Bueno, yo podría irme. Podría irme ahora mismo a las montañas y buscar una cueva, si no me quisieras tener contigo.
George se estremeció otra vez.
No. Quiero que te quedes conmigo.
Lennie dijo mañosamente:
Háblame como antes.
¿Qué quieres que te diga?
Cuéntame eso de los otros hombres y de nosotros.
Los hombres como nosotros empezó George no tienen familia. Ganan un poco de dinero y lo gastan. No tienen en el mundo nadie a quien le importe un bledo lo que les ocurra...
Pero nosotros no gritó Lennie con felicidad. Habla de nosotros, ahora.
George permaneció callado un momento.
Pero nosotros no repitió.
Porque...
Porque yo te tengo a ti y...
Y yo te tengo a ti. Nos tenemos el uno al otro, por eso, y hay alguien a quien le importa un bledo lo que nos pase exclamó Lennie triunfalmente.
(...)
Sí, eso es lo que dices siempre exclamó bruscamente la viejecilla. No haces más que decir eso, y bien sabes, condenado, que jamás lo vas a hacer. Te vas a quedar junto a él y vas a seguir haciendo de su vida un infierno, siempre, siempre.
También podría irme susurró Lennie. George no me dejará cuidar los conejos ahora.
Desapareció la tía Clara, y de la cabeza de Lennie surgió un conejo gigantesco. Se sentó frente a él, y agitó las orejas y encogió el hocico. Y habló también con la voz de Lennie.
Cuidar los conejos dijo burlonamente. Eres tan chiflado que no sirves ni para lustrar las botas de un conejo. Los olvidarías y les dejarías pasar hambre. Eso es lo que harías. Y entonces, ¿qué pensaría George?
Yo no me olvidaría repuso Lennie enérgicamente.
Diablos que no insistió el conejo. No vales ni siquiera el asador con que te tostarán en el infierno. Bien sabe Dios que George ha hecho lo posible para sacarte del pantano; pero no le ha servido de nada. Si crees que George va a dejarte cuidar los conejos, estás más loco que antes. No te va a dejar. Te va a moler los huesos con un palo, eso es lo que va a hacer.
Ahora respondió agresivamente Lennie:
No, no va a hacer nada de eso. George no va a hacer eso. Conozco a George desde..., ya he olvidado desde cuándo..., y jamás me ha alzado la mano con un palo. Es bueno conmigo. No va a ser malo ahora.
Bueno, pero está harto de ti. Te va a moler a palos, y después te va a dejar solo.
No gritó frenéticamente Lennie. No va a hacer nada de eso. Yo conozco a George. Yo y él trabajamos juntos.
Pero el conejo repitió con suavidad, una y otra vez:
Te va a dejar solo, chiflado. Te va a dejar solo. Te va a dejar, chiflado.
Lennie se tapó las orejas con las manos.
No. Te digo que no gritó. Y luego: ¡Oh, George! George... ¡George!
George salió silenciosamente de los matorrales y el conejo corrió a meterse otra vez en el cerebro de Lennie.
(...)
No me olvidé, no señor dijo suavemente Lennie. Diablos. Esconderme en el matorral y esperar a George. Tiró del ala del sombrero para bajarlo más sobre los ojos. George me va a reñir. George va a decir que le gustaría estar solo, sin que yo le molestara tanto. Volvió la cabeza y miró las encendidas cumbres de las montañas. Puedo irme para allí y encontrar una cueva. Y continuó tristemente: Y no tendré nunca salsa de tomate... pero no me importa. Si George no me quiere..., me iré. Me iré.
(...)
Como a veces ocurre, en un momento dado el tiempo se detuvo y ese momento duró más que cualquier otro. Y el sonido se detuvo, y el momento se detuvo durante mucho tiempo, mucho más tiempo que un momento.
