dijo Reger. Es para vomitar

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Cuando somos viejos, hemos seguido ya muchas modas asesinas, todas esas modas artísticas asesinas y modas filosóficas y modas de artículos de consumo. Heidegger es un buen ejemplo de cómo, de una moda filosófica que un día abarcó toda Alemania, no ha quedado más que cierto número de fotos ridículas y cierto número de escritos mucho más ridículos aún. Heidegger era un charlatán del mercado filosófico, que sólo llevaba al mercado género robado, era y es el prototipo del pensador, al que le faltaba todo, pero realmente todo, para pensar por sí mismo. El método heideggeriano consistía en hacer de grandes pensamientos ajenos, con la mayor falta de escrúpulos, pequeños pensamientos propios, así son las cosas.

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Aunque sepamos que todo arte acaba en la torpeza y en la ridiculez y en la basura de la Historia, como todo lo demás, tenemos que creer con toda seguridad en el arte elevado y elevadísimo, dijo. Sabemos lo que es, un arte chapucero, fracasado, pero no podemos admitir siempre que lo sabemos, porque entonces nos hundimos inevitablemente, dijo.

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Muchos artistas en determinadas épocas, cuando están de moda, dijo, se ven hinchados sencillamente hasta una monstruosidad que estremece al mundo; entonces, de pronto, alguna cabeza insobornable pincha esa monstruosidad que estremece al mundo y esa monstruosidad que estremece al mundo estalla y, de forma igualmente repentina, no es nada, dijo. Velázquez, Rembrandt, Giorgione, Bach, Hándel, Mozart, Goethe, dijo, y lo mismo Pascal, Voltaire, nada más que monstruosidades hinchadas de ésas.

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Me repugna todo lo que pintaron y que está colgado aquí, pienso a menudo, dijo ayer, y sin embargo, desde hace decenios, no puedo evitar estudiarlos. Eso es lo horrible, dijo ayer, que esos Maestros Antiguos me resultan profundamente repulsivos y, sin embargo, los estudio una y otra vez. Pero son repelentes, eso es totalmente claro, dijo ayer. Los Maestros Antiguos, como se los llama ya desde hace siglos, sólo soportan una contemplación superficial, si los contemplamos detenidamente, van perdiendo poco a poco y al final, si los hemos estudiado real y verdaderamente, lo que quiere decir, tan minuciosamente como es posible durante muchísimo tiempo, se deshacen, se nos desmoronan y nos dejan sólo un regusto insulso, incluso, incluso la mayoría de las veces, un regusto nauseabundo en la cabeza.

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El Estado, como a todos los demás, me obligó a entrar en él y me hizo dócil a él, ese Estado, e hizo de mí un hombre del Estado, un hombre reglamentado y registrado y domado y diplomado y pervertido y deprimido, como todos los demás.

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Una buena cabeza es una cabeza que busca los defectos de la Humanidad, y una cabeza extraordinaria es una cabeza que encuentra esos defectos de la Humanidad, y una cabeza genial es una cabeza que, después de haberlos encontrado, señala esos defectos encontrados y, con todos los medios a su disposición, muestra esos defectos.

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Tenemos que ir a Roma y comprobar que la iglesia de San Pedro es un mamarracho de mal gusto y el altar de Bernini una estupidez arquitectónica. Tenemos que mirar al Papa cara a cara y comprobar personalmente que, en fin de cuentas, es un hombre tan desesperadamente grotesco como los demás, para poder aguantar. Tenemos que oír a Bach y oír cómo fracasa, oír a Beethoven y oír cómo fracasa, incluso oír a Mozart y oír cómo fracasa. Y así tenemos que proceder también con los llamados grandes filósofos, aunque sean nuestros artistas del espíritu favoritos, dijo.

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Al fin y al cabo, el mayor placer nos lo dan los fragmentos, lo mismo que en la vida, al fin y al cabo, sentimos el mayor placer si la consideramos como fragmento, y qué horrible nos resulta el todo y nos resulta, en el fondo, la perfección acabada.

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Así, toda la gente lee hoy todo volando, lo leen todo y no conocen nada. Yo entro en un libro y me establezco en él en cuerpo y alma, tiene que imaginárselo, en una o dos páginas de un trabajo filosófico como si penetrara en un paisaje, una naturaleza, una formación estatal, un accidente terrestre si se quiere, para penetrar a fondo en ese accidente terrestre con todas mis fuerzas y no sólo a medias y queriéndolo a medias, investigarlo y luego, una vez investigado con toda la minuciosidad disponible, deducir el todo.

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Pero lo que me deprime tan extraordinariamente es al fin y al cabo el hecho de que una persona tan receptiva como era mi mujer, con toda la monstruosa sabiduría que yo le había transmitido, haya muerto, es decir, se haya llevado consigo al morir esa monstruosa sabiduría, eso es lo monstruoso, esa monstruosidad es mucho más monstruosa aún que el hecho de que haya muerto, dijo.

