jueves, 10 de mayo de 2018

Me incliné y le besé la mano. Cuando levanté la cabeza, no comprendí que esa mujer de pelo gris y de boca áspera, y con la amargura de sus ojos ciegos, hubiera podido parecerme fea la primera vez, pues el amor y la compasión iluminaban su rostro. Tuve la impresión de que aquellos ojos que ya sólo reflejaban oscuridad para siempre sabían más de la realidad de la vida que todos los que pueden mirar el mundo claros y radiantes.
Me despedí como un convaleciente. De pronto, en aquel momento ya no me pareció un sacrificio haberme prometido de nuevo y para siempre a otro ser turbado y desheredado por la vida. No, los sanos, los seguros, los orgullosos, los satisfechos, los alegres, no aman… ¡No lo necesitan! Reciben el amor sólo como un homenaje que se les ofrece, como una obligación que se les debe, arrogantes e indiferentes. Aceptan la entrega de otros como un mero atributo, un adorno en el pelo, una pulsera en el brazo, y no como el sentido y la felicidad de su vida. Sólo a aquellos que el destino ha golpeado, los azorados, los postergados, los inseguros, los feos, los humillados, se les puede ayudar verdaderamente con el amor. Sólo ellos saben amar y ser amados como se debe amar: con gratitud y humildad.

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Entonces, de repente, se oyó aquel ruido odioso, toc-toc, el toc-toc de las muletas. ¡Dios mío, no pretenderá seguirme sin la ayuda de Josef! Pero los golpes de madera ya se acercaban presurosos, toc-toc, izquierda, derecha… toc-toc… izquierda, derecha, izquierda, derecha —sin querer, me imaginé el vacilante cuerpo que los acompañaba—, debía estar ya muy cerca de la puerta. Luego, un estrépito, un golpe, como si una pesada masa se hubiera lanzado contra los batientes de la puerta. Después, un jadeo causado por un intenso esfuerzo, y el picaporte, apretado violentamente hacia abajo, cedió con un chasquido.
¡Tremenda visión! Edith se apoyaba en el marco de la puerta, todavía agotada por el esfuerzo. Con la mano izquierda se agarraba furiosa al montante de madera para no perder el equilibrio y en la derecha sostenía las dos muletas. Detrás de ella insistía Ilona, visiblemente desesperada, para ayudarla o retenerla por la fuerza. Pero los ojos de Edith relampagueaban de cólera y de impaciencia.
—¡Déjame, te he dicho que me dejes! —gritaba a su molesta ayudante—. Nadie tiene que ayudarme. Puedo hacerlo sola.
Y entonces, antes de que Kekesfalva o el criado pudieran darse cumplida cuenta, ocurrió lo increíble. La tullida apretó los labios como preparándose para un gran esfuerzo; mirándome con ojos ardientes y abiertos de par en par, de un tirón, como el nadador se separa de la orilla, se arrancó del marco de la puerta, que le había ofrecido apoyo, para venir a mi encuentro, completamente libre y sin muletas. En el momento del empellón vaciló, como si cayera al vacío del vestíbulo, pero enseguida agitó las manos, la que tenía libre y la que sostenía las muletas, para recuperar el equilibrio. Luego volvió a apretar los labios, avanzó un pie y a continuación arrastró el otro; estos movimientos convulsos y entrecortados, de izquierda a derecha, descoyuntaban su cuerpo como el de una marioneta. ¡Sin embargo, caminaba! ¡Caminaba! Caminaba con los ojos muy abiertos, fijos únicamente en mí, como si se deslizara por un cable invisible, los dientes clavados en los labios, las facciones desfiguradas espasmódicamente. Caminaba oscilando de un lado para otro como una barca zarandeada por la tormenta, pero caminaba, por primera vez caminaba sola, sin muletas y sin ayuda: un milagro de la voluntad debió haber despertado sus piernas muertas. Ningún médico ha podido explicarme jamás cómo la tullida consiguió aquella sola y única vez arrancar sus piernas impotentes de la rigidez y la debilidad, y yo soy incapaz de describir cómo sucedió, pues todos mirábamos petrificados sus ojos extáticos; incluso Ilona se olvidó de seguirla y protegerla. Pero daba tambaleante esos pocos pasos como impelida por una tormenta interior; no era un caminar, sino más bien un vuelo rasante, el vuelo a tientas de un pájaro con las alas cortadas. Mas la voluntad, ese demonio del corazón, la seguía empujando más y más hacia delante. Ya estaba muy cerca, ya extendía anhelante hacia mí, en un gesto de triunfo por la proeza llevada a cabo, los brazos que hasta entonces habían mantenido el equilibrio aleteando; sus rasgos tensos se aflojaban ya en una desbordante sonrisa de felicidad. Había logrado el milagro: dos pasos más, no, sólo uno, un último paso; yo ya casi sentía el aliento de su boca abierta en la sonrisa, cuando sucedió lo terrible. Por el esfuerzo anhelante que imprimió al movimiento con el que tendió los brazos antes de tiempo, anticipando el abrazo conquistado, perdió el equilibrio. Sus rodillas se doblaron de repente como bajo un golpe de guadaña. Cayó ruidosamente casi a mis pies; las muletas retumbaron contra el suelo. Mi primera reacción instintiva de espanto fue dar un paso hacia atrás, en vez de hacer lo más natural, que era acudir en su ayuda para levantarla.
Pero ya Kekesfalva, Ilona y Josef se habían adelantado casi al mismo tiempo para alzar del suelo a la muchacha que gemía. Noté (incapaz todavía de mirar) cómo entre todos se llevaban a Edith. Oía sólo los sollozos ahogados de su furia desesperada y los pasos arrastrados que se alejaban cuidadosos con su carga. En este instante se rasgó la niebla del entusiasmo que durante toda la noche había velado mi mirada. Lo vi todo con espantosa claridad en ese relámpago de luz interior. ¡Supe que la infeliz nunca se restablecería del todo! El milagro que todos esperaban de mí no se había producido.Yo ya no era Dios, sino un pobre hombre que con su debilidad causaba vilmente daño, con su compasión causaba estragos y turbación. Tenía conciencia clara, terriblemente clara, de cuál era mi deber: ahora o nunca era el momento de guardarle fidelidad; ahora o nunca debía ayudarla, correr tras los demás, sentarme junto a su cama, calmarla y engañarla diciéndole que había caminado espléndidamente, que se curaría del todo. Pero ya no tenía fuerzas para semejante engaño desesperado. Fui presa de un temor atroz, de un miedo a sus ojos medrosos y suplicantes y luego anhelantes y exigentes, miedo a la impaciencia de su corazón impetuoso, que yo era incapaz de domeñar. Y, sin pensar lo que hacía, cogí la capa y el sable. Por tercera y última vez huí de la casa como un criminal.

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Por puro instinto pedí un coñac y me lo bebí de un trago. Pero fue inútil, la sequedad seguía agarrotándome la garganta. Y pedí otro coñac. Sólo al pedir el tercero, descubrí el impulso inconsciente: quería darme valor con la bebida para no comportarme como un cobarde o un sentimental allá en la casa. Antes quería cloroformizar algo dentro de mí, quizá el miedo, quizás la vergüenza, quizás un sentimiento muy bueno o acaso uno muy malo. Sí, era eso, sólo eso —por la misma razón se distribuía doble ración de aguardiente a los soldados antes del ataque—: quería insensibilizarme, embotarme, para no sentir tan intensamente la gravedad de la situación o tal vez el peligro que me acechaba. Sin embargo, el primer efecto de esas tres copas consistió únicamente en que me pesaban los pies y en la cabeza algo zumbaba y taladraba como la fresa de un dentista antes de proceder al golpe realmente doloroso.

