miércoles, 28 de noviembre de 2018

Si ya un poeta o escritor resulta ridículo y, donde quiera que sea, difícilmente soportable para la sociedad humana, ¡cuánto más ridícula e inaceptable resulta toda una horda de escritores y poetas, y de los que se tienen por tales, amontonados! En el fondo, todos esos galardonados llegados a Darmstadt por cuenta del Estado se reúnen para, después de un año impotente de odio recíproco entre colegas, aburrirse otra semana más en Darmstadt. La cháchara de los escritores en las salas del Hotel Kleindeutschland es sin duda de lo más repulsivo que cabe imaginar. Pero apesta de forma más apestosa todavía si está subvencionada por el Estado. ¡Lo mismo que, en general, todo el vaho actual de las subvenciones apesta al cielo! Los poetas y escritores no deben ser subvencionados, y mucho menos por una Academia subvencionada, sino ser abandonados a sus propias fuerzas.

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Deseo a la Academia de Lengua y Poesía, a la que considero de lo más prescindible para Alemania y para todo el resto del mundo, y que sin duda es para los poetas (¡los que lo sean!) y los escritores (¡los que lo sean!) más perjudicial que útil, todo lo mejor con el señor Scheel. La Academia de Darmstadt (¡de Lengua y Poesía!) envía siempre automáticamente, cuando muere uno de sus miembros, una esquela, siempre con el mismo texto (sobre cuyo lenguaje y poesía podría discutirse). Tal vez pueda ver yo un día cómo envía una esquela en la que no recuerde a ninguno de sus dignos miembros, sino a sí misma.

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Decimos que damos una representación teatral, prolongada sin duda hacia el infinito… pero el teatro en que estamos dispuestos a todo y no somos competentes en nada es siempre, desde que podemos pensar, un teatro de velocidad creciente y de palabras clave desperdiciadas… absolutamente un teatro de los cuerpos y en segundo lugar de la angustia mental y por consiguiente de la angustia mortal… no sabemos si se trata de una tragedia sobre la comedia o de una comedia sobre la tragedia… pero todo trata de horror, de mezquindad, de incapacidad mental… pensamos, pero callamos: quien piensa disuelve, deroga, catastrofiza, demuele, desintegra, porque pensar es lógicamente la consecuente disolución de todos los conceptos…

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Aquello de lo que hablamos está por investigar, no vivimos, pero suponemos y existimos como hipócritas, ofendidos, en el malentendido fatal y, en definitiva, letal de la naturaleza en el que hoy estamos perdidos a causa de la ciencia; las apariencias son para nosotros mortales y las palabras con las que, por desolación, nos ocupamos en el cerebro, los miles y cientos de miles de palabras reconocibles por una verdad infame como infame mentira o, a la inversa, por una mentira infame como infame verdad, en todos los idiomas, en todas las relaciones, las palabras que nos atrevemos a decir y escribir y a callar como forma de hablar, las palabras que no están hechas de nada y no sirven de nada ni son para nada, como sabemos aunque lo ocultamos, las palabras a las que nos aferramos porque estamos locos de impotencia y de demencia desesperados, las palabras sólo infectan e ignoran, emborronan y empeoran, avergüenzan y falsean y mutilan y oscurecen y ensombrecen; en los labios y en el papel, maltratadas por sus maltratadores; la característica de las palabras y de sus maltratadores es la desvergüenza; el estado mental de las palabras y sus maltratadores es torpe, feliz,

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No tenemos nada que decir, salvo que somos miserables y que la imaginación nos ha hundido en una monotonía filosófico-económico-mecánica.
Medios orientados a la decadencia, criaturas de la agonía, todo se nos explica y no comprendemos nada. Poblamos un trauma, tememos y tenemos derecho a temer, vemos ya, aunque imprecisamente al fondo, los gigantes del miedo.
Lo que pensamos es repensado, lo que sentimos es caótico, lo que somos no está claro.
No tenemos que avergonzarnos, pero no somos ni nos merecemos más que el caos.
Doy las gracias a este jurado, en mi nombre y en el de los galardonados conmigo, y muy expresamente a todos los presentes.

