Cuando Nené quedó a solas con su esposo, aliviada por la morfina pero algo aletargada, le explicó con dificultad que en ocasión de comprar el departamento de propiedad horizontal que ocupaban desde hacía doce años, al entrevistarse con el escribano para la firma de ciertos papeles ella le había confiado secretamente un sobre. Éste contenía indicaciones acerca de su última voluntad y algunas cartas de treinta años atrás. El documento establecía en primer término que se negaba a ser cremada y después exigía que en el ataúd, entre la mortaja y su pecho, se colocara el fajo de cartas ya nombrado.
Pero dicho pedido debía ser cambiado, en lo que atañía a las cartas. Ahora su deseo era que en el ataúd le colocaran, dentro de un puño, otros objetos: un mechón de pelo de su única nieta, el pequeño reloj pulsera infantil que su segundo hijo había recibido como regalo de ella al tomar la primera comunión, y el anillo de compromiso de su esposo. Éste le preguntó por qué le quitaba el anillo, ya que sería lo único que le quedaría de ella. Nené respondió que deseaba llevarse algo de él, y no sabía por qué le pedía el anillo en particular, pero se lo pedía, por favor. Además quería que las cartas guardadas por el escribano fueran destruidas y su esposo mismo debía hacerlo, pues ella temía que alguien joven e insolente un día las leyera y se burlase. Su marido prometió satisfacer todos los pedidos.
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El cajón que contenía los restos de Juan Carlos Jacinto Eusebio Etchepare fue colocado en uno de los nichos del paredón blanco levantado para ese uso, meses antes, en el cementerio de Coronel Vallejos, a pocos pasos de la entrada principal. El paredón contaba con cuatro hileras horizontales de nichos y el cajón fue colocado en la tercera hilera, cotizada como la de más precio por estar las inscripciones a la altura de la vista de quien visitara el lugar. Pocos nichos estaban ocupados.
La lápida de mármol blanco contaba con el adorno de dos floreros de vidrio sostenidos por sendos brazos de bronce atornillados al mármol. En bajorrelieve estaba grabada la inscripción correspondiente al nombre y a las fechas de nacimiento y muerte del difunto y lucían algo apretadas, debido al poco espacio disponible, cuatro placas recordatorias en bronce de diferente diseño.
La placa colocada en el ángulo superior izquierdo tenía forma de libro abierto colocado sobre ramas de muérdago y de las páginas surgían en altorrelieve las letras onduladas: «¡JUAN CARLOS! AMISTAD fue el lema de tu vida. A tu última morada vaya este homenaje de acendrado cariño. Por tu gran camaradería no te borrarás nunca de la memoria de tus compañeros del Colegio N.° 1 y esperamos que la inmensa desdicha de haberte perdido no nos haga olvidar la dicha de haberte conocido… Tu recuerdo es un rosario cuyas cuentas comienzan y terminan en el infinito».
La placa colocada en el ángulo superior derecho tenía forma rectangular. Junto a una antorcha en relieve aparecía la inscripción dispuesta en líneas rectas paralelas: «JUAN CARLOS J. E. ETCHEPARE Q. E. P. D. Falleció el 18-4-1947. Esta vida es un sueño, el verdadero despertar es la muerte que a todos iguala. Sus superiores, camaradas y amigos de la Intendencia Municipal, a su memoria».
La placa colocada en el ángulo inferior izquierdo era cuadrada y tenía como único adorno una cruz: «¡JUANCA! con tu partida no sólo he perdido a mi hermano querido, sino a mi mejor amigo de ésta, desde ahora, mi pobre existencia. Tu recuerdo inolvidable tiene en mi corazón un templo que recibirá perennemente el incienso de mis lágrimas… Eternamente tu alma buena sea desde el más allá la guía de tu hermanita DIOS LO QUISO CELINA».
La placa restante, colocada en el ángulo inferior derecho, consistía en una figura de ángel con los ojos cerrados y los brazos cruzados sobre el pecho, suspendido en una nube a la que llegaban rayos desde lo alto. La inscripción decía: «¡Silencio! mi hijito duerme Mamá».