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Está delante de mí con la cabeza agachada como bajo un yugo invisible. En la penumbra reluce su cráneo huesudo, con el cabello ralo peinado a raya. El servilismo completamente innecesario de su actitud empieza a irritarme. Mi malestar me dice, infalible, que tras estos cohibidos circunloquios se esconde un propósito determinado. Un anciano que sufre del corazón no sube tres pisos sólo para transmitir unos saludos sin importancia. Habría podido hacerlo por teléfono o esperar a mañana. ¡Cuidado!, me digo. Este Kekesfalva quiere algo de ti. Ya una vez se te apareció así de entre las sombras; empieza humilde como un mendigo y acaba imponiéndote su voluntad como el djin de tu sueño al compasivo joven. ¡No cedas! ¡No te dejes atrapar! ¡No preguntes nada, no pidas aclaraciones sobre nada, despídelo y acompáñalo hasta la puerta lo antes posible!

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El lance terminó felizmente. Pero dentro de mí seguía hirviendo la rabia. ¿Qué juego se traen conmigo los del castillo? De un lado para otro, arriba y abajo, una de cal y otra de arena… ¡No, no me dejaré fustigar de este modo! He dicho tres días, tres y medio, ni una hora más. ¡Y me da igual que aplacen o no el viaje! No permitiré que sigan destrozándome los nervios ni que la maldita compasión siga atormentándome. Terminaré por volverme loco.

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Pero entre una mujer que ha revelado una vez su afecto por un hombre y ese hombre circula un aire de fuego, lleno de misterio y de peligro. Los enamorados poseen una inquietante clarividencia para la verdadera dicha del amado, y puesto que el amor, conforme a su esencia más íntima, aspira siempre a lo infinito, todo lo limitado le resulta odioso e insoportable. En toda inhibición y en toda represión del otro sospecha una resistencia y en toda falta de correspondencia ve, con razón, una defensa oculta.

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Él pareció notarlo y sonrió.
—Celebro que haya venido a verme y hayamos podido explicarnos —me dijo, dándome un golpecito en el hombro—. ¡Imagínese que se hubiera largado sin pensarlo dos veces! Le hubiera pesado sobre la conciencia toda la vida, pues se puede huir de todo, menos de uno mismo… Pero, vamos ya. Venga, mi querido amigo.
La palabra «amigo», que aquel hombre me dedicó en ese momento, me emocionó. Él sabía lo débil y cobarde que era yo y, sin embargo, no me menospreció. Con esta sola palabra, el mayor devolvía la confianza al más joven, el hombre de experiencia al inexperto e inseguro. Lo seguí, aliviado y ligero.

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Es harto sabido cuán poco se puede ayudar en realidad, y que un individuo solo no puede luchar contra la inmensidad de la aflicción diaria. Lo único que consigue es sacar unas gotas de agua con un dedal de ese mar sin fondo, y aquellos a los que hoy cree haber curado mañana sufren otro achaque. Uno tiene siempre la sensación de haber sido demasiado negligente, demasiado descuidado, y a eso hay que añadir los errores, los fallos técnicos, que inevitablemente comete… De todos modos, queda la tranquilidad de conciencia de haber salvado por lo menos una vida, de no haber defraudado una confianza, de haber hecho una cosa bien. Al fin y a la postre, uno debe saber si ha llevado una existencia insulsa y boba o si ha vivido para algo. Créame —y de pronto sentí su proximidad como algo cálido y casi tierno—, vale la pena cargar con una tarea ardua, si con ello se aligera a otra persona.

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Fue como si Condor me hubiera clavado una aguja fina y afilada en el corazón, pues lo que él había expresado en palabras yo lo había sentido en el inconsciente desde hacía tiempo, pero no me atrevía a pensarlo. Ya desde el primer día había temido que mi singular relación con la inválida pudiera ser objeto de burlas por parte de mis camaradas, dados a aquella «campechanería» austríaca bonachona, pero a la vez mortificante; sabía demasiado bien cómo se mofaban de cualquiera al que «atrapaban» con una persona «deformada» o poco elegante. Sólo por esta razón había construido instintivamente aquel doble estrato en mi vida entre un mundo y el otro, entre el regimiento y los Kekesfalva

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—¿Disuadirla? ¡Disuadirla de qué! ¿Disuadir a una mujer de su pasión? ¿Decirle que no sienta lo que siente? ¿No amar cuando ama? Sería lo más equivocado y lo más estúpido que podría hacer. ¿Ha oído decir alguna vez que se pueda combatir la pasión con la lógica? ¿O que se pueda persuadir a la fiebre: «Fiebre, no ardas»; o al fuego: «Fuego, no quemes»? Es un pensamiento muy bello, francamente humanitario, gritarle a la cara a una enferma, a una tullida: «¡Por el amor de Dios, quítate de la cabeza la idea de que tú también puedes amar! ¡Es una arrogancia de tu parte manifestar y esperar sentimientos! ¡Tienes que callar y aguantar, porque eres una inválida! ¡Vete a un rincón! ¡Renuncia, abandona! ¡Date por vencida!»… Por lo visto, es así como usted quiere que hable a la pobre. ¡Pero le pido que haga el favor de imaginarse también el maravilloso efecto de estas palabras!

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Soy incapaz de describir con precisión el sentimiento que me embargó en el instante de este repentino recuerdo. Creo que no fue tanto de espanto como de infinita vergüenza, pues en aquel momento se rasgó una niebla ante mis ojos, o más bien una ofuscación de mis sentidos. Con la rapidez de un rayo, comprendí que todo lo que había hecho en las últimas horas era completamente falso: tanto la rabia por haber metido la pata como el orgullo por la heroica renuncia. Si me retiraba tan de repente, no era porque el coronel me hubiera echado un sermón (al fin y al cabo esto ocurría todas las semanas); en realidad yo huía de los Kekesfalva, de mi engaño, de mi responsabilidad, me escapaba porque no podía soportar ser amado en contra de mi voluntad. Al igual que un moribundo se olvida de su tormento mortal a causa de un dolor de muelas pasajero, así también yo había olvidado (o quería olvidar) lo que en realidad me atormentaba, lo que me acobardaba y, en su lugar, había pretextado como motivo de mi deseo de huir aquel percance, en el fondo insignificante, ocurrido en el campo de instrucción. Pero ahora veía que no se trataba de una renuncia heroica por una ofensa a mi honor. Era una huida cobarde y miserable.

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No me avergonzó confesar que, mientras me imaginaba todo esto, me invadió una curiosa autocomplacencia. Y es que la vanidad constituye uno de los impulsos más fuertes en todos nuestros actos, y las naturalezas débiles sucumben con particular facilidad a la tentación de hacer algo que, desde fuera, produzca una impresión de fuerza, valor y decisión.

