»Ha desembarcado —dijo en voz alta—. Se acabó. —Entonces, levantándose, resoplando ligeramente, el anciano señor Carmichael se colocó a su lado, con el aspecto de un viejo dios pagano, desgreñado, con algas en el pelo y el tridente (era sólo una novela francesa) en la mano. Se colocó a su lado en el límite del césped, agitando un poco todo su corpachón, y dijo, protegiéndose los ojos con la mano: «Habrán desembarcado ya», y Lily comprobó que no estaba equivocada. No había sido necesario que hablaran. Habían estado pensando las mismas cosas y él le había contestado sin que ella le preguntase nada. El señor Carmichael se quedó allí, abarcando con los brazos abiertos todas las debilidades y los sufrimientos de la humanidad; le pareció que estaba examinando con tolerancia, compasivamente, su destino último. Y ahora lo ha rematado con gran esplendor, pensó, cuando sus manos descendieron lentamente, como si le hubiera visto dejar caer, desde su gran altura, una guirnalda de violetas y asfódelos que, aleteando lentamente, terminaba por posarse en el suelo.
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Luego se puso el sombrero.
—Recoged esos paquetes —dijo, señalando con la cabeza las cosas que Nancy había preparado para llevar al faro—. Los paquetes para los fareros —dijo. Se puso en pie y se situó en la proa, muy erguido y de aventajada estatura, exactamente, pensó James, como si estuviera diciendo «No hay Dios», mientras Cam, por su parte, pensó: Como si fuera a lanzarse al espacio; y los dos se pusieron en pie para seguirlo cuando saltó, con la ligereza de un joven, el paquete en la mano, sobre la roca.
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A continuación encendió la pipa, sacó el reloj y lo estuvo examinando atentamente, tal vez hizo algún cálculo matemático. Finalmente, exclamó, con tono triunfal:
—¡Muy bien! —James había guiado el barquito como un verdadero marino.
¡Vaya!, pensó Cam, dirigiéndose en silencio a James. Por fin lo has conseguido. Porque sabía que aquello era lo que James había estado deseando, y también que ahora que ya lo tenía estaba tan satisfecho que no quería mirarlos ni a ella, ni a su padre, ni a nadie. Allí estaba, con la mano en el timón, completamente rígido, con aspecto más bien malhumorado y el ceño levemente fruncido. Se sentía tan feliz que no iba a permitir que nadie le arrebatara ni un ápice de felicidad. Su padre lo había elogiado. Los demás tenían que creer en su completa indiferencia. Pero ya lo has conseguido, pensó Cam.
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Era así como se escapaba, pensó Cam. Sí, con su amplia frente y su nariz majestuosa, sosteniendo con firmeza el librito de cubierta moteada, se escapaba. Se podía intentar atraparlo, pero, al igual que un pájaro, extendía las alas y flotaba hasta situarse donde ya no era posible alcanzarlo, en algún tocón abandonado. Contempló la inmensidad del mar. La isla se había empequeñecido tanto que ya casi había dejado de tener forma de hoja. Daba la sensación de ser la parte alta de una roca que alguna ola de grandes dimensiones terminaría por cubrir. Y, sin embargo, dentro de su fragilidad se encontraban todos aquellos senderos, terrazas, dormitorios; todas aquellas cosas innumerables. Pero, al igual que antes de hundirnos en el sueño la realidad se simplifica, de manera que, entre una multitud de detalles, sólo uno tiene capacidad para imponerse, del mismo modo, le pareció, mirando, soñolienta, hacia la isla, todos aquellos senderos y terrazas y dormitorios se desvanecían y desaparecían, y no quedaba más que un pálido incensario azul balanceándose rítmicamente en el interior de su mente. Era un jardín colgante; era un valle lleno de pájaros y de flores y de antílopes… Se estaba durmiendo.
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El señor Ramsay estaba concluyendo su lectura. Dispuesta a pasar velozmente la página, una mano se cernía sobre el libro. Con la cabeza descubierta y el viento revolviéndole el cabello, el señor Ramsay parecía muy viejo y extraordinariamente a merced de los elementos. Parecía, pensó James —que unas veces dirigía el bote hacia el faro y otras hacia el mar abierto—, una piedra muy gastada descansando sobre la arena, como si, de pronto, encarnara la idea que siempre había estado presente en la mente de los dos; como si diese forma a la soledad que era, para uno y otro, la verdad más profunda.
Leía muy deprisa, como impaciente para acabar. De hecho estaban ya muy cerca del faro, que se alzaba ante ellos, solitario y erguido, deslumbrante de blancor y negrura, mientras las olas se quebraban en fragmentos blancos, como cristal estallado sobre las rocas
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Charles se había hecho cargo de la educación de su hermana pequeña, le había dicho a Lily la señora Ramsay. Era un gesto magnífico. Su idea de él, Lily se daba cuenta perfectamente, mientras agitaba los llantenes con el pincel, era grotesca. La mitad de las ideas sobre los demás eran, a decir verdad, grotescas, y servían a los fines particulares de cada uno. A ella Charles Tansley le servía de chivo expiatorio. Se descubría flagelándole los flacos costillares cuando estaba de mal humor. Si quería tomárselo en serio tenía que echar mano a las máximas de la señora Ramsay, tenía que verlo a través de sus ojos.
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La vida no estaba vacía, sino llena hasta rebosar. Lily tenía la sensación de estar sumergida hasta la altura de los labios en alguna sustancia, de moverse y de flotar y de hundirse en ella, sí, porque aquellas aguas eran insondablemente profundas. ¡Cuántas vidas se les habían arrojado! Las de los Ramsay; las de sus hijos, y además toda clase de seres abandonados y desamparados. Una lavandera con su cesto; un grajo; un tritoma escarlata; los morados y grises verdosos de las flores: algún sentimiento común que lo mantenía todo unido.
