Siguió adelante, examinando las etiquetas de los precios, hasta encontrar una que ponía veintiocho centavos. Era un paquete con siete pastillas de jabón de tocador. Salió de la tienda con los dos paquetes. En la esquina se encontró con un policía.
Se me han acabado las cerillas le dijo.
El policía se buscó en los bolsillos.
Podía haberlas comprado mientras estaba en la tienda le dijo.
Se me olvidó. Ya sabe lo que pasa cuando se va de compras con un niño.
¿Dónde está el niño? dijo el policía.
Lo he dejado como fianza.
Debería usted actuar en un espectáculo de variedades dijo el policía. ¿Cuántas cerillas quiere? No tengo más que una o dos.
Con una es suficiente dijo la abuela. Nunca enciendo un fuego con más de una.
Tendría usted que dedicarse a las variedades dijo el policía. Se vendría el teatro abajo con los aplausos.
No se preocupe dijo la abuela. Voy a hacer que se venga abajo la casa.
¿Qué casa? se la quedó mirando. ¿El asilo?
Haré que se venga abajo dijo ella. Mire mañana en los periódicos. Espero que pongan bien mi nombre.
¿Cómo se llama usted? ¿Calvin Coolidge?
No, señor. Ése es mi hijo.
Ah. Por eso le resulta tan complicado hacer la compra, ¿no es cierto? Tendría que dedicarse a las variedades
¿Tendrá bastante con dos cerillas?
(...)
Volvió a tocar la orquesta. La mujer vestida de rojo entró tambaleándose.
Venga, Joe gritó, que empiece el juego. Llévate de aquí ese condenado fiambre y empecemos a jugar.
Un hombre trató de sujetarla; ella se volvió, lanzándole un diluvio de palabras obscenas; luego se acercó a la mesa de juego cubierta de paños mortuorios y tiró al suelo una de las coronas. El propietario corrió hacia ella, seguido del encargado de echar a los indeseables, y agarró a la mujer en el momento en que levantaba otro tributo floral. Intervino también el hombre que había tratado de sujetarla, mientras la mujer chillaba y maldecía golpeando ecuánimemente a uno y otro con la corona. El encargado de las expulsiones cogió al hombre por el brazo; el otro se dio la vuelta y le golpeó, pero salió a su vez despedido hasta el centro de la habitación. Entraron tres hombres más. El cuarto se levantó del suelo y todos ellos se abalanzaron sobre el encargado de las expulsiones.
Al primero lo derribó en seguida y con increíble celeridad pasó al salón de baile. La orquesta estaba tocando. La melodía quedó inmediatamente ahogada por los chillidos y el estruendo de las sillas derribadas. El encargado de las expulsiones giró de nuevo para enfrentarse al ataque de sus cuatro adversarios. Al entremezclarse, un segundo hombre salió despedido, resbalando de espaldas sobre el suelo; el encargado consiguió zafarse. Giró de nuevo y se abalanzó sobre sus atacantes, quienes, al retroceder muy de prisa, tropezaron con el catafalco, cayendo sobre él. Los músicos habían dejado de tocar para subirse a las sillas con sus instrumentos. Las ofrendas florales salieron despedidas; el féretro se tambaleó.
¡Sujetadlo! gritó una voz.
Varias personas se adelantaron, pero el ataúd cayó pesadamente al suelo, abriéndose por la violencia del golpe. El cadáver, lenta y sosegadamente, se deslizó fuera, hasta apoyar el rostro en el centro de una corona.
¡Toquen algo! gritó el propietario a voz en cuello, moviendo los brazos. ¡Vamos! ¡Toquen algo en seguida!
Cuando alzaron el cadáver la corona se levantó también, enganchada por un alambre invisible que se le había clavado en la mejilla. Había llevado puesta una gorra que, al caerse, dejó al descubierto un agujerito azul en el centro de la frente. Lo habían tapado cuidadosamente con cera, dándole maquillaje por encima, pero la sacudida hizo que el tapón se desprendiera y cayera al suelo. No lograron encontrarlo, pero desabrochando el automático que había en el centro de la visera consiguieron calarle la gorra hasta los ojos.
