Como caen los árboles yo caigo y cayendo caigo como las hojas y las sombras caen despacio y leves y los oigo llorar y hablar conmigo y no puedo responder mientras caigo porque si respondiese qué diría sino que me abato como se abatieron otrora mi padre mi madre mi marido de repente callados e inmóviles y así de blancos como la luz en esta casa tan blanca sobre los muebles blancos los espejos devuelven el silencio y sus lágrimas y mañana subirán conmigo allí arriba y sin más palabras que las del cura volverán mi rostro hacia el sol.
(...)
yo prometo que no cuelgo, yo converso contigo, somos árboles muy grandes que cuesta abatir, somos los últimos árboles de este barrio sin árboles, excepto los del bosque que por milagro resisten la furia sin razón de los constructores, tal vez los forren de azulejos, tal vez los embutan en marcos de aluminio como embutieron los pomares y los becerros del Poço do Chao, levantando a nuestro alrededor un presente sin pasado, una especie de futuro donde sólo los grifos tienen derecho a lágrimas, somos árboles muy grandes, madre, somos árboles, pero en qué lugar, explíqueme, se encuentran las raíces si nos han pavimentado y enmaderado y alfombrado la tierra, si hasta el suelo del cementerio han cubierto de baldosas y si para mi cuerpo, aunque todavía delgado, reducido a una sombra que porfía y que protesta, ni dos palmos de hierbas restan y este apartamento se empequeñece hasta la exacta dimensión de mi asombro, de manera que inventé la Rua Ivens, de manera que inventé Tavira y Esposende y Johannesburgo y Loures, de manera que inventé Alcántara y el río y los trenes y Peniche e ignoro si el Tajo existe todavía, y la playa de la Cruz Quebrada, y los sumideros por donde se escurre esta ciudad que odio de tanto quererla, pero no inventé Mortágua, no inventé Sao Martinho do Porto, no inventé Benfica, Benfica no, no inventé Benfica, no inventé la agonía de mi padre, no inventé el fin de mi madre, no inventé esta muerte, yo converso contigo, yo no me voy, yo no cuelgo todavía, pero cómo expresarte, hermana, el terror que me espera si no hablo de sentimientos, detesto la intimidad de la tristeza, detesto lo que en el miedo existe de untuoso, lo que en la desesperación existe de obsceno, nunca he reído mucho tampoco, creo que no sé reír, cuando mi hija rió por primera vez yo temí por ella, caminaba tambaleando a mi encuentro con las manos abiertas contra la pared, hija, hijita, Sofía, yo no cuelgo todavía, yo converso contigo, aunque no fuésemos árboles muy grandes sería difícil abatirnos y aunque nos abatan quedaremos en los retratos, en los álbumes, en los espejos, en los objetos que nos prolongan y recuerdan, en los relojes, Dios mío, que pararán con nosotros en el momento en que paremos, y tú sonriéndome, hace tantos años, la hasta hoy única sonrisa, disculpa, que me hizo llorar
(...)
de modo que acabé acercándome a la entrada y oí el murmullo de agallas o pulmones de papel a través de los cuales las personas ancianas respiran, sin duda más agallas que pulmones dado que los viejos adquieren una especie de condición anfibia que los separa de nosotros al otorgarles otra raza y estado, y por curiosidad o interés o pena giré la llave y la luz de la calle iluminó el porche, las sombras chinescas de los muertos enterradas hasta el borde en un tiesto de cerámica, y el orden mohoso de la sala, semejante a un museo olvidado,
y él tenso e incómodo, buscando un pretexto que justificase su visita, Disculpe,
y yo aterrada por su semejanza conmigo, y él que insistía, en secreto como si las palabras le doliesen, Disculpe, me gustaría hablar con usted si no es mucha molestia,
y yo, pensando que el viejo rubio me traía los pájaros y las olas de Peniche que el hijo de la costurera me hiciera, durante meses, a la hora de la misa, en la época en la que aprendí que el mar me crece y llora, ¿Usted es capaz de dibujar el océano?,
y él, atónito, ¿El océano?,
y yo El océano,
y él ¿El océano?,
y yo, como si la caracola de mi barriga despertase con un silbido de lágrimas, Océano, pues, océano, ¿es capaz de dibujar el océano?
(...)
somos árboles muy grandes que cuesta abatir, somos los últimos árboles de este barrio sin árboles, excepto los del bosque que por milagro resisten la furia sin razón de los constructores, tal vez los forren de azulejos, tal vez los embutan en marcos de aluminio como embutieron los pomares y los becerros del Poço do Chao, levantando a nuestro alrededor un presente sin pasado, una especie de futuro donde sólo los grifos tienen derecho a lágrimas, somos árboles muy grandes, madre, somos árboles, pero en qué lugar, explíqueme, se encuentran las raíces si nos han pavimentado y enmaderado y alfombrado la tierra, si hasta el suelo del cementerio han cubierto de baldosas y si para mi cuerpo, aunque todavía delgado, reducido a una sombra que porfía y que protesta, ni dos palmos de hierbas restan y este apartamento se empequeñece hasta la exacta dimensión de mi asombro, de manera que inventé la Rua Ivens, de manera que inventé Tavira y Esposende y Johannesburgo y Loures, de manera que inventé Alcántara y el río y los trenes y Peniche e ignoro si el Tajo existe todavía, y la playa de la Cruz Quebrada, y los sumideros por donde se escurre esta ciudad que odio de tanto quererla, pero no inventé Mortágua, no inventé Sao Martinho do Porto, no inventé Benfica, Benfica no, no inventé Benfica, no inventé la agonía de mi padre, no inventé el fin de mi madre, no inventé esta muerte, yo converso contigo, yo no me voy, yo no cuelgo todavía, pero cómo expresarte, hermana, el terror que me espera si no hablo de sentimientos, detesto la intimidad de la tristeza, detesto lo que en el miedo existe de untuoso, lo que en la desesperación existe de obsceno, nunca he reído mucho tampoco, creo que no sé reír, cuando mi hija rió por primera vez yo temí por ella, caminaba tambaleando a mi encuentro con las manos abiertas contra la pared, hija, hijita, Sofía, yo no cuelgo todavía, yo converso contigo, aunque no fuésemos árboles muy grandes sería difícil abatirnos y aunque nos abatan quedaremos en los retratos, en los álbumes, en los espejos, en los objetos que nos prolongan y recuerdan, en los relojes, Dios mío, que pararán con nosotros en el momento en que paremos, y tú sonriéndome, hace tantos años, la hasta hoy única sonrisa, disculpa, que me hizo llorar
(...)
La niña disculpe pero es por culpa de estas cosas y otras más que tengo el corazón hecho una pena, y mi sobrino, con la cartera en las rodillas, en espera de la noche para entrar en casa como yo espero el día para entrar en la muerte porque, no sabiendo gran cosa, sé que moriré de día, durante las primeras horas del día, con un vecino médico, llamado con tal urgencia que ni tiempo tuvo de peinarse, que me auscultó el corazón parado pensando que lo oía cuando lo que realmente oía era el cangilón del ascensor, y conmigo morirán los personajes de este libro al que llamarán novela, que en mi cabeza, poblada de un pavor del que no hablo, tengo escrito y que, según el orden natural de las cosas, alguien, un año cualquiera, repetirá por mí del mismo modo que Benfica se ha de repetir en estas calles y fincas sin destino, y yo, sin arrugas ni canas, cogeré la manguera y regaré, por la tarde, mi jardín, y la palmera de Correios crecerá de nuevo antes que la casa de mis padres y que el molino de zinc pidiendo viento, y mi hermana, viuda también y sin el pecho izquierdo, amputada del pecho por un cáncer, un cáncer como el mío, un cáncer, un cáncer, No es que yo tenga miedo a las tormentas, hay pararrayos por todas partes y además de qué sirve tener miedo
(...)
Por tanto despide a las visitas, Sofia, y déjame morir en paz sobre el mercado nuevo, entrar y salir del coma como quien sube a la superficie antes de hundirse del todo, sin la voz de mi hermana, a la hora de cenar, al teléfono, Está tronando, ¿no oyes?, no es que yo tenga miedo pero no cuelgues ahora, ella también sola, ya sin un pecho, en una casa a la vez antigua y moderna como ésta
(paredes y techo y tarima y habitaciones sin misterio, abiertas a una Benfica que ya no es la nuestra sin ser por ahora de nadie, una Benfica de extraños sin tiempo para plantar en ella su infancia y sus pesares)
porque para estas casas trajimos, nosotros que no somos de aquí sino de un aquí que no existe, y a ningún otro barrio pertenecemos, el aluvión de remembranzas y álbumes y cartas y desvaídos retratos del pasado, y poblamos el presente de esos detritos de la memoria, no sólo de la memoria de los que nos precedieron sino de nuestra propia memoria porque olvidamos también, porque los nombres y los recuerdos y los rostros se confunden en una neblina que todo lo alisa e iguala, empujándonos hacia un hoy que sólo la muerte y la certeza de ella habitan
(...)
y yo, que soy tu hermana, soy tu hermana ¿no?, jura por la salud de la abuela que soy tu hermana, La misa dura por lo menos una hora, tenemos tiempo, y él, ansioso por agradarme, ensuciando la pared de la ventana a la puerta, Si la niña tiene un lápiz verde yo lo pinto, y había una caja de acuarelas en una cesta y él mojó los colores con saliva y pintó olas verdes en la cabecera de la cama y las excavadoras arrasaban las lápidas del cementerio abandonado, y yo, dándole cuerda al gramófono, Qué bonito,
Querido jorje ya sé como es el mar ya sé como es tavira es una caracola que traigo en la panza y que susurra y me crece y que me abla
pintó la cabecera de la cama, pintó los cristales de la ventana, pintó el techo, pintó mi cuerpo y yo oía el sifón del agua en el acantilado, no oía la música, no oía a la zorra, no oía los arbustos, oía el sifón del agua en el acantilado
jorje jorje jorje jorje jorje
Soy tu hermana ¿no?, repite que soy tu hermana aunque padre aunque madre no sean padre ni madre,
Eres mi hermana, hermanita,
Querido jorje el mar soy yo habrázame
y él, continuando, por las paredes, llenaba el desván de cardúmenes y algas, ¿Hay por ahí un vals, pequeña, hay por ahí un fox-trot, hay por ahí un tango?, y levantaban un edificio por detrás de nuestra casa, llenaban de carne de cemento los huesos de hierro, abrían balcones, el constructor miraba desde abajo apoyado en el automóvil, vamos a quedar rodeados de ventanas, de estores, de cortinas, van a taparnos Monsanto, ¿Soy su hija, madre?, ¿soy su hija?, y ella bajaba las escaleras sin conversar conmigo, edificios de oficinas, edificios de apartamentos, toallas puestas a secar, vecinos, salones de peluquería, floristas, saunas, fotomatones,
Querido jorje por culpa del mar por culpa de esta caracola en mi cuerpo van a llevarme a la guarda y yo no quiero
(...)
Con él entró la ausencia del mar porque el mar sólo existe, sin aparecer, en las fotografías y en los cuadros, y si me dicen que mi hermano Jorge está en Tavira yo sé que mienten porque la playa es una invención de los retratos, como las gaviotas y los peces, porque se trata de sombras chinescas creadas por la yuxtaposición de los dedos entre una pared y una lámpara. El hijo de la costurera me encaraba desde la puerta, la mecedora chirriaba en la tarima, y se amontonaba en el desván el aluvión del pasado, griferías de bidés, cómodas, cestos, el moho de las cajas de sombreros, maletas con blusas y gabardinas antiguas y, por debajo de nosotros, el corazón de los relojes haciendo retroceder el tiempo.Me recogí el pelo pensando que mis hermanas iban a volver de la iglesia y a verlo allí, oyendo conmigo las óperas del gramófono, quise ordenarle Vete, no me has dibujado el mar, pero yo no hablaba con nadie salvo por medio de las cartas que enviaba a Tavira a mi hermano Jorge y a las cuales no me respondieron ni una palabra, y por tanto me quedé observándolo como observaba de niña las orugas de la tierra, rompiendo costras con una lentitud paciente. Sentía que con su llegada había un ciclo que terminaba en mí y que, como le sucediera a mi padre, no me quedaba más que acostarme, olvidar Monsanto y morir como mueren las quintas de Benfica y las viñas vírgenes de la infancia, y todo se aprieta en el interior de nosotros idéntico al malestar del remordimiento.
(...)
Comenzaban a construir fincas sobre fincas en la Calçada do Tojal y, en las calles vecinas, los rebaños de ovejas dieron paso a excavadoras, a máquinas de taladrar, a andamios y a obreros africanos con pico al hombro, los perros de las quintas dejaron de ladrar en los portones, sustituidos por el silbido de los capataces, cortaron en trozos la palmera de Correios y las cigüeñas daban vueltas y vueltas en torno a los pedazos del árbol, sin saber qué hacer, y migraron finalmente hacia los palacetes de la Buraca, con leones de piedra en la base de las escaleras. Nuestra madre despidió a la cocinera y a las criadas, los relojes de cuco se equivocaban en la hora multiplicando venias, y yo casi nunca bajaba del desván, encapsulada en mí misma con las lágrimas retenidas en el globo de las cebollas. El polvo que ensuciaba las ventanas se acumulaba en la alfombra y en las tablas de las cómodas, los cajones se negaban a abrirse y hacían tintinear los cubiertos, la misma ropa colgaba días y más días de la cuerda, y las pestañas de los retratos se amortajaban de sueño.
(...)
