Mira la primavera, Joe, mírala en los árboles: el verano está llegando.
Sí. El verano está llegando. Tiene gracia, ¿verdad? Yo siempre me sorprendo al descubrir que las cosas ocurren siempre igual, a pesar nuestro. Creo que la Naturaleza sabe demasiado para atreverse a sorprendernos con cosas nuevas, no sea que empecemos a creernos los tipos superiores que siempre hemos querido ser.
(...)
Sin embargo, había oído, a pesar de tener cerradas las orejas a los sonidos inútiles, ensordecedores, horriblemente desconcertantes: el roce apagado de los pasos tímidos, el golpe sordo de la madera contra la madera, los pasos que al alejarse dejaban tras sí un olor insoportable de flores podridas como si las mismas flores, oyendo rumores de muerte, se corrompieran, toda la intolerable ceremonia que se lleva a cabo para disponer de la carroña humana.
(...)
Naturalmente que nunca se puede decir hasta qué punto están muertos esos soldados. ¿No es cierto? Además, existe el inconveniente de que, cuando uno cree que ya ha atrapado algo, interviene de pronto el diablo, haciendo gala de una idiotez semejante a la de cualquier persona cuerda y normal, echándolo todo a rodar.
(...)
Le dio un golpecito sobre el hombro.
Bueno, creo que voy a acostarme. No me siento bien esta noche. Te veré mañana.
Su amigo aceptó las disculpas no expresadas.
Sí. Mañana nos veremos.
La figura de su amigo, con la americana en la mano, se perdió en las sombras y, mientras se desvanecía también el ruido de sus pasos, se sintió solo y creyó tener la ciudad, la tierra, el mundo entero con todas sus tristezas para él solo. La música le llegaba débil, semejante a un rumor inquietante: un anhelo sin sosiego y sin esperanza.
(...)
Azorados y perdidos. ¡Pobres diablos! No hacía mucho tiempo que en la sociedad la bebida de moda era la guerra; por todas partes se bebía el licor embriagante, hasta se amamantaba con guerra a las criaturas para que llegaran a la edad madura con inclinación bien definida hacia ella; pero, ahora, la sociedad había olvidado su bebida predilecta, cambiándola por otra que ellos no podían beber.
(...)
La vanidad halagada consiguió abrillantar los ojos vacíos del señor Rivers, que había descubierto a dos muchachas bonitas que le estaban mirando y posando para él invitadoramente; sin embargo, sus pasos no se dirigieron hacia ellas, sino hacia un grupo de hombres que se hallaban de pie y sentados en la escalera, arreglándoselas para dar la impresión de ser participantes y espectadores al mismo tiempo. Era evidente que todos eran de la misma clase y de la misma calidad. De ellos se desprendía la igualdad de opiniones, sentimientos, profesión y gustos como un color común, como una osada arrogancia que quería pasar inadvertida. «Flores de pared» se llama a las mujeres que nadie saca a bailar en una fiesta; ellos también eran una especie de «flores de pared» masculinas, que servían para charlar con la dueña de la casa, hacer un poco de ruido, exhalar humo, bailar con las verdaderas «flores de pared» y dejar transcurrir el tiempo
(...)
Iba de visitas, limpia y erecta como un alfiler, disgustada y contenta al mismo tiempo, porque el calor la agobiaba y le aliviaba el reumatismo crónico que padecía. Al pensar en la meta de su caminata y en el cambio fundamental que había experimentado su «status» en la ciudad, sentía un ligero orgullo por encima de su pena sin consuelo; el mismo golpe del destino que le dejara desolada hizo de ella una aristócrata. Las señoras Worthington y las señoras Saunders y todas las señoras más distinguidas del lugar le hablaban ahora de igual a igual, como si anduviera en coche y comprara media docena de vestidos cada año. Su hijo había logrado eso para ella; su ausencia conseguía lo que su presencia jamás consiguió y hubiera podido conseguir.
(...)
Donald Mahon, que tenía una noción vaga del tiempo, como algo que le arrebataba cosas que no le importaba perder, contemplaba por la ventana un vacío con hojas inmóviles: una mancha luminosa y nada más.