(...)
Quizá muramos en ese instante en que nos damos cuenta, en que admitimos, que el mal tiene una estructura lógica, pensó Horace, acordándose de la expresión que había visto una vez en los ojos de un niño muerto y también en otras personas sin vida: la indignación que se enfría, la violenta desesperación que se desvanece, dejando dos globos vacíos en cuyas profundidades acecha, en miniatura, el mundo paralizado.
(...)
»Lo curioso es que yo no respiraba. Llevaba mucho tiempo sin respirar. Así que creí que estaba muerta e hice otra cosa muy curiosa: verme a mí misma dentro del ataúd. Quedaba muy bien, toda vestida de blanco, ya sabe. Llevaba un velo como de novia y estaba llorando porque estaba muerta o por mi aspecto enternecedor o algo por el estilo. No: era porque habían puesto hojas de mazorca en el ataúd. Lloraba porque habían puesto hojas de mazorca en el ataúd donde yacía muerta, pero todo el tiempo sentía que la nariz se me calentaba y se me enfriaba, y veía a toda la gente sentada alrededor del ataúd, diciendo ¿Verdad que está preciosa? ¿No es cierto que está preciosa?
(...)
¿Y no le parece que estamos en ese caso? ¿La posibilidad de que condenen a muerte a un hombre por algo que no ha hecho? Puede que en estos momentos sea usted culpable de encubrir a un fugitivo de la justicia.
Entonces que vengan a por él. Yo no tengo nada que ver con ese asunto. Por esta casa han pasado demasiados policías para que les tenga miedo alzó la jarra, bebió y se limpió la boca con el revés de la mano. No estoy dispuesta a que me mezcle en algo que no conozco en absoluto. Lo que Popeye haya hecho fuera de aquí es cosa suya. Cambiaré de idea cuando empiece a matar gente en mi casa.
(...)
Yo ni creo ni dejo de creer. Lo que importa es lo que crea la gente de la ciudad, tanto si es verdad como si no lo es. Y lo que también me importa es tener que decir mentiras todos los días para justificarte. Vete de aquí, Horace. Cualquier persona, excepto tú, se daría cuenta de que es un caso de asesinato a sangre fría.
Y esa mujer sería la causa, naturalmente. Supongo que también dicen eso, inspirados por su apestosa y omnipotente santidad. ¿Todavía no han empezado a decir que fui yo quien lo mató?
(...)
¿No es usted el juez Benbow? dijo. Horace levantó la vista hacia un rostro inmenso, abotargado, carente de todo vestigio de edad o de actividad mental: una majestuosa extensión de carne a ambos lados de una minúscula nariz roma, como un montículo en el centro de una amplía meseta; sin embargo, aquel rostro contenía un algo indefinible, sutilmente paradójico, como si el Creador hubiera redondeado la broma iluminando aquel generoso gasto de masilla con algo originariamente destinado a alguna débil criatura de hábitos adquisitivos, como una ardilla o una rata. ¿No estoy hablando con el juez Benbow? dijo, extendiendo la mano. Soy el senador Snopes, Clarence Snopes.
(...)
La mujer se había sentado en el borde de la cama y miraba al niño, envuelto en el limpio y descolorido trozo de manta, las manos extendidas junto a la cabeza, como si hubiera muerto en presencia de una angustia insoportable que no hubiese tenido tiempo de tocarlo.
(...)
La resquebrajada persiana de hule, bostezando de cuando en cuando con un sonido rasposo contra el marco de la ventana, dejaba entrar el crepúsculo en débiles oleadas. Desde detrás de la persiana, el crepúsculo color de humo se alzaba en lentas bocanadas, como señales indias hechas con una manta, espesándose en la habitación. Las figuras de porcelana que sostenían el reloj lanzaban suaves destellos opacos desde sus superficies curvas: rodilla, codo, brazo, costado y pecho, en actitudes de voluptuosa dejadez. El cristal de la esfera, transformado en espejo, parecía recoger toda la luz que se negaba a desaparecer, manteniendo en sus tranquilas profundidades un sereno gesto de tiempo moribundo, con la dignidad de un mutilado de guerra, falto de un brazo. Las diez y media. Temple, tumbada en la cama, mirando al reloj, pensaba en las diez y media.