Tres cigüeñas rondaban en las cercanías del bosque, y en el escalón del patio de la cocina, mientras la criada abría vainas de guisantes en un cazo, el hijo de la costurera habló del regreso de las traineras, me habló de los cestos de meros y de guasas de la pesca, y de cómo los marineros los salaban y los ofrecían a los comerciantes que daban marcha atrás a las camionetas hasta el borde del muelle. Como su mar era diferente al mar sin mar de las fotografías y de los cuadros, el hijo de la costurera me dibujó Peniche, con un lápiz de color, en una hoja de papel, tardó no sé cuánto cubriendo el océano con los dedos, y al extenderme la hoja encontré galerías torcidas, una mariposa mayor que las chimeneas de los tejados, un girasol que sonreía y la órbita del grumete naufragado: toda la gente me escondía las olas de forma que me enfurecí, agarré un pedazo de ladrillo para aplastarle la cabeza, él se dio a la fuga, llorando de miedo, en tropel con las gallinas, tropezó, se desplomó sobre las lechugas y antes de que se levantase para seguir corriendo lancé el ladrillo que se le deshizo al lado del cuello. Mi hermano Jorge me sujetó por el puño y me arrastró hacia dentro de casa, y al traerme la bandeja de la cena al desván pusieron un disco en el plato del gramófono para calmarme, pero yo me sentía tan despechada porque me negaran el mar que no quise comer.
(...)
Nunca he visto el mar a no ser en las fotografías y en los cuadros. En la sala de la planta baja hay uno o dos retratos de mis hermanas en la playa, sentadas en la arena, acompañadas por personas que no conozco, y se distinguen las olas al fondo, en medio de su vuelo. En la habitación que fue de mis padres hay un paisaje de peñascos y farallones en el que no se distingue el agua, pero las olas se suponen por los sauces llorones en un ángulo de la tela y por la aflicción de los pinos. De modo que imagino el mar como un prado con señoras con sombrero que sonríen al viento.
(...)
En la tarde de ese día, después del tratamiento de quimioterapia, empezaron a caérseme los dientes: se me soltaban de las encías a medida que mi rostro se fruncía y me asomaban a la boca raíces verdes, de forma que pensé que era sin duda primavera. La hevea se torcía en dirección a la ventana, la llamada de las cigüeñas del bosque se hizo más próxima sobre el campo de fútbol, y el sonido del ascensor de la finca adquirió una consistencia de cristal, como si transportase pilas de bandejas y de platos que se entrechocaban con un rumor alegre. Las voces de las visitas se mezclaban con los periquitos de la Calçada do Tojal y las personas conversaban conmigo equilibradas en trapecios de caña y nidales de madera para huevos, alisándose las plumas con los picos pintados. Mi padre me decía adiós, en Ericeira, con la manga fuera del coche, un tren venido de Damaia silbó mi nombre en el apeadero, y me acordé de, cuando iba a Alcántara, a la modista, en una vivienda invadida de dalias mustias en los arriates, cómo me asustaba con los pitidos de las locomotoras que se bamboleaban paralelamente al Tajo, cuya margen se erizaba de guindastes. El huésped de la costurera, que no paraba de beber cerveza, entró en el cuartucho donde ella me arreglaba un dobladillo, derribó la tabla de planchar y me informó que si quería, señora, era capaz de volar hacia Túnez como los gansos salvajes. La modista lo mandó a la habitación amenazándolo con las tijeras, mi marido daba cuerda a los relojes de pared, mi hermana que nació en Argel me limpió el mentón con el pañuelo, el borracho gritaba Doña Orquídea me apetece volar, me apetece volar Doña Orquídea, déjeme volar, la costurera, clavando alfileres en el bajo del vestido, me dijo que tendría que enviar al hombre de regreso a Esposende porque las personas de Alcántara, todas con dalias mustias en los arriates de la casa, se quejaban de que el borracho les tocaba el timbre jurando que era un milano, pero lo que yo recordaba de Esposende eran los berridos del barco salvavidas perdido en la niebla, los canales por donde el barco se deslizaba hacia el mar, un cine ambulante instalado en la playa, sobre las jaras de las dunas y los altavoces que deformaban los diálogos de los actores, haciéndolos semejantes a los chillidos de las gaviotas. Me senté del lado de fuera de la lona, por detrás del postigo del proyector, y distinguí a un sujeto que colocaba y retiraba las bobinas de las películas, con un cigarrillo liado adherido al labio inferior. Entre las olas y yo había una chica con chal, de pie en la arena como si esperase a alguien, y al prepararme para dirigirme a ella y hablarle escuché a mi hermana menor decir a la del chal Ella ahora se duerme a cada rato, debe de ser el principio del coma, el amigo de mis primas surgió de los arbustos de Sintra con la pelota de tenis en la mano, mi marido vino del escritorio oliendo a agua de colonia pero la cocinera me arrancó de las sábanas agarrándome, como a un conejo, de las orejas grises, se sentó en un banco en el patio de la cocina, los arces danzaban sobre el muro, era día y noche en los azulejos, y ella me abrió el vientre con el cuchillo, y mis tripas se amontonaron, goteando sangre, en el lebrillo de estaño.
(...)
A pesar de los fallos en la calefacción, de las ventanas mal colocadas y del grifo de la ducha que se negaba a funcionar, me sentía bien en aquel otoño en el que las medusas ocultaban la arena y el cielo no se distinguía del mar, ambos espumosos como una baba de azufre. Me entretuve en suponer a la muchacha rubia hermana de mis vecinos de la Calçada do Tojal, la mudé a casa del empleado de la Vacuum y del oficial preso, y cuando mi sobrino volvió a enderezar cuadros y a cambiar los cacharros de sitio dejé de reparar en él porque la encargada de la pensión cayó presa de un ataque, el cuervo graznaba tirando de su delantal con las patas, la lluvia le empapaba la falda y el pelo, mi sobrino me informó sonriendo La tía ha de durar eternamente, y yo asentí para no perturbarlo, le encajé un sombrero tirolés en la coronilla, lo puse en la Quinta do Jacinto, en Alcántara, casado con la hija de la modista de mis padres, una diabética nacida en Mozambique o en Guinea o en Ciudad del Cabo, pudriéndose por dentro, como yo, de un mal sin remedio que la devoraba, y entonces volví a oír el mar de octubre y los albatros que piaban en la bodega de las calderas, me dormí frente al televisor apagado y desperté paseando por mi habitación como por los castaños de Mortágua, donde el padre de mi cuñada, con chaqueta de lino, resolvía los crucigramas del periódico en el mirador hacia la sierra, rodeado de avispas, de grillos y del silencio de sol de los olivos
(...)
Mi sobrino abandonó la ventana, enderezó un cuadro, alteró la posición de los cacharros en el estante, repitió Es un tumor, tía, una luz de sudor le nacía de la frente, pregunté, como si me refiriese a una desconocida, ¿Cuánto tiempo, hijo?, y él, mintiendo mal, Vamos a esperar a que la quimioterapia nos resuelva el problema, vamos a encarar esto como una pesadilla pasajera, una cigüeña chasqueaba el pico en el bosque, y yo pensé que prefería morir no en este edificio de apartamentos, sino en la casa de mis padres, con el Señor José ocupado en limpiar las algas del estanque, que prefería morir en la Calçada do Tojal, enfrente de Monsanto, de modo que fingí creer en lo que mi sobrino me decía, viéndolo de niño, en la cama, enmarañado por la gripe, mientras yo le acomodaba las sábanas y le leía cuentos hasta que él se calmaba. Después de irse mi sobrino el teléfono sonó y se calló antes de que yo pudiese atender, dado que me movía con dificultad como si las articulaciones se soldasen con partículas de óxido, y al pasar por uno de los relojes de caja alta, cuyo péndulo ya no oscilaba, pensé por qué motivo mi marido no le había dado cuerda y me di cuenta entonces de que vivía sola en este edificio por encima del mercado, y de que, por el orden natural de las cosas, alguien (mi hija, un pariente, un extraño, el comandante de la TAP) ocuparía en breve el apartamento desierto. Como no me apetecía ni un libro ni la película de la tele, tragué uno de los sedantes que mi marido tomaba, me acosté y en ese mismo instante tenía veinte años y jugaba al tenis en Sintra con mis primas, en una pista rodeada de cactos y abetos, aureolada por la mañana de septiembre. Se distinguía el océano a lo lejos, una de las bolas saltó la red y desapareció entre los abetos, un amigo de mis primas corrió a buscarla, y yo me casaría dentro de pocas semanas y no me sentía feliz ni infeliz, me sentía extraña, mi novio me acarició la mano y me apeteció estar en Argel en brazos de mi padre.
Como no conseguía salir las amigas me visitaban después del almuerzo, ocupaban los sofás, traían sillas del pasillo y del comedor, y conversaban en un tono más agudo que el habitual, de súbito optimistas y alegres y llenas de planes de futuro que me incluían, y yo las imaginaba respirando hondo en el rellano como actores a punto de entrar al escenario para una pequeña comedia de felicidad y esperanza que ninguna de nosotras poseía, ansiosas con su propio sufrimiento, con su propia vida, y, como en edad estaban muy cerca de mí, interrogándose sobre la forma que la muerte elegiría para arrastrarlas consigo, implorando Dios mío un cáncer no, como si Dios se tomase el trabajo de confeccionar agonías personales a la manera de los sastres que confeccionan ropa a medida, en vez de barrernos con un gesto distraído como insectos incómodos.
(...)
Soy una mujer silenciosa que no aprecia las efusiones ni las lágrimas. Hablo poco porque la mayor parte de las palabras me resultan vanas, y creo que, para los otros, recorrí la vida con una gravedad serena, en la cual no pudieron adivinar tristeza o desesperación. No me vieron una lágrima el día en que mis padres o mi marido se fueron, como pocas carcajadas deben de haberme oído en los setenta años que duro. Una mujer silenciosa morando en el silencio, que lo oye en el interior de los sonidos, en el interior de las frases y de la música, el silencio de las olas en Ericeira, el silencio de los desagües en el Algarve, el silencio de las discusiones cuando los gritos comienzan y los muros rugen, haciendo eco al despecho de las personas.</
(...)
Fuera la hora que fuese me parecía, según las esferas contradictorias, que vivíamos de manera simultánea todos los momentos del día, o si no que todos los momentos del día eran uno solo, mi hermano Jorge me ordenaba Mátalo y yo me levanté, fui al patio de la cocina a buscar un ladrillo y lo lancé con fuerza hacia el centro de la mesa donde estaban las vinagreras y la bandeja del pescado rodeado de alubias y de cebollas cocidas, con la órbita que reflejaba en miniatura la araña de seis brazos del techo. Después me encontraba aquí arriba en el desván, oscilando en la mecedora, y el ruido del suelo parecía clavado como un hueso en el silencio de la casa. Creo que hasta el sonido de mis pasos y las arias del gramófono son una forma de silencio, y que el ruido se inicia en el instante en el que las personas se callan y oímos los pensamientos moverse dentro de ellas como las piezas, que intentan ajustarse, de un motor averiado.
(...)
Pero eso, como el resto, también pasó hace mucho tiempo, o si no todo pasó al mismo tiempo en un año o en un mes o en un minuto de mi vida que no consigo precisar bien, donde el antes y el después poseen una idéntica textura que me excluye, como lo que sucedió antes de mi nacimiento y se prolongará cuando yo me vaya, un día también de invierno como aquel en que enterraron a mi padre, y después del funeral me llamaron para comer a la sala en lugar de traerme la comida, mi hermana María Teresa retiró los crespones de las fotografías, mi hermano Fernando puso en hora los relojes, docenas de cucos rompieron a trabajar desde las puertecillas y yo pensé Ahora le toca a nuestra madre y después a mis hermanos y después a mí, y cuando me toque a mí seré la única persona que viva aquí y nadie acomodará sillas en torno al cadáver, nadie irá a fumar al jardín, y como no saben que existo demolerán la casa con tractores, y un cuco rezagado se quedará cantando, sumergido bajo un montón de escombros. Acabada la fruta me dirigí al patio de la cocina con la idea de coger un ladrillo y perseguir a los pollos y me acordé de que ya no teníamos gallinas, mi hermano Fernando preguntó ¿Adónde fuiste, Julieta?, y yo subí los escalones hacia el desván, cerré la persiana, y me quedé no sé cuánto a oscuras sin pensar en nada, oyendo la lluvia.
(...)
en parte porque mi padre no me hablaba como si yo no le gustara o lo molestase, y en una ocasión, un domingo por la mañana, cuando se encontraba ya enfermo y sin salir de la cama, entré al cuarto y me acerqué a su cuerpo sin espesor, en el cual lucían las pupilas como carbones de salamandra, y él me miró un instante, en el silencio lleno de ruido de quien va a hablar, y desvió el mentón hacia la pared sin abrir la boca y fue la primera vez, antes de su muerte, en que me sentí huérfana, de modo que el día en que falleció en realidad yo no tenía padre y en lugar de sentirme triste subí al desván, abrí la ventana hacia Monsanto y me puse a observar los árboles lejanos, distintos a los árboles menos distantes del bosque que hacían eco al glugluteo de los pavos reales.Escuchaba a las visitas de la primera planta, conversando como en la iglesia, oía pasos sobre pasos y escuchaba a mi hermano Jorge saludar a las personas y acompañarlas a la salida, pero no oía el toque de los péndulos ni los cucos de madera porque mis hermanas, que cubrían con tiras de crespones las ventanas y las fotografías de las cómodas, detuvieron los relojes para aumentar el silencio y la dignidad de la ausencia, y todo se me figuraba vacío como un rescoldo de incendio.
(...)
Tal vez me gustase vivir en esa casa que me describen como sombría y extraña, aunque todas las casas sean sombrías y extrañas cuando se es niño y no hemos crecido allí lo suficiente como para darnos cuenta de que las sombras y la extrañeza existen en nosotros y no en las cosas, y entonces nos desilusionamos poco a poco con la aburrida y estática vulgaridad de los objetos.Mis recuerdos comienzan en Benfica y antes, cuando oía hablar de lugares conocidos por ellas donde yo nunca había estado, me asaltaba la impresión de entrar a una sala de cine con la película ya comenzada, obligándome a preguntar qué había sucedido antes de que yo llegase, en un intento de entender la intriga y a los personajes que parecían representar sólo para los otros, como si la mala educación de mi retraso los ofendiese.
(...)