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Que no piense en ello… ¡Una orden infantil, como si unos nervios alterados pudieran jamás someterse a las riendas de la voluntad! ¡No pensar en ello, cuando los pensamientos te persiguen como caballos asustados y desbocados, con sus cascos martilleándote dolorosamente en el estrecho espacio entre las sienes! ¡No pensar en ello, mientras el recuerdo evoca febril e incesante imagen tras imagen, mientras los nervios vibran y tiemblan y todos los sentidos se tensan para la defensa y la resistencia! ¡No pensar en ello, mientras la carta sigue quemándote la mano con sus palabras ardientes, las cartas, la una y la otra, que uno coge y vuelve a dejar, que vuelve a leer y compara, la primera y la segunda, hasta que cada palabra queda grabada a fuego en el cerebro! No pensar en ello, cuando uno no es capaz de pensar sino en una sola y misma cosa: ¿cómo escapar, cómo defenderse? ¿Cómo salvarse de ese embate acucioso, de ese delirio indeseado?
Que no piense en ello… Es lo que quiero, y apago la luz, porque la luz vuelve los pensamientos demasiado despiertos, demasiado reales. Intento ocultarme, esconderme en la oscuridad, me arranco la ropa del cuerpo para respirar con más libertad, me echo sobre la cama para volverme más insensible. Pero los pensamientos no descansan, como murciélagos revolotean errátiles y fantasmagóricos alrededor de los sentidos fatigados, hambrientos como ratones mordisquean y escarban en el plomizo cansancio. Cuanto más tranquilo descanso, más agitado se vuelve el recuerdo, tanto más excitantes las imágenes que flamean en la oscuridad; de modo que me levanto de nuevo y enciendo la luz para ahuyentar los fantasmas. Pero lo primero que la lámpara, hostil, atrapa en su círculo luminoso es el rectángulo claro de la carta, y en la silla cuelga la guerrera manchada; ambas cosas, recordatorio y advertencia. No pensar en ello… es lo que quiero, pero la voluntad no puede. Y doy vueltas por la habitación, arriba y abajo, abajo y arriba, abro el armario y los cajones del armario, uno tras otro, hasta que encuentro el frasco de vidrio con el somnífero y vuelvo tambaleándome a la cama. Pero no hay escapatoria. Incluso durmiendo, los incansables ratones de los negros pensamientos siguen escarbando y royendo la cascara negra del sueño; son siempre los mismos, siempre los mismos, y a la mañana siguiente, al despertar, me siento como si los vampiros me hubieran vaciado y chupado toda la sangre.

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Pero de pronto soy presa del terror. Esas risas bastas se me clavan en el corazón como una garra. ¿Cómo se puede reír así cuando alguien gime, cuando alguien sufre tan intensamente? ¿Cómo se puede bromear y contar chistes puercos cuando alguien muere de pena? Sé que, cuando Wondraceck termine de decir bobadas, empezará la gran juerga, el barullo y las barrabasadas. Cantarán, cantarán las nuevas estrofas de La posadera de Lahn, contarán chistes, reirán y reirán y reirán. De repente ya no veo los radiantes y bonachones rostros. ¿No ha escrito ella que le mandara sólo una nota, una sola palabra? ¿Y si llamo por teléfono? ¡No se puede hacer esperar tanto a una persona! Hay que decirle algo, hay que…

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Desde el instante en que la puerta se cerró tras de ti, me martiriza, no sé por qué, una angustia mortal, el miedo de que fuera la última vez. Estabas tan pálido en aquel momento, había tal expresión de espanto en tu mirada cuando te dejé, que de pronto sentí un frío glacial en medio de mi ardor. Y sé (el criado me lo contó) que huiste inmediatamente de la casa; de repente ya no estabais ni tú ni tu sable ni tu gorra. En vano te buscó, en mi habitación y por todas partes, y por eso sé que huiste de mí como de la lepra, como de la peste.

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intenté todo lo que está en las fuerzas de un ser humano y más allá de ellas. Pero hoy ha sucedido lo inevitable, y te juro que ha sido contra mi voluntad, porque me ha atacado a traición. Ni yo misma comprendo cómo ha podido suceder; después hubiera querido abofetearme y castigarme, tan vil y avergonzada me sentía. Ya sé, ya sé que es una locura, un desvarío, obligarte a nada. Una criatura inválida, una tullida, no tiene derecho a amar… ¿Cómo no iba a ser una carga para ti, yo, un ser destrozado, castigado, que siente horror y asco de sí mismo? Un ser como yo, lo sé, no tiene derecho a amar y aún menos a ser amado. Debe esconderse en un rincón y reventar y no perturbar la vida de nadie con su presencia… Sí, todo eso lo sé, lo sé y por saberlo muero. Nunca me habría atrevido a acosarte, pero ¿quién si no tú me dio la confianza de que no seguiría siendo por más tiempo el triste guiñapo que soy?

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Era una carta de dieciséis páginas, escritas a vuelapluma con mano nerviosa, una de esas cartas que una persona escribe o recibe una sola vez en la vida. Como sangre de una herida abierta, las frases fluían incontenibles, sin párrafos, sin puntuación, con las palabras que se desbordaban, se sobreponían y se atropellaban unas a otras. Todavía ahora, después de tantos años, sigo viendo aquella carta delante de mí, veo cada línea, cada letra, todavía ahora podría repetirla de memoria, página tras página de principio a fin y a cualquier hora del día o de la noche, de tantas veces como la leí. Meses y meses después de aquel día, sigo llevando en el bolsillo aquel fajo plegado de papel azul, para sacarlo una y otra vez, en casa, en los establos, en los refugios y en los fuegos de campamento durante la guerra; sólo en la retirada de Volinia, cuando nuestra división se vio rodeada en ambos flancos por el enemigo y temí que esta confesión de un momento de éxtasis pudiera caer en manos extrañas, sólo entonces destruí la carta.

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Sólo a partir de aquel momento empecé a comprender poco a poco (algo por lo general silenciado por los poetas) que precisamente los excluidos, los feos, los marchitos, los tullidos, los rechazados, desean con una avidez mucho más apasionada y peligrosa que los sanos y felices, que aquellos que aman con un amor fanático, sombrío y negro, y que ninguna pasión en el mundo se alza más impetuosa y afligida, estéril y desesperada que la de los hijastros de Dios, quienes sólo amando y siendo amados pueden sentir justificada su existencia terrena. Hombre sin experiencia, no probado en el crisol de la vida, nunca me hubiera atrevido a sospechar la existencia de este secreto terrible: que el grito de pánico del ansia de vivir resuena con más rabia precisamente en el abismo más profundo de la desesperación. Fue en aquel instante cuando el conocimiento de este hecho se clavó en mí como un puñal ardiente.

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Nunca, a los veinticinco años, me hubiera atrevido siquiera a soñar con la posibilidad de que también las enfermas, las inválidas, las inmaduras, las demasiado viejas, las excluidas y marcadas entre las mujeres, osaran amar. Pues, antes de conocer y vivir la vida real, un hombre joven e inexperto se imagina y conforma el mundo casi siempre de acuerdo con lo que ha leído o le han contado, antes de vivir la experiencia propia sueña indefectiblemente con imágenes y modelos ajenos. Sin embargo, en esos libros, en esas obras de teatro o en los cines (representaciones superficiales y simplificadas de la realidad), eran siempre y exclusivamente personas jóvenes, bellas y selectas las que se deseaban unas a otras; y así yo creía —de ahí también mi temor ante algunas aventuras— que había que ser especialmente atractivo, agraciado y favorecido por el destino para ganarse el afecto de una mujer. Sólo por esta razón había sido tan ingenuo y despreocupado en el trato con esas dos muchachas, porque desde el principio me pareció que quedaba excluido de nuestra relación todo lo erótico y nunca sospeché que ellas pudieran ver en mí algo más que un joven amable, a un buen amigo.

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Salí de la habitación tambaleándome. Una vez en el oscuro pasillo, me abandonaron las últimas fuerzas. Tuve que apoyarme en la pared, porque mis sentidos daban vueltas vertiginosamente. ¡Era eso, pues! Ése era el secreto, revelado demasiado tarde, de su inquietud, de su agresividad, para la que hasta entonces yo no había encontrado explicación. Mi espanto era indescriptible. Me sentía como alguien que se inclina sin recelo sobre una flor y le sale al encuentro una víbora.