(...)
Las persianas de hule se movían constantemente con débiles sonidos raspantes. Temple empezó a oír el tic-tac de un reloj. Estaba en la repisa de la chimenea, encima del hogar lleno de papel verde ondulado. El reloj era de porcelana con dibujo de flores, sostenido por cuatro ninfas del mismo material. Tenía una sola manecilla, dorada y con adornos de volutas, a mitad de camino entre las diez y las once, dándole a la esfera, por lo demás perfectamente inexpresiva, un sentido muy claro de afirmación, como si nada tuviera que ver con la medición del tiempo.
(...)
La destilería. Una vez que se entregó empezaron a buscar por los alrededores hasta que encontraron la destilería. Sabían a qué se dedicaba, pero esperaron a verlo caído. Entonces se echaron todos encima. Los buenos clientes, los que le compraban el whiskey, los que se bebían todo el que les daba gratis y quizá trataban de hacerle el amor a su mujer en cuanto se daba media vuelta. Tendría usted que oír las cosas que dicen en Jefferson. Esta mañana el ministro baptista utilizó a Goodwin como tema para su sermón. No sólo en cuanto asesino: también en su calidad de adúltero, contaminador del ambiente de libertad democrático-protestante del condado de Yoknapatawpha. He deducido que su idea era quemar a Goodwin y a la mujer sin otro objeto que servir de ejemplo al niño, a quien habría después que criar y enseñar el idioma inglés con el único fin de que se enterara de que había sido concebido en pecado por dos personas que fueron condenadas al fuego por haberlo engendrado. Cielo santo, cómo puede un hombre, un hombre civilizado, decir seriamente
No son más que baptistas dijo Miss Jenny
(...)
Durante todo el día hubo un corro junto a la puerta de la funeraria, y los niños y los muchachos, con o sin libros de texto, aplastaban la nariz contra el cristal y los más audaces y los hombres más jóvenes de la ciudad entraban en grupos de dos o tres a contemplar a un individuo llamado Tommy. Yacía sobre una mesa de madera, descalzo, vestido con un mono, los desteñidos rizos de la nuca apelmazados por la sangre seca y chamuscados por la pólvora, mientras el encargado del atestado trataba de averiguar su apellido. Pero nadie lo sabía, ni siquiera los campesinos que lo habían tratado durante quince años, ni los comerciantes que algún sábado, muy de tarde en tarde, lo habían visto en la ciudad, descalzo, sin sombrero, con su mirar regocijado y vacío y la mejilla inocentemente abultada por un enorme caramelo de menta. La opinión general era que nunca había tenido un apellido.
(...)
Tommy volvió la cabeza para mirar hacia la casa y Popeye sacó la mano del bolsillo.
A Temple, sentada sobre las vainas de algodón y las mazorcas, el ruido no le pareció más fuerte que el chasquido de un fósforo: un sonido muy breve, insignificante, que se desplomó sobre la escena, sobre aquel instante, haciéndolo totalmente irrevocable, aislándolo por completo; y ella siguió allí sentada, con las piernas extendidas, las manos vueltas, mansamente caídas sobre el regazo, mirando la espalda de Popeye y las arrugas que le hacía en los hombros la chaqueta demasiado ceñida mientras seguía asomado a la puerta, con la pistola detrás, junto al costado, despidiendo un sutil hilo de humo que descendía pierna abajo.
Popeye se volvió y la miró. Movió un poco la pistola, se la guardó en la chaqueta y avanzó hacia ella. No hacía el menor ruido al moverse; la puerta, sin sujeción, se abrió para golpear después contra la jamba, pero tampoco hizo el menor ruido; era como si el sonido y el silencio se hubieran invertido. Temple podía oír el silencio como un susurro atronador mientras Popeye iba hacia ella atravesándolo, apartándolo, y empezó a decir «Me va a pasar algo».
(...)
Perdí dos veces el conocimiento, dijo. Perdí dos veces el conocimiento. Santo cielo, Santo cielo, susurró, mientras su cuerpo se retorcía dentro de su ropa arrugada y manchada de sangre en un paroxismo de rabia y de vergüenza.