¿Quién me ayuda a construir el Arca?
con la gaviota que lo miraba, que nos miraba, y el dueño de la casa de comidas apagaba la radio y preguntaba desde la barra
¿La carne no le gusta, amigo?
y mi madre en busca del número del hospital en la guía, y mi padre
Cálmate, Artur, siéntate, prueba el filete, cálmate
y eran cinco gaviotas ahora, alineadas en el parapeto de la muralla, tres hembras y dos machos, y el cura abrió la puerta trayendo consigo la nieve y anunció
La paz del Señor sea con vosotros
pero no hay paz, Iolanda, hay esta inquietud, esta ansiedad, ¿cómo harán los otros para aguantar la vida?, y mi tío, al de la casa de comidas,
Por mí métase su carne en el culo
y yo conté doce gaviotas fuera de las que volaban por encima de las canoas, doce gaviotas que nos miraban y los obreros de las mesas próximas que nos miraban también, y los timorenses del Jamor, y los vagones, y las olas, y mi abuela, de novia en el cajón, que reía ante el cura con el diente que le quedaba, mi madre no encontraba el teléfono en la guía y el propietario rodeó la barra con el brazo prolongado por un cuchillo de trinchar
Repita lo que ha dicho, repítalo
y mi tío, imperturbable
Por mí puede meterse su carne en el culo
y el camarero lo sujetó por detrás y mi padre, intentando separarlos,
Él está enfermo, señores, él no razona, está internado hace un año en una clínica para locos
(...)
pasamos Algés y Pedroucos y el Acuario de las focas adonde el profesor de Ciencias nos llevaba en el segundo ciclo, con un feto de cachalote en un cajón de vidrio, y yo desilusionado porque no había sirenas, tan desilusionado como me desilusiona la noche, en Santa Apolónia, cuando mi madre enciende la lámpara de la sala, y los muebles, las cortinas y mi vida se vuelven tristes, todo se me figura irremediable como una leucemia y me apetece, no sé por qué, llorar, de manera que me encierro en el cuarto y no digo nada, Iolanda, y mi padre
¿Qué tienes, Alfredo?
y yo
Me duele la panza, padre
por no poder explicarle que es la noche lo que me duele, y mi tío a mi padre, irónico,
¿Estás seguro de que está lloviendo, Teodoro?
y entonces en el invierno me cuesta todavía más, con aquellas nubes, y el asfalto mojado, y yo que tiemblo en las sábanas, y los rostros sin esperanza bajo las lámparas, tal vez si no existiese la noche sería más fácil crecer, y mi padre, Tú eres el que habló de la lluvia, Artur y la Cruz Quebrada era un otero hasta el Estadio y los sumideros que se prolongaban río adentro, avanzando entre inmundicias, y yo me niego a ser como ellos, Iolanda, y voy a ser como ellos, y un día me acerco al espejo y observo mi cara y vivo del pasado como de una jubilación y me tengo lástima
(...)
Dos pastillas después de comer y dos a media tarde, que ser Dios puede más que las medicinas y su cuñado no mantiene bien el equilibrio
y pasaban monjes que batían sandalias en un corredor, sujetando a internados por la reata de la manga, y mi madre, acariciándose el broche de coral,
¿Quieres ir a ver las focas del Acuario, Artur?, siempre te gustaron las focas
uno de esos broches baratos, con orla cromada, que representan un perfil de mujer de vaso griego, y yo que pensaba, Iolanda, que detesto el Acuario, que detesto esas salas de peces hocicudos, que prefería ir a ver el mar a Caxias o a Algés donde los sumideros vomitan la ciudad en el río, callejones enteros, casitas, terrazas, señoras a la ventana, carbonerías y tabernas, hasta no quedar de Lisboa sino el glugluteo de los pavos reales en las colinas desiertas.
(...)
Un domingo después de comer, Ana, estaba mi padre regando las dalias y se servía del pico como bastón por culpa de la rodilla enferma, paró un taxi delante de nuestra casa y el que se acuesta conmigo
(yo le advertí enseguida que no haría el amor con él, yo le advertí que no me besase, que no me tocase, yo le previne, cuando me quiso coger del brazo, Ni lo sueñes)
salió de allí dentro con una maleta atada con correas, un sombrerito tirolés en la coronilla y un paraguas, aunque era agosto y pese al cielo sin nubes, y mi tía me dijo que lo ayudase a ordenar sus cosas en mi cuarto,
(y yo No pienses que me verás desnuda, si te pillo espiándome te doy una bofetada)
(...)
a mí que no habría ido a la Quinta do Jacinto si ella no me hubiese dicho Ven, a la Quinta do Jacinto donde no existe una parada de taxis en la rotonda para que no tengamos que ir a pie hasta el Cais do Sodré, bajo los plátanos, para encontrar transporte en la estación de trenes, a mí que haría mejor en ir al cine de las películas policíacas con los compañeros, en vez de correr el riesgo de pillar la enfermedad de las dalias mustias de los arriates y su aroma a putrefacción y a almizcle, y acompañarlos, después del cine, al sótano de las mujeres en la Graça en el cual se bebe cerveza y se baila en una sala con espejos, y donde nos podemos observar en todas las paredes, en todos los ángulos y posiciones, como si cada uno de nosotros dejase de ser uno para volverse una cría de sí mismo agarrada a una cría de mujeres que cobran cincuenta escudos por tango y treinta escudos por vals, y mi padre, husmeándome,
¿Has comprado una damajuana de cinco litros de perfume de puta, Alfredo?
y yo,
Qué idea, padre, odio los perfumes, tal vez sea un reactivo cualquiera del laboratorio de Química
(...)
Ojalá que el viejo no entrase a mi casa, se pasa la noche despierto susurrándome historias idiotas al oído
y yo pensé Como mi tío de quien las personas se ríen al verlo en la calle, envuelto en la cortina, pregonando el Diluvio, mi tío que si mi madre lo reñía Deberías darte un baño, Artur, que apestas a tejón, respondía, escapándose de los grifos, Sólo en el Jordán, Ausenda, la semana que viene me tomo un taxi para allá, de modo, afirmo yo, que no es sólo en la Quinta do Jacinto donde hay lunáticos y mi familia no vivió en África ni mi tío se embarcó en la guerra debido a la miopía, y mi madre Hazte cuenta de que el Jordán está aquí, Artur, he comprado un jabón estupendo y te lleno la tina de agua caliente, y yo, corrigiendo la solución al problema,
¿Conoces alguna historia que no sea idiota, Iolanda?
y mi tío
Sólo me baño en el Jordán, Ausenda
ya que, en mi opinión, las historias son tan tontas como la vida, tan tontas como que yo estudie Matemáticas e Inglés y Geografía, y cuando aprenda las soluciones a todos los problemas, los tiempos de todos los verbos y las capitales de todos los países, me acuesto como mi abuela se acostó, pido una copita de moscatel con una voz débil y muero, y después del funeral mi madre no quiso volver a la aldea de manera que olvidé poco a poco las pilas de la ropa, las vainillas y los pinzones
(...)
Nunca habría ido a la Rua Oito de la Quinta do Jacinto, en el extremo opuesto de la ciudad, porque las dalias me amedrentaban casi tanto como me amedrenta el viejo que se acuesta contigo, a la espera de que me vaya para despegarse del banco y dirigir la casa, y al que, si levanto los ojos del libro de Geografía, de Matemáticas o de Inglés, encuentro hinchándose entre las coles como un vegetal que me mira igual que nos mira el mar, y yo con ganas de salir de tu habitación y rodear la vivienda asegurándole que no estoy enamorado de la misma forma que tú no estás enamorada de mí, que no te amo como no me amas, que nunca te he abrazado, que nunca te he acariciado, que nunca te he besado siquiera, que tú sólo me das pena, reducida a la compañía de dos idiotas que se visten como muñecas españolas porque los demás alumnos se asustan con tu enfermedad, se asustan con tu olor a flan y a caramelo, se asustan de una compañera a dieta de grelos y merluza que se llena de temblores y se inyecta en el servicio del Liceo, una compañera que no hay año en el que la ambulancia no se la lleve, en camilla, a Sao José, como si fuese a morirse.
(...)
Mi padre que no consigue trabajar por culpa de la úlcera de estómago, que bebe leche, que come papillas y chupa comprimidos para la acidez, mi madre, que ayuda en la limpieza del Hospital de Arroios, que se queja del prolapso del útero, y mi tío, de las nueve de la mañana a las seis de la tarde, de rellano en rellano, con la Biblia en ristre, predicando a los vecinos la palabra de Dios, y que dejó el empleo en Seguros para ofrecer la vida eterna al barrio, aconsejando templanza y castidad a la indiferencia de las calles, mi madre, mi padre y mi tío recluidos en sus agujeros de estuco, y yo con la santa y la blancura de los manteles la noche entera, oyendo el tren de París que gime en mi cuerpo. Noches y noches de piernas que sobresalen del diván y la almohada que se me escapa de la cabeza, y de vez en cuando mi tío irrumpía en la sala anunciando el Fin del Mundo y la Resurrección de la Carne, y ordenándome que me arrodillase para pedirle al mártir Esteban que se compadeciese de mí, hasta que mi madre lo amenazaba con internarlo en la Mitra, y el apóstol se encerraba en el dormitorio, bendiciendo el universo con la palma delgadísima.
(...)
Y entonces comprendí a los trenes. Crecí en la parte de atrás de Santa Apolónia, en un edificio que el humo de los vagones oscureciera y donde la vibración de las ruedas había cavado grietas en el estuco de las paredes. Los silbatos de las partidas araban mi sueño, las camas soltaban plumas de los colchones, y viajábamos hacia Castelo Branco o Santarém o Águeda, con Lisboa deslizándose con nosotros, a lo largo de sierras y pinares, a lo largo de puentes, a lo largo de pequeñas aldeas en la falda de las colinas. Crecí en la parte de atrás de Santa Apolónia asomado a maletas y despedidas de emigrantes, y lo que entendía de los trenes era un acuario de lágrimas con cestos y ojos a la deriva allí dentro, perdidos en los sótanos de Francia, en los sótanos de Alemania, viendo caer la nieve en el marco de la ventana. Y sólo en Alcântara comprendí que finalmente los trenes no cargan personas, cargan las dalias marchitas de regreso al Tajo, devolviendo anguilas a los bolsillos del río, de manera que informé a mis padres, al entrar a casa a la hora de la cena,
He descubierto que los habitantes de los vagones son lo que crece en los arriates de Alcántara y mi madre, poniendo la mesa,
Apuesto a que estuviste con aquellos lunáticos que vuelan, tu padre ya te ha prohibido mil veces que frecuentes a africanistas.
(...)
En el Jardín Zoológico los monos no miran el mar: fijan la vista en nosotros con una tristeza dolorida, como hace el que duerme conmigo, mendigando el cacahuete de un beso. Cuando nos sentamos a la mesa sus deditos extraen las espinas del pescado con la delicadeza con la que los mandriles espulgan a sus hijos, y después de cenar cruza el cuchillo y el tenedor en el plato y desaparece en el huerto de la parte trasera para llorar sin hacer ruido como los animales. No lo veo y lo siento allí, en el banco de piedra, sudando lágrimas debajo del nogal. O riéndose. U oyendo los trenes abajo, cerca del río, y el faro que muge en la neblina. En el momento en el que nos conocimos me contó que de pequeño oía el faro mugir el día entero gritando socorro, un haz barría sin cesar el dormitorio buscándolo, y él se encogía en la cama con miedo de que la luz lo descubriese y se lo llevase. Entonces se le murió la madrina, lo trajeron a Lisboa y el faro se calmó.
(...)
Al poniente el clarín del cuartel tocó para el rancho y yo pensé Tengo hambre. Pensé Tal vez me hiciese bien comer antes de cruzar la frontera, pero pensé No tiene importancia, es una cuestión de minutos, como del otro lado en cuanto llegue. Ya no había pescadores, ya no había gaviotas, resguardadas bajo el arco del puente, sólo el ciego, los perros que ladraban añorantes de las tripas de los pulpos, y las lámparas encendídas de Tavira (pero no era Tavira, puedo asegurarte que era una ciudad inventada) surcaban las fachadas del mismo modo en que, al acercar una llama de petróleo a un rostro, nos damos cuenta de sus cordilleras, de sus valles, de los ríos de las arterias, de los poros que se abren y cierran, de la disposición de los pelos. Sólo los perros, el ciego y yo, la luna que asomaba desde el mar y el ruido de las olas, hasta que la negrura devoró al ciego y a los perros, y al dejar de ver el cajón en el que me acuclillaba me levanté, me ajusté el dolmán y caminé hacia las olas. Aún vacilé en quitarme los zapatos que me dificultaban la marcha sobre el agua, pero no me pareció sensato desembarcar con calcetines en un País desconocido: supongo que estás de acuerdo, Margarida, en que a mis padres no les habría gustado.
(...)
Y entonces dejé de tener miedo de que me persiguiesen dado que sólo yo podría perseguirme, de tener miedo de que me espiasen dado que sólo yo podría espiarme, de tener miedo de que me matasen dado que sólo yo podría matarme, y acepté de ellos su comida, y su agua, y su vaso de vino de los domingos, y las visitas del que fingía ser su comandante fingiendo que se preocupaba por mí, ¿Tiene más apetito, mayor?, y yo, como si no supiese nada, Estoy estupendo, mi teniente coronel, y él ¿Ya se le han ido esas ideas de la cabeza?, y yo Completamente, mi teniente coronel, y él, haciendo girar el picaporte, Siéntese, siéntese, Valadas, póngase a gusto, me alegra verlo mejor, y yo, poniéndome la servilleta al cuello, probaba la comida, mientras el clarín tocaba a oficiales, Gracias por su interés, mi teniente coronel, si gusta, y él, ya en la formación, Buen provecho, Valadas, si sigue así telefonearé a su familia para comunicarles que pueden hablarle, y esa tarde, Margarida, permitieron que me pasease en medio de las casernas hasta la hora del rancho, construcciones de ladrillo que imitaban casernas con hombres, que imitaban a soldados, manipulando rifles, y un falso capitán me pagó un whisky en la cantina, donde falsos tenientes y alféres jugaban a las cartas o giraban alrededor de una mesa de billar.