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Mi querido Atzbacher, sin esa costumbre estaría ya también muerto, dijo ayer Reger. Todo hombre tiene necesidad de una costumbre así para sobrevivir, dijo. Y, aunque sea la más demencial de las costumbres, la necesito. El estado de ánimo de Reger parece haber mejorado, su forma de hablar es otra vez la misma de antes de la muerte de su mujer. Sin duda dice que, ahora, ha superado el llamado punto muerto, pero durante toda su vida sufrirá por haber sido dejado solo por su mujer. Una y otra vez dice que durante toda su vida estuvo en el error de creer que él dejaría a su mujer, que él moriría antes que ella, porque la muerte de ella se produjo de una forma muy súbita, todavía unos días antes de la muerte de ella estaba firmemente convencido de que ella lo sobreviviría; ella era la sana, yo era el enfermo, así, con esa idea y en esa creencia vivimos siempre, dijo. Nadie ha estado nunca tan sano como mi mujer, ella vivía una vida de salud, mientras que yo siempre he llevado una existencia de enfermedad, efectivamente, una existencia de enfermedad mortal, dijo. Ella era la sana, ella era el futuro, yo era siempre el enfermo, yo era el pasado, dijo.

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Hasta el mediodía, la temperatura de dieciocho grados del Kunsthistorisches Museum es la que le resulta agradable, por la tarde se siente mejor en el cálido Ambassador, donde la temperatura es siempre de veintitrés grados. Por las tardes no pienso ya tan a gusto ni tan intensamente, dice Reger, y entonces puedo permitirme el Ambassador. El Kunsthistorisches Museum es su lugar de producción espiritual, así él, el Ambassador es, por decirlo así, mi máquina de tratar los pensamientos. En el Kunsthistorisches Museum me siento expuesto, en el Ambassador protegido, así él.

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Que nosotros, es decir Reger y yo, viniéramos al museo dos días seguidos resultaba impensable, le dije ayer a Irrsigler y, sin embargo, precisamente hoy, porque Reger lo deseaba también precisamente, he venido de nuevo, por qué razón está Reger hoy ahí no lo sé, pensé, pronto lo sabré. Irrsigler se ha asombrado también mucho al verme hoy, porque sólo ayer le dije que quedaba excluido que yo pudiera venir dos días seguidos al Kunsthistorisches Museum, lo mismo que había quedado excluido hasta ahora para Reger. Y ahora estamos los dos, tanto Reger como yo, otra vez hoy en el Kunsthistorisches Museum, en el que estuvimos nada más que ayer. Eso debía de haber irritado a Irrsigler, pensé, pienso. Que es posible equivocarse alguna vez y, por consiguiente, volver a venir al Kunsthistorisches Museum al día siguiente, pensé, pero, reflexioné, sólo que se equivoque Reger solo o que yo solo me equivoque en eso, pero no que los dos, Reger y yo, nos equivoquemos en eso.

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Había personas que decían que Reger estaba loco, porque sólo un loco podía ir durante decenios, un día sí y otro no, salvo los lunes, a la pinacoteca del Kunsthistorisches Museum, pero eso no lo creía, el señor Reger es un hombre inteligente, instruido, así Irrsigler. Sí, le había dicho yo a Irrsigler, el señor Reger no es sólo un hombre inteligente e instruido, sino también famoso, al fin y al cabo estudió música en Leipzig y Viena y ha escrito críticas musicales para el Times y escribe todavía hoy para el Times, dije. No es un escritor corriente, dije, un charlatán, sino un musicólogo en el sentido más propio de la palabra, y tiene toda la seriedad de una gran personalidad. No se puede comparar a Reger con todos esos charlatanes de suplementos musicales como los que diariamente difunden aquí en los diarios su porquería charlatana. Reger es realmente filósofo, le dije a Irrsigler, filósofo en todo el sentido del concepto.

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Si escucho atentamente, oigo a Reger hablar a través de Irrsigler. Si escuchamos a los guías, oímos sólo una charlatanería artística que nos ataca los nervios, la insoportable charlatanería artística de los historiadores de arte, dice Irrsigler porque Reger lo dice muy a menudo. Todas las pinturas son espléndidas, pero ni una sola es perfecta, así Irrsigler siguiendo a Reger. Al fin y al cabo, la gente sólo va a los museos porque le han dicho que un hombre culto tiene que visitarlos, no porque le interesen, la gente no tiene ningún interés por el arte, en cualquier caso el noventa y nueve por ciento de la Humanidad no tiene ningún interés en absoluto por el arte, así Irrsigler siguiendo a Reger palabra por palabra.

Maestros antiguos  - Thomas Bernhard

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