(Entra rápido.) Ahora entraba un grupo de hombres en casa del Alcalde. Voy a ver lo que dicen. (Sale corriendo.)
ZAPATERA:
(Valiente.) Pues aquí estoy, si se atreven a venir. Y con serenidad de familia de caballistas, que he cruzado muchas veces la sierra, sin hamugas, a pelo sobre los caballos.
ZAPATERO:
¿Y no flaqueará algún día su fortaleza?
ZAPATERA:
Nunca se rinde la que, como yo, está sostenida por el amor y la honradez. Soy capaz de seguir así hasta que se me vuelva cana toda mi mata de pelo.
ZAPATERO:
(Conmovido y avanzando hacia ella.) Ay…
(...)
ALCALDE:
(Tenoriesco.) Que la casa tiene una cama con coronación de pájaros y azucenas de cobre, un jardín con seis palmeras y una fuente saltadora, pero aguarda, para estar alegre, que una persona que sé yo se quiera aposentar en sus salas donde estaría… (Dirigiéndose a la Zapatera.) Mira, ¡estarías como una reina!
ZAPATERA:
(Guasona.) Yo no estoy acostumbrada a esos lujos. Siéntese usted en el estrado, métase usted en la cama, mírese usted en los espejos y póngase con la boca abierta debajo de las palmeras esperando que le caigan los dátiles, que yo de zapatera no me muevo.
ALCALDE:
Ni yo de alcalde. Pero que te vayas enterando que no por mucho despreciar amanece más temprano. (Con retintín.)
ZAPATERA:
Y que no me gusta usted ni me gusta nadie del pueblo. ¡Que está usted muy viejo!
ALCALDE:
(Indignado.) Acabaré metiéndote en la cárcel.
ZAPATERA:
¡Atrévase usted!
(...)
¿Dónde vas? (Asustado.)
ZAPATERA:
¡Van a dar lugar a que compre un revólver! (El canto se aleja. La Zapatera corre a la puerta. Pero tropieza con el Alcalde que viene majestuoso, dando golpes con la vara en el suelo.)
ALCALDE:
¿Quién despacha?
ZAPATERA:
¡El demonio!
ALCALDE:
Pero, ¿qué ocurre?
ZAPATERA:
Lo que usted debía saber hace muchos días, lo que usted como alcalde no debía permitir. La gente me canta coplas, los vecinos se ríen en sus puertas y como no tengo marido que vele por mí, salgo yo a defenderme, ya que en este pueblo las autoridades son calabacines, ceros a la izquierda, estafermos.
NIÑO:
Muy bien dicho.
(...)
ZAPATERA:
Pase usted.
MOZO DE LA FAJA:
Si usted lo quiere…
ZAPATERA:
(Asombrada.) ¿Yo? Me trae absolutamente sin cuidado, pero como te veo en la puerta…
MOZO DE LA FAJA:
Lo que usted quiera. (Se apoya en el mostrador.) (Entre dientes.) Éste es otro al que voy a tener que…
ZAPATERA:
¿Qué va a tomar?
MOZO DE LA FAJA:
Seguiré sus indicaciones.
ZAPATERA:
Pues la puerta.
MOZO DE LA FAJA:
¡Ay, Dios mío, cómo cambian los tiempos!
ZAPATERA:
No crea que me voy a echar a llorar. Vamos. Va usted a tomar copa, café, refresco, ¿diga?
MOZO DE LA FAJA:
Refresco.
ZAPATERA:
No me mire tanto que se me va a derramar el jarabe.
MOZO DE LA FAJA:
Es que yo me estoy muriendo. ¡Ay! (Por la ventana pasan dos Majas con inmensos abanicos. Miran, se santiguan escandalizadas, se tapan los ojos con los pericones y a pasos menuditos cruzan.)
ZAPATERA:
El refresco.
MOZO DE LA FAJA:
(Mirándola.) ¡Ay!
MOZO DEL SOMBRERO:
(Mirando al suelo.) ¡Ay!
