jueves, 12 de abril de 2018

Ningún otro camino ya más que el camino del cementerio; con un libro en las manos o sin él... Pienso: la profunda significación de los cementerios y del mundo exterior a los cementerios, el sinnúmero de hombres muertos... las muchas enfermedades de niñas amortajadas... muchachos muertos, hombres víctimas de la leucemia... en el contacto de los labios negros del muchacho azul en la alcoba de nuestro jardinero... la expectación que ha causado el cadáver del enterrador muerto que se ha caído del coche fúnebre encristalado... el repentino rezumar y secarse de las expresiones superficiales... el cementerio, también la estancia preferida de Walter en su infancia... el zumbido de las abejas en el cementerio, entrechocar de las moscas en el aire de la sala de exposición de cadáveres... la fuente que fluye siempre, y las coronas que siempre se marchitan...

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El arroyo está helado, la primavera está helada, el verano está helado, el invierno está helado, hombres, animales, sensaciones, todo... la palabra hablada, que excluye sencillamente al mundo.
Abres una puerta, otra, una tercera, cuarta, quinta, las cierras otra vez detrás de ti y sigues avanzando (ideas de Walter que siempre se repetían)... cada vez abres más puertas, y en definitiva se cierran a tus espaldas y te aplastan cada vez...

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En el camino de vuelta a la casa del guardabosque se me ocurre qué suerte es no tener absolutamente ningún derecho ya... y así, durante bastante tiempo, doy vueltas a ese pensamiento.
Todos me miran como al cazador furtivo de la semana pasada; de niños, lo más siniestro para nosotros era, sin duda alguna, cualquier persona de la que se dijera que era un cazador furtivo, un furtivo.
Por fin, piensas, por fin... e inmediatamente después (después de dos horas de soledad total): no debes hablar a una persona arrodillada... y sigues tu camino...

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La conciencia de que no eres más que fragmentos, de que las épocas cortas y bastante largas y larguísimas no son más que fragmentos... de que las duraciones de ciudades y países no son más que fragmentos... y la Tierra fragmento... de que toda la evolución es fragmento... la perfección no es nada... de que los fragmentos han surgido y surgen... no hay camino, sólo llegadas... de que el final es inconsciente... de que entonces no habrá nada sin ti y de que, por consiguiente, no habrá nada...

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Querido tío: después de haberme traído tú a Aldrans y haber desaparecido otra vez tan deprisa, he necesitado cuatro días para acostumbrarme a mí, a mí el que soy, a mí que estoy ahora sin Walter, que he estado siempre sin Walter; sólo he creído siempre estar solo, pero nunca he estado solo... sólo ahora estoy realmente solo...
La casa, extrañamente, porque al fin y al cabo sólo tiene unos meses, se puede calentar bien de arriba abajo; me lo hago todo yo mismo; por medio del trabajo manual vuelvo sencillamente a mí, de repente mis pensamientos me comprenden... Mi comida, mi ropa, todo es cosa mía... Tus gentes son confiadas, pero sin embargo se apartan de mi camino, para ellos hay algo en mí ahora de lo que tienen miedo. Quizá me hacen reproches...