(...)
Durante nueve días escasos, el tema obligado de conversación en el pueblo fue el regreso de Donald Mahon. Los vecinos, curiosos y amables, fueron a verlo
; los hombres se mantenían de pie o sentados frente a él, respetablemente joviales y alegres: sólidos pilares de la banca y del comercio, hombres de negocios que solo se interesaban por la guerra como un subproducto del ascenso y la caída del señor Wilson y, aun así, tan solo por su producción en dólares y en centavos de dólares, mientras sus mujeres charlaban entre ellas sobre modas, por encima de la cicatriz y la frente torcida del pobre Mahon.
(...)
Leyó y releyó la nota y quedó mirando largo rato la escritura nerviosa y fina, como un cortejo de arañas, hasta que las palabras bailaron ante sus ojos y dejaron de tener significado. El alivio que sentía le vaciaba el alma, lo debilitaba. Estaba enfermo de satisfacción. Todo, todo lo había olvidado; ¡todo!; el viejo y adormilado Palacio de Justicia, los olmos, los caballos inmóviles y soñolientos en la plaza, las mulas tirando de los carros, el olor coagulado de los negros y el énfasis lento de su hablar y de sus risas; todo, todo parecía distinto, alegre y hermoso bajo la indolente luz de la tarde.
Dio un suspiro hondo y largo.
(...)
El cigarrillo se consumió entre sus dedos y entonces se levantó para retirar las cortinas de la ventana: la lluvia había cesado y largas lanzas soleadas agujereaban el aire recién lavado, sacando chispas a la tierra sofocada por los árboles en llanto.
(...)
A veces, cuando salíamos de la escuela, volvía a casa conmigo. Nunca quería llevar americana ni sombrero y su cara
su cara era
era como
como la de uno que vive siempre en los bosques, ¿me entiendes? No parecía que fuera a la escuela ni que tuviera que vestirse como los demás. Nunca se sabía cuándo se le podía ver. Entraba al aula a cualquier hora del día y muchas veces había sido encontrado muy lejos, en el campo, siendo ya noche cerrada. Algunas veces dormía en casa de los campesinos o de los peones, y otras, los negros madrugadores le veían dormido al borde de los canales o en las cunetas cubiertas de arena. Todos le conocían.
(...)
El señor Saunders, echando una mirada intranquila al cielo oscuro, cerró precipitadamente la verja tras de sí y avanzó hasta encontrarse con su hijo que volvía de la escuela. El muchacho dijo sin siquiera saludarlo:
¿Has visto la cicatriz, papá? ¿Has visto la cicatriz?
El hombre lo miró largo rato, sin responder a aquella inquieta miniatura y, repentinamente, cayendo de rodillas lo tomó entre sus brazos, apretándolo contra su pecho.
¡Has visto la cicatriz! dijo el joven Robert Saunders con voz acusadora, tratando de librarse del abrazo paterno, mientras la lluvia golpeaba las ramas de los árboles, que se extendían sobre ellos.
(...)
Hablaba con mucha suavidad, mirando picarescamente al pastor. Era graciosa y falsa como un soneto.
(...)
¡Mire a ese abejorro! interrumpió Jones apasionadamente y luchando por ganar tiempo. Tan solo el aire lo sostiene. ¡Qué dignidad; qué unidad de propósito en todos sus movimientos! ¿Qué puede importarle si Smith es gobernador o no? Tanto le da que el pueblo elija anualmente a un grupo de ineptos que no saben nada de nada (aparte de que no tienen una especial inclinación a sudar) para que se encarguen, con toda impunidad, de los asuntos públicos.
Pero, hijo mío; ¡estás al borde de la anarquía!
¿Anarquía? Sí, claro. La mano de la Providencia, encallecida de tanto contar dinero. Eso es anarquía.
Por lo menos admites la mano de la Providencia.
¡Yo qué sé! Lo cierto es que no sé.
(...)
Muy cierto. Esto, a pesar nuestro, nos lleva a las tristes realidades del mundo tal cual es. Inútil decir que ya había previsto las dos contingencias que me señalas. El exceso de monedas sería fundido para obtener metal con que fabricar las monedas y su rostro asumió tal expresión que parecía como si fuera a revelar el más intrincado misterio las amas de casa podrían utilizar el excedente de los objetos como combustible para sus cocinas.