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ya en nuestro estrecho círculo me ponía enfermo que alguien hablara despectivamente del dinero en mi presencia, como si creciera entre los abrojos. Era mi punto vulnerable. Aquí era yo el inválido, era yo quien necesitaba muletas. Sólo por eso me sublevó tan desproporcionadamente el que aquella niña mimada y malcriada, que sufría a su vez los horrores de su postergación, no comprendiera la mía. Contra mi voluntad, fui casi grosero.
—¿Unos cientos de coronas, a lo sumo? Una bagatela, ¿verdad? Una nimiedad insignificante para un oficial. Y usted, claro está, encuentra mezquino por mi parte que mencione una ridiculez como ésta. ¿No es verdad? ¡Mezquino, tacaño, roñoso! Pero ¿ha pensado alguna vez de qué tenemos que vivir nosotros? ¿Con qué tenemos que conformarnos y apechugar?
Y como ella siguió observándome con aquella mirada crispada y, según creí en mi estupidez, despectiva, me asaltó de pronto la necesidad de exponerle toda mi pobreza. Igual que aquel día, con la intención de atormentarnos, ella había cruzado la habitación cojeando ante nosotros, los sanos, y vengarse con este espectáculo desafiante de nuestra confortable salud, también yo experimenté una especie de alegría rabiosa desnudando a sus ojos como un exhibicionista la estrechez y la dependencia de mi vida.

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Pero en adelante, sabiendo que no era de esperar una pronta curación, había de simular una actitud fría, consecuente, calculadora y tenaz, debía mentir con semblante impenetrable, con voz convencida, como un taimado criminal que maquina refinadamente, durante semanas y meses, los detalles de su fechoría y de su defensa. Por primera vez empecé a comprender que los peores males de este mundo no son los causados por la maldad y la brutalidad, sino los causados por la debilidad.

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Me detuve. El corazón me latía como si quisiera saltar del pecho, pues, mientras leía, de repente vi en una visión insoportable al desconocido y astuto viejo, lo vi primero tendido en el suelo y levantando los ojos llenos de lágrimas para implorar ayuda al compasivo joven, y lo vi después montado sobre sus hombros. Aquel djin tenía el pelo blanco, peinado con raya en medio, y llevaba gafas doradas. Con la misma rapidez con que sólo los sueños saben evocar y mezclar imágenes y rostros, instintivamente había atribuido al anciano del cuento el rostro de Kekesfalva y yo mismo me había convertido de pronto en la infeliz cabalgadura, que él azuzaba con el látigo, e incluso sentía tan real la presión alrededor de la garganta, que se me cortó la respiración. Me cayó el libro de las manos, me quedé tendido, frío como el hielo, y oí los latidos de mi corazón golpeando las costillas como contra madera dura; y todavía durante el sueño la furibunda carrera prosiguió a todo galope, no sabía hacia adónde. Cuando me desperté al día siguiente con los cabellos empapados, estaba cansado y exhausto como después de una larga caminata.

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—Lo sé, lo sé —me interrumpió Condor—. Por supuesto que él se lo sacó a la fuerza, lo apremió y atosigó, es realmente capaz de dejarle a uno indefenso con su insistencia desesperada. Sí, ya lo sé, sé que usted se mostró débil por compasión, por los mejores y más nobles motivos. Pero, y creo que ya se lo advertí una vez, eso de la compasión es una maldita arma de doble filo. El que no sabe manejarla, mejor que no la toque con la mano y menos aún con el corazón. Sólo al principio la compasión, como la morfina, es buena para el enfermo, un remedio, un recurso, pero si no se sabe dosificar como es debido y suprimirla a tiempo, se convierte en un veneno mortal. Con las primeras inyecciones se hace bien, tranquilizan al enfermo y mitigan el dolor. Pero, fatalmente, el organismo, tanto el cuerpo como el alma, posee una tremenda capacidad de adaptación, y así como los nervios necesitan cada vez más morfina, así también el sentimiento necesita cada vez más compasión, y al final resulta más de la que se puede dar. Y llega indefectiblemente el momento, en uno y otro caso, en que hay que decir «no» y no preocuparse por si el enfermo lo odia a uno más por esta última negativa que por si nunca le hubiera ayudado

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Las estrellas brillaban y tuve la sensación de que me guiñaban cariñosamente el ojo. El viento acariciaba mortecino los campos que se desvanecían gradualmente, llenos de un vaho oscuro, y me pareció que cantaba para mí. Se apoderó de mí esa pura exaltación en que todo parece bueno y encantador, el mundo y los hombres, en que uno quisiera abrazar cada árbol y acariciar su corteza como una piel amada, entrar en cada casa, sentarse con desconocidos y confesarles todo, en que el propio pecho resulta demasiado estrecho y el sentimiento interior demasiado fuerte, en que uno quisiera comunicarse, derramarse, derrocharse…, ¡regalar y prodigar parte de esa exuberancia desbordante!

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En aquel momento Kekesfalva hizo lo más inteligente para poner fin a esos testimonios de respeto, que ya empezaban a ser molestos. Dio la mano cordialmente al padre de la novia, al novio y a algunos dignatarios, rogándoles que no interrumpieran la hermosa fiesta por nosotros. Añadió que los jóvenes siguieran bailando a su gusto, puesto que no nos podían proporcionar mayor placer que continuar divirtiéndose sin preocuparse de nosotros. Al mismo tiempo hizo ademán al violinista de que se acercara, y éste, con el violín bajo el brazo derecho, estaba esperando delante del estrado en una postura de reverencia que parecía petrificada; le arrojó un billete y le indicó que comenzara la música. El billete debió de ser de los grandes, pues el lisonjero mozo se enderezó como sacudido por una descarga eléctrica, volvió corriendo a su estrado, guiñó el ojo a los músicos y acto seguido el grupo se puso a tocar como sólo los húngaros y los gitanos saben hacerlo. Ya la primera nota de címbalo disipó con su ímpetu seductor toda inhibición. En un santiamén se formaron las parejas y se inició el baile con estruendosas pisadas, más animado y delirante que antes, pues tanto los chicos como las chicas sentían el prurito de mostrarnos lo bien que saben bailar los húngaros auténticos. En un minuto, el local, hasta entonces sumido en un silencio respetuoso, se convirtió en un impetuoso torbellino de cuerpos que se contoneaban, saltaban y zapateaban; a cada compás tintineaban los vasos incluso del estrado, tan enérgico y fogoso atronaba el entusiasmo de los jóvenes.

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Pronto el vino demostró ser tan fuerte y bueno, que nuestro alborozo, contenido hasta entonces, se manifestó cada vez más desbordante. Todos hablábamos con más locuacidad, camaradería y desinhibición que nunca, y así como ninguna nubecilla surcaba el cielo de seda azul, así tampoco cruzó mi mente durante aquellas horas el sombrío pensamiento de que siempre había conocido sólo como enferma, desesperada y aturdida a aquella muchacha delicada que era la que de todos nosotros ahora reía más cordial, más fuerte y más feliz, o de que aquel anciano, que examinaba y daba palmaditas a los caballos con la pericia de un veterinario, bromeaba con todos los mozos y les daba propinas a escondidas, era el mismo que dos días antes me había abordado de noche como un sonámbulo, llevado por un miedo demente. Tampoco apenas me reconocía a mí mismo, tan ligeros y como lubricados con aceite caliente respondían mis miembros. Después de comer, mientras llevaron a Edith a descansar un rato a la habitación de la mujer del administrador, probé uno tras otro unos cuantos caballos. Corrí a porfía con algunos de los jóvenes mozos por los prados y experimenté, al soltar las riendas y soltarme a mí mismo, una sensación de libertad que desconocía. ¡Ojalá pudiera quedarme aquí, a las órdenes de nadie, libre en los campos libres, libre como el viento! Sentí un cierto pesar cuando, tras haber galopado un buen trecho a campo traviesa, oí de lejos la llamada del cuerno de caza que anunciaba el regreso.