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Un actor aparece en una obra de cuento de hadas, en la que interpreta el papel del mago malo... le ponen una piel de oveja y unos zapatos demasiado pequeños que le aprietan los pies... eso no lo ve nadie... le gusta tanto actuar para los niños, porque son el piíbüco más agradecido... Los niños, trescientos, se asustan naturalmente de su entrada en escena, porque los ha conquistado totalmente la joven pareja a la que el mago ha transformado, hechizado, convirtiéndola en dos animales (mamíferos reptantes)... Lo que más les gustaría sería ver sólo a la joven pareja y nada más, pero entonces la comedia no sería una buena comedia, y se trata de una buena comedia, de una buena comedia de cuento de hadas... en una comedia de cuento de hadas (comedia) realmente buena debe haber un personaje malo (malvado) y poco claro, que tiene que (intenta) destruir o por lo menos ridiculizar lo bueno y transparente. Cuando el telón se levanta por segunda vez (y la comedia toma impulso), no se puede contener ya a los niños, se precipitan desde sus butacas al escenario, y es como si no fueran sólo trescientos, sino tres mil, un millón... y aunque el actor que interpreta el papel de mago llora y les suplica bajo su máscara de mago, para que cesen en sus golpes y patadas, no se dejan impresionar y lo golpean (con objetos duros y puntiagudos, tijeras y cuchillos) hasta que lo pisotean hasta que no se mueve más, hasta que está muerto... cuando los otros actores, que estaban detrás del escenario aguardando su entrada en escena, sin haberse dado cuenta de nada de la tragedia de esa comedia de cuento de hadas, acuden de pronto corriendo y comprueban que su compañero, su querido amigo, el mago, el actor que interpreta el papel de mago, está muerto, los niños que lo han matado sueltan una carcajada monstruosa, que es tan grande que todos pierden la razón con ella

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Director
El instante dice que ese hombre es un hombre artístico. Cada latigazo del Director a la fiera (el leopardo) rebaja la idea de dos mitades intelectuales. El vencedor -porque la Naturaleza es una ley- se niega a someterse a la verdad. Adoptamos ese punto de vista, el punto de vista del leopardo.

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la sala de espera, superpoblada a todas las horas del día, lo hacía todo más enigmático aún... de las cuatro paredes colgaban (cuelgan), en parejas de dos, uno sobre otro, los que llamábamos «cuadros de epilépticos», que representaban hombres, mujeres, niños, zorros, gatos y perros durante horribles ataques epilépticos... todas las formas imaginables de la epilepsia... toda una serie de la famosa y mal afamada «epilepsia animal e infantil del valle del Inn», pintada por Schlorhaufer... Lo importante es, me decía yo, y eso me lo decía siempre, que el internista es un buen internista...

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Entre Walter y yo reinaba ya sólo un estado crepuscular, y en ese estado crepuscular existíamos el uno junto al otro como en medio de la maltratada sensatez de nuestros acuerdos y como contra ella: ya sólo obedecíamos aún... Nuestra relación no estaba exenta de animosidad... en efecto, nuestro mutuo desafecto innato, natural en nosotros, era en realidad la fuente de nuestro afecto, de nuestras obligaciones fraternas, de nuestra petrificación... Vivíamos con el más alto grado de dificultad con que dos personas, que viven juntas dolorosamente, pueden soportar el existir... los dos, muchos días, calmábamos nuestro dolor tanto como era posible... eso nos debilitó con el tiempo... el elevado arte de acudir en nuestra ayuda lo habíamos dominado ya pronto como nadie y, después de la catástrofe, pudimos desarrollarlo más aún...

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piense sólo en el arado y rastrillado durante semanas de gigantescos libros y obras escritos por nuestros propios profesores, con cuyo hedor se nos iban la vista y el oído... esa época universitaria se compuso para mí de los subrayados que se nos imponían de toda la maquinaria transformadora-filosófica de frases destructoras... sin embargo, los dos estábamos siempre aferrados a los soportes de puente científicos que nosotros mismos habíamos inventado...

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La epilepsia de Walter nos dominaba... Ni un paso sin Walter... ni un pensamiento ya sin Walter... fui su hermano, lo fui de forma muy consecuente, si alguien sabe lo que eso quiere decir, hasta en los más oscuros recovecos de aquella cabeza que lo mataba...

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la carne ahumada que colgaba del techo de la Cocina Negra era para nosotros, que vivíamos siempre en aquellos momentos en un miedo mortal, y tendíamos por naturaleza a una contemplación compulsiva de lo fantástico, de lo fantástico-horrible, para nuestras dos cabezas, cerebros, encerrados en la torre, para nosotros, que durante toda la vida, con las fiebres de la alta montaña, habíamos tenido que sentir destructivamente y pensar destructivamente todo sin excepción, una imagen fantástica de lo militar muerto, de los culos y talones y cabezas y brazos y piernas muertos colgados de la oscuridad del techo de la cocina... una ficción, provocada por nuestra predisposición a reforzar lo horrible, de cadáveres, de cadáveres humanos que se producían siempre rítmicamente...

