De manera que incluso le perdonaron a la señora Snopes los dieciocho años de pecado carnal, y pudieron incluso perdonarse a sí mismos el condonar el adulterio mediante el perdón, gracias a recordar (también unos a otros, imagino) que si la señora Snopes no hubiera sido una abominación a los ojos de Dios durante dieciocho años, no habría llegado al punto en el que tuvo que elegir la muerte para dejar a su hija una madre suicida en lugar de una puta.
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la hermosa boca, grande, ancha, sencilla, sin lápiz de labios; los ojos, no con el duro y polvoriento azul del otoño sino el azul de las floraciones primaverales, una mezcla inextricable de glicinia aciano espuela de caballero campanillas malas hierbas y todo lo demás, perdidos para siempre todo el tiempo de las muchachas y la suerte de los muchachos y demasiado tarde para el dolor, demasiado tarde.
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porque la nuestra era una ciudad establecida y decretada por gentes que no eran ni católicos ni protestantes ni ateos siquiera, sino no-conformistas incorregibles, disconformes no sólo con el resto del mundo sino entre ellos mismos de mutuo acuerdo; no-conformismo defendido y mantenido por descendientes cuyos antepasados no abandonaron hogar y seguridad a cambio de unas tierras vírgenes donde buscar, como afirmaban y, sí, claro, creían, la libertad de pensamiento, sino para encontrar una libertad que les permitiera ser incorregible y testarudamente baptistas y metodistas; no para escapar, como afirmaban y estaban convencidos, de la tiranía, sino para crear otra nueva.
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De manera que quizá fuera ésa la razón: no mi falta de edad para aceptar la biología, sino que se debe defender a todo el mundo, que todo el mundo merece que se le defienda y se le proteja contra los espectadores de su propia pasión, excepto en los términos más generales e inespecíficos e impersonales de los modelos literarios y dramáticos de los protagonistas de la pasión en sus ademanes incruentos e indoloros de triunfo o de angustia; que ningún hombre merece el amor, puesto que la naturaleza no nos equipó para aceptarlo sino simplemente para soportarlo y sobrevivir, y por lo tanto no había que hacer de tío Gavin objeto de examen si ella podía evitarlo y defenderle mientras el amor llenaba de angustia sus huesos desprotegidos.
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Eso era lo que pasaba. Era como si hubiéramos tenido algo en Jefferson durante dieciocho años y ya diese lo mismo que desde el primer momento hubiera estado bien o mal porque ahora era algo nuestro, habíamos vivido con ello y ni siquiera se veía la cicatriz, como el clavo hundido en el tronco que años atrás violó y ultrajó y llenó de angustia a un árbol determinado. Excepto que tampoco el árbol tiene muchas posibilidades de elección: o bien poner los principios por encima de la savia y rechazar al mismo tiempo la ofensa y la savia del año siguiente, o aceptar el ultraje y la savia por el privilegio de seguir siendo árbol mientras sea posible, hasta que con el tiempo el clavo desaparezca. No que se marche; sencillamente que deje de ser tan escandalosamente visible al quedar cubierto por la corteza; existe una protuberancia, un bulto, desde luego, pero al cabo de algún tiempo los otros árboles lo perdonan y todas las demás cosas aceptan al árbol y su bulto hasta que un día la sierra o el hacha penetran en el árbol y tropiezan con el viejo clavo.
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Fue como si hubiera llegado un circo o se inaugurase la feria del condado. Más aún: era como si celebrásemos la fiesta del distrito o incluso del estado, porque hasta se suspendieron las clases. Sólo que fue más que una feria o un día de fiesta, porque hubo también una muerte, aunque, por supuesto, no lo supiéramos aún.
Todo empezó, además, con unas vacaciones escolares que no sabíamos siquiera que íbamos a tener. Fue como si el tiempo, las circunstancias, la misma geografía contuvieran algo que debía producirse, que se iba a producir inexorablemente en aquel momento; que Jefferson, Mississippi, era el lugar, y que, en consecuencia, hubo que despejar el escenario para dejarlo preparado.
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Porque precisamente eso el saqueo continuo era la razón de ser de los bancos, la única razón de que alguien se tomara el trabajo y corriera con los gastos de organizarlos y de mantenerlos en funcionamiento.