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Todo estaba de acuerdo con aquel silencio, con aquel vacío y con la irrealidad de aquella hora tan temprana. Era una manera que tenían las cosas de comportarse a veces, pensó, deteniéndose unos instantes a contemplar las largas ventanas resplandecientes y el penacho de humo azul: se volvían irreales. Por eso, cuando se regresaba de un viaje, o después de una enfermedad, antes de que los hábitos volvieran a abrirse camino hacia la superficie, se sentía esa misma irrealidad, que resultaba tan desconcertante; se intuía la aparición de algo. La vida era más intensa en aquellos momentos. Uno se sentía más cómodo
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Finalmente dejó de pensar; siguió sentado al sol con la mano en el timón, mirando el faro, incapaz de moverse, incapaz de quitarse de encima las partículas de dolor que, una tras otra, se acumulaban en su espíritu. Se diría que una cuerda lo retenía allí, una cuerda atada por su padre, de la que sólo podría escapar empuñando un cuchillo y hundiéndolo… Pero en aquel momento la vela giró lentamente, se tensó lentamente, el barquito pareció sacudirse, luego se puso en movimiento todavía medio dormido y por fin se despertó y echó a correr entre las olas. El alivio fue extraordinario. Todos parecieron alejarse de nuevo unos de otros y sentirse a gusto; los sedales se tensaron por encima de la borda. Pero el señor Ramsay no se inmutó. Se limitó a alzar misteriosamente la mano derecha y a dejarla caer sobre la rodilla como si estuviera dirigiendo alguna secreta sinfonía.
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¿Cuál era, por tanto, la razón de aquel terror, de aquel odio? Volviendo entre las muchas hojas que el pasado había plegado en él, escrutando el corazón del bosque donde luz y sombra se entrecruzan tanto que todas las formas se confunden y uno se equivoca, ya sea porque tiene el sol en los ojos, o porque entra en una zona oscura, James buscó una imagen para serenar y separar y rematar sus sentimientos dándoles una forma concreta.
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¿Qué era entonces lo que le sucedía? ¿Qué significaba? ¿Era posible que las cosas alzaran la mano y nos agarraran? ¿Podía la hoja de la espada cortar y podía el puño apoderarse de su objeto? ¿No se estaba nunca a salvo? ¿No era posible aprenderse de corrido los usos del mundo? ¿No había ni guía ni refugio, sino únicamente milagros, y siempre se saltaba desde lo más alto de una torre? ¿Podía ser que fuera aquello la vida, incluso para personas de edad avanzada? ¿La sorpresa, lo inesperado, lo desconocido? Por un instante pensó que si los dos se levantaban, allí, en aquel momento, en el césped, y exigían una explicación, si preguntaban por qué era tan breve, por qué tan inexplicable, y lo decían con violencia, como podrían hacerlo dos seres humanos plenamente formados, a los que no hay razón para ocultar nada, quizá, entonces, tal vez se presentara la belleza; tal vez se llenara el espacio; tal vez aquellos vanos arabescos adquirieran forma; si gritaban con la necesaria intensidad, tal vez regresara la señora Ramsay. «¡Señora Ramsay!», dijo en voz alta, «¡señora Ramsay!». Las lágrimas le corrían por las mejillas.
...
—¡Señora Ramsay! —gritó Lily—, ¡señora Ramsay! —pero no sucedió nada. Aumentó el dolor. ¡Que el sufrimiento pueda llevarnos a tales extremos de necedad!, pensó. En cualquier caso el señor Carmichael no la había oído. Seguía teniendo el mismo aspecto benévolo y tranquilo y, si se prefería verlo así, incluso sublime. Gracias a Dios, ¡nadie había oído su grito, aquel grito ignominioso, detente dolor, detente! Estaba claro que no había perdido del todo la cabeza. Nadie la había visto cruzar la estrecha tabla que la separaba de la aniquilación. Seguía siendo una minúscula solterona, de pie sobre el césped, con un pincel en la mano.
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«¿Qué es lo que significa? ¿Cómo explica usted todo eso?», quería preguntar, volviéndose de nuevo hacia el señor Carmichael. Porque, en aquella temprana hora de la mañana, se tenía la impresión de que el mundo entero se había disuelto en un charco de pensamiento, en un hondo receptáculo de realidad, y casi era posible imaginar que si el señor Carmichael hubiera hablado, una lagrimita habría rasgado la superficie del charco. ¿Y luego? Algo surgiría. Quizá se alzara una mano, quizá brillara la hoja de una espada. Absurdo, por supuesto.
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Pero los muertos, pensó Lily, al encontrar algún obstáculo en el dibujo que le obligó a hacer una pausa y meditar, retrocediendo uno o dos pasos. ¡Ah, los muertos!, murmuró; se los compadece, se los aparta, se los mira incluso con un poquito de desprecio. Están a nuestra merced. La señora Ramsay se ha desvanecido, ya no existe, pensó. Podemos hacer caso omiso de sus deseos, prescindir de sus ideas limitadas y pasadas de moda. Se aleja cada vez más de nosotros. Y a Lily, burlona, le pareció verla al fondo del corredor de los años, diciendo, entre todas sus posibles incongruencias: «¡Casaos, casaos!»
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Aquel momento, al menos, parecía extraordinariamente fecundo. Lily hizo un agujero en la arena y luego lo tapó, enterrando en él de manera simbólica la perfección del momento. Era como una gota de plata con la que se mojaba, haciéndola luminosa, la oscuridad del pasado.
