Tú, que te dices amigo de Frankenstein, pareces conocer mis crímenes y sus desventuras. Pero los detalles que él te haya contado no pueden resumir las horas y meses de desdicha que he sufrido consumiéndome en pasiones impotentes. Pues aunque destruía sus esperanzas, no satisfacía mis propios deseos, siempre ardientes y devoradores; anhelaba el amor y la compañía, y sin embargo era despreciado. ¿No es injusticia eso? ¿Debo ser considerado el único criminal, cuando toda la humanidad ha pecado contra mí? ¿Por qué no odias a Félix, que arrojó injustamente de su puerta al amigo? ¿Por qué no maldices al rústico que trató de matar al que había salvado a su hijita? ¡No, esos son seres virtuosos e inmaculados! ¡Yo, el miserable, el abandonado, soy un aborto al que hay que despreciar y arrojar y pisotear!
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—¿Acaso sueñas? —dijo el demonio—. ¿Crees que he sido insensible a la agonía y al remordimiento? Él —prosiguió, señalando el cadáver— no sufrió cuando llevó a cabo su hazaña. ¡Ah! Durante los morosos detalles de su ejecución no sufrió ni la diezmilésima parte de la angustia que he sufrido yo. Un egoísmo espantoso me empujaba, mientras el remordimiento me envenenaba el corazón. ¿Crees que los gemidos de Clerval fueron música para mis oídos? Mi corazón estaba hecho para el amor y la simpatía; y cuando la desdicha lo empujó hacia la maldad y el odio, no pude soportar la violencia del cambio sin una tortura como nadie puede siquiera imaginar.
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Una tremenda carcajada me respondió en el silencio de la noche. Resonó en mis oídos larga y pesadamente; las montañas devolvieron su eco y sentí como si el infierno entero me envolviese con risas y burlas. En aquel instante me habría dejado dominar por el frenesí, y habría puesto fin a mi desdichada existencia; pero mi juramento había sido escuchado, y mi vida estaba reservada para la venganza. Se desvaneció la risa, y una voz que yo conocía y odiaba dijo en audible susurro cerca de mí:
—¡Me alegro, miserable desdichado! Has decidido vivir, y me alegro.
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A vosotros apelo, espíritus de los muertos, y a vosotros, ministros errabundos de la venganza, para que me ayudéis y me guiéis en esta empresa. Que ese monstruo infernal y maldito apure hasta las heces el cáliz de la agonía, y sienta la desesperación que a mí me atormenta ahora.
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Llegué a Ginebra. Mi padre y Ernest aún vivían, pero el primero no pudo soportar la noticia que yo le llevaba. ¡Aún veo al excelente y venerable anciano! Sus ojos vagaron ausentes, pues había perdido a la que había sido su alegría y su encanto, a Elizabeth, su más que hija, a quien había mimado con todo el cariño del hombre que, en el ocaso de la vida, y teniendo pocos afectos, se aferra más firmemente a los que le quedan. ¡Maldito, maldito sea el demonio que precipitó la desdicha sobre sus cabellos grises colmándole de sufrimientos! No pudo soportar los horrores que se acumulaban a su alrededor; los resortes de la existencia no tardaron en ceder; fue incapaz de levantarse de la cama, y a los pocos días murió en mis brazos.
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Yo tuve sentimientos de afecto, y fueron correspondidos con el odio y el desprecio. ¡Tú podrás odiarme, hombre, pero ten cuidado! Pasarás tus horas sumido en el terror y la desdicha; y no tardará en caer el rayo que ha de arrebatarte para siempre la felicidad. ¿Pretendes ser dichoso, mientras yo me arrastro en la intensidad de mi desventura? Podrás aplastar mis otras pasiones, pero me queda aún la venganza… ¡la venganza, en adelante, será para mí más querida que la luz y el alimento! Puede que yo muera; pero antes, tú, mi tirano y verdugo, maldecirás el sol que alumbra tu miseria. Ten cuidado; porque soy atrevido, y por tanto poderoso. Vigilaré con la astucia de una serpiente, a fin de morder con su veneno. Te arrepentirás de las injurias que me infliges.
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Cuando llegó la noche, abandoné el refugio y vagué por el bosque; y ahora que no me contenía el temor de que me descubriesen, di rienda suelta a mi congoja con espantosos alaridos. Era como una fiera salvaje que hubiera roto la red de la trampa y recorría el bosque con la agilidad del ciervo, destruyendo los objetos que encontraba a mi paso. ¡Ah! ¡Qué noche más desdichada pasé! Las frías estrellas brillaban de forma burlesca, y los árboles pelados balanceaban sus ramas por encima de mí; de cuando en cuando, el dulce canto de un pájaro irrumpía en medio de la universal quietud. Todos los seres, salvo yo, descansaban o eran felices; yo, como el demonio, llevaba el infierno dentro; y puesto que nadie me compadecía, deseaba arrancar árboles, sembrar el estrago y la destrucción a mi alrededor, y luego sentarme a gozar en aquella ruina.