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—Pero de verdad puede querer a una sola.
Mabel prefirió no responder. Nené encendió la radio, Mabel la observó y ya no a través del velo de su sombrero sino a través del velo de las apariencias logró ver el corazón de Nené. No cabía duda: si ésta creía imposible amar a más de un hombre era porque al marido no había logrado amarlo, pues a Juan Carlos sí lo había amado.
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¡Panchito, cuántas cuadras me faltan todavía para poder darte un beso! ¿sos guachito mi piojo? yo te prometo que cuando cobre te compro los zapatitos, y si nos ve tu papá, que si por ahí pasa y delante de la gente te hace un desprecio… ¿tendría miedo que le dé un cuchillazo que se cruzó a la confitería?… con la cuchilla grande corté el ala a un pollo pelado, el cogote, las patas, le saqué el hígado y el corazón, para hacerlo saltado a la cacerola, todas las presas hay que echarlas a la cacerola ya cortadas, el pollo asado no, lo corro por el gallinero, lo agarro, le estiro el cogote y de un cuchillazo le corto la cabeza, aletea todavía un rato después de cortarle la cabeza, y el ojo le pestañea, le arranco todas las plumas y con toda la fuerza le doy otro cuchillazo para abrirle la pechuga, le arranco las porquerías de adentro que se tiran y lo lavo debajo de la canilla con el chorro de agua fría…
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Mañana Massa quiere ver a Camila Quiroga en Con las alas rotas, a él le gustan mucho los dramas fuertes. A mí no tanto, para eso basta con la vida ¿verdad?
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La respiración era pesada, el aire le empujaba el diafragma con lentitud y fuerza hacia abajo. La garganta tensa registraba ráfagas nerviosas y dejaba pasar la saliva con dificultad. La opresión del cráneo en las sienes se acentuaba, posiblemente a causa de los dos vasos de vino con limón y hielo que había tomado durante el almuerzo. Alrededor de los ojos una vibración interna le inflamaba los párpados, pensó que toda una carga de lágrimas estaba lista para volcársele por la cara. Algo le pesaba cada vez más, a modo de una piedra, en el centro del pecho.
¿Cuál era en ese momento su mayor deseo?
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Ahora sí te va a salir la línea de la vida, me tenés que elegir trece de estas barajas desparramadas, pero no las des vuelta que los muertos no te van a querer, había una gitana que daba vuelta las cartas y los muertos le pusieron veneno en la comida, porque cuando un vivo da vuelta antes de tiempo una baraja… se puede caer un muerto del cielo Sí, se cae al infierno, porque si das vuelta la baraja antes de tiempo un muerto se tienta y mira desde el cielo y ve en la tierra el cuerpo desnudo de alguien que se está bañando y le vuelven malos pensamientos de pecado y los santos lo mandan al infierno, y se quema ahí por culpa tuya Ahora sí empezá a darlas vuelta, y armá una fila
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Si la viera sin ojos te iba a decir que es la Desgracia, que te corre detrás y te alcanza, a ella no le importa que sean viejos, o jóvenes, o criaturitas, lindos o feos, la Desgracia es ciega, pero pelada es raro que salga la Sota de Copas. Dejame barajar y no vayas a mirar los naipes mientras los mezclo que hacés llorar a los muertos.
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Pensó en los consejos de la patrona. Según ésta las sirvientas no debían dejarse acompañar por la calle ni bailar más de una pieza en las romerías populares con muchachos de otra clase social. Debían descartar ante todo a los estudiantes, a los empleados de banco, a los viajantes, a los propietarios de comercio y a los empleados de tienda. Se sabía que la costumbre de ellos era noviar con chicas de familia —«haciéndose los santitos, Raba»—, para después en la oscuridad tratar de seducir a las sirvientas, las más vulnerables a causa de su ignorancia. La señora Aschero olvidó incluir en la lista a los hombres casados.