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Y, como a veces sucede cuando la sombra de una nube cae sobre la falda verde de una colina y desciende la melancolía y allí, entre todas las colinas que la rodean, se instalan la tristeza y el dolor y parece que las colinas mismas deberían meditar sobre el destino de la nublada, de la oscurecida, ya sea para compadecerla o para alegrarse maliciosamente por su desaliento, así Cam se sintió oscurecida en aquel momento, mientras seguía sentada entre aquellas personas tranquilas, decididas, y se preguntaba cómo responder a su padre acerca del perrito; cómo resistir su súplica: perdóname, quiéreme, mientras que James el legislador, con las tablas de la eterna sabiduría abiertas sobre la rodilla (su mano en el timón había adquirido para ella un significado simbólico), decía, «Resiste. Lucha contra él». Y lo decía con toda verdad y con toda justicia. Porque tenían que luchar contra la tiranía hasta la muerte, pensó. Cam reverenciaba la justicia por encima de todas las demás virtudes. Su hermano representaba la divinidad en lo que tiene de más austero; su padre, la súplica en lo que tiene de más patético. Y, ante quién ceder, se preguntó, sentada entre ellos, mirando hacia una orilla cuyos puntos cardinales desconocía, y pensando cómo ahora el césped y la terraza y la casa quedaban envueltos en la paz y la tranquilidad de la distancia.
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«Como una obra de arte», repitió, contemplando primero el lienzo, después los escalones de la sala de estar y otra vez el lienzo. Necesitaba descansar un momento. Y, mientras descansaba, al mirar distraídamente ambas cosas, la antigua pregunta que cruza por el cielo del alma perpetuamente, la pregunta amplia y general, con tendencia a hacerse más precisa en momentos como aquel, en los que Lily dejaba que sus facultades descansaran, se detenía sobre ella, hacía una pausa, se oscurecía sobre su cabeza. ¿Cuál es el significado de la vida? Eso era todo: una simple pregunta que tendía a hacerse más apremiante con el paso de los años. La gran revelación no se había producido. Quizá no se produjera nunca. Había, en cambio, iluminaciones, cerillas repentinamente encendidas en la oscuridad, pequeños milagros cotidianos; acababa de tropezarse con uno.
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Sospechaba que, a veces, marido y mujer hablaban precisamente de eso a altas horas de la noche; y a la mañana siguiente la señora Ramsay parecía cansada, y Lily se enfurecía con él por alguna absurda insignificancia. Pero ahora el señor Ramsay no tenía a nadie con quien hablar de la mesa, ni de sus botas, ni de sus nudos; y era como un león buscando alguien a quién devorar, y había en su rostro un toque de desesperación, de exageración, que la llenaba de alarma y le hacía recogerse la falda. Y luego, pensó, se producía aquella repentina revivificación, aquella repentina recuperación de vitalidad y de interés en las cosas ordinarias, que también había concluido y que se había transformado (porque el señor Ramsay cambiaba constantemente, sin ocultar nada) en aquella otra fase final que era nueva para ella y que le había hecho, lo reconocía, avergonzarse de su irritabilidad, porque se tenía la impresión de que el señor Ramsay había prescindido de preocupaciones y ambiciones, de la esperanza de ser compadecido y del deseo de recibir alabanzas, para penetrar en una nueva región, por lo que, a la cabeza de su pequeña comitiva, caminaba absorto en mudo coloquio consigo mismo o con otra persona, movido por algo, semejante a la curiosidad, que lo arrastraba lejos, más allá del horizonte cotidiano del común de los mortales. ¡Qué rostro tan extraordinario! La puerta de la verja se cerró de golpe.
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El señor Ramsay se echó una mochila a la espalda y repartió los paquetes, porque había varios, mal atados, envueltos en papel de estraza. Mandó a Cam en busca de una capa. Tenía todo el aspecto de un líder que se prepara para una expedición. Luego, dando media vuelta, abrió la marcha con su firme paso militar, con sus maravillosas botas y los paquetes envueltos en papel de estraza, camino adelante, seguido por sus hijos. Se diría, pensó Lily, que el destino los había elegido para alguna difícil empresa, y que iban a ella obedientes, aún lo bastante jóvenes para seguir sin protestar las huellas de su padre, pero con excesiva palidez en los ojos, prueba, pensó Lily, de que habían sufrido en silencio más de lo que les correspondía por su edad. Enseguida dejaron atrás el límite del césped, y a Lily le pareció que presenciaba el avance de una comitiva, animada por un impulso común que la convertía, pese a sus titubeos y a su flojera, en un grupito muy unido y extrañamente conmovedor. Cortésmente, pero de manera muy distante, el señor Ramsay alzó una mano e hizo un gesto de despedida.
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Pero ¿por qué repetirlo una y otra vez? ¿Por qué tratar siempre de provocar una emoción que no sentía? Había algo blasfemo en ello. Todo estaba seco, marchito, gastado. No deberían haberla invitado; no debería haber venido. No se puede malgastar el tiempo a los cuarenta y cuatro años, pensó. Aborrecía hacer como que pintaba. Un pincel, la única cosa segura en un mundo de conflictos, de ruina, de caos, era algo con lo que no se debía jugar, ni siquiera a sabiendas; lo detestaba. Pero él la obligaba. No tocarás el lienzo, parecía decir, dirigiéndose hacia ella, hasta que me hayas dado lo que quiero. Allí estaba de nuevo, muy cerca de ella, ávido, angustiado. Bien, pensó Lily, presa de la desesperación, dejando caer la mano derecha a lo largo del cuerpo, será más sencillo acabar de una vez. Echando mano de los recuerdos podría, sin duda, imitar el rubor, el entusiasmo, la rendición incondicional que había visto en el rostro de tantas mujeres (en el de la señora Ramsay, por ejemplo) cuando en ocasiones como aquella se lanzaban —recordaba perfectamente la expresión de la señora Ramsay— a un éxtasis de compasión, de placer por la recompensa que recibían y que, aunque el motivo se le escapaba, sin duda les proporcionaba la felicidad suprema de que es capaz la naturaleza humana. Allí estaba; ya se había detenido a su lado. Le daría lo que pudiera.