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Así como cuando una fuerte ola se lanza contra nosotros y, tambaleándonos, nos esforzamos en vano en hacerle frente, así traté de no ceder a mi enorme consternación. Aquella sola frase me lo aclaró todo en un segundo. Yo, y sólo yo, había destapado aquella voz nueva y sonora en la muchacha, sin que ella lo sospechara; yo, y sólo yo, había suscitado en ella esa desdichada certeza. Kekesfalva debió de contarle lo que Condor me había confiado. Pero, en definitiva, ¿qué me había dicho Condor…? Y, por mi parte, ¿qué había contado yo de todo ello? En realidad. Condor se había manifestado con suma cautela, y yo, loco de mí, ¿qué fantasías añadí por compasión para que toda una casa se iluminara, los afligidos rejuvenecieran y los enfermos se creyeran sanos? Qué de cosas debí…

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Exhausto y como vencido, se reclinó en el banco de los pobres, donde al mediodía los obreros comían su bocadillo, por la tarde se sentaban los canónigos y las mujeres embarazadas y por la noche las rameras atraían a los soldados: él, el anciano, el hombre más rico de la ciudad; y esperaba, esperaba, esperaba.

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El rechoncho hombrecito se hallaba enfrente de mí tan agitado, que parecía que me iba a atacar con violencia a la primera que le llevara la contraria. En aquel momento un relámpago azul como una vena rasgó el horizonte oscurecido y tras él un trueno gruñó ronco y pesado. De pronto Condor rompió a reír.
—Fíjese…, el cielo le responde con un gruñido. Pobre muchacho, hoy lo han fastidiado más de la cuenta, le han extirpado una ilusión tras otra con el bisturí, primero la del magnate magiar y luego la del médico y amigo, previsor e infalible. ¡Pero debe comprender que a uno le irriten las alabanzas de ese viejo loco! Sobre todo en el caso de Edith, los arranques sentimentales me ponen especialmente frenético, porque a mí mismo me aflige avanzar tan despacio y no haber encontrado, es decir, inventado todavía nada definitivo.

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—¡Paparruchadas, le he dicho! ¡Paparruchadas! Esos aparatos me ayudan a mí y no a ella. Esas máquinas son meros aparatos de entretenimiento, para tenerla ocupada, ¿comprende? No es la muchacha quien las necesita, sino yo, porque los Kekesfalva ya no tenían paciencia. Sólo porque ya no podía resistir por más tiempo tanta insistencia, tuve que suministrar de nuevo al anciano una inyección de confianza. ¿Qué otra cosa podía hacer sino colgar este peso a la impaciente, tal como se ponen grilletes a un preso recalcitrante…? Algo completamente inútil… Es decir, esos aparatos quizá refuercen un poco los tendones… No podía servirme de otra cosa…, y tenía que ganar tiempo… Pero no me avergüenzo en absoluto de estas trampas y artilugios. Usted mismo puede comprobar el éxito. ¡Edith se convence a sí misma de que desde entonces ha mejorado, el padre dice triunfante que yo la he ayudado, todos están entusiasmados con el magnífico y genial milagrero, y usted mismo me interroga como si yo fuera el doctor Sabelotodo!

(...)

Bueno, a quien le guste hacer de matasanos, que lo haga. A mí personalmente me parece una labor tan lamentable como la del poeta que se limita a repetir lo ya dicho, en vez de intentar domar con la palabra lo no dicho y aun lo indecible, o como el filósofo que explica por nonagésima novena vez lo que ya se sabe desde hace tiempo, en vez de enfrentarse a lo desconocido, lo incognoscible. Incurable: un concepto relativo, no absoluto. Para la medicina, como ciencia progresiva, los casos incurables sólo existen en un estadio momentáneo, en nuestro espacio de tiempo presente, esto es, desde nuestra perspectiva limitada y obtusa de sapos.

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—Por supuesto usted, teniente, no podía siquiera sospecharlo. ¡Cómo iba a saberlo! Ha sido educado en un mundo completamente cerrado, muy peculiar, y se encuentra, además, en la edad dichosa en que uno no ha aprendido todavía a mirar con desconfianza todo lo que resulta extraño. Créame, por ser más viejo: no hay que avergonzarse porque de vez en cuando la vida lo engañe a uno; es más bien una bendición no tener todavía en la pupila esa mirada de mal ojo, agudísima y diagnosticara, y preferir de entrada ver a las personas y las cosas con confianza. De lo contrario, usted no hubiera podido ayudar tan espléndidamente a ese anciano y a esa pobre niña enferma. No, no se sorprenda y, sobre todo, no se avergüence: su buen instinto le ha inducido a actuar de la mejor manera.

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»—Entonces, mejor que se quede aquí —dijo, y, sin querer, añadió a media voz—. Quédese conmigo.
»Ella se sobresaltó y lo miró fijamente. Sólo ahora comprendió Kanitz que había expresado algo que conscientemente no había querido decir. Las palabras habían acudido a sus labios sin que él las hubiera sopesado, calculado y examinado como era su costumbre. Un deseo, que ni siquiera se había explicado ni confesado, se había convertido de golpe en voz, vibración y sonido. Por la turbación de la muchacha se dio cuenta de lo que acababa de decir y al momento temió que pudiera interpretarlo mal. Probablemente ella pensaba: como amante suya. Y para evitar que viera en sus palabras una intención ofensiva, se apresuró a añadir:
»—Quiero decir… como mi esposa.
»Ella se irguió bruscamente. Se le contrajo la boca, y Kanitz no sabía si era para sollozar o para proferir algún insulto. Después se levantó de un salto y salió del comedor.
»Fue el momento más terrible en la vida de nuestro amigo. Sólo entonces comprendió el disparate que acababa de cometer. Había ofendido, humillado y degradado a una persona bondadosa, la única que le había demostrado confianza, porque ¡cómo podía él, un hombre casi viejo, un judío, deslucido, feo, corredor ambulante, codicioso de dinero, proponerse en matrimonio a una muchacha de alma tan distinguida, tan delicada! Involuntariamente consideró justificado que saliera corriendo con tal repugnancia. Bien, se dijo furioso, te está bien empleado. Al fin me ha reconocido, al fin ha demostrado el desprecio que merezco. Mejor esto que no que me dé las gracias por mi canallada. Kanitz no se ofendió lo más mínimo por aquella huida; al contrario (él mismo me lo confesó), en aquel momento estaba incluso contento. Tenía la sensación de que había recibido su castigo; era justo que en lo sucesivo ella pensara en él con tanto desprecio como el que sentía él por sí mismo.
»Pero entonces ella volvió a aparecer en la puerta, con los ojos humedecidos y terriblemente agitada. Sus hombros temblaban. Se acercó a la mesa. Tuvo que apoyarse con ambas manos en el respaldo de la silla antes de sentarse de nuevo. Después tomó aliento, sin levantar los ojos:
»—Perdone… perdone mi grosería por la manera como me he levantado de la mesa. Pero estaba tan asustada… ¿Cómo ha podido usted…? Pero si no me conoce… no me conoce.
»Kanitz estaba demasiado confuso para hablar. Hondamente conmovido, sólo veía que no había enojo en ella, sino simple miedo, que la mujer estaba tan asustada como él por la insensatez de su repentina proposición. Ninguno de los dos tenía el valor de hablar, de mirar al otro. Pero ella no salió de viaje aquella mañana. Permanecieron juntos de la mañana a la noche. Tres días más tarde él repitió la proposición y al cabo de dos meses se casaron.»

(...)