«¡Viejo imbécil!», pensó Jones, mientras decía:
¡Maravilloso, sencillamente magnífico! ¡Usted haría las cosas perfectamente, señor! De acuerdo con los gustos de mi corazón.
El pastor le miró con benevolencia:
Ah, muchacho, no digas eso. No hay nada que se acomode al corazón de los jóvenes. Los jóvenes no tienen corazón.
Pero, señor, esto linda con un delito de lesa majestad. Yo creía que había declarado una tregua entre las ropas que usted viste y las que yo visto.
(...)
A través de la capa de su cabello, notaba la dureza de la cabecera; sentía el movimiento de los huesos de sus largas piernas contra los brazos que los apretaban, que los circundaban; veía su cuarto frío e impersonal como una tumba señalada de antemano (para recibir tantos, tantos disgustos, ilusiones, pasiones y deseos que allí habían muerto), suspendida por encima de un mundo de alegría, de dolor y de ansia de vivir, muy por encima de los árboles impenetrables, ocupados tan solo de la fecundidad y de la primavera. (Dick, Dick. Muerto: horrible Dick. Una vez fuiste vivo y joven y apasionado y feo, después fuiste muerto, querido Dick: tu carne, tu cuerpo que yo amaba; tu cuerpo hermoso, joven y feo, querido Dick, es un hervidero de gusanos, una masa de carne corrompida. Adorado Dick).
Gilligan Joseph (a) Joe, que había sido un soldado, un demócrata por convicción y numerado como un preso, dormía al lado de una mujer bella y tenía puestas las botas (que le habían sido entregadas gratuitamente por los demócratas de más rango entre los demócratas), inocente y desmañado, sobre los blancos lienzos alquilados, ajenos e inmaculados.
Ella se desprendió de la manta y alargando el brazo hundió la habitación en las sombras. Se deslizó entre las sábanas, recostando su mejilla en la palma de la mano. Gilligan, imperturbable, roncaba y la habitación oscura se llenaba de un ruido hogareño y familiar. (Dick, amado y espantoso muerto
).
(...)
Extendió las piernas y se agitó bajo la manta, cambiando la posición del cuerpo para desentumecerlo, lo que le hizo sentir la dureza de la cabecera de la cama de hierro. Volvió a preguntarse por qué todo era como era y por qué arrastra uno tras sí a ciertas personas para que irrumpan en su intimidad, por qué esas personas mueren y por qué uno arrastra todavía a otras
«¿Será mi muerte así, triste y exasperante? ¿Soy fría por naturaleza o es que ya he derrochado todas las moneditas de mis emociones y no me es posible sentir las cosas como los demás? ¡Dick, Dick! ¡Horrible muerto!».
(...)
Detrás de la cicatriz, el oficial dormía con todo el disfraz de sus alas, sus cueros y sus bronces. Una mujer vieja, agria y fea, se detuvo para preguntar:
¿Está herido?
Gilligan despertó de su sueño.
Mírele la cara respondió de mala gana. Creo que estaba sentado en el regazo de una vieja y se cayó.
¡Qué insolencia! murmuró la anciana envolviéndole en una mirada fulminante. Pero ¿no ven ustedes que este hombre está enfermo? ¿Cómo lo dejan ahí sin hacer nada? Sí, señora. Estamos haciendo todo lo posible por él. Ante todo, lo dejamos tranquilo.
La vieja fea y Gilligan sostuvieron la mirada sin pestañear durante largo rato; después, ella la desvió hacia Lowe, el joven con aire belicoso y desalentado. Volvió a mirar a Gilligan y luego habló, recurriendo al inflexible sentimiento humanitario que da el dinero:
Se lo diré al jefe del tren. Este hombre está enfermo y necesita cuidados.
Muy bien. Sí, señora. Pero dígale al jefe que si viene ahora a molestar, le rompo la maldita cara.
(...)