Con el aire y el movimiento empezó a aclarársele la cabeza, pero a medida que se iba sintiendo mejor físicamente, el futuro se iba haciendo más tenebroso. La ciudad, el mundo, tomaban la apariencia de un negro callejón sin salida; un lugar en el que ya para siempre tendría que andar con el cuerpo encogido, consciente de los susurros que provocaba su paso.
(...)
Escuche. Si le consigo un coche, ¿se irá de aquí? dijo. Los ojos fijos en ella, Temple movió la boca como si estuviera experimentando con las palabras, como si las estuviera saboreando. ¿Saldrá por la puerta de atrás, y se montará en el coche para no volver nunca?
Sí musitó Temple; me iré a donde sea. Haré lo que sea.
Sin dar la impresión de mover en absoluto los ojos, la mujer miró fríamente a Temple de arriba abajo. La muchacha sintió que se le encogían todos los músculos como enredaderas cortadas bajo el sol del mediodía.
Pobre infeliz dijo la mujer en voz baja y desapasionadamente; hay que tener más coraje para jugar así con fuego.
No era mi intención. Le aseguro que no.
Ahora tendrá algo que contarles cuando vuelva, ¿no es cierto? frente a frente, sus voces eran como sombras sobre dos paredes desnudas y muy juntas. No es tan fácil jugar con fuego.
Cualquier cosa. Sólo quiero irme. A cualquier sitio.
(...)
Sé muy bien de qué pie cojean ustedes, las mujeres decentes dijo la otra. Demasiado dignas para relacionarse con la gente vulgar. Se escapa por la noche con esos muchachitos, pero ya veremos lo que sucede cuando aparezca un hombre le dio la vuelta a la carne. Usted se lleva todo lo que puede sin dar nada a cambio. «Soy una chica decente; yo no hago eso.» Se escapa con los chicos, les gasta la gasolina y hace que la inviten a comer, pero basta que la mire un hombre para, que se desmaye porque quizá no le gustara a su padre el juez ni a sus cuatro hermanos. Pero cuando se ve en un aprieto, ¿a quién viene llorando a pedir ayuda? A nosotros, los que no somos dignos de atarle los zapatos al juez.
Con el niño en brazos, Temple seguía mirando la espalda de la mujer, y su rostro era una pálida máscara bajo el sombrero en equilibrio inestable.
(...)
¿Por qué ha abandonado a su mujer? dijo.
Porque comía gambas dijo el forastero. No podía
Era viernes, ¿comprende?, y pensé que al mediodía tendría que ir a la estación a recoger la canasta de las gambas y volver a casa con ellas, contando cien pasos para cambiar de mano, y que
¿Tiene que hacerlo todos los días? preguntó la mujer.
No. Sólo los viernes. Pero llevo diez años haciéndolo, desde que nos casamos. Y todavía sigue sin gustarme el olor de las gambas. Llevar la canasta a casa no me importaría mucho. Lo malo es que gotea. Durante todo el camino gotea y gotea, hasta que al cabo de un rato me sigo a mí mismo a la estación y me paro a ver cómo Horace Benbow recoge la canasta del tren y echa a andar camino de casa, cambiando de mano cada cien pasos, y yo lo voy siguiendo, pensando «Aquí yace Horace Benbow en una serie de manchas malolientes que van desapareciendo poco a poco sobre una acera de Mississippi».
(...)
Pero no fue eso, realmente. Pensé que era quizá la primavera lo que me había perturbado o el tener ya cuarenta y tres años. Pensé que tal vez me pondría bien si tuviera una colina donde tumbarme
, que la culpa la tenía aquella zona, tan llana, tan fértil y tan maloliente que hasta el mismo viento parece sacar dinero de ella. Como si a uno ya no le pudiera sorprender que llegaran a presentarse en los bancos las hojas de los árboles para recibir dinero a cambio. Es ese Delta. Cinco mil millas cuadradas sin otra altura que los montones de tierra que los indios hicieron para subirse encima cuando se desbordaba el río.
Santuario - William Faulkner
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