Pero esto era un lujo de sensaciones que no podía durar; el exceso de esfuerzo corporal me agotó, y me tumbé en la hierba húmeda, impotente de desesperación. No había entre los miles y miles de hombres existentes ninguno que me ayudase o se apiadase de mí; ¿y debía sentir yo amabilidad hacia mis enemigos? No; desde aquel instante declaré la guerra eterna a la especie; y sobre todo, a aquél que me había formado para hundirme en esta insoportable desventura.
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Cuentan todo lo referente a mi desdichado origen, las repugnantes circunstancias que lo hicieron posible, con la más minuciosa descripción de mi abominable figura, en un lenguaje que refleja tu propio horror, y que grabó el mío de forma imborrable. ¡Sentí náuseas al leerlo! ¡Maldito sea el día en que recibí la vida! —exclamé con agonía. ¡Maldito mi creador! ¿Por qué fabricaste un monstruo tan espantoso que incluso tú mismo te apartaste horrorizado de mí?
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De las manos de Dios había salido una criatura perfecta, próspera y feliz, protegida por el especial cuidado de su Creador; se le había permitido conversar con seres de naturaleza superior y adquirir de ellos su saber; en cambio, yo era desdichado, estaba desamparado y solo. Muchas veces consideré a Satanás el símbolo más acorde con mi condición, pues con frecuencia, como él, cuando presenciaba la dicha de mis protectores, sentía removerse en mi interior la hiel amarga de la envidia.
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Mientras leía, sin embargo, analizaba con atención mis propios sentimientos y situación. Encontraba mi caso parecido, aunque al mismo tiempo extrañamente distinto al de los seres cuyas historias leía y cuyas conversaciones escuchaba. Simpatizaba con ellos y les comprendía, pero yo no estaba intelectualmente formado; no dependía de nadie ni me relacionaba con nadie. «El sendero de mi partida estaba libre», y nadie iba a lamentar mi desaparición. Mi figura era espantosa y mi estatura gigantesca. ¿Qué significaba esto? ¿Quién era yo? ¿De dónde había venido? ¿Cuál era mi destino? Tales eran las preguntas que me repetía continuamente, aunque era incapaz de resolver.
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Estos maravillosos relatos me inspiraron extraños sentimientos. ¿Era el hombre, efectivamente, tan poderoso, tan virtuoso y magnífico, y no obstante tan depravado y tan bajo? Unas veces parecía un mero vástago del principio del mal; otras, lo más noble y divino que cabe imaginar. Ser un hombre grande y virtuoso me parecía el más alto honor que podía caberle a un ser sensible; ser bajo y ruin, como hay testimonio de que han sido muchos, era la más baja depravación, una condición más abyecta que la del topo ciego o del gusano inofensivo. Durante mucho tiempo fui incapaz de concebir cómo un hombre podía llegar a matar a un semejante, ni por qué había leyes y gobiernos; pero al enterarme con detalle de las matanzas y los vicios, cesó mi asombro, y rechacé todo aquello con repugnancia y aversión.
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La niña estaba ordenando la casa; luego sacó algo de un cajón —con lo que ocupó después sus manos— y se sentó junto al anciano, el cual, tomando un instrumento, comenzó a tocar y producir unos sonidos más dulces que la voz de los tordos y los ruiseñores. Era una escena encantadora incluso para mí, ¡pobre desdichado!, que jamás había visto nada tan hermoso hasta ahora. El cabello plateado y el semblante benévolo del viej o campesino conquistaron mi respeto, mientras que los dulces modales de la niña cautivaron mi amor. El viejo tocaba una tonada dulce y triste que, según descubrí, arrancaba lágrimas de los ojos de su amable compañera; cosa de la que el viejo no se dio cuenta, hasta que ella sollozó de manera audible; entonces él pronunció unos cuantos sonidos, y la rubia criatura, dejando la labor, se arrodilló a sus pies. Él la levantó y sonrió con tal ternura y afecto que yo mismo experimentó una emoción extraña e irresistible; era una mezcla de dolor y de placer, tal como no me habían hecho sentir jamás ni el hambre y el frío; ni el calor y el alimento; me retiré de la ventana, incapaz de soportarlo.