(...)
Comprendí que una mañana cualquiera me ordenarían Vamos, y yo saldría de lo que llaman cuartel hacia lo que llaman Tavira, oyendo las olas sin ver las olas, oyendo a las gaviotas sin ver a las gaviotas, oyendo las voces de las personas sin prestarles atención, camino de las siluetas de los platos, que me esperaban en silencio en los paisajes de porcelana, como los difuntos nos aguardan por detrás de una última puerta que sólo demasiado tarde entendemos que es la última por cerrarse tras nosotros como la tapa de un ataúd.
(...)
Comprendí que me habían dejado a propósito en la frontera de China para que yo la cruzase solo como cuando por la noche, siendo niño, can ganas de orinar, cruzaba las habitaciones a oscuras camino del retrete, atormentado por una conspiración de sombras y de ruidos minúsculos (susurros de muebles, suspiros de relojes, el galope de los ratones sobre el papel de las paredes, la respiración del frigorífico cambiando de posición en su sueño).
(...)
Cuando, después de detenerme, me metieron por primera vez en la ambulancia y pregunté adonde íbamos, me respondieron Éste es el viaje a China, muchacho, se tarda mucho tiempo en llegar, y desde entonces navegué de un lado a otro hasta anclar en Tavira, en el cuartel junto al mar donde no veo el mar, donde oigo las olas y no veo las olas, donde oigo a los pájaros y no veo a los pájaros, de manera que comprendí que me habían mentido, que no estoy en Tavira, que no estoy en un cuartel, que no estoy en el Algarve, que atravesaron conmigo, sin que yo me percatase, un montón de países y de ríos, un montón de continentes, y me soltaron aquí, no en Portugal sino cerca de la frontera con China, en un País semejante a los platos orientales de mi abuela, con mujeres con abanico, pagodas parecidas a kioscos de periódicos, y arbustos inclinados hacia lagos con aleluyas que puentes delgados como cejas unen de margen a margen con una expresión de sorpresa. Comprendí que no habito en una prisión sino en un cuenco de porcelana, guardado en el armario entre cucharillas de porcelana con dragones que enfilaban la lengua a lo largo del mango.
(...)
y yo lejos de Beja, lejos del frío de Beja en invierno, lejos de los cultivos arrasados por la helada, lejos del viento que se bamboleaba como un tren, a gritos, en la planicie, que lo cuidaba, lo alimentaba, le limpiaba las heces, lo vestía y lo desvestía, lo acostaba en la cama,
¿Se siente mal, Señor Valadas?,
y yo, con saudades de Benfica, No es nada, Conceiçáo, no hagas caso, es que me cuesta subir los escalones,
y tú, aliviada, Menos mal, Señor Valadas, me había dado un susto,
y yo que miraba por la ventana la noche de Lisboa como cuando, de niño, despertaba antes del amanecer, me acercaba al alféizar, y me asombraba de ver los árboles que crecían camino del cielo.
(...)
y mi hermana Anita Si Jorge estuviese aquí no te casarías, Fernando, y yo, con la maleta en la mano, Os mando las invitaciones y aparecéis si queréis,
pero aparecimos sólo tú y yo, Conceiçáo, la señora del Registro y el empleado de la mercería como testigo, de manera que no volví a la Calçada do Tojal y no sé qué ha sido de mi hermana Teresiña, de mi hermana Anita, de mi hermana Julieta, de mi sobrino,
y el banquete fue tomarnos una cerveza y un perrito caliente en la barra de una lechería de Camóes, donde los bollos y los pasteles salados se cubrían de moscas como las que se frotaban las patas en tus mejillas cuando moriste y dejaste de oír el viento de Beja que se bamboleaba como un tren, a gritos, en la planicie, y yo y el Señor Esteves, cada cual en su extremo de la ciudad, igualmente inmóviles, igualmente viejos, igualmente callados, igualmente sin música, él a tu espera, Conceiçáo, y yo a la espera de mi sobrino que no llegará nunca,
y al terminar la cerveza y el perrito caliente en la lechería de los bollos, de los pasteles salados y de las moscas, tú con el vestido de la mercería y yo con el traje a rayas, nos limpiamos la mostaza de los dedos y llegamos al anochecer al zaguán de la Rua Ivens, cuatro tramos de escaleras que protestaban bajo las suelas,
y nos deteníamos en cada rellano para calmar la sangre y la respiración que se nos iba, como tal vez Jorge se haya detenido a orillas del agua antes de avanzar mar adentro
(...)
el Señor Esteves que yo conocí al acompañarte a buscar tu maleta a la planta baja que habitabas, con la fotografía de la finada en un óvalo de ganchillo,
el Señor Esteves, sin afeitar, que no poseía a nadie salvo a ti, apretando con los puños los flecos de la manta,
un hombre más viejo de lo que yo soy ahora, y cuyo cuello eran roscas de piel sumidas en la chaqueta como una tortuga que se encoge en su caparazón,
el Señor Esteves con las mitades mal dispuestas de la cara idénticas a piezas de un puzzle encajadas a la fuerza,
y nosotros que llenábamos un baúl con azucareros, con bandejas y con cucharillas de plata, que llenábamos un baúl con manteles, con pendientes, con collares, con pulseras, que llenábamos un baúl con estatuillas de marfil, con cuencos, con los papeles que había en el cofre, con un retrato tuyo y de él en una terraza en Badajoz,
nosotros que le saqueábamos el piso y el Señor Esteves callado, inmenso en su quietud de yeso, desprendiendo un tufo a orina, yo que casi tropezaba contra él con una copa en la mano, yo que lo empujaba mientras te acariciaba en el sofá, yo que le daba una palmadita en la mejilla al levantarnos para irnos, y él sin reaccionar, Conceiçáo, él con las piernas juntas bajo la manta, con la punta de las pantuflas ajedrezadas que surgían de allí abajo, él soltando un borborigmo que fue el ruido que le oí al despedirme, Gracias por la dote, Señor Esteves,
(...)
Cuando el tiempo mejoraba, Conceiçáo, e íbamos al médico o salíamos a comer, los domingos, al pequeño restaurante de la Calçada do Combro, te ponías el único vestido que tenías, aquel que llevabas al morir, te colgabas mi retrato, en un corazón de esmalte, al cuello, y te cambiabas las chinelas por un par de zapatos que yo había dejado de usar porque me apretaban en los dedos,
y visto que no te atabas los cordones, caminabas por la sala como los buzos con escafandra en la cubierta de los barcos, afirmando las suelas en el desván con un ruido de plomo,
y me sorprendía que no hubiese burbujitas de aire desprendiéndose de tu boca cada vez que respirabas, ni calamares flotando a nuestro alrededor entre las cortinas y los muebles.
Ya era así al conocerte, al dejar la Calçada do Tojal y a mis hermanas para ir a vivir contigo, agradecido por ser tú la primera y última mujer que se interesó por mí, que me encontró guapo, que me acompañó, del brazo, a las matinés del Condes, que aceptó dormir conmigo en una pensión de la Rua dos Doiradores, subiendo tres pisos, sin una protesta, absorbiendo mis últimas energías con besos que olían a potasa y a refrito, no a cereales, no a polvo de limpiar plata, sino a potasa y a refrito
(...)
el juez postergó mi sentencia por consejo de los médicos, regresamos a Peniche en una furgoneta blindada, y el coronel Gomes, a mí, Once años, Valadas, yo no duro once años, cuando salimos del Tribunal reparé en su mujer, una señora que lloraba, y yo Espero que no dure, mi coronel, que ya tengo adversarios de sobra, y al llegar a Peniche tronaba, el cielo se hendía con heridas de relámpagos que recortaban la villa, que recortaban el mar, tomando las sombras fosforescentes antes de esconderse en sus pliegues de tinieblas, un barco, casi en la línea del horizonte, flotaba sobre nubes que supuraban lágrimas rojas, las casas se desmoronaban, los almacenes de los pescadores y las traineras ancladas se deslizaban hacia la plaza, el farallón, amputado, mostraba sus visceras de pizarra, liberaba enjambres de aves aterradas, y a la mañana siguiente el coronel Gomes se ahorcó en la celda, y cuando lo vi, antes de que lo cubriesen con el abrigo y un saco de arpillera, no me pareció verlo morado ni con la lengua fuera, sino con las pupilas apagadas en una expresión amable, de modo que pensé Se ha dormido, no se ha ahorcado ni nada, se ha dormido, a pesar del verdugón en el cuello y de los hombros crispados, pensé Se ha dormido, ha fingido que se ahorcaba para intentar engañarme, y entonces me acerqué a él, le puse el pulgar en la frente y estaba fría y con manchas color de vino en la raíz del pelo, y las botas en el extremo de las piernas, Margarida, se me figuraron vacías como los zapatos de los mendigos.
(...)
Hola, dije yo, el estúpido, el que no tiene cabeza, el que no lucha, hola,
el aria de ópera recomenzaba en el desván, mi hermana Teresina Acaba con eso, Julieta, y ella No, mi hermana Anita ¿No quieres oír un vals?, y ella No, mi hermano Jorge Nunca más te hablaré, y ella No no no no no,
¿Qué has venido a hacer aquí, Fernando?, se interesó el hijo de la costurera que, recién salido del desván de la Calçada do Tojal, se ajustaba el cinturón, se arreglaba la corbata, posaba la cerveza en el estaño de la barra, al mismo tiempo que el ciego se inclinaba hacia el piano y mi hermana Julieta gritaba en el desván No, y mi madre ¿Qué tendrá, Fernando?, y mi padre ¿Qué has visto tú, Fernando?, y yo, el estúpido, avanzaba un paso, empujaba al vendedor de cupones, cogía una botella, Lo que debí haber hecho hace ocho años, chico, romperte la cara: nada especial, como ves.
(...)
y yo pensé en usted, padre, con las sienes hundidas y el cuello reducido a arrugas y tendones, pensé en haberle pedido No se muera, como te pedí a ti No te mueras,
No se muera, padre, no se muera,
¿Qué mal le he hecho yo a Dios para tener un hijo tan estúpido, señores?, que se pone a llorar delante de mí como si yo fuese a morir, qué idea la suya, yo que el veintidós de enero de mil novecientos diecinueve estuve en Monsanto, luchando por el Rey, con los compañeros del segundo grupo de escuadrones de Caballería Cuatro, yo que estuve en la Luneta de los Cuarteles sufriendo sin balas, sin comida, sin esperanza de refuerzos, el fuego de la artillería, el fuego de los marineros, el fuego de los civiles, yo, que no he muerto bajo las balas de los carbonarios, no voy a morir ahora por mucho que esa que está ahí desee verme en el cajón para telefonear a su amante Acaba de morir, y el imbécil de mi hijo Fernando, que hasta la voz me copia, mirándola aturullado
(...)
diecinueve años caminando por la tarde hacia el jardín del Príncipe Real para asistir a la brisca de los jubilados, diecinueve años hasta que el médico salió del cuarto para anunciarme Ha muerto, y yo me encontré a tu prima que te quitaba la dentadura de la boca y después la guardaba en el cajón,
la dentadura que aún sigue allí, Conceiçáo, con las coronas apretadas con un fastidio terco,
diecinueve años viendo a la noche oscurecer los ases y los comodines, diecinueve años cenando bizcochos y té sin azúcar en la mesa arrimada a la ventana, pensando, disculpa, que me aburría, pensando que nunca me había aburrido tanto en la vida
(...)
el empleado de la mercería pidió una ginebra para él, una ginebra para mí y una ginebra para la mujer barbuda que al final no era rusa, era de Oporto, capaz de doblar barras de hierro y de partir diccionarios y guías telefónicas, que intentaba explicarnos que mi mal es la artritis, muchachos, harta estoy de consultar doctores y nada, la artritis es la que me impide aceptar las invitaciones que recibo de Barcelona, de Nueva York o de París, de modo que me las veo moradas, imaginad la injusticia del destino, para pagar el cuartito del Poco do Borratém donde vivo con mi marido, a quien le falló la red del trapecio, inválido sin siquiera conseguir mover el meñique para agradecer los aplausos, y el empleado de la mercería, pidiendo más ginebra, Pobre, y yo, distraído por la vidente gitana que ya sólo veía el pasado, aceptando más ginebra, Pobre, la compañía de la torre humana aceptó un vasito, uno de los enanos de la base tosió, el domador de tigres lo alivió con una palmada en la espalda y unos quince gnomos con tanga se despenaron encima de nosotros gritando Ay Jesús mientras el domador sacudía a papirotazos, como si fuesen moscardones, a los que se les suspendían de las solapas, los respetables apretaban la mano de toda la gente con los guantes larguísimos, la Pareja que pedaleaba junto al techo, trocando bolas y arcos, se desesperaba por no poder bajar para aceptar una copa, unos perritos vestidos de sevillana se tambaleaban en sus patas traseras ladrando de angustia, ¿Dónde habrá una farmacia de guardia?, pregunté al maestro que dirigiera la orquesta del Coliseo y que ahora agitaba en vano la batuta sin que músico alguno lo obedeciese, cada cual entretenido en tocar a su aire una marcha diferente, me hace falta bromuro para mi hermana Julieta
(...)