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El ya mencionado día jueves 23 de abril de 1937, Francisco Catalino Páez, conocido también como Pancho, se despertó a las 5:30 de la mañana como era su costumbre, aunque todavía no hubiese aclarado el día. No poseía reloj despertador. Había luna nueva y el cielo estaba negro, al fondo del terreno en que se levantaba el rancho estaba la bomba hidráulica. Se mojó la cara y el pelo, se enjuagó la boca. Dormía sin camiseta porque le molestaba, el aire afuera estaba frío y entró al cuarto a ponerse el mameluco. En una cama grande dormían sus dos hermanas, arrinconado en el catre de lona dormía su hermano. La cama de Pancho tenía un elástico a resorte y colchón de estopa. El piso era de tierra, las paredes de adobe, el techo de chapas. En el otro cuarto que completaba la casa dormían sus padres con el hijo menor, de siete años. Pancho era el mayor de los varones. La cocina estaba en construcción. Pancho la había empezado con materiales para edificación moderna, de segunda mano. Encendió el carbón del brasero y preparó mate cocido con leche. Buscó pan, no lo encontró. Despertó a la madre; al fondo de una bolsa cargada de zapallos había dos galletas escondidas para Pancho. Las galletas eran blancas, de harina y grasa, los dientes de Pancho eran cuadrados y grandes, pero manchados, oscurecidos por el agua salada de la bomba. Pensó que Juan Carlos estaría recién en el primer sueño y podría seguir durmiendo hasta mediodía, pero no estaba sano y él sí. Pensó en la maestra que debía levantarse a las 7:00 sin haber dormido, Juan Carlos decía que era la más linda del pueblo, sobre todo en malla. Pero era morocha. La otra, sin embargo, era rubia, y blanca. La madre le preguntó si las galletas no habían tomado olor a humedad. Pancho dijo que no y le miró la piel oscura de india, el pelo color tierra, lacio, rebelde, veteado de canas.
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Mabel pensó en la intimidad de la rica exdactilógrafa con el chófer, en la posibilidad de que el chófer estuviera muy resfriado y decidieran amarse con pasión pero sin besos; el esfuerzo sobrehumano de no besarse, pueden acariciarse pero no besarse, abrazados toda la noche sin poder quitarse la idea de la cabeza, las ganas de besarse, la promesa de no besarse para impedir el contagio, noche a noche el mismo tormento y noche a noche cuando la pasión los arrebata sus figuras en la oscuridad resplandecen cromadas, el corazón cromado se agrieta y brota la sangre roja, se desborda y tiñe el raso blanco, el satén blanco, las plumas blancas: es cuando el metal cromado no contiene más la sangre impetuosa que las bocas se acercan y todas las noches se regalan el beso prohibido.
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A las 7:15 la cocinera golpeó a su puerta y le dijo que el desayuno estaba servido. Mabel sentía todos los nervios de su cuerpo adormecidos, entibiados, protegidos por vainas de miel o jalea, los roces y los sonidos le llegaban amortiguados, el cráneo agradablemente hueco, lleno sólo de aire tibio.
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Pensó en la posibilidad de aguantar sofocado días y semanas en cama, hasta que el calor seco terminase con la humedad de sus pulmones: la humedad y el frío hacían brotar musgo de sus pulmones.
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Pero a mí fue uno solo, y porque yo era chica, en cambio a ella le ensuciaron el nombre hasta que se cansaron. Y se quedó soltera, ésa es la rabia que tiene ¡se quedó soltera! La idiota no sabe que estar casada es lo peor, con un tipo que una no se lo saca más de encima hasta que se muere. Ya quisiera estar soltera yo, no sabe que la que ganó al final fue ella, que es dueña de ir adonde quiere ¡mientras yo estoy condenada a cadena perpetua!
Arroja la lapicera con fuerza contra la pileta de lavar, toma las hojas escritas y las rompe en pedazos. Un niño recoge del suelo la lapicera, la examina y le comunica a su madre que está rota.
Boquitas pintadas - Manuel Puig
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