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Todos los hombres odian a los desventurados; así que ¡cuánto no me deben odiar a mí, que soy el más desdichado de los seres vivientes! Sin embargo, tú, mi creador, detestas y desprecias a tu criatura, a la que tu arte te ligó con lazos que sólo disolverá la desaparición de uno de los dos. Pretendes matarme. ¿Cómo te atreves a jugar de este modo con la vida? Cumple tu deber para conmigo, y yo cumpliré el mío respecto a ti y al resto de los hombres. Si accedes a cumplir mis condiciones, os dejaré en paz; pero si rehúsas, cebaré el buche de la muerte hasta saciarla con la sangre de los amigos que aún te quedan.
(...)
¡Ay! ¿Por qué se jacta el hombre de sensibilidades superiores a las del bruto? Ello no hace sino someterle más a la necesidad. Si nuestros impulsos se redujesen al hambre, a la sed y al deseo, casi seríamos libres; en cambio, así nos mueve cualquier soplo de viento, cualquier palabra casual, o la idea que esa palabra puede transmitir.
Descansamos, y un sueño puede envenenar nuestro descanso.
Despertamos, y un pensamiento fugaz corrompe el día.
Sentimos, concebimos, razonamos; reímos o lloramos,
abrazamos con pasión el dolor; desechamos los cuidados;
da igual: pues ya sea el gozo o el dolor;
el sendero de su marcha aún está libre.
El ayer del hombre jamás será como el mañana;
¡nada dura salvo la propia mutabilidad!
(...)
La tormenta, como ocurre con frecuencia en Suiza, había surgido a la vez desde distintos sectores del cielo. Su mayor violencia se concentraba exactamente en el norte de la ciudad, sobre la parte del lago situada entre el promontorio de Belrive y el pueblo de Còpet. Entretanto, otra tormenta iluminaba el Jura con débiles relámpagos, y otra entenebrecía y desvelaba a intervalos la Mòle, montaña puntiaguda al este del lago.
Mientras contemplaba la tempestad, hermosa pero terrible, seguí andando con paso rápido. Esta noble guerra que se desarrollaba en el cielo me elevaba el ánimo; junté las manos y exclamé:
—¡William, mi querido ángel! ¡Este es tu funeral, éste es tu réquiem!
(...)
—¡Pobre William! —dijo—. ¡Pobre criatura encantadora, ahora duerme junto a su angelical madre! ¡Que tenga que llorar su muerte prematura quien le ha visto radiante y lleno de gracia y juventud! ¡Morir de forma tan desventurada; sentir la garra del homicida! ¡Qué entrañas tendrá ese asesino, que ha sido capaz de destruir tan luminosa inocencia! ¡Pobre, pobre niño! Sólo nos queda un consuelo: que mientras sus amigos lloran su muerte, él descansa. El suplicio ha terminado; sus sufrimientos han concluido para siempre. Un velo de tierra cubre su dulce cuerpo, y no conoce el dolor. No puede ser ya objeto de compasión; debemos reservar eso para los desdichados que le sobreviven.
(...)
Ven, Victor; no alimentes pensamientos de venganza contra el asesino, sino de paz y de amor, para que, en vez de enconar las heridas de nuestro espíritu, las hagan cicatrizar. Entra en la casa del dolor, amigo mío, pero con amabilidad y afecto hacia los que te aman, y no con odio a tus enemigos.
Tu afectuoso y afligido padre,
Alphonse Frankenstein
(...)
No tardó en observar que el tema me desagradaba; pero no adivinando el verdadero motivo, atribuyó estos sentimientos a mi modestia, y pasó a hablar de la ciencia misma con la intención, según vi con toda claridad, de tirarme de la lengua. ¿Qué podía hacer yo? Trataba de agradarme, y me estaba atormentando. Para mí era como si hubiera colocado cuidadosamente ante mi vista, uno a uno, aquellos instrumentos que más tarde iban a infligirme una muerte lenta y cruel. Yo me retorcía bajo sus palabras, aunque sin atreverme a manifestar el dolor que sentía. Clerval, cuyos ojos y sentimientos eran agudos y penetrantes para descubrir las emociones de los demás, cambió de tema, alegando como excusa su total ignorancia; y la conversación tomó un derrotero más general. Di las gracias a mi amigo en lo más hondo de mi corazón, pero no dije nada. Me daba cuenta claramente de que él estaba sorprendido; pero no trató de arrancarme el secreto; y aunque yo le quería con una mezcla de afecto y respeto ilimitados, sin embargo jamás me decidí a confiarle aquel acontecimiento que tan a menudo estaba presente en mi memoria, pero cuya descripción no habría hecho sino grabármelo de manera más indeleble.
(...)