Socialista, señor, socialista, Monsanto tan verde, la habitación de Amalia, nunca he sido socialista,
Claro que no lo has sido, asintió el inspector, claro que no lo has sido, otra vez,
y de nuevo el cuerpo a sacudidas, de nuevo el castañetear de los dientes, de nuevo la cabeza separada del cuello, de nuevo el corazón bogando y la sangre detenida, a la espera,
Otra vez, pidió el enemigo de la violencia,
Monsanto tan verde, la jaula de los periquitos, mi hermano Fernando jugando en el patio de la cocina, el calvo, Alice, el indio del bocio, el médico, el gordo, el otro, el grifo de Caxias, gaviotas no, las fustas son un desastre ahora, Amalia, no cortan orejas, el caserón de Santo Tirso con la lluvia, quinientas veces en el encerado, extienda la mano, Valadas, los republicanos escalando la ladera, el cuervo sobre el encinar, cigarrillos clandestinos, payasitos de loza, si yo me casase contigo, Amalia, ¿sería feliz?,
(...)
y el inspector, colgando el teléfono y pulsando un timbre, ¿Así que legalidad democrática, así que socialismo?, y yo Nunca he sido socialista, señor,
Nunca he sido socialista, Amalia, disculpa, ni siquiera los pobres me gustan, envejecen tan deprisa, se visten tan mal, son tan feos,
Y por culpa de Monsanto, suspiró mi padre, comí el pan que el diablo amasó,
y si mejoran en la vida, Amalia, se compran muebles tenebrosos, automóviles siniestros, adornos horrendos, visten a los niños como a perritos amaestrados, y siguen escarbándose con un palillo los dientes, y siguen eructando en la mesa,
¿No le había dicho yo, se enorgulleció el rector, que su chico cambiaría?, la Pedagogía, la Fe y unos palmetazos transforman a las personas,
Si yo cayese en la burrada de casarme contigo, Amalia, me llenarías las paredes de cuadros con gatitos, me llenarías los anaqueles con payasitos de loza, Nunca he sido socialista, insistí,
Querido jorje el medico dice que madre está enferma y precisa indiciones
Gracias por la fusta, padre, el cuero es excelente, agradecí azotando mi pierna,
y entraron dos hombres en el despacho de la Rua António Maria Cardoso, empujando un aparato sobre ruedas con varias esferas y un par de electrodos, el inspector a ellos Hay un enchufe detrás del sofá y yo pensé ¿Qué es eso?
(...)
y el inspector Lamentablemente la violencia es intrínseca al hombre, el señor mayor ya se habrá fijado en la crueldad que hay en el mundo a pesar de los ruegos del Papa, a pesar de los avisos de la Iglesia, lo que los alemanes hicieron a los judíos, por ejemplo, aquellas fotografías terribles de esqueletos, y la Inquisición, caramba, ¿qué fue, dígame, la Inquisición?,
mi hermana Julieta sólo hablaba conmigo, se negaba a obedecer a los demás, me llamaba a un rincón y me cuchicheaba Quiero a madre,
y yo quiero a mi madre ahora, Margarida, quiero a mi madre aquí en Tavira tomándome en brazos, explicándome los colores del cielo, exigiendo Abrid la puerta que me voy con mi hijo a casa,
y mi padre, dejando la fusta en una silla, La semana que viene irás a un colegio en Santo Tirso, hasta las vacaciones de verano no te quiero ver,
La Historia, señor mayor, es una sucesión de salvajadas tremendas, se entristeció el inspector, el genocidio de la revolución rusa me deja helado, el zar y la familia fusilados, millares de muertos, millares de deportados, sin contar con el hambre y la miseria, ¿dónde se han visto atrocidades así?,
Santo Tirso estaba lejos, horas y horas de tren con lluvia, una lluvia siempre igual sobre los pinos, curas de sotana en un caserón helado, alumnos con pantalones cortos, Tal vez se han acostado todos con las criadas, pensé,
y mi padre al rector, sacudiéndose la lluvia, No habrá visitas, no tendrá permiso para salir del colegio, no tendrá autorización para recibir cartas ni para escribir a su familia,
y el rector Tranquilo, señor teniente coronel, hace más de setenta años que lidiamos con muchachos difíciles,
(...)
Aún hoy, a los ochenta y un años, en que vivo solo, desde que mi mujer murió, en la parte de una casa en una cuarta planta sin ascensor de la Rua Ivens, y voy al Largo do Camóes y a la cima de la Rua do Alecrim a mirar el Tajo, aún hoy, en que paseo por Loreto hasta el ascensor de la Bica y veo la ciudad bajar al sol hacia los almacenes de la Ribeira, aún hoy, decía, no conozco Lisboa. El dentista me ajardina las mandíbulas en un policlínico del Príncipe Real, podándolas de las hojas cada vez más superfluas de los dientes, el médico del reuma me endereza el clavel de la espalda, en Santos, con cañizos de pomadas, el doctor del corazón, que me instaló una pila en las costillas para tonificarme la sangre, me prohíbe las grasas en una planta baja en Sapadores, donde los infelices de la sala de espera parecen traer todos el corazón en la palma, ceñido por una corona de espinas como en las estampas de Jesús que adornan los cuchitriles de las porteras
(...)
era domingo y vivíamos en Benfica hacía poco, mi hermana Julieta, que aún no gritaba en el desván, corría detrás de los polluelos y los aplastaba con un ladrillo y Jorge se reía, batía palmas y la incitaba Mata otro, mira aquel que escapa, mátalo, y con todo era conmigo con quien la cocinera reñía y era de mí de quien se quejaba a los viejos, El niño Fernando no deja en paz a los animales, de manera que me mandaban castigado al cuarto sin cenar, ¿Qué mal le he hecho yo a Dios para tener un hijo estúpido, señores?, un hijo que no aprobó un curso, no estudió, que trabaja en una empresa no se sabe bien en qué a no ser que gana poco, un hombre de cuarenta años que se pasa los sábados en la pastelería con el dueño del garaje y el empleado de la mercería, porque siempre fue de mala madera, guiñándoles el ojo a las prostitutas que en lugar de ir a misa se encierran allí a beber té, unas ordinarias que se visten como actrices y se limpian los huecos de los dientes con las uñas, Cualquier día pillas una enfermedad venérea y te quedas impotente, me auguraba Jorge
(...)
yo le preguntaba a mi hermana Anita ¿Han reñido?, y ella Cállate, le preguntaba a mi hermana Teresiña ¿Papá le va a pegar a mamá?, y ella Cállate, le preguntaba a mi hermano Jorge ¿Qué ruido es ése?, y él Qué ruido, mi hermana Julieta destrozaba revistas y desde el sitio donde vivíamos se veía el mar, o sea, se veían miradores y tejados y después de los miradores y los tejados el mar,
se veía el mar y nos mudamos aquí y el mar desapareció, sustituido por cigüeñas y rebaños y olmos y los badajos de los becerros por la tarde, arreados por hombres con zahones, nuestro padre dejó de cuchichear con nuestra madre, sentado, con el periódico en la sala o desarmando la radio para armarla y de nuevo, entregándose, en un recogimiento desesperado, a complejas inutilidades, y entonces me di cuenta de que en realidad lo que hacía era aguardar la muerte, aguardar la muerte, minuto a minuto, en un vagar irritado, acortando el tiempo que lo separaba de ella con tareas sin motivo que nuestra madre observaba sin atreverse a interrumpirlo, amedrentada por la sombra que le devoraba los pómulos como si se fuese asemejando a un antepasado de sí mismo, a un futuro anterior al presente en el que vivía dije (era domingo y una cigüeña completaba el nido en el granero de los Antunes) Compro bromuro, hermana, y se acaban los gritos, si esto sigue así los relojes enloquecerán del todo y ni un cristal, ni un vaso nos quedará, si esto sigue así se romperán los muelles de los cucos, que saldrán volando por la sala a devorar las migajas de la comida con los picos de madera, nuestra madre, con sombrero, al lado del padrino que no llegué a conocer, dejó de ocuparse de mí en medio de la esfinge y de las pirámides, nuestro padre no movió un tendón para saltar de la fila de alumnos del Colegio, mi hermana Teresiña se aseguró de la aprobación de los difuntos, de los tíos que nos seguían desde las meriendas, desde las cabalgadas en burro, desde los paseos en bicicleta a la Sintra de otrora
(...)
Cuando detuvieron a Jorge lo más difícil fue calmar la agitación de sus pasos, tan alborotada yendo de un lado a otro del desván que un pedazo de estuco se desprendió del techo del dormitorio de mi hermana Anita y descubrió una cuevecilla de ratones en una viga de madera. Teresiña subía las escaleras cada cinco minutos a serenarla, la oíamos regañar, los pasos cesaban, sustituidos por el vaivén de la mecedora o por un tango del gramófono, Teresiña bajaba los escalones y un instante después la mecedora y el tango se callaban y los pasos, al recomenzar, desconcertaban los relojes. Las fotografías de los muertos se preocupaban también, y me acordé de cuando éramos pequeños y yo jugaba con ella y el hijo de la costurera en el patio de la cocina, de modo que sugerí ¿Por qué no llamamos al médico para darle una medicina que le calme los nervios?, y apenas dije esto hubo un silencio encima, y después del silencio ella comenzó a gritar.
Era domingo, había más cigüeñas de lo habitual en la palmera de Correios o suspendidas sobre las campanas de la iglesia y las chimeneas de los tejados, Teresiña interrumpió el ganchillo para mirarme, y yo era otra vez niño y me pasmaba ante las dioptrías que transformaban sus ojos en insectos rodeados de patas de pestañas. Anita y Teresiña me miraban, la zorra sollozaba de hambre en la jaula oliendo el cazo vacío, y ahora teníamos veinte años y nuestro padre, enfermo, rodeado de inhaladores que lo impregnaban con un olor a eucalipto, exigía desde la cama Nadie debe saber nada, no quiero que nadie sepa nada, apuntando a una chica rubia sentada en el suelo, entretenida en destrozar revistas con los dedos. Nadie debe saber nada, hacía eco nuestra madre en una silla junto a las sombras de la cama; Nadie debe saber nada de Julieta, proseguía el viejo, y Jorge que decía que sí con la cabeza, y Anita que decía que sí con la cabeza, y Teresiña que decía que sí con la cabeza, y yo que paseaba la vista por la cómoda repleta de frascos de pastillas y envases de jarabe, de los cuales sobresalía un Cristo sufriendo en un crucifijo, y después del Cristo las cortinas que ocultaban la tarde y encerraban el cuarto en una atmósfera mortuoria.
(...)
y yo, con la piedra de molino que me pesaba en el vientre, No hay duda, enloquecieron, se llenaron de cerveza y enloquecieron como mi padre enloqueció después de una cena con calamares en el cumpleaños de mi madrastra, estaba terminando el arroz y en eso se inmovilizó, alzó los miembros por encima de la cabeza y afirmó Listo, soy una acacia, ¿Qué?, se asombró mi tío que trabajaba de capador, Soy una acacia, insistió mi padre subiéndose al mantel, Por mayo suelto bolitas de las ramas, Mi marido tiene la fantasía de que es un árbol, dijo mi madrastra al farmacéutico, ¿usted no vende inyecciones contra los árboles?, y yo Ha abandonado la tienda, no se ocupa de las telas, se pasa los días encaramado a una mesa suplicando No me podéis, no me podéis que esta rama está sana, y el farmacéutico Contra los árboles no conozco ninguna, ¿ha probado con el oporto?, y mi padre, criando raíces en el mantel, lanzando ramas en dirección a la lámpara del techo, echando polen del pelo, mi padre pedía que le abriésemos la ventana porque le hacía falta la brisa de la tarde, pero pasada una semana tuvimos que poner cerrojo a los postigos, Disculpe, padre, dado que durante la noche se le soltaban murciélagos de las cavidades del tronco, y entonces lo serraron por el medio, cuando su respiración era sólo un leve soplo de viento norte, para que cupiese en la ambulancia, y mi madrastra a la familia, enjugándose los ojos, Ser acacia es una enfermedad horrible, el médico nos llamó aparte Puede ser que si lo plantamos en el jardín y lo abonamos con cuidado mejore
(...)
y dentro de casa habían atado las mandíbulas de mi madre con un pañuelo, la habían obligado a acostarse, vestida, sobre la colcha de la cama, y yo me sorprendí de que ella no calzase chinelas sino los zapatos de las procesiones, castaños y azules, de mi padre, y entonces, intrigada, empujé a mi madrina, me acerqué y dije Madre y nada, dije Madre tengo hambre y nada, grité Madre deme un pedazo de pan y nada, Madre, grité yo, si usted no se despierta le rompo la santita de la candela, y mi madre dormía muy quieta, con la nuca en una funda de encajes, mi tío Aurelio vino por detrás y me pellizcó el cuello, Tranquila muchacha, tranquila muchacha que el señor párroco no tardará en llegar, y yo, agarrada a la falda de ir a misa de mi madre, Ay so puta, ay grandísima puta que no le responde a su hija, y al día siguiente,
jaras, tantas jaras mi amor, pasión de mi vida, te quiero
yo que seguía insultándola, llorando y repitiendo Puta, so puta, que me quede ciega si vuelvo a hablarle, so puta, la encerraron en una caja y ella no dijo No, y seguimos a pie hacia el cementerio de Monçáo, y aun hoy oigo las campanas cuando me acuerdo de esto, aun hoy veo a mi prima Afonsina, que no se casó porque la parieron gibosa, que me tapa la cabeza con un velo para protegerme del sol, y yo que pego la oreja al cajón para que mi madre me diga Hija, ponte la gorra de tu padre que hace calor, aun hoy me acuerdo de los sepultureros y del párroco dando la bendición bajo los chopos, echaron a mi madre a una fosa y yo Cabrones, no sigáis cabrones, le volcaron en la tapa un saquito de cal cuya nube danzó mucho tiempo en medio de las lápidas y de las coronas de flores,
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Avivé el paso con la esperanza de depositar en el orinal una esquirla de mica o un paralelepípedo de granito consolador, y en esto di con la puerta principal abierta, el paragüero caído, los muebles de la sala echados unos contra otros bajo la cortina en jirones, la mesa cubierta de botellas de cerveza y mi hermano, con casco y pico, acompañado por un desconocido más o menos de su edad, ambos sentados en la alfombra, babeados de vómito, preguntándose, desafiantes, ¿Quiere que yo vuele más alto, caballero?, ¿Quiere que yo vuele más alto, amigo Oliveira?, Fíjese en la vista de Odemira desde aquí arriba y venga a comer unos granos de maíz al kiosco, Le aseguro que bajo la tierra es más difícil.