Eso era lo que el coronel Sartoris había hecho (aún no sabía cómo, ésa era su inocencia, pero bastaba con darle tiempo) mientras duró su presidencia y lo que Manfred De Spain haría, a su vez, durante todo el tiempo que pudiera o llegara a mantenerse en la cima. Pero decentemente, con decoro, como ya se había hecho y se seguiría haciendo: no mediante el pillaje, al estilo del chico que se lleva un puñado de cacahuetes cuando el vendedor está de espaldas, como había hecho su primo Byron. Decente y tranquilamente y todavía más: de manera inteligente: con tanta inteligencia y tranquilidad que las personas mismas cuyo dinero se robaba nunca se dieran cuenta hasta que el depredador estuviera muerto y a salvo.
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Pero un individuo que sube desde donde él ha subido, que tan pronto como fue lo bastante mayor para contar dinero pensó haber descubierto que con él se compraba todo lo que pudiera querer o desear nunca, y modeló el resto de su vida y de sus actos a partir de eso, pisoteando cuando y donde tuvo que hacerlo pero sin resentimiento porque sabía que no pediría ni esperaría cuartel si se tratase de él
, un individuo que hace todo eso y descubre finalmente cuando es un hombre hecho y derecho y tal vez demasiado tarde, que lo único que necesita si quiere que su vida tenga algún sentido o incluso haya paz en ella, no es sólo algo que no se compra con dinero, sino algo que el hecho de no tener dinero o incluso el hecho de conseguir un montón de todo lo que es capaz de contar o imaginar o hasta soñar y luego perderlo, tampoco lo perjudica o le hace daño o lo estropea ni lo cambia ni lo altera
, descubre cuando ya es casi demasiado tarde que lo que necesita es algo que todos los niños tuvieron gratis al nacer hasta que un día, ya crecidos, descubrieron, tal vez demasiado tarde, que lo habían tirado por la borda.
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Hait me dijo que usted le pagaba cincuenta dólares por cada viaje, por cada vez que ponía las mulas a tiempo delante del tren y que el ferrocarril le pagaba a usted sesenta dólares por cada mula. La última vez no le pagó nada porque nunca pagaba usted a mi marido hasta después de terminado el trabajo y en esa ocasión no hubo después. Así que me he quedado a cambio con el mulo y le he mandado los diez dólares de diferencia con Het, aquí presente, como testigo.
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Hacia las doce el edificio había ardido por completo. Ratliff dijo que cuando llegó la gente y el coche de los bomberos, la señora Hait seguida por la vieja Het con su bolsa de papel en una mano y un retrato a carboncillo enmarcado del señor Hait en la otra salía de la casa con paraguas y embutida en un abrigo del ejército que el señor Hait solía utilizar, por uno de cuyos bolsillos asomaba un tarro de confitura lleno con lo que quedaba de los ocho mil quinientos dólares (que sería la mayor parte, según lo que contaban los vecinos de la manera de vivir de la señora Hait), y empuñando con la otra un pesado revólver niquelado; en seguida cruzó la calle para entrar en casa de unos vecinos, donde, junto con la vieja Het a su lado en una segunda mecedora, estaba instalada desde entonces, las dos balanceándose ininterrumpidamente mientras contemplaban cómo los bomberos voluntarios tiraban a la calle en todas direcciones su vajilla y sus muebles
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Hice que se los mandaran directamente: la hábil y zalamera propaganda para tentar a los esnobs, procedente de las instituciones docentes de Virginia hacia las que las madres sureñas parecían orientar a sus hijas por simple instinto, sin motivo aparente, excepto el de que ellas mismas no las frecuentaron, queriendo así satisfacer de forma vicaria lo que se les había negado personalmente, dado que no tuvieron madres inclinadas a realizar por tercero interpuesto lo que a ellas, a su vez, se les había negado.
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que la inocencia es inocente no porque rechace sino porque acepta; es inocente no porque sea impermeable e invulnerable a todo, sino porque es capaz de aceptar cualquier cosa y seguir siendo inocente; inocente porque lo sabe todo de antemano y, en consecuencia, no tiene nada que temer ni de qué asustarse
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¿Se dan cuenta? De eso se trataba: de las mismas palabras reputación y buen nombre. El simple hecho de decirlas, de repetirlas en voz alta, de dar reconocimiento vocal a su existencia, las mancharía y ensuciaría irrevocablemente, destruiría la integridad de las realidades mismas que representan, no ya haciéndolas vulnerables sino sentenciándolas; de la inviolable y orgullosa integridad de los principios se convertirían, quedarían reducidas a la efímera fragilidad ya predestinada y condenada de las circunstancias humanas; inocencia y virginidad se transformarían en símbolo y encarnación de pérdidas y aflicciones, eternamente lloradas, sin otra realidad que la del tiempo pretérito; la existencia del era y ya no es, nunca más, nunca más.