Fue la despedida de la víctima de su verdugo. Pero para Kanitz fue como si hubiera golpeado su propia cabeza con el hacha; permaneció unos minutos aturdido, mirando fijamente el vestíbulo desierto del hotel. Finalmente lo arrastró el torrente de la calle, no supo adónde. Nunca una persona lo había mirado de aquella manera, tan humana, tan agradecida. Nunca nadie le había hablado de aquella manera. Involuntariamente le resonaba en los oídos aquel “le estoy muy agradecida”. ¡Y precisamente a esta persona él la había expoliado, precisamente a ella la había estafado! Se detuvo una y otra vez, secándose el sudor de la frente. Y de pronto, ante la gran cristalería de la Kärtner Strasse por la que pasó tambaleándose como medio dormido, se encontró frente a frente, en su insensato zigzaguear, con su propio rostro reflejado en el espejo del escaparate y se quedó contemplándose fijamente como quien mira la fotografía de un criminal en el periódico intentando descubrir en qué consisten propiamente los rasgos criminales, si en el mentón aplastado, en el labio perverso o en los ojos de mirada dura. Se quedó mirándose y, al observar detrás de las gafas sus propios ojos desencajados de pavor, recordó de repente aquellos otros de antes. Habría que tener ojos como aquéllos, pensó conmovido, no tan enrojecidos, ávidos y nerviosos como los míos. Habría que tener ojos como aquéllos, azules, resplandecientes, animados de una fe interior (mi madre miraba así a veces, recordó, las noches de los viernes). Sí, habría que ser una persona así: mejor dejarse engañar que engañar a los demás…, una persona decente, sin malicia.

(...)

A nuestro amigo se le pararon los pies, se le detuvo el corazón. ¡Esto ya era demasiado! No estaba preparado para algo así. Le acometió la misma penosa sensación que cuando alguien pega a un perro en un arrebato de cólera y el animal castigado se le acerca arrastrándose, levanta sus ojos suplicantes y lame la cruel mano.

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—Debo interrumpirme aquí, teniente, para explicarle lo que significó aquella lacónica frase en la vida de nuestro amigo. Ya le he dicho que Kekesfalva me contó esta historia en la noche más trágica de su vida, en la que murió su mujer, es decir en uno de aquellos momentos por los que un hombre atraviesa quizá sólo dos o tres veces en su vida, uno de aquellos momentos en los que hasta el más pérfido siente la necesidad de presentarse ante otro hombre con toda su verdad y desnudez como ante Dios. Aún lo veo ante mí. Estábamos sentados abajo, en la sala de espera del sanatorio. Se me había acercado todo lo posible y hablaba en voz baja, agitado y vehemente como un río.

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Y él enseguida acciona el registro de disuasión de su órgano. Hay que “aguarle la fiesta”, piensa. Al final quizá se le podrá arrendar todo esto de un solo golpe y adelantarse a Petrovic; quizá sea una suerte que el tipo ese se haya quedado en Viena precisamente hoy. Acto seguido adopta un aire de compasión y de vivo interés.
»—Tiene usted razón, es siempre una gran carga también. Nunca se descansa. Hay que discutir todos los días con los administradores, el personal doméstico y los vecinos, y además están los abogados y los impuestos. Cuando la gente se huele una pequeña propiedad o dinero, trata de exprimirle a uno hasta el último céntimo. Acaba rodeado sólo de enemigos, por más bien intencionado que sea uno. Es inútil, no sirve de nada…, en cuanto husmean dinero, todos se convierten en ladrones. Sí, por desgracia tiene usted razón: para una propiedad como ésta hay que tener mano de hierro, de lo contrario uno no sale adelante. Hay que haber nacido para ello, y aun así es una lucha eterna.
»—Oh, sí —dice ella con un suspiro. Está claro que recuerda algo espantoso—. ¡La gente es horrible, horrible, cuando se trata de dinero! Yo no lo sabía.
»¿La gente? ¿Qué le importa la gente a Kanitz? ¿Qué más le da que sea buena o mala? ¡Arrendar la propiedad, y ello cuanto antes y de la manera más ventajosa posible! Escucha y asiente cortésmente con la cabeza, y mientras escucha y contesta, calcula en otro rincón del cerebro cómo arreglar el asunto del modo más rápido. Fundar un consorcio que tome en arrendamiento todo Kekesfalva, la explotación agrícola, la fábrica de azúcar y la yeguada. Luego, por mí puede cederlo todo a Petrovic en subarriendo y asegurarse nada más que la organización. Lo importante es hacer la oferta de arrendamiento enseguida y meterle el miedo en el cuerpo a la muchacha; tomará todo lo que se le ofrezca. No sabe calcular, nunca ha ganado dinero y por lo tanto tampoco merece ganar mucho. Mientras su cerebro trabaja con todos los nervios y todas las fibras, sus labios siguen hablando con aparente interés.

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»La vieja princesa Orosvár, mujer riquísima procedente de algún lugar de Ucrania, había sobrevivido treinta y cinco años por lo menos a su marido. Tenaz como el cuero y más mala que una sabandija, desde que sus dos únicos hijos murieron de difteria en una misma noche, odiaba con toda el alma a todos los demás Orosvár porque habían sobrevivido a sus pobres criaturas. Creo muy probable que llegara a los ochenta y cuatro años de edad sólo por maldad y despecho para que no la heredaran sus impacientes sobrinos y resobrinos. Si uno de sus parientes, ansioso de la herencia, anunciaba su visita, ella no lo recibía, incluso la carta más amable de alguno de la familia volaba bajo la mesa sin merecer contestación. Misántropa y caprichosa desde la muerte de los hijos y del esposo, sólo pasaba dos o tres meses en Kekesfalva y nadie entraba en la casa; pasaba el resto del año viajando por el mundo, vivía como una gran señora en Niza y Montreux, se vestía, se desnudaba, se hacía peinar, maquillar y arreglar las uñas, leía novelas francesas, compraba gran cantidad de vestidos, iba de tienda en tienda, regateaba y juraba como una verdulera rusa.

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»No sé cómo se las arregló para escaparse de aquel pueblo eslovaco y llegar a Viena, pero cuando a sus veinte años apareció por estos alrededores, ya era agente de una prestigiosa compañía de seguros y, de acuerdo con su modo de ser laborioso e infatigable, añadió a esa actividad oficial otros cien pequeños quehaceres. Se convirtió en lo que en Galitzia se llama “factor”, alguien que trafica con todo, lo agencia todo y tiende puentes donde haga falta entre la oferta y la demanda.

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—Curioso —murmuró Condor—. Muy curioso. Siempre creí que él exageraba cuando me lo describía a usted. Y le diré francamente, porque parece que hoy es mi día de diagnósticos equivocados, que desconfiaba un poco de su entusiasmo… Me costaba creer que usted vino de visita sólo a causa de aquel incidente durante el baile y que volvió una y otra vez… por pura simpatía y compasión. Usted no sabe hasta qué punto explotan al pobre anciano… Yo me había propuesto, ¿por qué no decírselo?, averiguar qué le trae realmente por esta casa. Pensaba de usted que era…, ¿cómo decirlo de un modo cortés?…, un joven con pretensiones que venía a esquilarlo o, si he de serle sincero, un hombre interiormente muy joven, pues lo trágico y lo peligroso sólo ejerce una atracción tan notable en los jóvenes.Por lo demás, este instinto de los muy jóvenes suele ser acertado y usted se dio perfectamente cuenta de que Kekesfalva es en verdad un hombre muy especial. Sé muy bien lo que se le puede reprochar y por eso encontré un tanto gracioso, perdone usted, que lo calificara de noble. Pero haga caso de alguien que lo conoce mejor que nadie: no tiene por qué avergonzarse de su amistad con él y con la pobre niña. Por más cosas que le cuenten, no se deje engañar, nada tiene relación real con el hombre enternecedor y amable que es el Kekesfalva de hoy.