Al principio pensé, al verlos juntos, al verlos mover los brazos hacia atrás y hacia delante y derribar mis jarritas de cerámica, Es el efecto del alcohol, es la miseria del vino que transformaba a mi padre, en Esposende, y lo llevaba a gritar en medio de las telas, blandiendo el rifle de caza, con la cabeza perdida, O me sacan los lagartos y las arañas de la tienda o mato a todo el mundo a tiros, mi madrastra, a lágrima viva, llamaba a los bomberos que suplicaban desde el marco de la puerta, sin atreverse a entrar, Traiga aquí el arma y entréguela, Señor Oliveira, que nosotros le ahuyentamos los lagartos bien lejos, y mi padre Apartaos farsantes, apartaos granujas, disparaba los dos cartuchos al mismo tiempo, inundaba el local de pólvora, cargaba el rifle y avanzaba por la playa probando puntería en las ventanas, Quitaos de los cristales, castellanos, quiero a la españolada entera en Madrid, y yo, a gatas detrás del mostrador imaginaba, presa del pánico, Si llega a pillar al del cine no vuelven a pasar películas en Esposende, historias románticas, el Zorro que se inclina desde el caballo para besar a la vizcondesa, si llega a pillar al del cine no quedará aquí ya nada que se confunda con el mar. Cuando los cartuchos se le acababan mi padre, de repente manso, pedía a sollozos, subiéndose la pernera del pantalón, Ayúdame Orquídea, antes de que me coman los ratones, mira éste que me sube por la pierna, yo alzaba unos centímetros la cabeza del mostrador, los bomberos caían sobre su espalda en medio de un torbellino de insultos y de hachuelas relucientes, y el jefe prevenía, victorioso, Yo te daré ratones, compañero, yo te daré ratones, pasas la noche en la comisaría, con las chinches, durmiendo la mona, y mañana el juez, que condena a todo el mundo desde que se le fue la mujer, no te desterrará a África salvo que venga en el código.Por tanto, al ver las botellas vacías y a mi hermano y al otro hablar del kiosco y picotear el maíz de los palomos de Odemira con el mentón en la alfombra, lo que pensé al principio fue que se trataba del resultado del alcohol como mi padre otrora, sólo que en lugar de lagartos, arañas y ratones les había dado por inventar granos y trocitos de corteza, pero después, al escucharlos hablar de vientos y de nubes y de haber planeado una hora sobre los campos de Grândola, comencé a dudar de mí y a tocar la pared para asegurarme de que no flotaba también, de que no me posaba también, como ellos, en los arbolillos de la plaza, hasta que mi hermano me descubrió inmóvil junto a la cómoda y codeó al otro, agitando los brazos, Vamonos deprisa, caballero, vamos a alzar el vuelo que ha llegado mi hermana.
(...)
El médico me devolvió los análisis sin entusiasmo, meneando la cabeza,
Por casualidad sus riñones están mejor, Doña Orquídea, el izquierdo funciona y la piedra de molino ha comenzado a disolverse,
y yo, deseosa de agradarle, me avergoncé de su voz de desencanto y de la enfermera que se desilusionaba con mi salud, me avergoncé de la tristeza de sus rostros por la autopsia que se postergaba, y argumenté, intentando alegrarlos,
Pero cada vez me duele más, señor doctor, sólo consigo dormir a costa de comprimidos, hasta los de mi hermano, contra los pájaros, me los tomo por la noche, fíjese,
mientras el médico, que seguía sacudiendo la cabeza, rellenaba una receta, la enfermera reprobaba en silencio mis progresos, se oían voces y pasos en el corredor, el susurro marino de los enfermos, en la sala de espera, iba y venía en vaharadas de lamentos, y el sol iluminaba los objetos del consultorio (el estetoscopio, la balanza, un cuadro con letras decrecientes, que formaban palabras sin sentido, para medir la miopía) despojándolos de misterio y haciendo centellear el cromado de las herramientas de la desgracia.
Destruir por descuido los guijarros que tiene dentro, Doña Orquídea reprendió el médico con un leve timbre herido, es lo mismo que nacer con un inmenso talento para el piano y negarse, por maldad, a tocar.
De modo que abandoné la Caixa culpándome por haber disgustado al doctor y jurándome a mí misma que haría crecer acantilados en la barriga, acantilados como los de Viana, cubiertos de un césped pertinaz, acantilados como los del Duero, con la viña en bancales y el río al fondo brillante, y seguí hacia casa prometiendo transformarme en cordilleras de esquisto, en estratificaciones de pizarra, en arquitecturas de basalto, asegurando que en menos de un mes me conectarían, casi en coma, rodeada de cirujanos, al aparato de filtrar la sangre del hospital donde me internaron hace siete años, en una cama cerca de la ventana, debido a la ictericia de la vesícula, y en el cual un plátano de la cerca derramaba las hojas en mi piel aterida. Antes de la ladera de la Quinta do Jacinto, por ahora sin un rastro de noche, sentí una punzada en la cintura y el muslo se endureció como si un cristal de calcio comenzase
qué suerte
a atascarme el uréter.
(...)
Ahora muéstreme de qué es capaz, caballero, ahora vamos a ver quién es el que sube más alto,
y entonces abrimos los brazos a las seis de Alcântara, a las seis de Johannesburgo, dimos un saltito y nos elevamos poco a poco en la tarde a la altura de las ventanas, de los balcones, de las antenas de televisión, de las chimeneas, y espantábamos gaviotas, tanteábamos la dirección del viento, y entonces nos cernimos sobre la rotonda, él cogido a mi cuello repetía, soltándome alcohol en la nariz, ¿Es mejor o no que bajo la tierra, amigo Oliveira, déjese de pamplinas y diga la verdad, es mejor o no?
Subimos hacia el río, con Lisboa que se empequeñecía bajo nuestros vientres de cigüeña, y en esto, cuando nos preparábamos para seguir hacia el sur, distinguí abajo, con gabardina y cartera en la mano, en el torbellino de coches de Alcântara, al pelma que nos paga el alquiler y la cuenta del gas, que caminaba hacia casa, con un mastín pulguero, de vuelta del trabajo. Batí más despacio los brazos, se lo señalé al policía, grité ¿Ve allí a mi yerno, estimado señor, no quiere hacerme preguntas sobre él?, y el profesor de hipnotismo por correspondencia, hurtando el tronco para evitar una nube, respondió, con un graznido que el viento dispersó de inmediato, Tenemos tiempo, amigo Oliveira, tenemos tiempo, primero vamos a Odemira, a comer maíz con los otros palomos, y mañana por la mañana, al volver a Lisboa, después de que yo hable con Lucília, se ve.
(...)
y el policía, mirándome del otro lado de la mesa cubierto por un montón de botellas vacías, ¿Así que es facilísimo, así que es facilísimo para quien no ha hecho estudios de médium?, entonces vamos a la calle a probar esas dotes,
y yo que me incorporaba, yo que zigzagueaba rumbo a la puerta, yo que me agarraba a las paredes, de repente resbaladizas, que ondulaban y huían, yo irritado, ¿Cuánto vale la apuesta, estimado, cuánto paga si llega a perder?,
y el policía, sujetándose, con ambas manos, a una cómoda, debido al temporal de la cerveza, Una noche con Lucília, amigo Oliveira, una noche sólo para usted, para ella y para las tórtolas, y a olvidar la porquería de vida en el Residencial de la Praça da Alegría,
(...)
aguantó, tuvieron que subirlo aprisa, darle oxígeno, internarlo en la enfermería de la mina, media docena de camas donde los pájaros accidentados agonizan con el casco en la cabeza, con el pico en el pecho como los crucifijos de los muertos, y donde él deliró un tiempo interminable repitiendo No quiero ser gorrión, no quiero ser gorrión, no quiero ser gorrión, quiero irme de practicante de farmacia a Valença, y el de la Policía Política, con la grabadora en bandolera, que enseñaba hipnotismo mediante folletos, a quien le daban miedo los túneles, protestó Ésas son manías que usted tiene, Señor Oliveira, eso es no entender nada de parapsicología, estudie clases, si quiere se las envío por correo, contra reembolso,
doscientos escudos por lección y por cada doce lecciones una copa gratis, intente colocarse un rubí en la frente y después hábleme
Pero no había nada de qué hablar, pensé yo, cómo diablos se consigue hablar
(...)
Aquí en casa, apenas me quedo solo, después de comer, desde que mi hermana, siempre con un frasquito de orina en la mano, se pasa los días en el médico haciéndose análisis de los riñones, bajo los estores, pongo mantas en los cristales, me coloco el casco, me armo del pico y me siento en mi silla, a oscuras, a imaginar los sonidos de la tierra bien abajo. Sin nadie más en la finca intento distinguir a un capataz que flota con los brazos abiertos dando órdenes estridentes. Pero la luz de Lisboa, ese sol exagerado la noche entera que me impide dormir, y el río que baila en el techo, me prohíben viajar rumbo al centro del mundo, a empujar oro o a instalarme en un escalón, masticando la conserva del almuerzo. De modo que acabo arrancando las mantas de las ventanas, levantando los estores, y, vencido por esta luz que me odia, permanezco en la sala escuchando el Tajo. Como en Monçáo, como en Esposende, como en la Beira, como en cualquier otro punto de este País en el que todo se inclina hacia el mar, en el que se siente la presencia de las olas en las hebras de las espigas, y entonces me pregunto cómo es posible habitar en un sitio que no es otra cosa que la resaca de la bajamar, las olas se retiran y abandonan un manojo de calles, un monolito y una plaza, las olas se retiran y abandonan un hotel, una prisión, un barrio, una misa de campaña, un velatorio, las olas se retiran y nos abandonan a nosotros, a la mesa, mientras comemos los grelos y la merluza de la cena, las olas se retiran y me abandonan a mí, en busca de Johannesburgo en la vivienda desierta, en busca de la cantina de los domingos y de la cerveza que me recuerda la infancia, que me recuerda las jaras, los sauces y los bueyes de cerámica del Miño, las olas se retiran y abandonan a un hombre con grabadora en bandolera, incapaz de volar, mientras me pide hacerme preguntas y mira desde el felpudo, desconfiado, el casco y el pico, y yo, cansado de no tener a nadie a quien contarle todo esto, cansado del sol y tan ansioso por desahogarme que finalmente, estimado señor, regresaba en barco, escondido en la bodega como la primera vez, a Johannesburgo y a Solange y a la mina, regresaba a las vagonetas que cargan pedregullo a trescientos metros bajo tierra, lo hice pasar Entre, entre, lo conduje a la sala, le ofrecí el sillón, me acomodé en el sofá, creí ver por la ventana al dueño de la cantina que me extendía una botella, pero no, era una morera que agitaba sus hojas, y dije, golpeando con la punta de la herramienta en la alfombra, ¿No le parece que hay demasiado mar, no le parece Portugal un desperdicio de agua?
(...)
Ciento cuarenta millones de escudos es dinero, nunca pensé que la mierda fuese tan cara,
y yo, que sentía un guijarrito en la vejiga y pensaba en Esposende y en el mar y en la arena y en las hierbas que bebieron el licor de mi cuerpo apoyado sobre la lona del cine, bebieron la sangre de aquello que se sabe que se tiene sólo en el instante en que se pierde, pensaba en Esposende y en los pinos y en el viento y en el hombre que se incorporaba, se sacudía las pinochas, encendía el cigarrillo, se iba, decidí que al regresar a Alcântara iría sin decir nada a nadie, sin que nadie se percatase, sin que nadie desconfiase, a buscar el pico a la habitación de mi hermano, a buscar el casco y la linterna y las cuerdas, saldría al huerto de la parte trasera donde el nogal resonaba, y comenzaría a cavar en un arriate, hasta trescientos metros de profundidad, donde las vagonetas chirriaban en los carriles, para volar bajo tierra, en medio de los negros, junto a las olas, a fin de ganar de nuevo lo que un viernes, hace treinta y seis años, me robaron.
(...)
¿Y ahora?,
y el doctor, que sustituía la radiografía por otra, descifraba un informe y subrayaba el contorno de los ovarios con el lápiz,
Ahora una de dos, Doña Orquídea, o consigue empleo como tabla de mesa o la operamos y la señora se vuelve millonaria vendiendo el pedregullo de la barriga, aparte de que el otro riñón, que no quiere quedarse atrás, tiene peor aspecto que un sereno a mediodía, sinceramente no sé por cuál de los dos empezar,
y yo, con el alma hecha jirones, palpándome a ambos lados,
¿Y con la operación esto se resuelve?
y él, encogiéndose de hombros, llamó a un colega por el intercomunicador,
Oye, Aires, ven a ver unos riñones que ni para autopsia sirven,
él, que hojeaba análisis, me tomaba la tensión, me daba una palmadita en el hombro,
A pesar de todo siempre consuela pensar que de algo hay que morir, ¿no?,
de modo que salí de la Caixa pensando en náuseas, en vómitos de bilis, en tubos en la nariz y en la boca, en desgarradores sufrimientos soportados con resignación cristiana, tan pálida que las enfermeras y los que esperaban turno se apartaron de mí con pavor
(...)
Espera, Domingos, espera un poco, Domingos, que voy a buscarte un vaso de agua para que te tomes primero una de las pastillas del doctor, son sólo calcio y hierro, palabra, son sólo glándulas de mono de Indonesia para dar fuerza a los músculos,
y en esto, cuando se veía solamente el casco y el cuello de mi hermano, el metal golpeó en un tubo, volvió a golpear, insistió, el de la pescadería retrocedió un paso y avisó
Cuidado
con un grito del que se difundía un aroma de calamares y cangrejos, los espectadores de las ventanas quedaron suspendidos, la piedra del uréter se me disolvió en la sangre, imploré
Domingos
en busca de las pastillas, no sé si para mí si para él, cuando el tubo se rompió y un chisguete de excrementos, de detritos y de orina subió desde los intestinos de la calle, salpicando los tejados, las chimeneas, los balcones, las dalias de las casas, y expandiéndose por la Quinta do Jacinto con una descarga de lava que empujó hacia el Tajo la furgoneta del carnicero, la hormigonera de una obra, las sillas del café, mientras mi hermano continuaba desapareciendo Alcântara abajo en la dirección de las vagonetas de la mina que sólo él oía y del obrero herido que inventaran los alumnos de la escuela.