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cada uno era de por sí el centro destructor de toda destrucción...

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nos escondíamos a menudo, como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, en el rincón más apartado de la Cocina Negra que sólo distaba unos pasos de nuestros jergones... de vez en cuando en el crepúsculo, cuando la noche profunda se había convertido en otra aún más profunda que, según creíamos, nos calumniaba, cuando las sienes de las montañas, las paredes que cortaban las aguas del Sill, cuando los barrancos sin ecos a causa del rugiente Sill oscurecían imperdonablemente hasta la desfiguración nuestro mundo circundante y, con ello, también nuestro mundo interior, lo oscurecían y mutilaban, nos atrevíamos a salir... Entonces, como si nos burláramos de nosotros mismos, de los paisajes, de las ciencias, de las oscuridades y artes humanas, con gritos extravagantes y confusos, y fragmentos de frases, hasta medianoche y, más tarde, guiados sólo por la calidez y los celos animales de nuestros cuerpos, que echaban raíces en ella, desplazábamos una y otra vez las mesas y sillas y bancos y armarios de la torre...

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con cada libro que abría, abría un ataúd

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éramos comparables sólo a un grupo de viajeros que esperase en silencio la hora de salida de un tren al que hubieran subido hacía tiempo... Nuestra madre, por primera vez desde hacía semanas, había vuelto a dejar el lecho y se había sentado al aire libre... yo la veía como un monumento silencioso al cansancio tirolés de la vida... Con su vestido de chiffon hacía tiempo pasado de moda, que, como todos sus vestidos, a causa de sus delgados brazos, tenía mangas que le llegaban hasta el dorso de la mano, era para mí la expresión de la melancolía de una estirpe antigua, espantada por la enfermedad, la callada ocultación de un infierno... Nos habíamos ofrecido mutuamente los mejores asientos

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tres, cuatro, cinco libros había tenido mi hermano abiertos delante sobre la mesa... Stifter, Jean Paul, Lermon-tov... las cortinas descorridas por mí una vez súbitamente habían hecho que mi Walter, sentado junto a la ventana y ocupado con sus libros, como si estudiara, levantase la vista asustado para mirarme, mientras yo observaba, en la calle, ya casi totalmente oscurecida por las montañas, a algunas personas que iban al teatro... Observé a dos muchachas hermanas, una pareja de hermanos, dos profesores de abrigos negros, acostumbrados a sus bastones, con grises sombreros de banda negra; a una distancia de tres o cuatro metros, las mujeres de los profesores, vestidas también de negro... esas personas, lo mismo que otras su abono de miércoles o sábados, tienen su abono de comedias o tragedias, su abono de los martes... Observé al hombre de los periódicos, vecino nuestro, con su vieja esdavina que conservaba su corte militar, a una muchacha de un carnicero con un cesto de salchichas y a un desconocido... Era triste lo que veía, era triste lo que pensaba, tristemente corrí la cortina, con la tristeza que gobierna la razón...

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Hojeando los libros y escritos que nos pertenecían a los dos, elegidos con gran cuidado por nuestro tío y llevados a Amras desde la Herrengasse mientras estábamos aún desmayados, probablemente por completo ausentes y sin sentido... como muertos habíamos estado, los míos, incomprensibles para Walter, de ciencias naturales, y los de Walter, incomprensibles para mí, musicales, meditando en la historia propia y en la ajena, en la gran historia general, que nos volvía locos, cada vez más profundamente retraídos en nuestras alborotadas cabezas ante los millones de tormentas de nieve de acontecimientos -siempre habíamos amado lo que nos resultaba difícil, aborrecido lo fácil-, y rellenábamos de tristeza nuestra torre.

Amras - Thomas Bernhard

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