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Se va por la vida, impresionado, no impresionado, por el escenario, todo es intercambiable, mejor o peor adiestrado en un Estado de atrezo: ¡un error! Se comprende: un pueblo ignorante, un hermoso país… son padres muertos o concienzudamente sin conciencia, seres con la simplicidad y la vileza, con la pobreza de sus necesidades… Todo es una prehistoria sumamente filosófica e insoportable. Las eras históricas son deficientes mentales, lo demoníaco que hay en nosotros, una cárcel patria constante en la que los elementos de la estupidez y de la desconsideración se han convertido en necesidad cotidiana. El Estado es una creación constantemente condenada al fracaso, el pueblo, una creación ininterrumpidamente condenada a la infamia y la debilidad mental. La vida, una desesperanza en la que se apoyan las filosofías, en la que todo, en definitiva, tiene que volverse loco.

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La vida no es más que ciencia. Ciencia de las ciencias. De pronto estamos presos en la naturaleza. Conocemos bien los elementos. Nosotros hemos puesto a prueba la realidad. La realidad nos ha puesto a prueba. Ahora conocemos las altas leyes de la naturaleza y podemos estudiarlas en realidad y en verdad. No dependemos ya de suposiciones. Cuando miramos la naturaleza, no vemos ya espectros. Hemos escrito el capítulo más audaz del libro de la Historia mundial; y concretamente lo ha escrito cada uno de nosotros para sí con espanto y miedo a la muerte y ninguno según su voluntad, ni según su gusto, sino según la ley de la naturaleza, y hemos escrito ese capítulo a espaldas de nuestro padres ciegos y nuestros estúpidos maestros: a espaldas de nosotros mismos; después de tantas cosas interminablemente largas e insulsas, las más breves, las más importantes.
Estamos asustados de la claridad de la que de repente se compone nuestro mundo, nuestro mundo científico: nos helamos en esa claridad; pero hemos querido tener esa claridad, la hemos conjurado y por eso no podemos quejarnos de la claridad que ahora reina. Con la claridad aumenta el frío. Esa claridad y ese frío reinarán en adelante. La ciencia de la naturaleza será para nosotros una claridad más alta y un frío mucho más crudo de lo que hoy podemos imaginar.

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En aquella época, el Burgtheater había puesto en escena mis obras La partida de caza y El Presidente, y La cabalgata sobre el lago de Constanza de Peter Handke, y eso, increíblemente, había motivado que una delegación del llamado Senado de las Artes del Estado, encabezada por su presidente, el escritor Rudolf Henz, presentara en forma de resolución al Ministerio de Cultura la petición de que el ministro interviniera ante la dirección del Burgtheater para que no se volviera a representar a Bernhard ni a Handke, porque Bernhard y Handke, como podía leerse a diario en los periódicos vieneses, oran malos escritores, y él mismo, Henz, y su gente del Senado de Cultura, buenos. ¡Los beneficiarios de la sinecura estatal triunfaron!

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El Estado concede un premio de la cuantía de un sueldo miserable y la Asociación de Industriales hace lo mismo, y los dos se exponen así a la opinión pública, que no se percata de lo infame y perverso que es el proceso. En realidad, con la concesión de un miserable premio de veinticinco mil chelines, la Asociación de Industriales, que tiene millones y hasta miles de millones, se pone a la altura de un mecenas del arte y la cultura absolutamente extraordinario, y es alabada además por ello en todos los periódicos, en lugar de ser denunciada sin la menor consideración por su infamia.

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Luego estalló el caos. Yo no comprendía nada de lo que había ocurrido. Había tenido que soportar allí una humillación tras otra y luego había leído mi texto, según creía inofensivo, y entonces el ministro había abandonado furioso la sala y sus vasallos se dirigían contra mí. Toda la turba de la sala, personas todas que dependían del ministerio y recibían subvenciones y pensiones, y en primer lugar el llamado Senado de las Artes, que probablemente había estado presente en todas las concesiones del Premio Nacional, se precipitaron detrás del ministro, saliendo de la sala de audiencias y bajando por la ancha escalinata. Sin embargo, todas esas personas que se precipitaron detrás del ministro no lo hicieron sin haberme dirigido antes al menos un mirada malévola, porque al parecer yo había sido la causa de aquella penosa escena y del abrupto derrumbamiento de la ceremonia.