(...)
Pida turno para dentro de tres meses, Doña Orquídea, los riñones funcionan de maravilla, lo peor que puede ocurrir es orinar una piedrecita, y no se aflija por su hermano que una esposa que contase fragatas sería lo que me convendría, la que vive conmigo en Miraflores me calienta la cabeza todo el tiempo de tal manera que quien se queda viendo barcos soy yo,
de forma que salí de la Caixa más sosegada, compré en la farmacia mis ampollas y las pastillas contra los pájaros, que tenían un prospecto tan largo y me costaron tan caras que sin duda debían ser buenas, y al llegar a la Quinta do Jacinto, con el paraguas abierto no fuese que se echase a llover, me topé con mi hermano, con linterna en la frente, escardando el empedrado frente a la casa, dando órdenes a negros invisibles y previniéndome de lejos, a gritos,
Hasta que no baje a trescientos metros no me quedo en paz, hermanita, ¿no oyes las vagonetas abajo?
(...)
Mi hermano insiste en que vuela en Alcântara como volaba en África, en la mina de Johannesburgo, y el médico de la Caixa, cuando lo consulté por los riñones y le planteé el problema,
Es un incordio, señor doctor, a veces agarra una pala queriendo agujerear la alfombra de la sala y meterse tierra adentro como un topo,
me dijo posando el martillito para dar golpes en las rodillas y el estetoscopio para oír las lágrimas del corazón,
No se preocupe, Doña Orquídea, es la arteriosclerosis la que lo tiene mal, creerse pájaro es lo de menos, ¿se le ha pasado por la cabeza el batiburrillo que se armaría si se creyese hipopótamo, siempre en la bañera, tragando manojos de nabizas?,
y yo preocupada por la casa, que la jubilación no da para alfombras
(...)
Nunca más volé bajo tierra porque conocí a tu madre un domingo, en noviembre, en un velatorio de pobres, bebiendo martini en torno a un cajón en una casucha de la isla, el fallecido con las manos en la tripa y una rosa entre los dedos y todos alrededor, ahogados en franelas, pasándonos el gollete y conversando, mirando, por la puerta abierta, los baobab que nacían del reflujo y las flores que las olas descubrían y ocultaban, goteando rocío de los tallos. Me casé una semana después con la hija del cadáver, la cual pasaba todo el tiempo, en la ventana, contemplando las traineras y los cargueros del Indico, y la ballena descarriada que diera con la costa, por un error de acimut, y se transformaba en una construcción de dientes y de huesos.
(...)
No me preguntó por ti, no me preguntó por mí, no protestó por nada, no habló, no desvió siquiera la vista cuando me puse delante de ella y, ahora que soy viejo y la muerte ya me hace encaje en la columna y me endurece las arterias, lo que me viene a la cabeza, si surge pensar en ella, es que cada uno vuela como puede, muchacha, cada uno vuela realmente como puede, yo bajo la tierra, en Johannesburgo, empujando vagonetas por las galerías, tu madre en el asilo de los locos, horadando los muros con los ojos para alcanzar las traineras, tú en la nube de alhelíes de tu enfermedad, y el tonto que vive con nosotros, en la parte trasera del huerto, desordenando las coles con la puntera y olisqueando la noche con la sonrisa idiota de costumbre.
(...)
Están los que vuelan por el aire y los que vuelan bajo la tierra sin estar muertos todavía y yo pertenezco a estos últimos, hija, de modo que volaba a trescientos metros de profundidad, con una linterna en la frente, en los túneles de la mina de Johannesburgo, en medio de los negros, empujando vagonetas con mineral a lo largo de paredes que sudaban, y a veces, durante la comida, masticando conservas sentado en un carril, escuchaba flotar a los difuntos, con sus trajes de boda y sus flores tristísimas, muy encima de mí, casi pegados al sol, sólo separados del día por sus lápidas y cruces de piedra, los finados que no se atrevían a bajar tan lejos como nosotros ni a subir con nosotros en el ascensor que al final del trabajo nos dejaba, pico en mano, en la superficie, y tosíamos en el pañuelo, arrancábamos el elástico de las gafas de la nuca, y veíamos de repente, en lugar de las lámparas, de las cavernas de sombras y de los brotes de humedad de los pasillos de la mina, los árboles y las casas, con un cuarto y una ducha, del barrio que nos daban para dormir, con callejuelas recorridas por un tropel de perros.
Fue en Johannesburgo, cuando volaba bajo la tierra junto con un enjambre de negros, cada cual con su pico y su bombilla en el casco, donde primero me asombré de que los cadáveres no aprovechasen el ascensor de la mina para regresar, con nardos en los brazos y vestidos nupciales, a la ciudad donde nacieron, y entrar por la puerta de la cocina a destapar los cazos de la cena. Fue en Johannesburgo donde me sorprendí de que no quisiesen volver a dormir en las camas sin hacer, que no quisiesen reanudar su trabajo en las fábricas de cerámica o de cerveza, zarandeando las ropas de matrimonio en medio de compañeros que no reparaban en su sonrisa, hasta que entendí, hija, el recelo de los difuntos de que la familia, ya instalada en su ausencia, en su añoranza, en el alivio del término de su enfermedad, no los recibiese ahora que repartió los muebles y el dinero, que violó la intimidad de las cartas, el recelo de que la familia se negase a recibir la censura de su silencio, y tal vez sea por eso, por esa especie de pudor, por lo que tu madre no viaja desde su terruño de Lourenço Marques hacia aquí, junto a tu tía, y junto a mí, y junto al imbécil que nos paga los comestibles, que nos paga el alquiler, para ver las cacerolas estremecerse en sus clavos, arrancadas por los trenes de Alcântara
(...)
Entre nosotros, mi amor, confieso que volví a Caparica dos o tres veces más, con mi ropa y mi pañuelo, y que resbalé de nuevo, por la arena, estorbado por las lengüetas de los zapatos de charol. No te encontré nunca. Tampoco esperaba encontrarte, y en el fondo de mi alma ni siquiera lo deseaba. Sólo quería volver a visitar las olas que abandonan en el margen las calles, las tiendas de comestibles, las estatuas, las procesiones de las que nuestro País está hecho. Quería ver a mi tierra nacer del reflujo con sus mujeres resignadas y sus gallos lejanos, sus vagones de inmigrantes y los hilos de oro de su cuello moreno. Quería oír las voces que nos surgen del mar, junto con las nubes, las higueras, los gorriones, los abetos y las acacias que derraman polen sobre la playa y hacen brotar los barcos y el misterio de la sangre en las mínimas vetas del mármol. Quería ver a mis padres. Palabra de honor que quería ver a mis padres pues es ahora, en que la vesícula me falla, cuando siento su falta, Iolanda, aquí acostado a tu vera, sin atreverme a tocarte, querría sentirlos junto a mí borrando mi aflicción con la serenidad de los adultos, hasta dormirme protegido por sus siluetas que allí estarían por la mañana, sonriéndome desde la familiar y dulce proximidad de la ternura.
(...)
Di, ¿cuánto es lo que te hace falta?
y a mí, amigo escritor, lo que me vino enseguida a la cabeza fue la Vivienda Gomes al lado de la Vivienda Nuestro Hogar y de la Vivienda Antunes, fue mi hermano tomando pastillas para el dolor de estómago en la cocina, fue la miseria de su vida al fin y al cabo idéntica a la mía, de modo, muchacho, que una solidaridad emocionada me ablandó el alma y me incliné, conmovido, para susurrarle con afecto, con amistad, con ternura,
La verdad es que no había pensado en eso, Augusto, pero ya que has hablado del asunto entrégame el dinero que tienes en la caja.
(...)
El pasado me surge tan claro que no necesito cerrar los ojos para ver de nuevo al Señor Fernando que baja las escaleras con la zorra por la cola, seguido por su grupo de patriotas con fusil, a mis tías que fallecieron hace mucho tiempo de males indescifrables, la casa devastada, sin luz, con agua cayendo por las cortinas, con agujeros de bala en la pared, que dio lugar a un salón de belleza o a una carnicería, y el gramófono tan real que supongo siempre que lo oyes si te callas de golpe, con la cuchara suspendida sobre la sopa, como un flamenco, el gramófono que recomienza el himno con una pompa de cornetas, esparciendo ondas de música sobre las cómodas rotas.
(...)
Se ha olvidado de la cartera, ¿eh?
Los diabéticos entraban a la finca de la Asociación apretada entre edificios en obras, una mujer con bata y toca acechó por una ventana, y yo, comprobando de nuevo el contenido de los bolsillos, imaginaba despachos llenos de talonarios de recetas, de instrumentos quirúrgicos y de escritorios de desechos, salas de espera repletas de gente con el aviso No fumar pegado con papel celo a una pizarra de corcho, microscopios, cobayas, espitas de Bunsen, y, presente en todas partes, en los consultorios médicos, en la sala de espera, en el laboratorio, en el pasillo y sobre todo en los retretes, el perfume a crisantemos de la diabetes que se insinuaba en la estructura de piedras y arena a través de las imperfecciones del revoque. Y me vino a la cabeza que hay momentos, mi amor, cuando no estoy contigo, en el trabajo, durante la comida, en el vestíbulo de la empresa, en las fotocopias que sello, en el autobús hacia casa, en los que encuentro en mi cuerpo, en mis ropas, en mi aliento, el olor a crisantemos que desprendes, de tal modo que me siento tan cerca de ti como si te habitase, como si fueses, como tanto deseo, mi único alimento, mi País, mi ciudad, mi hogar, como si tu sangre iluminase mi voz y yo caminase, en la Quinta do Jacinto, guiado por el incienso de tus ojos, al encuentro de un pecho joven que me espera. El chófer se estiró con una sonrisa interminable:
Seguro que tampoco ha traído ningún documento de identidad, ¿no?
(...)
pensando en qué puede haber de interesante en la falta de dinero e interrogándome acerca del motivo que te llevó a elegir a esas personas amargas, llenas de miedo y del rencor de los infelices, entre la multitud de millares de criaturas amargas que viven en esta ciudad de mierda, en la cual el sol pone lentejuelas a la desgracia de un manto de luz.
(...)
Yo sé que es usted quien paga, discúlpeme por recordar, ya vamos, ya le hablo de su hombre, si piensa que desde nuestra comida me he ocupado de otro asunto se equivoca, ¿por casualidad se ha encontrado algún folleto del curso de hipnotismo en su buzón, mezclado con la cuenta del gas, la desvergüenza de la propaganda de los partidos y la carta de un primo emigrado a Luxemburgo quejándose de la tiranía del patrón? Claro que no lo ha recibido, amigo escritor, es imposible que lo haya recibido porque no le he mandado nada a nadie, lo que prueba, si mi palabra no basta, que hasta a las obligaciones de profesor estoy faltando desde que me comprometí con usted, ni al apartado voy a buscar las dudas y los ejercicios escritos de los alumnos, y ahora, imagínese qué responsabilidad, suponga que un estudiante insensato pone a su madre a flotar en la sala y no consigue bajarla, la señora, hecha una furia, intentará enganchar las consolas con el bastón del paraguas, exigirá que la familia la ponga en el suelo y nada, el hijo subirá a una escalera para darle la comida, una nuera perversa abrirá las puertas del balcón con la esperanza de que la vieja se esfume, protestará y llamará a la Policía
(...)
cualquier tarea, amigo, que me salvase de las tinieblas y de sus misterios, que desde la infancia me oprimen y me ahogan. Por consiguiente, con el correr de los años, fui aprendiendo a dormir durante el día, con los estores subidos para ahuyentar la penumbra, con las tórtolas de la Praça da Alegría que entraban en mi cuarto y se posaban en la cómoda y en los boliches de la cama, y acabo despertando, con un dolor de cabeza que me mata, con el excremento de las aves en la tarima y una última pluma sobre mis labios, a la espera de que yo deje de respirar para morírseme en la boca.
(...)
Es como una película, y sacó una botellita de debajo de la cama para emocionarse mejor, el alcohol ayuda a las lágrimas, me ofreció un traguito de una cosa que ardía y me pasé media hora llorando y se asustaron las tórtolas hasta que la ventana se vació de bichos y surgieron los tejados y los canalones de la Praça da Alegria, hasta creí ver a un primo mío, que se interesa por la levitación, flotando en el Príncipe Real y no obstante fue sólo una nubecita, la mulata, preocupada, me sacudía palmadas en el lomo diciendo Vamos Señor Portas, vamos Señor Portas, con un ojo en mí y el segundo en el techo con una indiferencia extraña, llegó a querer levantarse para llamar a sus amigas pero yo le hice un gesto de que no era preciso, Quédate ahí, pequeña, adonde vas, y ella siguió con sus sacudidas y bebiendo de la botellita para calmarse, de modo que pasada una eternidad, apenas los sollozos acabaron y conseguí respirar normalmente, Lucília, a fuerza de chupar del gollete, no sólo no decía nada con sentido sino que se puso a cantar una música francesa, con tales gritos que el chulo negro, alarmado, echó abajo la puerta seguido de cuatro o cinco compinches de pelo crespo, tenis y camisa estampada, centelleantes de anillos y pulseras de latón, con aspecto, se adivinaba en el polvo de los pantalones, de trabajar en la construcción, de forma que me abroché el cuello de la camisa, me arreglé el nudo de la corbata, solté un sollozo final que me trajo el recuerdo del alcohol a la lengua, y caminé hacia la salida con la dignidad que pude, alejándome lo más posible de los caboverdianos que me miraban arrimados a la pared, sin abrir la boca
(...)