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Noche tras noche, en verano y en invierno, la agitación de las tempestades y la quietud del buen tiempo reinaron sin interferencia. Al detenerse a escuchar (si hubiese habido alguien para hacerlo) desde las habitaciones altas de la casa vacía, sólo se hubieran oído las sacudidas y los derrumbamientos de un caos gigantesco iluminado por los relámpagos, mientras vientos y olas se divertían como si fueran monstruos amorfos cuya frente no se deja atravesar por la luz de la razón, encaramándose unos encima de otros, atacando y zambulléndose en la oscuridad o con luz (porque la noche y el día, los meses y los años se confundían en una masa informe) en juegos sin sentido, hasta que se tenía la impresión de que el universo entero se peleaba consigo mismo en brutal confusión, en un estallido de apetitos incoherentes.
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¿Realizaba la naturaleza lo que el ser humano proponía? ¿Terminaba lo que él empezaba? Con la misma satisfacción veía su dolor, perdonaba su maldad y aceptaba su tortura. Aquel sueño, por tanto, de compartir, de completar, de encontrar una respuesta en la soledad de la playa, ¿era algo más que una imagen en un espejo y el espejo mismo algo más que la superficie vidriosa que se forma durante el reposo, cuando las facultades más nobles duermen debajo? Irritados, desesperados pero poco dispuestos a marcharse (porque la belleza ofrece sus atractivos, tiene sus consuelos), pasear por la playa se hizo imposible; la contemplación, insoportable; se había roto el espejo.
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Al acercarse el verano, al alargarse los días, se ofrecieron a los vigilantes, a los esperanzados, cuando paseaban por la playa, cuando agitaban la superficie de los charcos, las imágenes más extrañas: de carne convertida en átomos empujados por el viento, de estrellas que lanzaban destellos en su corazón, de acantilado, mar, nube y cielo reunidos a propósito para ensamblar en el exterior los trozos desperdigados de la visión interior. En aquellos espejos —las mentes de los hombres—, en aquellos charcos de agua inquieta, en los que eternamente se reflejaban las nubes cambiantes, en los que se formaban sombras y persistían los sueños, incapaces de resistir el extraño convencimiento —que gaviota, flor, árbol, hombre y mujer y la tierra misma parecían respaldar (aunque para desdecirse al instante si se les preguntaba)— de que el bien triunfa, la felicidad prevalece, el orden gobierna; o de resistir el poderoso estímulo que empuja a ir de aquí para allá en busca de algún bien absoluto, de una intensidad cristalina, sin relación con los placeres conocidos ni con las virtudes familiares, algo ajeno a los procesos de la vida doméstica, único, duro, resplandeciente, como un diamante en la arena, que dé seguridad a quien lo posea. Por añadidura, la primavera, dulce y complaciente, con sus abejas zumbadoras y sus mosquitos bailarines, se envolvió en su manto, cerró los ojos, apartó la cabeza y, entre sombras pasajeras y breves chaparrones, dio la impresión de haber hecho suyos los sufrimientos de la humanidad.
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Era como si, conmovida por la penitencia humana y por todos sus esfuerzos, la bondad divina hubiera descorrido la cortina para presentar tras ella, únicas, inconfundibles, la liebre erguida, la ola al romperse, la embarcación balanceante, realidades todas que, si las mereciéramos, serían nuestras para siempre. Pero, desgraciadamente, la bondad divina, tirando de la cuerda, cierra la cortina; la divinidad no está contenta; cubre sus tesoros con una lluvia de granizo, con lo que los destroza y los confunde hasta que parece imposible que puedan nunca recuperar su calma ni que podamos recomponer un todo perfecto ni leer en los fragmentos desperdigados las claras palabras de la verdad. Porque nuestra penitencia sólo merece una visión momentánea; nuestros esfuerzos tan sólo una tregua.
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Ni alabé de la rosa el rojo ardiente,
leyó, y al leer sintió que ascendía a lo más alto, a la cumbre. ¡Qué satisfactorio! ¡Qué descansado! Todas las pequeñeces del día quedaban atrapadas en aquel imán; sintió que tenía la cabeza barrida, limpia. Y entonces allí estaba, de pronto, plenamente formado en sus manos, hermoso y razonable, claro y completo, la esencia extraída de la vida y manifestada en su plenitud: el soneto.
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Ahora era necesario que todo diera un paso más. Todavía en el umbral, se detuvo un momento más en una escena que se desvanecía mientras ella la contemplaba, y que a continuación, cuando avanzó para coger a Minta del brazo, cambió, adquirió una forma diferente: ya se había convertido, lo sabía muy bien, dedicándole una última mirada por encima del hombro, en el pasado.
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Existía todo aquel acaparamiento detrás de aquellos rostros más bien quietos, impasibles, semejantes a máscaras, porque nunca se incorporaban con facilidad a la conversación; eran como vigilantes, como inspectores, un poco por encima o separados de las personas mayores. Pero aquella noche, cuando miró a Prue, vio que, en su caso, no era del todo cierto. Acababa de empezar, se movía, comenzaba a descender. Un mínimo de luz le iluminaba el rostro, como si el resplandor de Minta, sentada enfrente, cierta emoción, cierta esperanza de felicidad se reflejara en ella, como si el sol del amor entre hombres y mujeres se alzara sobre el borde del mantel y, sin saber lo que era, Prue se inclinara en su dirección, dándole la bienvenida.