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Y, dicho esto, se dirigió al comedor a grandes zancadas, se sentó sin esperarnos y, con la servilleta colgada de cualquier manera sobre el pecho, empezó a sorber la sopa a todo correr y, a mi juicio, con exceso de ruido. Durante esta apremiante actividad no nos dirigió la palabra a mí ni a Kekesfalva. Su única ocupación parecía ser la comida, y al mismo tiempo su mirada miope apuntaba hacia las botellas de vino.
—¡Excelente… su vino de Szomorod, y además del noventa y siete! Lo recuerdo de la última vez. Sólo por él ya vale la pena el ajetreo del viaje. No, Josef, todavía no lo escancies. Mejor un vaso de cerveza, primero… Sí, gracias.
Vació la copa de un solo y largo sorbo y luego, poniéndose en el plato grandes pedazos del guiso prontamente servido, empezó a masticar sin prisa y a gusto.  Como no parecía darse cuenta en absoluto de nuestra presencia, tuve tiempo para observar de reojo al comilón. Decepcionado, comprobé que aquel hombre elogiado con tanto entusiasmo tenía un rostro de lo más burgués y satisfecho, una cara de luna llena, surcada por pequeños cráteres y granos, una nariz de patata, un mentón indefinido, las mejillas rojizas y sombreadas por indicios de barba tupida, el cuello redondo y corto: en fin, exactamente el tipo que los vieneses denominan en su dialecto sumper, es decir, vulgar y trivial, que disfruta de la vida con placidez y empeño.

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¿Si esa criatura estafada por Dios pudiera volver a correr escaleras arriba y abajo, perseguir su propia risa, dichosa y feliz? Esta posibilidad me embriagó de pronto; fue un placer imaginarse cómo los dos o los tres galoparíamos por los campos y ella, en vez de esperarme en su cárcel, me saludaría en el portal y me acompañaría a dar un paseo. Con impaciencia me puse a contar las horas que faltaban para sondear cuanto antes a aquel médico desconocido, con más impaciencia quizá que Kekesfalva

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¡Pero no quiero turbar ese sueño que la aleja de sí misma, de su realidad corporal! Precisamente es tan maravillosa esa íntima cercanía con los enfermos mientras duermen, cuando olvidan tan por completo sus aflicciones que de vez en cuando una sonrisa se posa en sus labios semiabiertos como una mariposa en una trémula hoja, una sonrisa ajena, que no les pertenece y que desaparece asustada tan pronto como se despiertan

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En realidad es el reloj lo que no quiero seguir mirando, el avance implacable de los minutos. Siento un cosquilleo en los nervios, los pensamientos siguen revoloteando sin cesar, me obsesiona la idea de si no debería ir al teléfono y excusarme. Por primera vez empiezo a sospechar que no se puede conectar y desconectar la verdadera compasión como si fuera un contacto eléctrico y que todo aquel que se interesa por un destino ajeno se ve privado de una parte de libertad del suyo propio.

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Y me digo: ¡a partir de ahora ayudarás cuanto puedas a todos y cada uno! ¡Ya no soporto permanecer indiferente! Engrandecerse entregándose a otros, enriquecerse hermanándose con los destinos de los demás, comprendiendo y poniéndose al lado del dolor de otros con la compasión. Y mi corazón, sorprendido de sí mismo, tiembla de gratitud hacia la enferma a la que había ofendido sin querer y que con su sufrimiento me ha enseñado esa fecunda magia que entraña la compasión.

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De pronto ya no comprendía el embotamiento en que había vivido tan rutinariamente hasta entonces como en un crepúsculo gris y monótono. Empiezan a estimularme e interesarme cientos de cosas a las que antes ni siquiera prestaba atención. Como si esa primera visión del dolor ajeno hubiera despertado en mí una mirada más penetrante y sabia, percibo por doquier detalles que me atraen, entusiasman y conmueven. Y puesto que todo nuestro mundo está lleno, calle por calle y casa por casa, de un destino palpable e impregnado de abrasadora penuria hasta los más profundos cimientos, ahora mis días transcurren ininterrumpidamente llenos de tensión y atención.

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Un sufrimiento que dura mucho en general fatiga no sólo al enfermo, sino que también agota la compasión de los demás; los sentimientos intensos no se pueden prolongar hasta el infinito. Sin duda el padre y la amiga sufrían hasta el fondo de su alma por esa pobre impaciente, pero también es cierto que lo hacían con cansancio y resignación. Tomaban a la enferma como enferma y el hecho de la invalidez como hecho; esperaban con los ojos bajos que se calmaran esas breves tormentas nerviosas, pero ya no se asustaban cada vez como yo. Yo, en cambio, el único para el que su sufrimiento significaba cada vez una nueva conmoción, pronto me convertí en el único ante el que ella se avergonzaba de su desmesura.

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Ya entonces, cuando a los catorce años nos paseábamos de dos en dos por la ciudad con nuestros elegantes y acordonados uniformes de cadete y encontrábamos a otros muchachos flirteando o charlando despreocupadamente con chicas, nos dábamos cuenta con confusa nostalgia de que el acuartelamiento de seminario sustraía brutalmente a nuestra juventud lo que era dado diariamente y por supuesto a los chicos de nuestra edad, en las calles, los paseos, la pista de patinaje y la sala de baile: el trato natural con muchachas. Mientras que nosotros, aislados y entre rejas, veíamos pasar a esos elfos de chaquetas cortas como seres mágicos, soñando con una conversación con una muchacha como algo inalcanzable. Semejante privación no se olvida.

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este simple propósito de ayudar, de ser útil a otros en lo sucesivo, me infunde ya una especie de entusiasmo. Quisiera cantar, cometer alguna locura, llevado por esta sensación de ligereza alada. Sólo cuando uno sabe que es algo también para otros, descubre el sentido y la misión de su propia existencia.

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Por insignificante que pudiera parecer el motivo desde fuera —al fin y al cabo lo único que había ocurrido es que un anciano había pasado la mano por mi manga afectuosamente—, este gesto contenido de sincera gratitud había bastado para hacer brotar y desbordar algo muy íntimo dentro de mí. En esta embargadora relación experimenté una ternura de una profundidad tan casta y sin embargo tan apasionada como nunca la había sentido con una mujer. Por primera vez en mi vida yo, joven aún, tenía la certeza de haber ayudado a alguien en este mundo, y tremenda era mi estupefacción al comprobar que un pequeño, mediocre e inseguro oficial como yo tuviera realmente el poder de hacer tan feliz a alguien. Quizá, para explicarme lo delirante de este inesperado descubrimiento, tengo que recordarme de nuevo a mí mismo que desde mi infancia nada había pesado tanto en mi alma como el convencimiento de ser un hombre completamente superfluo, sin interés alguno para los demás o, en el mejor de los casos, indiferente.

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Al principio sólo comprendí que había rebasado el círculo seguro en cuyo seno había vivido hasta entonces libre de preocupaciones y había entrado en una zona nueva que como todo lo nuevo era a la vez incitante e inquietante; por primera vez vi abrirse ante mí un abismo del sentimiento que, sin que pudiera explicármelo, me atraía a medirlo y a precipitarme en él. Pero al mismo tiempo el instinto me advertía de que no cediera a esta temeraria curiosidad. Recordaba: «¡Basta ya! Te has disculpado, has reparado el absurdo desliz.» Pero otra voz susurraba en mi interior: «¡Vuelve allí otra vez!
¡Siente de nuevo ese escalofrío en la espalda, ese estremecimiento de miedo y ansia!» Y se repetía el aviso: «¡Déjalo! ¡No te metas donde no te llaman, no seas inoportuno! Joven simple como eres, no estarás a la altura de una situación que excede tus fuerzas y cometerás desatinos peores que la primera vez.»

