Ya no era más un delincuente, me había transformado en un loco. Pero no, no estaba trastornado ni lo había estado un solo instante. Aunque, aaah, todos los locos piensan eso de sí mismos… Por lo visto, toda la diferencia es que los que estamos aquí encerrados somos locos, y los que están fuera son normales. Dios mío, respóndeme, ¿es un delito no poner resistencia?
Había llorado ante aquella rara y hermosa sonrisa de Horiki, y subido al coche olvidándome de decidir y resistir; así me encerraron y me convertí en un loco. Aunque llegue a salir, llevaré siempre clavado en la frente el cartel de loco; mejor dicho, de muerto viviente. Indigno de ser humano. Dejé por completo de ser una persona.
(...)
—Llévatelo, ya no lo necesito.
Esto fue excepcional, la única vez en mi vida que rechazaba algo. Mi infelicidad era del tipo que no me permitía negarme a nada. Si rechazase algo que me ofreciesen, temía que se abriese una enorme grieta que permanecería para la eternidad entre su corazón y el mío. Pero aquella vez fui capaz de rechazar la morfina, que había deseado hasta el borde de la locura. Quizá me golpeó la «divina ignorancia» de Yoshiko. Creo que en ese preciso instante dejé de ser adicto.
Enseguida, aquel médico de sonrisa tímida me condujo a un pabellón y cerró la puerta con llave. Aquello era un manicomio.
(...)
—Debe dejar de beber.
Daba la impresión de que fuésemos parientes.
—Quizá sea alcohólico, porque incluso ahora tengo ganas de beber.
—No puede beber. Mi esposo bebía mucho pese a sufrir tuberculosis, diciendo que el sake mataba los microbios. Él mismo acortó su vida.
—No puedo soportar la inquietud, el miedo. No puedo pasar sin beber.
—Le daré una medicina; pero, por lo menos, deje la bebida.
La dueña de la farmacia era viuda con un hijo que había entrado en una escuela de medicina en algún lugar de Chiba, pero enseguida tuvo que dejar de estudiar por haber contraído la misma enfermedad que su padre y se encontraba hospitalizado. Además, su suegro estaba en casa inválido, y ella misma tenía una pierna completamente paralizada desde los cinco años debido a una poliomielitis. Apoyándose en las muletas, buscó en las estanterías distintos medicamentos para mí.
«Esto es para reforzar la sangre. Esto, una inyección de vitaminas; aquí está la jeringuilla. Esto son unas tabletas de calcio, y esto es diastasa para que no tenga molestias de estómago». Mientras me explicaba qué era esto o lo otro, unos seis medicamentos en total, su voz estaba llena de afecto. «Y esto es para cuando no pueda resistir sin beber», dijo, envolviéndolo enseguida en papel y guardándolo en una cajita. Era morfina.
(...)
La noche que llegué a Tokio estaba nevando copiosamente. Bebido como estaba, me dediqué a pasear por las callejuelas de Ginza canturreando sin cesar el estribillo: «De aquí a mi tierra natal, ¿cuántos cientos de ri[23]?», mientras lanzaba puntapiés a la nieve que se acumulaba. De repente, vomité. Era la primera vez que vomitaba sangre. La mancha roja sobre la nieve pareció una gran bandera del Sol Naciente. Me puse en cuclillas y, llenándome las manos de nieve limpia, me la restregué por el rostro lleno de lágrimas.
«¿A dónde va este sendero? ¿A dónde va este sendero?», escuché como una alucinación la voz triste de una niña cantando, que parecía llegar de muy lejos. La infelicidad. En este mundo hay muchos tipos de gente infeliz… Mejor dicho, no exageraría si dijese que el mundo está formado por personas desgraciadas. Pero estas personas se quejan a la sociedad de sus desventuras y la sociedad las trata con benevolencia y comprensión. Sin embargo, mi infelicidad procedía por completo de mis pecados y no tenía cómo reclamar a nadie. Si se me ocurriese pronunciar, aunque fuera entre dientes, una sola palabra de protesta, no sólo «El lenguado» sino toda la sociedad se escandalizarían de mi desfachatez. ¿Qué soy, un egoísta? ¿O quizás, al contrario, demasiado débil? No lo sé, pero como soy un pecador redomado, estoy condenado a ser cada vez más infeliz sin saber cómo evitarlo.
(...)
A medida que seguíamos el juego, cada vez nos reíamos menos y nos estaba entrando ese peculiar estado de ánimo sombrío, como si tuviéramos el cráneo lleno de vidrios rotos, propio de la embriaguez con shotchu.