(...)
No, Charles Tansley les pondría a los dos de inmediato en el buen camino en materia de libros, pero, desgraciadamente, todo estaba tan mezclado con ¿estoy diciendo lo debido?, ¿estoy causando una buena impresión?, que, al final, se sabía más sobre él que sobre Tolstói, mientras que lo que Paul decía era sobre el tema de conversación, no sobre sí mismo. Como todas las personas estúpidas, tenía cierto grado de modestia, cierta consideración por los sentimientos de los demás que, de cuando en cuando por lo menos, la señora Ramsay encontraba atractiva. Ahora no pensaba ni en sí mismo ni en Tolstói, sino en si ella tenía frío, si notaba una corriente, si quería una pera.
No, respondió ella, no quería una pera. De hecho había estado montando guardia celosamente ante la bandeja con la fruta (sin percatarse de ello), con la esperanza de que nadie se atreviera a tocarla. Su mirada había estado recorriendo las curvas y sombras de la fruta, los lustrosos morados de las uvas, la erizada cordillera de la concha marina, comparando un amarillo con un morado, una forma curva con otra redonda, sin saber por qué lo hacía ni por qué, cada vez que lo hacía, se sentía más serena; hasta que alguien, ¡una verdadera lástima!, se apoderó de una pera y estropeó el conjunto. Compadecida, miró a Rose. Miró a Rose que estaba sentada entre Jasper y Prue. ¡Qué extraño que su propia hija fuese la autora!
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Al final siempre se salía con la suya, pensó Lily. Acababa de provocar aquel nuevo acontecimiento: Paul y Minta, era fácil de imaginar, se habían prometido. Y el señor Bankes cenaba con ellos. Los hechizaba a todos con sus deseos, tan simples y tan directos, y Lily contrastó aquella abundancia con su propia pobreza de espíritu y supuso que era en parte su fe en aquella realidad extraña y terrible (porque el rostro de la señora Ramsay estaba totalmente iluminado y, sin parecer joven, resultaba radiante) lo que hacía que Paul Rayley, su centro de interés, temblara y pareciera, sin embargo, ausente, absorto, silencioso. La señora Ramsay, Lily estaba segura, exaltaba aquella realidad, le rendía culto mientras hablaba de la piel de las hortalizas; extendía las manos sobre ella para ilusionarlos y para protegerla, aunque, por otro lado, pese a haberla provocado, se reía de algún modo, mientras llevaba a sus víctimas hacia el altar del sacrificio. Finalmente, también Lily lo sintió: la emoción, el estremecimiento del amor. ¡Qué insignificante se sentía al lado de Paul! Él, resplandeciente, ardiente; ella, distante, satírica; él, ligado a la aventura; ella, amarrada a la orilla; él, lanzado sobre las olas y despreocupado del peligro; ella, solitaria, excluida…, por lo que, dispuesta a implorar una participación en la catástrofe, si se llegaba hasta la catástrofe, dijo tímidamente:
—¿Cuándo ha perdido Minta el broche?
Paul la obsequió con la más exquisita de las sonrisas, velada por el recuerdo, teñida por los sueños. Luego movió la cabeza.
—En la playa —dijo—. Voy a encontrarlo. Mañana me levantaré pronto.
(...)
Existe un código de comportamiento, conocido por Lily, cuyo artículo séptimo dice (probablemente) que en una ocasión así corresponde a la mujer, cualquiera que sea su ocupación, salir en ayuda del joven que tiene delante de manera que este pueda exhibir el esqueleto de su vanidad y satisfacer su urgente deseo de afirmación personal; de la misma manera, se hizo la reflexión con ecuanimidad de solterona, esos jóvenes están obligados a ayudarnos en el caso hipotético de un incendio en el metro. Si eso sucediera, pensó, esperaría sin duda que el señor Tansley me sacara de allí. Pero ¿qué pasaría, se preguntó, si ninguno de los dos cumpliera su parte en el trato? Así que siguió sin intervenir, sonriendo.
—¿No estarás planeando ir al faro, verdad, Lily? —preguntó la señora Ramsay—. Acuérdate del pobre señor Langley; había dado la vuelta al mundo una docena de veces, pero me contó que nunca había sufrido tanto como cuando mi marido lo llevó allí. ¿Es usted buen marinero, señor Tansley?
El señor Tansley alzó un martillo y lo balanceó en el aire; pero al darse cuenta, mientras descendía, de que no podría aplastar aquella mariposa con semejante instrumento, se limitó a afirmar que no se había mareado nunca. Si bien en aquella frase estaba encerrado, en forma compacta, como pólvora, el hecho de que su abuelo era pescador y su padre boticario, el de que él se había abierto camino exclusivamente con su esfuerzo personal y estaba orgulloso de ello y el de que era Charles Tansley, algo de lo que allí nadie parecía darse cuenta, pero que tendrían ocasión de comprobar el día menos pensado. Frunció el entrecejo pensando en el futuro. Casi le daban pena aquellas personas tan cultivadas y apacibles que más pronto o más tarde saltarían por los aires, como balas de algodón o barriles de manzanas, cuando estallase la pólvora que él llevaba dentro.
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Vio una vez más la luz del faro. Con cierta ironía en la interrogación de su mirada, ya que, por poco que una persona se despierte, siempre descubre un cambio en su relación con las cosas, la señora Ramsay consideró aquella luz tranquila, implacable y sin remordimientos, que era tan parecida a ella y, al mismo tiempo, tan distinta; que la tenía a su servicio (se despertaba por la noche y la veía, inclinada sobre la cama, acariciando el suelo), aunque, pese a todo, pensó, contemplándola fascinada, hipnotizada, como si estuviera acariciando con sus dedos de plata alguna vasija sellada en el interior de su cerebro cuya ruptura la inundaría de gozo, ella había conocido la felicidad, felicidad exquisita, felicidad intensa; consideró la luz que plateaba con intensidad creciente las ásperas olas a medida que la luz de la tarde se esfumaba y el azul desaparecía del mar, ondulado ya en olas de color limón intenso que se curvaban e hinchaban y rompían sobre la playa, y el éxtasis le estalló en los ojos y olas de puro deleite se precipitaron por el suelo de su mente, y pensó: ¡Ya basta! ¡Ya basta!