Los distintos accidentes de la vida no son tan mudables como los sentimientos de la naturaleza humana. Yo había trabajado denodadamente durante casi dos años, con el único objetivo de infundir vida a un cuerpo inanimado. Para ello me había privado del descanso y de la salud. Lo había deseado con un ardor que excedía con mucho a la moderación; pero ahora que había terminado, se había desvanecido la belleza del sueño, y un intenso horror y repugnancia me invadieron el corazón. Incapaz de soportar el aspecto del ser que había creado, salí precipitadamente de la habitación, y estuve paseando por mi dormitorio durante mucho tiempo, sin poder sosegar mi espíritu ni dormir.
(...)
Un ser humano perfecto debe conservar siempre una mente tranquila y serena, y no permitir jamás que la pasión, o un deseo transitorio, turben su tranquilidad. No creo que la persecución del saber sea una excepción a esta regla. Si el estudio al que nos dedicamos tiende a debilitar nuestros afectos y a destruir nuestro gusto por los placeres sencillos en los que no puede haber mezcla ninguna, entonces ese estudio es indefectiblemente malo y en modo alguno conveniente para la mente humana.
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Murió serenamente, y su semblante expresó afecto incluso en la muerte. No hace falta describir los sentimientos de aquellos cuyos lazos más queridos rompe el más irreparable de los males, el vacío que provoca en su alma, y la desesperación que asoma al rostro de todos. Ha de pasar mucho tiempo antes de que la mente se convenza de que quizá aquella a quien veíamos a diario, y cuya existencia parecía formar parte de la nuestra se ha ido para siempre… que quizá se ha apagado la luz de los ojos amados, y que quizá ha enmudecido la voz familiar y querida para no volver a oírse nunca más. Estas son las reflexiones de los primeros días; pero cuando el tiempo demuestra la realidad de ese mal, entonces comienza la verdadera amargura del dolor. Pero ¿a quién no ha arrancado esa mano rigurosa algún ser querido? ¿Para qué voy a describir un dolor que todos hemos sufrido y debemos sufrir? Llega al fin la hora en que la aflicción es más un alivio que una necesidad; y no es desterrada la sonrisa que aflora a los labios, aunque pueda juzgarse un sacrilegio.Mi madre había muerto, pero nosotros teníamos deberes que cumplir; debíamos seguir nuestro camino con los demás y aprender a consideramos afortunados, mientras no nos alcanzase la Parca.
(...)
Así de extrañamente están hechas nuestras almas, y así de sutiles son los ligamentos que nos atan a la prosperidad o a la ruina. Al mirar hacia atrás, me parece como si este cambio casi milagroso de inclinación y voluntad fuese sugerencia inmediata de mi ángel de la guarda: el último esfuerzo realizado por el espíritu de la conversación para evitar la tormenta que ya entonces se cernía en las estrellas, dispuesta a envolverme. Su victoria se anunciaba por una inusitada tranquilidad y alegría del alma que siguieron al abandono de mis antiguos y últimamente atormentadores estudios. Así fue como aprendí a asociar el mal con su prosecución, y la felicidad con su desprecio.
Aquél fue un esfuerzo enorme del espíritu del bien, aunque resultó inútil. El destino era demasiado poderoso, y sus leyes inmutables habían decretado mi absoluta y terrible destrucción.
(...)
Siento un inmenso placer al demorarme en estos recuerdos de mi infancia, antes de que la desventura infectase mi espíritu, y cambiase las luminosas visiones de ilimitada utilidad en estrechas y tenebrosas reflexiones sobre la persona. Además, al trazar el cuadro de mis primeros años, incluyo también aquellos acontecimientos que condujeron, de manera imperceptible, a mi posterior desventura, pues cuando trato de explicarme el nacimiento de esa pasión que después dominó mi destino, la veo surgir como un río de montaña de fuente innoble y casi ignorada; pero, creciendo a medida que avanza, se convirtió en un torrente que fue arrasando a su paso todas mis esperanzas y alegrías.
(...)
Todo el mundo aprendió a querer a Elizabeth. El apasionado y casi reverente afecto con que todos la miraban, y yo también, se convirtió en mi orgullo y satisfacción. La noche antes de que la trajeran a casa, mi madre me había dicho en broma:
—Tengo un precioso regalo para ti, Victor; mañana te lo traerán.
Y cuando, a la mañana siguiente, me presentó a Elizabeth diciendo que era el regalo prometido, yo, con infantil seriedad, interpreté sus palabras en sentido literal y consideré a Elizabeth mía: mía para protegerla, quererla y cuidarla. Todas las alabanzas que le dedicaban las acogía yo como dirigidas a algo de mi propiedad. Nos llamamos el uno al otro con el título familiar de primos. Ninguna palabra, ninguna expresión podría materializar la clase de vínculo que la unía a mí: era más que hermana, puesto que hasta la muerte fue únicamente mía.
Frankenstein, o el moderno Prometeo - Mary Shelley
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