Luego, gradualmente, despertó otra vez el tiempo y prosiguió perezosamente su marcha. Los caballos golpearon los cascos del otro lado de los pesebres e hicieron sonar las cadenas de los ronzales. Fuera, las voces de los hombres se hicieron más fuertes y más claras.
(...)
Ya basta cortó fríamente. Usted no tiene derecho a entrar en el cuarto de un hombre de color. No tiene derecho a acercarse siquiera aquí. Ahora váyase, y váyase pronto. Si no, voy a pedir al patrón que no la deje entrar más en este granero.
Ella se volvió hacia el peón negro, llena de desprecio.
Escucha, negro dijo. ¿Sabes lo que soy capaz de hacer si vuelves a abrir la boca?
Crooks la miró con expresión desamparada; luego se sentó en su camastro y se replegó dentro de sí mismo.
La mujer se le acercó.
¿Sabes lo que podría hacer yo?
Crooks pareció empequeñecerse y se apretó contra la pared.
Sí, señora.
Bueno, guarda las distancias entonces, negro. Me sería tan fácil, tan condenadamente fácil hacerte colgar de un árbol que ya no sería ni divertido.
Crooks se había reducido a la nada. No había personalidad, no había un yo: nada que despertase gusto o disgusto. Repitió:
Sí, señora.
Y su voz no tenía tono.
(...)
Está loco volvió a decir desdeñosamente Crooks. He visto más de cien hombres venir por los caminos a trabajar en los ranchos, con sus hatillos de ropa al hombro, y esa misma idea en la cabeza. Cientos de ellos. Llegan y trabajan y se van; y cada uno de ellos tiene un terrenito en la cabeza. Y ni uno solo de esos condenados lo ha logrado jamás. Es como el cielo. Todos quieren su terrenito. He leído muchos libros aquí. Nadie llega al cielo, y nadie consigue su tierra. La tienen en la cabeza, nada más. No hacen más que hablar de eso, siempre, siempre, pero sólo lo tienen en la cabeza.
(...)
Es curioso siguió George. Yo solía divertirme como un condenado a costa de él. Solía jugarle malas pasadas, porque era demasiado tonto para darse cuenta. Pero era tan tonto que ni siquiera sabía que le habían hecho una broma. Demonios, cómo me divertía. Junto a él me parecía que yo era el tipo más inteligente del mundo. ¿Y cómo no si hacía cualquier cosa que yo le dijera? Si le decía que saltara a un abismo, al abismo se tiraba. Pero al poco tiempo ya no era tan divertido. Y nunca se enfadaba conmigo. Le he pegado hasta cansarme, y él podría romperme todos los huesos del cuerpo con una sola mano, pero jamás alzó un dedo contra mí. La voz de George iba tomando un tono de confesión. Te contaré qué fue lo que me hizo cambiar. Un día estábamos con unos cuantos tipos junto al río Sacramento. Yo me creía muy listo. Me dirijo a Lennie y le digo: «Salta al río». Y él se tiró. No sabía nadar en absoluto. Estuvo a punto de ahogarse antes de que lo sacáramos del agua. ¡Y me estaba tan agradecido por haberlo salvado! Se olvidó de que era yo quien le había dicho que se tirara al agua. Bueno, desde entonces no he vuelto a hacer cosas así.
Es un buen tipo admitió Slim. No se necesitan sesos para ser bueno. A veces me parece que es más bien al contrario. Casi nunca un tipo muy listo es un hombre bueno.
(...)
Claro repuso George. Nos cuidamos el uno del otro. Indicó a Lennie con el pulgar. Él no es muy inteligente. Sin embargo, trabaja como un diablo. Es un buen tipo, pero no tiene sesos. Hace tiempo que lo conozco.
Slim miró a George, a través de él, más allá de él.
No hay muchos hombres que viajen juntos musitó. No sé por qué. Quizás todos tienen miedo de todos los demás en este condenado mundo.
Es mucho mejor viajar con un amigo opinó George.
De ratones y hombres - John Steinbeck
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