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Era como si en lugar de estar hablándose conversaran con dos vacíos reflejos en la luna del escaparate, como cuando se pone una idea por escrito en el sobre vacío, anónimo e incluso intercambiable, o quizá en la botella vacía y sellada que se arroja al mar, o tal vez dos pensamientos por escrito encerrados para siempre en el mismo momento en dos botellas lanzadas al mar para que floten y vayan a la deriva con las mareas y las corrientes hasta el refrescante fin del mundo, todavía inmunes, todavía intactas e invioladas, todavía ideas y todavía verdaderas, o incluso todavía hechos, aunque ningún ojo vuelva a verlas jamás o ninguna idea responda nunca o se oponga a ellas, y sentirse feliz por ello, o corroborado o afligido.
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la señorita Melisandre se había casado con un forastero, con un individuo que todo el mundo, con la excepción de la señorita Melisandre (nunca supimos si su padre, sentado todo el día en el porche delantero con su vaso de whisky y agua en una mano y Horacio o Virgilio en la otra combinación que, según palabras de tío Gavin, habría aislado de la realidad del norte rural de Mississippi a cabezas mucho más firmes que la suya, estaba enterado o no), sabía que era un destacado contrabandista de licores que se había enriquecido en Nueva Orleans. De hecho la señorita Melisandre se negó incluso a creerlo cuando lo devolvieron a su hogar con un certero agujero de bala en medio de la frente, en un coche fúnebre blindado que encabezaba un cortejo de lujosos packards y cadillacs de los que ni el mismo Hollywood se habría avergonzado, y mucho menos Al Capone.
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No sé cómo lo hará, pero me apostaría un millón contra uno a que nunca sale de los Estados Unidos; apostaría cien a uno a que si sale de Mississippi no llegará más allá del campamento de Arkansas donde los mandan al principio; y once contra diez a que estará de vuelta en Jefferson dentro de tres semanas.
Gowan no aceptó, pero más adelante dijo que lo sintió, porque Ratliff hubiera perdido por dos días, el tiempo de más que Byron tardó en volver. Aunque no supimos cómo lo había hecho e incluso Ratliff no se enteró hasta después de que robara el banco y huyera a México, porque Ratliff dijo que la razón de que los Snopes tuvieran éxito obedecía a que todos ellos se confederaban unánimemente para convertir el hecho de ser un Snopes de simple categoría zoológica en una situación social uno de cuyos componentes era el éxito mediante la sencilla regla y normativa y juramento sagrado de nunca decirle a nadie cómo.
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Los poetas se equivocan, por supuesto. Según ellos, yo tendría que haber sabido que la nota estaba en camino y, por supuesto, quién la enviaba. En realidad, ni siquiera después de leerla supe de quién era. Y es que los poetas se equivocan casi siempre en lo que a hechos se refiere. Y ello obedece a que no les interesan los hechos, sino sólo la verdad: por lo que la verdad que pregonan es tan verdadera que incluso exalta y aterra a aquellos que detestan a los poetas por puro instinto natural.
No: eso no es cierto. Se debe a que no nos atrevemos a esperar, nos da miedo esperar. No nos asusta la enormidad de la esperanza de la que somos capaces, sino que cada uno de nosotros la tenue telaraña de carne y hueso que tiene atrapado al frágil aspirante temerario, ilimitado e insomne de sueños y esperanza no pueda estar a su altura; como Ratliff diría: «Sabiendo siempre que nunca serás lo bastante hombre para hacer todo el mal y todo el daño que harías si lo fueras
, y (podría añadir él, o quizá lo hago yo en su lugar) y dando gracias a Dios por ello». Sí, dando gracias a Dios por ello o dando gracias a cualquier otra cosa que nos devuelva un poco de paz cuando ya es demasiado tarde; paz con la que mimar tanto a la telaraña como a su insomne angustia atrapada poniéndonoslas en las rodillas y musitando: Ea, ea, no hay que preocuparse; sé que eres valiente.
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Así que todos entraron en la casa y padre telefoneó al señor Connors para que trajera a Jabbo, que era el hijo de tío Noon Gatewood. También él iba para herrero hasta que el señor De Spain se presentó con el automóvil rojo en la ciudad y, como decía tío Noon, «lo echó a perder». Aunque Gowan decía que nunca entendió muy bien por qué decía eso, dado que Jabbo se emborrachaba y terminaba en la cárcel tres o cuatro veces al año cuando no era todavía más que aprendiz de herrero, mientras que ahora, desde que los automóviles habían llegado a Jefferson, Jabbo era el mejor mecánico del condado, y aunque seguía emborrachándose y yendo a la cárcel igual que siempre, nunca se quedaba más que una noche porque en seguida le necesitaba alguien con la suficiente urgencia para pagar la multa.
