sábado, 13 de octubre de 2018

CORONEL JOHN SARTORIS, C.S.A.
1823 1876
Soldado, Estadista, Ciudadano del Mundo.
Vivió para esclarecer a los hombres
murió a causa de la ingratitud humana
Detente aquí, hijo del dolor; acuérdate de la muerte.

(...)

De nuevo se oyeron los gritos de los perros en la oscuridad por debajo de ellos. El sonido subió flotando por el aire helado, muriendo en ecos que lo repitieron hasta que ya no era posible saber de dónde procedía, como si la tierra misma hubiera descubierto su propia voz, solemne, triste y desesperada por el peso de todos los remordimientos del mundo.

(...)

—¿Qué te pareció el ejército, Buddy? —preguntó Bayard.
—No es gran cosa —respondió el otro—. Apenas hay nada que hacer. Buena vida para un vago —estuvo cavilando durante un momento—. Me dieron un amuleto —añadió con una explosión de tímida y modesta confianza y de serena satisfacción.
—¿Un amuleto? —repitió Bayard.
—Sí; una de esas chucherías de bronce, colgada de una cinta de colores. Tenía intención de enseñártela, pero me olvidé. Ya lo haré mañana. El suelo está demasiado frío para andar por él sin necesidad. Esperaré a que papá haya salido.
—¿Por qué? ¿No sabe que te la dieron?
—Sí lo sabe —contestó Buddy—. Pero no le gusta porque dice que es un amuleto yanqui. Rafe asegura que papá y Stonewall Jackson no se rindieron nunca.

(...)

Algún Homero debiera cantar la saga de la mula y de su función en el Sur. Ella, más que cualquier otra criatura o cosa, fue quien fiel a la tierra cuando todos los demás flaqueaban ante la fuerza irresistible de las circunstancias, insensible —debido a su maligno y paciente interés en el inmediato presente— a los problemas que destrozaban el corazón de los hombres, rescató al Sur de su postración, apartándolo del tacón de hierro de la Reconstrucción y enseñándole de nuevo el orgullo mediante la humildad, el valor y el triunfo sobre la adversidad; ella fue la que consiguió lo que obstáculos insuperables hacían prácticamente imposible, gracias a su paciencia sin límites y a su espíritu vengativo

(...)

Siguió masticando el tabaco durante un rato, rememorando calmosamente, volviendo a vivir —en compañía de hombres ya convertidos en polvo, semejante al polvo por el que, quizá inconscientemente, habían luchado— aquellos días heroicos de estómagos vacíos, en los que muy pocos de los que aún caminaban por aquellas tierras podían acompañarle.
El viejo Bayard sacudió la ceniza de su cigarro.
—Will —dijo—, ¿por qué demonios luchabais, si es que puede saberse?
—Que me aspen si lo he sabido alguna vez —contestó el viejo Falls.

(...)

—Sí. Pero Bayard está aquí. Se ha comprado un automóvil de carreras y se pasa el tiempo superando sus propias marcas de velocidad. Todos los días tememos oír que se ha matado.
—Pobre diablo —dijo Horace, y en seguida repitió—: Pobre Coronel. Sentía por los automóviles el mismo afecto que por las serpientes. Me pregunto qué piensa de todo esto.
—Se pasea con él.
—¿Cómo? ¿El viejo Bayard en un automóvil?
—Miss Jenny dice que es para evitar que su nieto se rompa la cabeza. Luego añade que, aunque el Coronel no lo sabe, a Bayard le da lo mismo que la cabeza se la rompan los dos. Y que probablemente no tardará mucho en hacerlo —condujo atravesando la plaza, entre carros y coches aparcados sin orden—. Detesto a Bayard Sartoris —dijo con repentina vehemencia—. Detesto a todos los hombres.

(...)

El agua reía y murmuraba bajo el puente, invisible en la penumbra, y su murmullo crecía con las voces de los grillos y las ranas. Sobre los sauces que señalaban su curso, los mosquitos todavía giraban y se revolvían, porque aparecían murciélagos de no se sabía dónde cayendo en picado, desvaneciéndose luego a mitad de su trayectoria para reaparecer de nuevo contra el cielo sereno, descendiendo otra vez, silenciosos como gotas de agua sobre un cristal; rápidos, callados y decididos como si sus alas estuvieran hechas de penumbra y de silencio.

(...)

Las esquinas todavía por doblar del destino de un hombre. Bien; el cielo, aquel lugar tan superpoblado, estaba justo detrás de una de ellas, según todos aseguraban; el cielo, lleno de todas las ilusiones de un hombre sobre sí mismo y de las conflictivas ilusiones que acerca de él cruzan las mentes de otras ilusiones… Bayard cambió levemente de posición, suspiró tranquilamente y abrió su pluma estilográfica. Al final de la columna escribió:
«John Sartoris, 5 de julio de 1918.»
y debajo:
«Caroline White Sartoris y su hijo. 27 de octubre de 1918.»