MIRLO:
(Mirando al techo.) ¡Ay! (La Zapatera dirige la cabeza hacia los tres ayes.)
ZAPATERA:
¡Requeteay! Pero esto ¿es una taberna o un hospital? ¡Abusivos! Si no fuera porque tengo que ganarme la vida con estos vinillos y este trapicheo, porque estoy sola desde que se fue por culpa de todos vosotros mi pobrecito marido de mi alma, ¿cómo es posible que yo aguantara esto? ¿Qué me dicen ustedes? Los voy a tener que plantar en lo ancho de la calle.
(...)
La Zapatera friega con gran ardor vasos y copas que va colocando en el mostrador. Aparece en la puerta el Mozo de la Faja y el Sombrero plano del primer acto. Está triste. Lleva los brazos caídos y mira de manera tierna a la Zapatera. Al actor que exagere lo más mínimo en este tipo, debe el Director de escena darle un bastonazo en la cabeza. Nadie debe exagerar. La farsa exige siempre naturalidad.
(...)
¿Cómo quiere que se lo exprese…? Yo la quiero, te quiero como…
ZAPATERA:
Verdaderamente eso de «la quiero», «te quiero», suena de un modo que parece que me están haciendo cosquillas con una pluma detrás de las orejas. Te quiero, la quiero…
MOZO:
¿Cuántas semillas tiene el girasol?
ZAPATERA:
¡Yo qué sé!
MOZO:
Tantos suspiros doy cada minuto por usted; por ti…
(Muy cerca.)
ZAPATERA:
(Brusca.) Estáte quieto. Yo puedo oírte hablar porque me gusta y es bonito, pero nada más, ¿lo oyes? ¡Estaría bueno!
MOZO:
Pero eso no puede ser. ¿Es que tienes otro compromiso?
ZAPATERA:
Mira, vete.
MOZO:
No me muevo de este sitio sin el sí. ¡Ay, mi zapaterita, dame tu palabra! (Va a abrazarla.)
ZAPATERA:
(Cerrando violentamente la ventana.) ¡Pero qué impertinente, qué loco!… ¡Si te he hecho daño te aguantas!… Como si yo no estuviera aquí más que paraaa, paraaaa… ¿Es que en este pueblo no puede una hablar con nadie? Por lo que veo, en este pueblo no hay más que dos extremos: o monja o trapo de fregar… ¡Era lo que me quedaba que ver!
(...)
Ya ves… y de camino llévate tus zapatos que están arreglados. (Por la puerta de la izquierda asoma la Zapatera, que detrás de la cortina espía la escena sin ser vista.)
VECINA ROJA:
(Mimosa.) ¿Cuánto me vas a llevar por ellos?… Los tiempos van cada vez peor.
ZAPATERO:
Lo que tú quieras… Ni que tire por allí ni que tire por aquí…
VECINA ROJA:
(Dando en el codo a sus Hijas.) ¿Están bien en dos pesetas?
ZAPATERO:
¡Tú dirás!
VECINA ROJA:
Vaya… te daré una…
ZAPATERA:
(Saliendo furiosa.) ¡Ladrona! (Las Mujeres chillan y se asustan.) ¿Tienes valor de robar a este hombre de esa manera? (A su Marido.) Y tú, ¿dejarte robar? Vengan los zapatos. Mientras no des por ellos diez pesetas, aquí se quedan.
VECINA ROJA:
¡Lagarta, lagarta!
ZAPATERA:
¡Mucho cuidado con lo que estás diciendo!
NIÑAS:
¡Ay, vámonos, vámonos, por Dios!
VECINA ROJA:
Bien despachado vas de mujer, ¡que te aproveche!
(...)
Adiós, hijito. Si hubiera reventado antes de nacer, no estaría pasando estos trabajos y estas tribulaciones. ¡Ay dinero, dinero!, sin manos y sin ojos debería haberse quedado el que te inventó.
La zapatera prodigiosa - Federico García Lorca
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