¡Pues, claro! ¡Ya lo creo! ¿Qué puede igualar al amor de una madre? Fuera de un trago de whisky, por supuesto. ¿Dónde está esa botella? No me habrás traicionado, ¿verdad?
Aquí la tienes y el cadete Lowe ofreció la botella con gesto displicente al soldado Gilligan, que oprimió con impaciencia el botón del timbre para llamar al camarero.
¡Claudio! dijo al negro que apareció de improviso. Trae dos vasos y una botella de soda, zarzaparrilla o algo por el estilo. Hoy estamos entre caballeros y nos comportaremos como tales.
¿Para qué demonios quieres vasos? preguntó el cadete Lowe. De la botella bebimos ayer y no podemos quejarnos.
Recuerda que nos hallamos entre extraños y debemos respetar sus costumbres por salvajes que sean. No estaría bien beber ahora como lo hicimos ayer. Espera hasta que te conviertas en un viajero experimentado y recordarás estos detalles. ¡Dos vasos, Otelo!
(...)
¿Por qué ese no bebe nunca? volvió a preguntar, y Yaphank miró compasivamente a su dormido compañero.
¡Ay! ¡Pobre Hank! exclamó. Me temo que el infeliz esté listo. Este es el fin de una vieja amistad.
El cadete Lowe dijo: «¡Claro!», viendo dos Hanks igualmente dormidos en el suelo, y el otro siguió perorando:
¡Contemplen ese rostro varonil y bondadoso! Él y yo crecimos juntos. Cuando niños recogíamos flores en los prados; él y yo, juntos, hicimos del batallón de carreteros de peso medio lo que era y, juntos él y yo, devastamos toda Francia. ¡Mírenlo ustedes ahora! ¡Hank! ¡Amigo mío! ¿No reconoces mi voz apagada por el llanto, ni la mano que acaricia con suavidad tu frente? ¡General! agregó después con voz sonora dirigiéndose a Lowe, ¿tendría usted la amabilidad de hacerse cargo de los restos? Ya he dispuesto que estos dos amables caballeros se detengan en el primer establo que encuentren, para comprar una collera de mula (porque una herradura me parece poco) hecha de margaritas y violetas, con las iniciales H. W. en nomeolvides.
Schluss, haciendo pucheros, pasó un brazo sobre los hombros de Yaphank.
Calma, amigo mío. Resignación. La muerte es solo un tránsito. Tranquilidad. ¡Bebamos un trago y nos sentiremos mejor!
¡Caramba! ¡Ya lo creo que sí! repuso Yaphank. Veo que usted tiene buen corazón, compañero. ¡Muchachos! ¡Acudan a la voz de fuego!
Schluss se limpió el rostro con un pañuelo sucio y perfumado, y todos bebieron largamente. Entre brumas doradas de crepúsculo y alcohol, Nueva York desaparecía a lo lejos y Búfalo se insinuaba brioso e imponente. Los hombres, alentados con nuevo y ardiente fuego, advirtieron de pronto la estación. El pobre Hank dormía a pierna suelta, hecho un ovillo.
(...)
Bueno, pero hábleles, dígales algo, porque yo no puedo entrar en Chicago con todo el ejército borracho en mi tren. ¡Dios mío, cuánta razón tenía el general Sherman!
Yaphank miraba fija y desdeñosamente al guarda. Luego se encaró con sus compañeros:
¡Soldados! dijo con mucha solemnidad. Es evidente que aquí no nos quieren. Esta es la recompensa que recibimos por entregamos en cuerpo y alma al país cuando nos necesita. ¡Sí, señores! Aquí no nos quieren y este señor ha llegado hasta el extremo de protestar porque viajamos en su tren. Escuche usted: suponga que nosotros no hubiéramos acudido presurosos a la llamada de la nación. ¿Sabe qué clase de tren conduciría ahora? ¡Un tren lleno de alemanes! ¡Un tren colmado de tipos comiendo salchichas, bebiendo cerveza y con rumbo a Milwaukee! ¡Eso es lo que usted tendría!
Quizá fuera preferible a llevar mi tren lleno de tipos que, como ustedes, probablemente no saben a dónde van replicó el guarda un tanto amoscado.