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Y finalmente apareció aquel a quien I. O. Snopes había usurpado si no la vocación sí al menos la designación de su vocación. Se trataba del verdadero maestro dentro del clan Snopes. No; solamente parecía ser maestro de escuela. No; parecía John Brown pero con un defecto no corregible e imposible de ocultar. Un hombre alto y demacrado con una levita sucia, corbata de lazo y ancho sombrero de político, de fríos ojos furiosos y barbilla saliente de hablador: no la diarrea verbal de su primo (cualquiera que fuese su relación familiar con I. O.; ninguno de ellos parecía tener ningún parentesco con los demás; eran simplemente Snopes, como las colonias de ratas o de termites no son nada más que ratas o termites) sino una especie de don infalible para razonar de una manera perversa y rastrera en las discusiones, y para entender correctamente a las personas con quienes trataba: las dotes de un demagogo capaz de utilizar a las personas al servicio de sus apetitos, todo ello desfigurado por un barniz de cultura y religión; los nombres mismos de sus hijos, Byron y Virgil, más que ejemplos eran advertencias.
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De hecho el restaurante no se vendió completo junto con la buena voluntad, sino que se extrajo íntegro y se mudó intacto, clientes incluidos, y sin cerrar siquiera un solo día, a la nueva pensión donde la mujer de Eck era ahora patrona: trasladado intacto más allá de la figura meciéndose en el porche que continuó balanceándose allí hasta superar la simple leyenda y convertirse en un hito como esas efigies delante de las antiguas tabernas inglesas, de manera que a la gente del campo que llegaba a la ciudad y preguntaba por el hotel Snopes se les decía simplemente que siguieran en aquella dirección hasta que dieran con una mujer meciéndose, y eso bastaba.
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De manera que cualquiera hubiera pensado que lo primero que harían sería abolir para siempre la ley contra los automóviles. Se limitaron en cambio a copiarla en un trozo de pergamino como un diploma o una mención honorífica, enmarcarla y colgarla, dentro de una caja de cristal iluminada, en el vestíbulo del palacio de justicia, a donde muy pronto empezó a acudir la gente en automóvil desde sitios tan remotos como Chicago para reírse de ella. Porque tío Gavin decía que se vivía aún en la fabulosa y legendaria época en que no existía contradicción entre automóvil y alegría, antes de que todo americano tuviera que tener uno, y antes de que los automóviles mataran más personas que las guerras.
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Buenos días, señor alcalde dijo. ¿Qué es lo que oigo sobre una partida de dados con hacha incluida?
Eso es lo que a los electores de la ciudad de Jefferson les gustaría preguntarle a usted, caballero dijo el señor Adams. Si sabe usted de alguna prueba en contra más cercana que Cuba, le aconsejaría que la presentara.
Sé de un sistema más rápido que ése dijo De Spain. Su señoría está demasiado entrado en años, pero Theron es lo bastante corpulento. Él y yo podemos acercarnos un momento a la ferretería de McCaslin, conseguir un par de hachas y descubrir ahora mismo si tiene usted razón.
Pero, teniente
, dijo Theron.
Eso no importa respondió De Spain. Yo pagaré por las dos.
Buenos días, caballeros dijo Theron. Y eso fue todo. En junio eligieron alcalde a De Spain. Fue una victoria aplastante y supuso un triunfo histórico. Los nuevos tiempos habían llegado a Jefferson; él era simplemente su campeón, el Godofredo de Bouillon, el Tancredo, el Ricardo Corazón de León de Jefferson en el siglo veinte.
(...)
La familia del primo Gowan vivía en Washington, donde su padre trabajaba para el Departamento de Estado, y de repente lo mandaron durante dos arios a China o a la India o algún otro sitio así de lejano; su madre también se fue, de manera que enviaron a Gowan a vivir con nosotros y a que fuera al colegio de Jefferson hasta que volvieran. «Nosotros», por entonces, eran el abuelo, padre, madre y el tío Gavin. Así que esto es lo que Gowan supo del asunto hasta que yo nací y crecí lo suficiente para enterarme también. Y cuando hablo de «nosotros» y digo «creímos» me refiero en realidad a Jefferson y a lo que Jefferson pensaba.
La ciudad - William Faulkner
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