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Entre la vida y ella se producía algo semejante a una transacción: ella estaba de un lado y la vida de otro, y ella siempre procuraba sacar lo mejor de la vida, como la vida lo sacaba de ella; y en ocasiones parlamentaban (cuando ella se quedaba sola); se producían, lo recordaba, grandes escenas de reconciliación; pero, durante la mayor parte del tiempo, extrañamente, tenía que admitir que aquella cosa a la que llamaba vida le parecía terrible, hostil, dispuesta a saltarle a uno encima si se le daba la menor oportunidad. Estaban los problemas eternos: el sufrimiento, la muerte, los pobres. Incluso en la isla siempre había alguna mujer muriendo de cáncer. Y, sin embargo, les había dicho a todos sus hijos: «Tendréis que pasar por ello». Se lo había dicho incansablemente a ocho personas (y la factura por el invernadero serían cincuenta libras). Por esa razón, sabiendo lo que les esperaba —amor y ambición y ser desdichados y estar solos en sitios horribles—, no podía dejar de preguntarse muchas veces: ¿Por qué tienen que crecer y perderlo todo? Y a continuación se decía, amenazando a la vida con su espada, tonterías. Serán muy felices.
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No todo el mundo podía ser tan embarullado, vivir tan al día como ella. Pero si sabían algo, ¿estaban en condiciones de contar lo que sabían? Sentada en el suelo, abrazada a las rodillas de la señora Ramsay, se apretaba lo más posible contra ella y sonreía al pensar que su anfitriona nunca sabría el motivo de aquella presión, y se imaginaba cómo, en las celdas de la mente y del corazón de la mujer en contacto físico con ella, se hallaban, como los tesoros de las tumbas de los reyes, tablillas con inscripciones sagradas que, si uno fuera capaz de deletrear, se lo enseñarían todo, pero que nunca se ofrecerían abiertamente, nunca se harían públicas. ¿Qué arte había allí, accesible tan sólo al amor o a la astucia, gracias al cuál se conseguía el acceso a aquellas celdas secretas? ¿Qué procedimiento para, gracias a una fusión inextricable, pasar a formar parte del objeto adorado, a la manera de las aguas que se confunden dentro de un recipiente? ¿Podía lograrlo el cuerpo, o la mente, realizando mezclas sutiles en los intrincados pasadizos del cerebro, o del corazón? ¿Acaso el amor, como la gente lo llamaba, podía hacer un solo ser de ella y de la señora Ramsay? Porque no era conocimiento, sino unión lo que ella deseaba, no inscripciones en tablillas, nada que pudiera escribirse en idioma alguno conocido de los hombres, sino la intimidad misma, que es conocimiento, tal como ella la había sentido al apoyar la cabeza sobre la rodilla de la señora Ramsay.
(...)
El señor Bankes esperaba su respuesta. Y Lily se disponía a decir algo que supusiera una crítica de la señora Ramsay —cómo también ella resultaba sobrecogedora, a su manera, despótica, o algún otro adjetivo con un sentido similar—, cuando el señor Bankes, al quedarse extasiado, lo hizo totalmente innecesario. Porque no se le podía dar otro nombre a lo que le sucedió, si se tenía en cuenta su edad, superados ya los sesenta, así como su limpieza, su objetividad y la pureza del manto científico que parecía envolverlo. En su caso, mirar como Lily le vio mirar a la señora Ramsay era éxtasis, equivalente, le pareció, a los amores de docenas de jóvenes (y quizá la señora Ramsay nunca había despertado el amor de docenas de jóvenes). Sin duda era amor destilado y filtrado, pensó Lily, fingiendo mover el lienzo; amor que no trataba de apoderarse de su objeto; pero, como el amor que los matemáticos sienten por sus símbolos, o los poetas por sus frases, estaba destinado a extenderse por el mundo y convertirse en parte del patrimonio de la humanidad. Así debía ser, en efecto. Sin duda el mundo debería compartirlo en el caso de que el señor Bankes pudiera explicar por qué aquella mujer le gustaba tanto; por qué verla leyendo un cuento de hadas a su hijo pequeño tenía sobre él precisamente el mismo efecto que la solución de un problema científico, de manera que descansaba en la contemplación y sentía, como le sucedía cuando había demostrado algo definitivo sobre el sistema digestivo de las plantas, que la barbarie quedaba domesticada y el reino del caos sometido.
Un éxtasis como aquel —porque ¿qué otro nombre se le podía dar?— hizo que Lily Briscoe se olvidara por completo de lo que había estado a punto de decir. No era nada importante, algo sobre la señora Ramsay que palidecía al lado de aquel «éxtasis», de aquella mirada silenciosa por la que sintió una intensa gratitud, porque nada la consolaba tanto, ni suavizaba tanto su perplejidad ante la vida, ni reducía de manera tan milagrosa el peso de sus cargas como aquella fuerza sublime, aquel don celestial y, mientras duraba, se atrevería tan poco a perturbarlo como a interrumpir un rayo de sol que iluminara el suelo.
(...)