Muy bien contestó Yaphank. Si esa es su manera de pensar, nos bajaremos de su condenado tren. ¿Cree usted que este es el único tren que hay en el mundo?
No, no se apresuró a responder el guarda, de ninguna manera. No los estoy echando del tren. Solo quiero que permanezcan callados y se porten bien para no molestar a los demás pasajeros.
Las personas que ocupaban los asientos próximos se agitaron en ellos sin saber qué hacer y desviaron la vista del rostro macilento del cadete Lowe, al que habían estado observando con curiosidad.
¡No! rugió Yaphank con mucha vehemencia. ¡No, señor! Usted ha negado la hospitalidad de su tren a los soldados de su patria y nosotros nos vamos, haciendo la observación de que esperábamos mejor trato. Lo tuvimos en Alemania y hasta en Texas. Mirando a Lowe agregó: ¡Soldados, bajaremos del tren en la próxima estación! ¿No le parece, general?
¡Dios mío! suspiró el guarda. Si acaso tenemos otra paz no sé lo que harán con los ferrocarriles. Ya sé que la guerra es terrible, pero esto, ¡dios mío
!
Vaya usted, vaya le dijo Yaphank. Déjenos por ahora. Como probablemente usted no querrá detener el tren para que bajemos, nos veremos obligados a saltar por la ventanilla. ¡Que me hablen de gratitud! ¿Dónde está la gratitud cuando los trenes no se detienen para que bajen los pobres soldados? Ya sé en qué va a parar todo esto: llenarán los trenes con desdichados soldados para precipitarlos a todos en el océano Pacífico. ¡Así no tendrán que darles de comer nunca más! ¡Pobres soldados! Woodrow, tú no los hubieras tratado de esta manera.
¡Eh! ¿Qué está usted haciendo?
Pero Yaphank no prestaba atención a sus palabras. Se hallaba muy ocupado en abrir la ventanilla con una mano mientras con la otra arrastraba sobre las rodillas de sus compañeros una barata maleta de cartón. Antes de que el guarda o Lowe pudieran impedírselo, la había arrojado por la ventana y gritaba:
¡Fuera todo el mundo!
¡Oye! ¡Esa maleta que has tirado era la mía!
Ya lo sé. ¿Y qué? ¿No bajas tú con nosotros? Vamos a echarlas todas fuera, y cuando el tren vaya más despacio, saltaremos nosotros.
Pero tú has tirado mi maleta protestó el otro.
¡Sí, hombre, sí! Te he evitado la molestia, eso es todo. No te enfades, si quieres puedes arrojar la mía por la ventanilla; y después, nuestro general Pershing y el Almirante pueden echar fuera las suyas mutuamente. Usted debe de tener una gran bolsa, ¿no es cierto? preguntó al guarda. ¡Denme otra maleta, pronto, así no tendremos que caminar tanto condenado kilómetro!
¡Soldados, escúchenme! imploró el guarda; y el cadete Lowe, que había estado pensando en el Elba, en los gruñidos de sus intestinos y en el fuego del alcohol que lo invadía lentamente, observó con curiosidad los bordados de oro en la gorra del guarda. La visión de Nueva York pasó ante sus ojos, reducida y confusa entre brumas doradas; era inminente la llegada a Búfalo, tal vez antes del ocaso.
¡Soldados, escúchenme! repitió el guarda con voz implorante. Uno de mis hijos está en Francia. Es marinero. Su madre no ha tenido noticias suyas desde octubre. Haré cualquier cosa por ustedes, muchachos, entiéndanlo; pero ¡por amor de Dios!, pórtense decentemente.
¡No, no y no! replicó Yaphank. Usted nos ha negado la hospitalidad y nos iremos. ¿Cuándo se detiene el tren? ¿O es que tendremos que saltar?
¡De ninguna manera! Ustedes se quedan aquí. Siéntense, pórtense bien y verán cómo todo sale a pedir de boca. Pueden permanecer en el coche y, por supuesto, no hay ninguna necesidad que bajen.
Se alejó presuroso, contoneándose por el pasillo del coche, y el adormilado, que seguía en el suelo, se quitó el deshecho cigarrillo de la boca para repetir con voz soñolienta:
Has arrojado mi maleta por la ventanilla.