Es que mucho antes de que tú nacieras, Iolanda, en una ciudad de boas, misioneros y negros, Lisboa era un tiovivo de milicianos orgullosos e inútiles, de multitudes de canónigos y de albañiles que se consumían en los fuertes del Estado, mientras que a mí, con ros y pantalones cortos, me iniciaban en los rudimentos marciales en el recreo de la escuela. Lisboa, mi amor, eran misas radiofónicas, altarcitos de san António, mendigos y gaitas de labios de ciegos en las esquinas, porque nunca he encontrado tantos ciegos como en esa época penosa, ciegos pegados a los edificios, ciegos con acordeón a cuestas tanteando por las aceras, ciegos trágicos a la salida de misa, ciegos fadistas acompañados por tunantes con patillas que recibían las limosnas, ciegos amenazadores que vendían bagatelas en el atrio, ciegos orgullosos, de mentón altivo, en los cruces de las calles, mujeres ciegas, con hijos ciegos que no lloraban nunca en brazos, ciegos borrachos haciendo eses entre los ramos santos de las tabernas, ciegos que se suspendían en el aire, como ángeles, pordioseros y gitanos en carretas gastadas por los mil caminos del mundo, en busca de un solar para la tienda, pero principalmente ciegos fijándose en la nada con la bruma de las pupilas, millares de ciegos ocupando los callejones, las travesías, las plazas, los patios de casitas bajas con talleres de zapateros y herradores, ciegos que bebían agua en la fuente de las mulas, ciegos conversando entre sí sobre su mundo de sombras, ciegos, pordioseros y gitanos en las quintas del Tojal, robando la miel de las abejas, legionarios ciegos y las damas de las pastelerías y policías de paisano y los bramidos de los guerreros del domingo, y yo preguntando a mi tía ¿Qué ha sido de mis padres?, y ella, sin interrumpir el ganchillo, torcía los ojos, ciegos que nos llamaban al portón o que vagaban por el césped, equivocados de casa, y en ese momento, querida,
ciegos
escuché por primera vez, haciendo vibrar las copas, las hojas de las plantas y el arbusto de mi sangre,
ciegos
un ruido de pasos en el piso de arriba.
(...)
La convivencia con lo sobrenatural me aterraba, y si me encontraba solo creía oír, a través del tabique que separaba las dos mitades del edificio, un olor demoníaco a azufre y los aplausos de una platea rendida a un truco cualquiera, cuyo secreto rozaba el borde escurridizo y peligroso del milagro o del pecado. De modo que me sentía más a gusto en el lado en el que la familia de mi madre vivía, salas y salas inmensas en una penumbra árida, pobladas por retratos de militares, grabados que representaban caballos al galope, y relojes de péndulo de cobre que tocaban a horas desiguales, como si el tiempo cojease de cansancio en las esferas trabajadas.
(...)
De modo que regresé al cine del Arco do Cego sintiéndome un hombre sin pasado, nacido cuarentón en un asiento de autobús, inventando para sí mismo la familia que nunca tuviera en una zona de la ciudad que jamás existió. Y así anoche, por ejemplo, al hablarte de mis tías, me vino a la cabeza la sensación ingrata de mentirte al crear enredos sin nexo a partir del vacío de parientes y de voces de mi vida pretérita. Y me abatí en la almohada con un vértigo de horror, avergonzado de mí, escuchando las frases que musitas en las sábanas cuando conversas con una realidad que no me pertenece.
(...)
a veces, cuando me sumerjo en el colchón, maldiciendo la historia que cuento, segundos antes de que la campanilla del reloj me llame a gritos para el empleo del Estado,
me ocurre que te odio
perdona
como se odian los vecinos de abajo, una pareja de jubilados que se insultan entre dientes en medio de un pandemónium de cacerolas y cacharros, y a quienes visité, un domingo después de comer, por orden de tu tía, tan solidaria con los demás, tan enemiga de mí, con la intención de desatascarles, con un alambre terminado en gancho, el retrete averiado de un apartamento donde sobraban cosas, con comadrejas disecadas en lo alto de las cómodas, y un canario que trinaba en su jaula delante de una hoja de lechuga.
(...)
explíqueme dónde vive el tipo y aquí este menda le descubre todo lo que quiera saber por un precio razonable, el curso de hipnotismo por correspondencia aguanta en el estante unos meses, quien quiera volar que espere que harto de miserias ya ando yo, pagaría la pensión con su parné y me sobraría dinero para media hora de olvido con una de las muchachas más tiernas del Residencial, una fea, una de las menos solicitadas, una sufrida, no para hacer el amor, que se joda el amor, la cuestión es que me hace tanta falta un pretexto para poder llorar, para apoyar mi angustia en el cuello de ella y llorar, para ausentarme del Forte de Caxias, del chirriar de los cerrojos y de los pasos de los soldados del otro lado de la puerta, ausentarme, amigo escritor, de los tanques de la Revolución, de las personas que me abofetean y de semanas y más semanas durmiendo en donde sea, vanos de escalera, camionetas de carga, bancos del Campo de Santana, escuchando a los escarabajos que rompen los huevos y los lamentos de los cisnes como niños con fiebre, me das algo de pasta y yo te traigo la biografía de ese tío
(...)
aquel sujeto, de quien los demás se apartan con miedo, amigo escritor, fíjese en el bigote a lo Clark Gable, que ahora se ve perfectamente en la tercera mesa, fue quien me llevó a trabajar a la Policía Política unos meses después de la guerra, había fallecido mi tío hacía poco de un vómito de sangre, y yo había quedado libre de la Tropa por causa del defecto de esta mano y vivía solo en la casa de la espiritista aturdido por el zumbido de los espectros. Ya no es el gran Fausto Júnior quien conversa con el del bigote, mire ahora, soy yo, el campeón de las tres bandas se ha instalado en su silla a estudiar con desdén el baile de los jugadores, he cambiado un poco, he ganado estómago, he ganado papada, y no obstante se reconoce enseguida que soy yo, yo tranquilo, yo atento, yo callado, yo apoyado en el taco, junto al marcador, rascándome la pierna con el tobillo de la otra y mordiéndome los labios mientras el del bigote, con la palma en mi hombro primero y alrededor de mi cuello después, me habla al oído acerca de la necesidad de defender a la Patria, has oído, de defender a los portugueses, has oído, de defenderme a mí mismo, contra las invasiones rusas y los tanques que avanzaban con el propósito de destruir Odemira, de arrasar los pinitos nórdicos de la plaza, de obligar a toda la gente a ir en tractor, labrando piedras por los campos, conducidos por traidores pagados en rublos que conspiraban ya, con los colmillos en punta como los de los vampiros, en sótanos poblados de ratones, de vodka, de ametralladoras, de listas de condenados a muerte entre los cuales yo figuraba, y de panfletos que anunciaban el funeral de Dios.
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Marvila pero en la parte baja, amigo escritor, nada de mezclas, carriles de tranvía, muros, huertezuelas, vejetes jugando a la brisca en la acera, mi tío, lleno de vino, riñendo con su propia sombra, saltando, remolineando para huir de ella, pisoteándola con los zapatos, pidiéndole Suéltame, o si no tumbado en el suelo, recociendo vapores, mientras yo trabajaba de dependiente en una pasamanería y el viudo, señor, se me quedaba con el sueldo entero y empeñaba los muebles que sobraban para las timbas de la lechería, unos trastos desparejados, unas mesas de desecho, unas sillas sin asiento que él tiraba a patadas por las escaleras, mi tío, cuya esposa consagrara la existencia al espiritismo, y, finada de una dolencia mística transmitida por el contagio de un ángel, rondaba por la casa estremeciendo las teteras con la ansiedad del aliento.
(...)
Ni siquiera son honorarios, señor, faltaba más, es un préstamo, me deja su vivienda y si yo consigo colocación le devuelvo la pasta enseguida, ando con ganas de montar un curso de hipnotismo por correspondencia, sólo me falta el capital para las lecciones impresas porque los grabados son caros, las personas mandan el dinero y yo les mando las clases y después que se entretengan por la noche, con turbante y un rubí en la frente, aplicando pases magnéticos y dando órdenes a la familia, Despierta, con un poco de suerte salen volando por el balcón, imagine decenas y más decenas de criaturas revoloteando por ahí, y los maridos gritándoles, desesperados, Ven aquí Alice, a medida que las esposas se alejan en dirección a España como los patos en el otoño, y yo, cada vez con más aprendices, instalo sucursales en Covilha y en Avintes, por ejemplo, Viseu entera alzándose del suelo y navegando hacia Marruecos, suponga Portalegre o las Caldas da Rainha yendo de bolina en dirección a Londres, el hipnotismo es el transporte del futuro, amigo escritor, y después a todos nos gusta encontrar prospectos en el buzón, abrir un sobre y dar con un señor de chaqueta que apunta el índice severo y pregunta con indignación ¿QUÉ ES LO QUE ESPERA PARA SER FELIZ? GRACIAS AL CURSO DE HIPNOTISMO DEL PROFESOR KEOPS ME HE CONVERTIDO EN UN HOMBRE DE ÉXITO
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Palabra de honor que no sé nada, qué manía la suya, es decir, espere, no se vaya, siempre puede ser que me acuerde de alguna cosita si el amigo escritor trae una ayuda para el alquiler del cuarto, un cuchitril piojoso, caro como todo, en un Residencial de muchachas de la Praça da Alegria donde no me dejan dormir con los bofetones de los chulos y las carcajadas de los juerguistas, y esto, señor, hasta las cinco y seis de la madrugada cuando los árboles comienzan a desenmarañarse y los palomos bajan de la Máe de Agua a disputar, en los arriates, las últimas sobras al hastío de los mendigos. De día veo a los palomos de la ventana, palomos, desocupados y paralíticos que rehogan las miserias al sol, y de noche asisto a las fatigas de las muchachas, pobrecitas, de un lado para otro allí abajo en la Avenida, entre dos infecciones en los ovarios y un aborto en la partera de Loures, en un sótano, oliendo a pescado asado, con estampitas de santas y una vieja que gime en un rincón. ¿El amigo escritor no lo cree?
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Bajo el estor al mismo tiempo que el tren se acerca y los carteles publicitarios, los bojes, los velones y las farolas del río comienzan a vibrar y el cuarto se adelgaza sobre oscuridades sin esperanza, alcanzo la cama, a pasos cautelosos, para no golpearme con el borde de un mueble, y al acostarme a tu lado el respaldo se desajusta, el colchón se ablanda y tu cuerpo suspira con arrullos de cedro. Es el momento, Iolanda, en que me permito decir que te quiero, en que me atrevo a acariciar el arco de un hombro, en que avanzo la boca a fin de sentir en el ápice de la lengua el gusto de pluma de tus pelos. El comprimido de válium me enlerdó los gestos y me empañó las ideas sin paralizarme la memoria, es abril, y estoy inclinándome hacia ti en la pastelería donde te encontré por primera vez, con dos compañeras todo risitas y cuchicheos, masticando chicles frente a batidos de fresa, y pregunté si no te importaba que me sentase a tu mesa con la infusión de limón de los constipados. Y allí me quedé una hora, perturbado y ansioso, mientras vosotras os mostrabais fotografías de actores, discutíais de novios y esmaltes para las uñas, y protestabais contra el examen de Filosofía de la víspera, interesadísimas por un hombre moreno, con mechones rizados, bigote y zapatos puntiagudos, que bebía un café en la barra hojeando un periódico deportivo.</
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El cabo señaló a mi madrina con el meñique, y el doctor, con entrecejo competente, se acuclilló para examinarla, ordenando
Tosa
y sacando de la gabardina un estetoscopio cuyos tubos no terminaban nunca, doblados y vueltos a doblar en el bolsillo infinito.
Como no tose quizás está muerta
concluyó él con una voz empañada, a medida que el temporal le desparramaba las sílabas como soplaba las hojas de la acacia del huerto, reducida a una osamenta de costillas fracturadas por el agua, por el viento y por los palomos que se crucificaban en las ramas. La cocinera se rascaba el párpado con la punta del delantal, el cabo se cuadró en señal de respeto. El soldado, pegado a la pared, desorbitaba hacia la difunta la dentadura postiza: él y yo debíamos de ser los únicos en la pensión que nunca habían visto un cadáver, y el segundo que pude observar, transcurridos muchos años, fue el de un guardagujas que se abrazó al tren en el que yo viajaba de servicio, con un compañero, en el ramal de la Beira Baixa. Me acuerdo, mi amor, del suicida en el cascajo de las traviesas y de mi asombro por su rostro intacto y la paz y compostura de las facciones: supongo que fue a partir de esa fecha cuando dejé de tener miedo a las gripes.
(...)
En la pensión donde viví, querida, antes de conocer a la familia de mi madre, no había gatos: era demasiado húmeda, demasiado ventosa, demasiado gris, y en el breve huerto del fondo, con su neblina, sus soportes de cañas y sus lechuzas airadas, las olas que partían y llegaban se abatían en las habitaciones en medio de un torbellino de espuma. De forma que los gatos, a pesar de los esfuerzos de la cocinera para seducirlos con escudillas de congrio, desaparecían entre los eucaliptos alarmados por el desorden del mar y por los cadáveres de marinos agarrados a pedazos de timón, que nos fijaban la vista desde los armarios entre cajas de sombreros.
No había gatos pero teníamos un cuervo de alas recortadas y bamboleo de grumete, el cual lanzaba avisos de latitudes a los de la secreta, alborotados por el pavor de una maniobra errada que lanzase el hotel contra los peñascos y abriese un hueco sin remedio por debajo de los balcones. Por la mañana temprano el cuervo cojeaba en el puente de mando de la planta baja, comprobando la exactitud de la ruta y la inexistencia de acorazados enemigos, y fue él quien gritó
Todo a babor, desamarra las lanchas
en el momento en que, al inspeccionar el camarote del vestíbulo, dio con mi madrina de bruces en la tarima, sujetando la aguja de ganchillo.
Claro que oí el grito del comodoro, Iolanda, pero fue en el interior de mi sueño, como si formase parte de una historia en la que un rebaño de ninfas me perseguía por las veredas del huerto (las diosas regordetas, rosadas, con túnica, de las pequeñas oleografías del pasillo, entrelazándose en un bosque y en un arroyo), y, aun cuando la cocinera fue a llamarme a la cama, su voz, semejante al principio al chasquido de los arbustos, tardó en volverse real mediante metamorfosis que mi tronco parecía acompañar, alargándose y reduciéndose con un murmurar de vértebras.
El orden natural de las cosas - Antonio Lobo Antunes
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