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Sin embargo, lo que me hirió profundamente fue la manifestación del ministro de que yo, y lo recuerdo literalmente, era un extranjero nacido en Holanda, que sin embargo llevaba algún tiempo viviendo entre nosotros (es decir, entre los austríacos, en los que el ministro Percevic no me incluía). No se debe reprochar a la gente provinciana su provincianismo, pero, cuando actúa con una arrogancia tan inigualable como la del señor Piffl-Percevic, hay que dejar constancia si la ocasión llega. Ahora tengo esa ocasión y constato el hecho. En el rostro antiartístico, en definitiva estúpido y totalmente insensible del ministro de Cultura se dibujaba una soberbia realmente indescriptible mientras informaba a la asamblea de quién era yo. Pero probablemente tampoco en aquel caso, salvo mis amigos, sabía nadie que el ministro sólo había aireado en la sala una falsificación envuelta en estupidez. Él no sentía nada, sencillamente, con su monótono tono innato, leía una información falsa tras otra, una infamia tras otra.

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Mi tía había tenido siempre una opinión muy alta de nuestro Estado y, en general, del Estado, su marido había sido un alto funcionario público, y ella hizo como si me hubieran concedido un honor cuando apareció en el periódico la noticia de que recibía el premio, también a ella tuve que explicarle que se trataba del Pequeño y no del Gran Premio y, otra vez traté de explicarle exactamente la diferencia entre ambos premios, y al final de mi explicación dije que ni el Pequeño ni el Gran Premio Nacional valían nada, ambos premios eran una infamia y era una vileza aceptar cualquiera de ellos, pero mi falta de carácter bastaba para que aceptara el premio, porque quería recibir los veinticinco mil chelines. Mi tía se sintió decepcionada, hasta entonces había esperado demasiado de mí. No debía aceptar el premio, dijo, si yo pensaba lo que decía.

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Cuando la gente me preguntaba quién había recibido ese llamado Gran Premio Nacional, decía siempre que nada más que imbéciles, y si me preguntaban cómo se llamaban esos imbéciles, citaba una serie de imbéciles que para todos ellos eran desconocidos, sólo yo conocía a aquellos imbéciles. Y ese Senado de las Artes se componía por consiguiente nada más que de imbéciles, decían, porque calificas de imbéciles a todos los que componen el Senado de las Artes. Sí, decía yo, en el Senado de las Artes no hay más que imbéciles, y concretamente imbéciles católicos e imbéciles nacionalsocialistas, y además algunos judíos como coartada. A mí me asqueaban esas preguntas y esas respuestas. Y esos imbéciles, decía la gente, eligen cada año nuevos imbéciles para su Senado, al concederles el Gran Premio Nacional. Sí, decía yo, cada año se elige a nuevos imbéciles para el Senado que se llama Senado de las Artes, y es un mal imposible de extirpar y un absurdo perverso en nuestro Estado. Se trata de una asamblea de los mayores inútiles y cabrones, decía cada vez. Y entonces, ¿qué es el Pequeño Premio Nacional? Y yo respondía, el Pequeño Premio Nacional es lo que se llama un estímulo al talento, y lo han recibido ya tantos que no pueden enumerarse, entre ellos yo ahora, porque, como castigo, me han dado el Pequeño Premio Nacional. ¿Como castigo por qué?, me preguntaban, y yo no sabía qué responder. El Pequeño Premio Nacional, decía, es después de los treinta una infamia, y, como tengo ya casi cuarenta, es una infamia monstruosa

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Pero no quería exponerme a rechazarlo, porque entonces habrían vuelto a calificarme de arrogante y megalómano, como acostumbran, porque todavía hoy me califican de arrogante y megalómano, y quizá tengan razón y realmente sea megalómano y arrogante, no soy capaz de autojuzgarme de una forma total. Pero por mucho que me ahogara la idea de tener que entrar en el ministerio y recoger el Pequeño Premio Nacional, me salvaba sin embargo el hecho de que también aquel Pequeño Premio Nacional estaba dotado con una suma de dinero, con veinticinco mil chelines de entonces, que yo, endeudado hasta las cejas, necesitaba con urgencia.En esas deudas había pensado mi hermano al permitirse la monstruosidad de entregar mi Helada en la portería del ministerio.