¿Un tantillo hipócrita?, repitió. No, no; el más sincero de todos los hombres, el más auténtico (ya estaba allí), el mejor; pero, pensó, mientras bajaba los ojos, está pendiente únicamente de sí mismo, es un tirano, es injusto; y siguió mirando al suelo, intencionadamente, porque era la única manera de conservar la cabeza en su sitio estando con los Ramsay. Tan pronto como levantaba los ojos y los veía, se sentía inundada por lo que ella denominaba «estar enamorada». Los Ramsay pasaban a formar parte del universo irreal pero emocionante y cautivador en que se convierte el mundo visto a través de los ojos del amor. El cielo les era consustancial; los pájaros cantaban a través suyo. Y, lo más emocionante, incluso, en su opinión, mientras veía al señor Ramsay acercarse y retroceder y a la señora Ramsay sentada con James junto a la ventana y las nubes en movimiento y a los árboles inclinándose, era cómo la vida, aunque estuviera hecha de pequeños incidentes aislados que se vivían uno a uno, acababa por rizarse y unirse en una ola que nos arrastra y nos tira, arrojándonos violentamente sobre la playa.
(...)
¿Quién podrá reprocharle que, inmóvil por unos momentos, piense en la fama, en expediciones de rescate, en hitos alzados sobre sus huesos por seguidores agradecidos? Finalmente, ¿quién reprochará al jefe de la expedición condenada al fracaso, que, después de haberse arriesgado al máximo y de haber gastado hasta la última onza de energía y de haberse dormido sin que le preocupe apenas volver a despertar, advierta ahora, por cierto cosquilleo en los dedos de los pies, que aún vive y que, en conjunto, no tiene objeciones contra la vida, sino que necesita comprensión y whisky y alguien a quien contar de inmediato la historia de sus sufrimientos? ¿Quién se lo reprochará? ¿Quién no se alegrará en secreto de que el héroe se despoje de su armadura, se detenga junto a la ventana y mire en dirección a su esposa y su hijo, quienes, muy distantes en un primer momento, se acercarán de manera gradual, hasta que labios y libro y cabeza aparezcan con claridad ante sus ojos, si bien todavía seductores y extraños debido a la intensidad de su aislamiento y al desierto de las edades y la destrucción de las estrellas y, finalmente, guardándose la pipa en el bolsillo e inclinando la magnífica cabeza ante ella…, quién le reprochará que rinda homenaje a la belleza del mundo?
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Avergonzado ya de su mal humor y de la gesticulación y movimiento de los brazos cuando se lanzaba a la carga al frente de sus tropas, el señor Ramsay, tímidamente, deslizó una vez más su ramita por la pierna desnuda de su hijo y luego, como si contara con el permiso de su mujer, con un movimiento que a ella le recordó extrañamente al gran león marino del zoo cuando se tiraba de espaldas después de tragarse los peces y chapoteaba a continuación con tanta fuerza que el agua del estanque se balanceaba de un lado para otro, se zambulló en el aire del atardecer que, adelgazado ya, se estaba apoderando de la sustancia de hojas y setos, pero que, quizá a modo de compensación, devolvía a las rosas y a los claveles el brillo que no habían tenido durante el día.
—Error, trágico error —dijo de nuevo, reanudando, a grandes zancadas, sus paseos por la terraza.
Pero ¡de qué manera tan sorprendente había cambiado su tono de voz! Era como el cuco que «cuando junio llega, ronco se queda»; se diría que estaba ensayando, que buscaba, indeciso, una nueva frase para un estado de ánimo diferente, aunque, como sólo disponía de aquella, la utilizaba, pese a estar desvencijada. Pero sonó ridícula —«Error, trágico error»—, dicha así, casi como pregunta, sin convencimiento, melodiosamente. La señora Ramsay no pudo por menos de sonreír y, muy pronto, como era inevitable, yendo y viniendo por la terraza, el señor Ramsay siguió canturreándola hasta prescindir de ella y callarse.
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Las clemátides eran de color violeta brillante; el muro, de un blanco llamativo. Lily hubiera considerado deshonesto modificar el violeta brillante y el blanco llamativo, puesto que los veía así, aunque desde la visita del señor Paunceforte estuvieran de moda la palidez, la elegancia, la semitransparencia. Además, debajo del color estaba la forma. Lily lo veía todo con gran claridad, lo dominaba con la vista, pero las cosas cambiaban cuando empuñaba el pincel. En el momento en que comprobaba la inevitable divergencia entre imagen y lienzo se apoderaban de ella los demonios que con frecuencia la llevaban al borde de las lágrimas y que hacían tan temeroso como pueda ser para un niño recorrer un pasillo oscuro el paso de la idea a la pincelada. Con frecuencia era eso lo que sentía: que luchaba contra obstáculos terribles para no perder por completo el valor; para decir «pero lo que veo es eso; precisamente eso», y poder estrechar así contra el pecho algún miserable resto de su visión, que mil fuerzas contrarias se esforzaban con ahínco por arrebatarle. Y era entonces también, mientras empezaba a pintar, cuando, de manera fría y ventosa, le imponían su presencia otras cosas, su propia insuficiencia, su insignificancia, el hecho de administrar la casa de su padre en una calle que daba a Brompton Road, por todo lo cual le costaba mucho controlar el impulso (gracias a Dios, siempre superado hasta el momento) de arrojarse a los pies de la señora Ramsay y decirle…, pero ¿qué era lo que le podía decir? «¿Estoy enamorada de todo esto», al tiempo que movía la mano para señalar el seto, la casa, sus hijos? Era absurdo, imposible. No se podía decir lo que se deseaba decir.