Yaphank tomó por el brazo al cadete Lowe y le dijo:
Oye, ¿no es esto como para desalentar a cualquiera? Estoy tratando de encauzar a este tipo por el sendero de su nueva vida y ¿qué recompensa tengo? ¡Quejas y más quejas! Después se dirigió a su compañero:
Sí, hombre, he arrojado tu maleta por la ventanilla, y ¿qué importa? Espera hasta que lleguemos a Búfalo y luego pagas un dólar para que te la vayan a buscar.
Pero has sido tú el que ha arrojado mi maleta por la ventanilla insistió el otro.
Sí, señor. He sido yo. La he tirado por la ventana. ¿Está claro? ¿Qué hacemos ahora?
El compañero de Yaphank comenzó a agitar brazos y piernas para incorporarse de su incómoda posición y luego, asido al marco de la ventana, se asomó por ella, descansando todo el peso de su humanidad sobre los pies del cadete Lowe.
¡En nombre de Cristo! exclamó este, empujando al otro sobre el asiento. ¡Fíjate dónde pones las patas!
En voz baja balbució el hombre:
¿Qué? Yo me bajo explicó con voz más clara, haciendo nuevos esfuerzos para levantarse. Cuando se puso de pie, dando tumbos, resbalando y agitando los brazos sin saber dónde agarrarse, se precipitó por la ventana abierta sacando medio cuerpo por ella.
El cadete Lowe, de un manotazo, le cogió por el faldón de la camisa.
¡Vaya! ¡Ven acá, maldito loco! No debes hacer eso.
¿Y por qué no? inquirió Yaphank. ¡Ya lo creo que puede! ¡Déjalo saltar si quiere! De todas maneras creo que se queda en Búfalo. ¡Diablos! ¡Seguro que se mata!
¡Dios mío! repetía el guarda, que, en el colmo de su agitación, regresaba corriendo.
Echándose sobre la espalda de Lowe, se abrazó a las piernas del que estaba con medio cuerpo fuera de la ventana, balanceándose laxamente, con los brazos caídos, inerte como un saco de patatas. Yaphank tiraba de Lowe y hacía todos los esfuerzos posibles para quebrantar el abrazo del guarda.
¡Déjenlo solo! decía. ¡Estoy seguro que no saltará!
Pero yo no puedo correr el riesgo, ¿comprende? ¡Cuidado, hombre, cuidado! ¡Vamos! ¡Ayúdenme a tirar de él!
¡Oh, por Cristo! volvió a exclamar Lowe resoplando y soltando la presa. Deje que se tire.
Naturalmente comentó Yaphank. Les aseguro que me gustaría verlo saltar. No sé por qué tratan de impedírselo si su deseo es reunirse con su condenada maleta. Además, no es de la clase de tipos que están bien en nuestra compañía; es mejor deshacerse de él. ¡Ayudémosle a saltar! E inclinándose empujó con el hombro el cuerpo de su compañero.
(...)
Echado en el suelo, entre los dos asientos, se hallaba el compañero de viaje de Yaphank, luchando por encender un cigarrillo húmedo y casi deshecho. «Como la devastación de Francia», pensó el cadete Lowe dejando correr su memoria sobre las granujientas reminiscencias de un tal capitán Bleyth, piloto de la R. A. F., enviado especialmente para reforzar durante algún tiempo a la democrática escuadrilla.
¡Caramba! ¡Pobre soldado! exclamó su amigo con voz llorosa. ¿No es un infierno esta guerra? ¡Eh! Te lo pregunto.
Trató de llamar la atención del otro con suaves golpecitos de la pierna, pero ante su silencio empezó a darle débiles patadas.
¡Muévete, viejo marinero! ¡Muévete! ¡Condenado bastardo! ¡Ay, pobre Jerks[2]
o algo parecido! (Lo oí en una comedia, ¿saben? Es una frase muy bonita). ¡Vamos! ¡Despierten! Aquí está el general Pershing, que viene a tomar un trago con sus pobres soldados.
La paga de los soldados - William Faulkner
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