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Allí donde la gran pared escarpada de Opatija resplandecía cegadoramente al sol de la tarde, un coche invadió desde la izquierda mi carril, chocó de frente con la parte delantera del mío y la aplastó por completo. A mí me arrojó fuera del coche, pero en seguida me puse en pie, sin sentir dolor alguno. También el coche del yugoslavo había quedado completamente destrozado. De la chatarra había saltado el conductor, que huyó gritando, con una mujer detrás que le chillaba sin cesar: Idiot! Idiot! Idiot! Yo tenía ante mí un montón de hojalata en medio de la carretera, y todo el tráfico que venía de los astilleros se había interrumpido. Los Idiot! Idiot! Idiot! cesaron y me quedé solo allí. De pronto vi a personas que venían corriendo hacia mí y me miré y vi que tenía todo el cuerpo cubierto de sangre. Había resultado herido en la cabeza y el derramamiento de sangre había sido tan violento que creí que me había roto el cráneo, pero seguía sin sentir ningún dolor. Entonces me agarró alguien que había salido de un pequeño Fiat 500 y me metió en su coche. Hizo rugir el motor y me llevó a toda velocidad al hospital por la carretera de la costa, a una velocidad tan increíble que creí que se produciría entonces un accidente importante de verdad. Durante aquella carrera desenfrenada yo me agarraba continuamente la cabeza, porque creía que se me estaba vaciando. Además, tenía la sensación de que tenía que escribir al menos mi nombre en un papel, porque si no nadie sabría de quién se trataba cuando me hubiera desangrado por completo. Naturalmente tampoco quería mancharle el coche al hombre con mi sangre, y trataba de dirigir el chorro siempre hacia mí mismo y entre mis rodillas. Pronto me desmayaré, pensé, y todo habrá acabado.

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Yo era partidario de dar el premio a Canetti por su Auto de fe, su genial obra de juventud que, un año antes de aquella reunión del jurado, se había reeditado. Varias veces dije la palabra Canetti, y cada vez los rostros sentados a la larga mesa se habían contraído dolorosamente. Muchos de los que se sentaban a la mesa no sabían quién era Canetti, pero entre los pocos que lo conocían había uno que, de pronto, después de haber vuelto a decir yo Canetti, dijo: es que también es judío. Entonces hubo aún un murmullo y el nombre de Canetti dejó de ser tomado en consideración. Todavía hoy tengo esa frase en los oídos, ¡es que también es judío!, aunque no puedo decir quién la pronunció en la mesa. Pero todavía hoy oigo muy a menudo esa frase, que vino de algún rincón sumamente siniestro, aunque no sé quién la dijo.

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Estaba feliz con mi libro, que apareció en la primavera del 63, al mismo tiempo que una recensión de una página en Die Zeit, de Zuckmayer. Sin embargo, cuando pasó la tormenta general de críticas, insólitamente violenta y totalmente controvertida, desde los elogios más embarazosos hasta las críticas más malévolas, me sentí de repente con el ánimo por los suelos y como si hubiera caído en una fosa espantosamente desesperada. Creí que iba a asfixiarme por haber pensado erróneamente que la literatura era mi esperanza. No quería saber ya nada de la literatura.
La literatura no me había hecho feliz sino que me había arrojado a aquella fosa apestosa y sofocante de donde, según creía, no había escapatoria. Maldije la literatura y mi deshonesta relación con ella, y fui a unas obras y me contraté como chófer de camión en la empresa Christophorus, de la Klosterneuburgerstraße. Durante meses fui repartidor de cerveza de la famosa Gósser-Brauerei.