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(que en su mayor parte ponía un ritmo mesurado y sedante a sus pensamientos y parecía repetir consoladoramente, una y otra vez, cuando estaba sentada con sus hijos, las palabras de alguna antigua canción de cuna, susurrada por la naturaleza, «Te estoy protegiendo, te sirvo de apoyo», aunque en otros momentos, de repente y de manera inesperada, sobre todo cuando su mente se elevaba ligeramente sobre la tarea que tenía entre manos en aquel momento, dejaba de tener aquel significado amable y se transformaba en un fantasmal tamborileo que imitaba inexorable el ritmo de la vida, y que le hacía pensar en la destrucción de la isla y su desaparición bajo el mar, previniéndola, a la vista de cómo cada uno de sus días se esfumaba en una rápida sucesión de actividades, de que todo era tan efímero como un arco iris)
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Se quedó a esperarla en la sala de la casita a donde la señora Ramsay lo había conducido, mientras ella subía un momento al piso alto para ver a una enferma. Oyó arriba sus pasos rápidos y luego su voz, alegre primero, reposada después; contempló los tapetes, los tarros para el té, los fanales; esperó con creciente impaciencia; anticipó con vivo placer el paseo de vuelta, decidido esta vez a llevar la bolsa de su anfitriona; luego la oyó salir, cerrando una puerta; y estaba diciéndole a alguien que tenían que mantener las ventanas abiertas y las puertas cerradas y que acudieran a su casa para pedir cualquier cosa que necesitaran (debía de tratarse de una niña), cuando se presentó ante sus ojos de repente, se detuvo sin hablar unos momentos (como si hubiera estado representando un papel en el piso de arriba y ahora se permitiera ser un poco ella misma), y aún se inmovilizó más delante de un cuadro de la reina Victoria con la cinta azul de la orden de la Jarretera; entonces, de pronto, se dio cuenta de lo que le estaba pasando, lo entendió con toda claridad: la señora Ramsay era la criatura más hermosa que había visto nunca.
Con estrellas en los ojos y velos en los cabellos, adornada con ciclamen y violetas silvestres…, ¿qué tonterías estaba pensando? Tenía por lo menos cincuenta años y ocho hijos. Atravesando campos florecidos y llevándose al pecho capullos tronchados y corderos caídos; con estrellas en los ojos y el viento en los cabellos… Le cogió la bolsa.
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A pesar de que ya habían llegado al pueblo y estaban en la calle principal, con carros que rechinaban sobre los adoquines, aún seguía hablando sobre academias populares, enseñanza, obreros, ayudar a los de su clase y conferencias, hasta que la señora Ramsay llegó a la conclusión de que su acompañante había recuperado por completo la confianza en sí mismo, se había repuesto de la conmoción del circo, y estaba a punto (de nuevo le caía francamente bien) de decirle…, pero allí, con las casas desapareciendo por ambos lados, se encontraron en el muelle, toda la bahía se extendió ante ellos y la señora Ramsay no pudo por menos de exclamar: «¡Qué hermosura!». Porque tenía delante la gran bandeja de agua azul; el faro blanco, distante, austero, en el centro; y a la derecha, hasta donde llegaba la vista, desapareciendo y perdiéndose, en suaves pliegues bajos, las dunas, cubiertas de ondeantes hierbas silvestres, que siempre parecían alejarse hacia algún país lunar, desconocido de los hombres.
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En cuanto terminó la comida, los ocho hijos e hijas de los señores Ramsay, sigilosos como ciervos, salieron del comedor en busca de sus dormitorios, único refugio posible en una casa donde no había ningún otro sitio para discutir de todo y de nada: la corbata de Tansley, la aprobación de la ley de la reforma, las aves marinas y las mariposas, la gente; y todo ello mientras la luz del sol inundaba los cuartos del ático —separados entre sí por tabiques muy delgados, de manera que se oía con nitidez cualquier ruido, incluidos los sollozos de la doncella suiza, que lloraba porque su padre se estaba muriendo de cáncer en un valle del cantón de los Grisones— e iluminaba bates de críquet, pantalones de franela, sombreros de paja, tinteros, botes de pintura, escarabajos y cráneos de pájaros, al mismo tiempo que hacía brotar de las largas tiras onduladas de algas colgadas de la pared un olor a sal y a maleza que también despedían las toallas, rasposas por la arena adherida durante el baño.
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—Pero no va a hacer buen tiempo —dijo su padre, deteniéndose delante de la ventana de la sala de estar.
Si hubiera tenido a mano un hacha, un atizador para el fuego o cualquier otra arma capaz de agujerear el pecho de su padre y de matarlo, allí mismo y en aquel instante, James la hubiera empuñado con gusto. Tales eran los abismos de emoción que el señor Ramsay provocaba en el pecho de sus hijos con su simple presencia: inmóvil, como en aquel momento, tan enjuto como una navaja, tan afilado como una hoja, sonriendo sarcástico, no sólo por el placer de desilusionar a su hijo y arrojar ridículo sobre su esposa, que era diez mil veces mejor que él desde cualquier punto de vista (en opinión de James), sino también por el secreto orgullo que le producía la exactitud de sus propios juicios. Lo que decía era verdad. Siempre era verdad. Era incapaz de decir algo que no fuese verdad; nunca modificaba los hechos; nunca renunciaba a una palabra desagradable en servicio de la conveniencia o del placer de ningún mortal, y menos aún de sus propios hijos, que, carne de su carne y sangre de su sangre, tenían que estar al tanto desde la infancia de que la vida es difícil; de que en materia de hechos no hay compromiso posible; y de que el paso a la tierra legendaria en donde nuestras esperanzas más gloriosas se desvanecen y nuestros frágiles barquichuelos naufragan en la oscuridad (aquí el señor Ramsay se erguía y contemplaba el horizonte entornando sus ojillos azules), requiere, por encima de todo, valor, sinceridad y capacidad de aguante.
Al faro - Virginia Woolf
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