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Sé que es absurdo renunciar a un placer porque se le niega a otra persona, prohibirse una alegría porque alguien es infeliz. Sé que a cada instante, mientras reímos y bromeamos tontamente, en alguna parte alguien agoniza y muere entre estertores en la cama, que detrás de mil ventanas acechan la miseria y el hambre, que hay hospitales, canteras y minas de carbón, que en fábricas, oficinas y prisiones innumerables personas están sometidas en todo momento a un trabajo de esclavos y que en nada les alivia las penas el que otro se mortifique sin sentido. Tengo muy claro que si alguien quisiera empezar a imaginarse las miserias que se dan simultáneamente en este mundo, se le truncaría el sueño y se le borraría la sonrisa de los labios.Pero nunca es el dolor imaginario e imaginado el que consterna y anonada, sino que sólo el que el alma ha visto realmente con ojos compasivos es capaz de perturbar de verdad. En mi apasionado y alegre galope había creído ver de repente tan cercano y real como en una visión su rostro desencajado y pálido, me había parecido verla arrastrándose por el salón con sus muletas y al mismo tiempo oír el toc-toc y el clac-clac y los crujidos y chirridos de los aparatos ortopédicos ocultos en las articulaciones de la enferma; como en un susto, sin pensar, sin reflexionar, había tirado de las riendas.

(...)

Pero así como las flores de invernadero crecen más exuberantes y tropicales, también en la oscuridad surgen con más ímpetu las obsesiones. Brotan de modo caótico y fantástico en suelo pantanoso para convertirse en chirriantes lianas que nos quitan el aliento, y con la velocidad de los sueños se forman y se persiguen en el cerebro las más absurdas imágenes del miedo. ¡Ridiculizado para toda la vida, pensé, expulsado de la sociedad, escarnecido por los compañeros, comidilla de toda la ciudad! Nunca más saldré de la habitación, nunca más me atreveré a pisar la calle, por miedo a encontrarme a uno de los que conocen mi crimen (pues como un crimen consideraba yo en aquella primera noche de sobreexcitación mi simple torpeza y me veía a mí mismo como perseguido y acosado por la risotada general).

(...)

—Sí —contesto, y apenas ha salido la palabra de mi boca, me asusto. ¿De veras quiero irme? Y en el instante en que el sirviente descuelga el abrigo de la percha me percato de que, con mi fuga cobarde, cometo una nueva estupidez, quizás aún más imperdonable. Pero ya es demasiado tarde. Ahora no puedo devolverle el abrigo, no puedo volver al salón cuando me está abriendo la puerta de la casa con una ligera reverencia. Y así me encuentro de golpe fuera de la extraña y maldita casa, con el viento frío azotándome la cara, el corazón ardiéndome de vergüenza y el aliento entrecortado de alguien que se ahoga.

(...)

«Hay dos clases de piedad. Una, débil y sentimental, que en realidad sólo es impaciencia del corazón para liberarse lo antes posible de la penosa emoción ante una desgracia ajena, es una compasión que no es exactamente compasión, sino una defensa instintiva del alma frente al dolor ajeno. Y la otra, la única que cuenta, es la compasión desprovista de lo sentimental, pero creativa, que sabe lo que quiere y está dispuesta a aguantar con paciencia y resignación hasta sus últimas fuerzas e incluso más allá.»

(...)

Durante toda la velada me dio pena la mirada respetuosa que me dirigía usted, y de buena gana, para desmentir a este charlatán, le hubiera invitado a usted a escuchar por qué caminos tortuosos me convertí en héroe… Es una historia bastante extraña y, sin embargo, podría demostrarle que a menudo el valor no es sino la otra cara de una debilidad.

(...)

No nos engañemos. Si en algún país hoy se hiciera propaganda a favor de una guerra exótica, por ejemplo en la Polinesia o en un rincón de África, miles y cientos de miles acudirían corriendo a la llamada sin saber muy bien por qué, quizá sólo por el deseo de huir de ellos mismos o de circunstancias desagradables. La resistencia real a una guerra difícilmente puedo estimarla en más de cero. La resistencia de un individuo frente a un organismo exige siempre mucho más valor que el simple dejarse arrastrar, es decir, valor individual, y esta especie está en vías de extinción en nuestra época de organización y mecanización crecientes. Yo he encontrado en la guerra casi exclusivamente el fenómeno del coraje de las masas, del valor de los que están en formación militar, y si alguien observa con lupa este concepto, descubrirá unos componentes muy peculiares: mucha vanidad, mucha ligereza e incluso aburrimiento, pero sobre todo mucho miedo… Sí, miedo de quedarse atrás, miedo de ser blanco de burlas, miedo de actuar solo y, sobre todo, de oponerse al entusiasmo de masa de los demás; la mayoría de los que pasaron por los más audaces en el campo de batalla, los he conocido después personalmente en la vida civil como héroes muy dudosos. Por favor, entiéndame, dijo, dirigiéndose cortésmente al anfitrión, que torcía el gesto, «no soy en absoluto una excepción.»

(...)

Las autoridades y los organismos militares que dirigían el aparato bélico tampoco dormían y, mientras nosotros nos embriagábamos con utopías, habían aprovechado con creces los tiempos de paz para preparar y organizar a las masas y en cierto modo tenerlas disponibles y prontas para hacer fuego. Ya entonces, en medio de la paz, el servilismo general había adquirido proporciones increíbles gracias al perfeccionamiento de la propaganda, y a que teníamos muy claro el hecho de que, tan pronto como la radio transmitiera a todos los hogares la orden de movilización, no habría oposición alguna. El hombre era una partícula de polvo sin voluntad que no contaba para nada en aquel momento.

(...)

a veces uno tenía la impresión de que no eran los hombres quienes desahogaban su miedo en suposiciones y esperanzas, sino la atmósfera misma, por decirlo así, el ambiente de la época, agitado y cargado de ocultas tensiones, que deseaba descargarse en la palabra.

(...)

La última vez que estuve en Viena, cansado después de mil gestiones, busqué al caer la noche un restaurante de arrabal que creía que había dejado de estar de moda y sería poco frecuentado. Pero, apenas entré, comprobé con irritación mi error. Justo de la primera mesa se levantó un conocido mío con todas las muestras de una alegría sincera, pero no correspondida por mí tan fogosamente, y me invitó a sentarme con él. Decir que aquel obsequioso caballero era antipático o desagradable sería faltar a la verdad; era de esa clase de personas sociables por naturaleza que coleccionan relaciones como los niños sellos y que por eso se enorgullecen de modo especial de cada ejemplar de su colección. Para este curioso y bonachón personaje —su profesión secundaria era la de archivero cualificado, y muy erudito—, todo el sentido de la vida se reducía a la modesta satisfacción de poder añadir con vanidosa naturalidad junto a cada nombre que de tarde en tarde leía en el periódico: «Un buen amigo mío» o «Ah, ayer mismo me lo encontré» o «Mi amigo A me ha dicho y mi amigo B opina», y así sucesivamente, con todo el alfabeto. Nunca dejaba de aplaudir a sus amigos en los estrenos, al día siguiente telefoneaba a los actores felicitándolos, no olvidaba un solo cumpleaños, pasaba en silencio notas de prensa desagradables y les enviaba las elogiosas expresándoles su más cordial simpatía. No era, pues, un mal hombre, sino sinceramente obsequioso, y se sentía feliz cuando se le pedía un pequeño favor o cuando añadía un nuevo objeto a su gabinete de curiosidades.

La impaciencia del corazón - Stefan Zweig

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