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¡… y así entrego el premio de 1967 de la Asociación Federal de la Industria Alemana a la señora Bernhard y al señor Borchers! Mi vecina se estremeció, lo noté. Tuvo un segundo de pánico. Le apreté la mano y le dije que pensara sólo en el cheque, se tratara del señor Borchers y la señora Bernhard o del señor Bernhard y la señora Borchers, como era en realidad, daba igual. La señora Borchers y yo subimos al estrado del ayuntamiento de Ratisbona, en donde nadie más que los interesados y quizá el señor De le Roi y el señor Bender se habían dado cuenta del error del señor Von Bohlen und Halbach, y recogimos cada uno un cheque de ocho mil marcos. Pasamos todavía un día hermoso en aquella horrible ciudad y volví a Viena, donde estaba bien alojado con mi tía. Hace un año recibí un, así llamado, volumen conmemorativo de la Cámara de Cultura de la Asociación Federal de la Industria Alemana, el, así llamado, Jahresring (Círculo Anual), en el que se menciona con orgullo a todos sus galardonados. Sólo faltaba mi nombre. ¿Me habría borrado de la lista de honor el doctor De le Roi, un señor, como recuerdo, muy amable, a causa de mi vida posterior, de la que no me arrepiento en nada?

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El señor De le Roi nos recogió a la señora Borchers y a mí y fuimos al ayuntamiento, que pasa por ser uno de los más preciosos del gótico alemán. A mí amenazó aplastarme y asfixiarme cuando entré, pero me dije, ánimo, ánimo, siempre ánimo, colabora en todo lo que te va a pasar, y coge el cheque de ocho mil marcos y desaparece.

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Todos se habían puesto de pie en la sala, precipitándose hacia el estrado, naturalmente hacia la ministra y el presidente Hunger, que hablaba con la ministra. Yo estaba a un lado con mi tía como atontado y cada vez más perplejo, escuchando el torrente de palabras cada vez más excitadas de aquellas mil personas. Al cabo de un rato, la ministra miró a su alrededor y preguntó con voz de arrogancia y estupidez inimitables: Bueno, ¿dónde está el escritorzuelo? Yo estaba justo al lado de ella, pero no me atreví a darme a conocer. Agarré a mi tía y abandonamos la sala. Sin que nadie lo impidiera ni nadie nos hiciera caso, dejamos hacia la una de la tarde la Academia de Ciencias.

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Entonces se produjo un gran revuelo en la sala, que sólo por los ensayos de los músicos de la Filarmónica con sus instrumentos no se convirtió en algo horrible, y vi cómo el presidente Hunger se abría paso hacia mí. Ahora hay que ser firme, pensé, demostrar intransigencia, el valor, la consecuencia. No iré hacia ellos, pensé, lo mismo que ellos no han venido hacia mí en el sentido más exacto de la palabra. Cuando el presidente Hunger llegó a mi lado, dijo que lo lamentaba, pero no dijo qué era lo que lamentaba. Me pidió que fuera con mi tía hacia delante, a la primera fila, porque mi puesto y el de mi tía estaban entre la señora ministra y él.De modo que mi tía y yo seguimos al presidente Hunger a la primera fila. Cuando nos hubimos sentado y un murmullo indefinido había recorrido la sala entera, la ceremonia pudo comenzar. Creo que la Filarmónica tocó una pieza de Mozart. Luego se pronunciaron conferencias más largas o más breves sobre Grillparzer. Cuando la miré una vez, vi que la señora ministra Firnberg, así se llamaba, se había dormido, lo que tampoco se le había escapado al presidente Hunger, porque la ministra roncaba, aunque muy suavemente, roncaba, roncaba con el suave ronquido de los ministros, conocido en el mundo entero.

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Yo, durante años, no había llevado hasta aquel momento un traje, en efecto, hasta entonces me había dejado ver siempre sólo con pantalones y jersey, incluso en el teatro, cuando iba, llevaba únicamente, como mucho, pantalones y jersey, sobre todo unos pantalones grises de lana y un jersey de oveja de punto grueso y un rojo estallante que me regaló un americano bondadoso inmediatamente después de la guerra. Con ese atuendo, recuerdo, había ido varias veces a Venecia y al famoso teatro La Fenice, una de ellas a una representación del Tancredi de Monteverdi que dirigió Vittorio Gui, y con esos pantalones y ese jersey había estado en Roma, en Palermo, en Taormina y en Florencia y en casi todas las demás capitales europeas, por no hablar de que en casa había llevado casi siempre esas prendas, cuanto más raídas estaban tanto más las quería, durante años me habían conocido sólo con esos pantalones y ese jersey, y todavía hoy me preguntan los amigos de entonces por esos pantalones y ese jersey, he llevado esas prendas durante más de un cuarto de siglo.

Mis premios - Thomas Bernhard

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