(...)

Bayard permaneció inmóvil durante mucho tiempo, mirando la austera apoteosis de disolución experimentada por su nombre. Los Sartoris se habían burlado del Tiempo, pero el Tiempo no era vengativo porque duraba más que los Sartoris. Probablemente ni se daba cuenta de su existencia. Pero era un gesto válido, de todas formas. Y el anciano recordó las palabras de su padre.
«En el siglo diecinueve —había dicho John Sartoris— es necedad discutir sobre genealogías. Esto es especialmente cierto en América, donde sólo tiene valor lo que un hombre obtiene y conserva, donde todos tenemos antepasados comunes y sólo podemos estar seguros de descender de Old Bailey. Sin embargo, el hombre que manifiesta un absoluto desinteres por sus antepasados sólo es un poco menos vanidoso que el que basa todas sus acciones en la sangre que ha heredado. Y yo creo que un Sartoris tiene derecho a un poco de vanidad y a un poco de teatro, si así lo desea».

(...)

Miss Jenny le daba noticias de ambos, de las aburridas y concienzudas cartas que mandaban a casa muy de tarde en tarde; después se enteró que John había muerto. Pero lo había hecho muy lejos, al otro lado del mar, y no existía un cuerpo que devolver torpe y tediosamente a la tierra, y por eso a ella le parecía que todavía se estaba riendo de aquella palabra, muerte, como se había reído de los otros conjuntos de sonidos que querían indicar reposo; le parecía que John no había esperado a que el Tiempo le enseñara que la meta de la prudencia es soñar lo bastante alto como para no perder el sueño mientras se está empeñado en su búsqueda.

(...)

En la cocina, Caspey desayunaba mientras Simón, su padre, Elnora, su hermana, e Isom, su sobrino (todavía con el uniforme puesto), lo contemplaban. Antes de la guerra, Caspey había sido ayudante de Simón en el establo y encargado general de arreglos, haciendo todos los trabajos que Simón, mediante la engañosa excusa de su decrepitud, conseguía dejar caer sobre sus hombros así como los que Miss Jenny inventaba y Caspey no lograba eludir. Bayard Sartoris también lo utilizaba de cuando en cuando para trabajar en el campo. Luego lo llamaron a filas y dio con sus huesos en Francia —más concretamente en los muelles de Saint Sulpice— como miembro de un batallón de trabajo; allí hizo todas las faenas que cabos y sargentos conseguían dejar caer sobre sus hombros (totalmente desprovistos de marcialidad) así como las que los oficiales blancos inventaban y Caspey no lograba eludir.

(...)

Tampoco ahora pensaba en ella, aunque aquellas paredes encerraran, como una flor mustia dentro de un ataúd, la fragancia del caos mágico en que vivieron fugazmente; tan trágico y tan pasajero como una floración de madreselva. Bayard pensaba en su hermano muerto; el espíritu de los violentos días en que el uno completaba al otro, cubría como polvo toda la habitación, obliterando el perfume de aquella otra presencia, y le impedía respirar, hasta que tuvo que abrir la ventana violentamente y apoyarse contra el alféizar, llenándose de aire los pulmones como un hombre que ha estado sumergido y todavía no acaba de creer que haya conseguido alcanzar de nuevo la superficie.

(...)

—¡Miss Jenny! Cómo puede usted hablar de esa forma después de que John… después de que…
—Bobadas —dijo Miss Jenny—. La guerra le dio a John una excelente excusa para que lo mataran. De no haber terminado así, lo habría hecho de otra manera que consiguiera molestar a todo el mundo.
—¡Miss Jenny!
—Sé lo que me digo, querida. He vivido ochenta años con muchos Sartoris testarudos y no pienso darle a ninguno de sus fantasmas la satisfacción de derramar una lágrima por él.

(...)

Luego siguió cavilando durante un rato junto al fuego; su pálido rostro, de indómita altivez, se dejó ganar momentáneamente por una reposada ternura.
—Tenía un extraño sentido del humor —dijo—. Nada le pareció nunca tan divertido como la imagen del general Pope en camisa de dormir.
Después se sumió otra vez en algún ensueño más allá de la rosada fortaleza de cenizas.
—Pobre hombre —dijo.
Luego añadió suavemente:
—Una vez bailé un vals con él en Baltimore en el año cincuenta y ocho.
Y su voz resultaba tan orgullosa y sosegada como banderas sobre el polvo.

Sartoris - William Faulkner

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