—Déjate de desfachateces. Yo no he pasado por el deshonor de que me llevaran atado con una cuerda.
Tuve un sobresalto. En el fondo, Horiki no me trataba como a un ser humano sino como a un deshonrado que escapó a la muerte, un fantasma imbécil, un cadáver viviente; y su amistad sólo consistía en utilizarme al máximo para sus placeres. Por supuesto, estos pensamientos no fueron nada agradables; pero, pensándolo bien, era comprensible que Horiki me viese de esa manera, ya que desde niño era indigno de ser humano, y quizá fuera muy razonable que hasta él me despreciara.
(...)
Nos pusimos a jugar a adivinar nombres cómicos y trágicos. Este entretenimiento, que yo mismo inventé, estaba basado en la idea de que, al mismo tiempo que los nombres se dividían en masculinos, femeninos y neutros, también se podían clasificar en cómicos y trágicos. Por ejemplo, el barco y la locomotora de vapor eran nombres trágicos, mientras que el tranvía y el autobús eran cómicos. Las personas que no entendiesen la razón no estaban capacitadas para discutir sobre arte; y el guionista de teatro que incluyese tan sólo un nombre trágico en una comedia, sólo por esto ya se podía considerar un fracasado. Lo mismo ocurriría en sentido inverso para un autor de tragedias.
—¿Estás listo? ¿El tabaco? —pregunté.
—Trágico —repuso Horiki en el acto.
—¿Y los medicamentos?
—¿En polvo o en tabletas?
—Las inyecciones.
—Trágicas.
—No sé… También hay inyecciones de hormonas.
—Trágicas, sin lugar a dudas. ¿No son las agujas de lo más trágico?
—Bueno, tú ganas. Pero ¿no te parece sorprendente que las medicinas y los médicos sean cómicos? ¿Y la muerte?
—Cómica. Tanto en el caso del cristianismo como del budismo.
—¡Muy bien! Entonces, la vida es trágica.
—No, también es cómica.
—No puede ser. A este paso todo va a ser cómico. Bueno, te preguntaré uno más, ¿y los dibujantes de historietas? No dirás que son trágicos, ¿verdad?
—Trágicos, trágicos. Es un nombre muy trágico.
—¿Qué dices? ¡Tú sí que eres trágico a más no poder!
Habíamos llegado a estos absurdos juegos de palabras sin ninguna gracia, pero estábamos muy satisfechos con una diversión tan refinada, desconocida en los salones sociales del mundo.
(...)
Poco a poco, deje atrás mi actitud cautelosa hacia el mundo. Incluso llegué a convencerme de que no era un lugar tan horrible. Mi terror pasó a confundirse con el que sentía por los cientos de miles de microbios que esparce una tos, los que amenazan los ojos en los baños públicos o los que infectan las barberías causando calvicie, la sarna que pulula en las correas de los tranvías, quizá las larvas de insectos o huevos de la solitaria que se ocultan en el pescado crudo y la carne mal cocida, o el caminar descalzo a riesgo de pisar un vidrio y que la astilla circule por mi cuerpo hasta alcanzar el ojo y dejarme ciego, según cuentan por ahí las «supersticiones científicas». Por supuesto, imaginaba que era cierto eso de que había cientos de miles de bacterias flotando y nadando por todas partes. Pero, al mismo tiempo, me di cuenta de que si no les hiciera el menor caso, se rompería cualquier relación con ellas y entonces no serían para mí más que «fantasmas científicos». Me atemorizaron tanto con las estadísticas —si dejaba en mi fiambrera del almuerzo tres granos de arroz, y cada día diez millones de personas hicieran lo mismo, cuántos sacos de arroz se despilfarrarían; y también que si cada día estos diez millones de personas gastaran un pañuelo de papel menos, la cantidad de pulpa que se ahorraría— que cuando me dejaba un grano de arroz o me sonaba sentía que contribuía al desperdicio de montañas de arroz o de pulpa y me invadía una angustia como si hubiese cometido un horrible delito. Pero todo esto son mentiras de la ciencia, la estadística y las matemáticas, ya que no es posible ir recogiendo el arroz de tres en tres granos. En el caso de las multiplicaciones y divisiones, que son problemas de lo más simple, se dedican a calcular las probabilidades de que alguien entre al servicio con la luz apagada y tropiece con la taza y se caiga, o de que un pasajero ponga el pie en el espacio entre el vagón del metro y el andén, entre otras tonterías. Por supuesto, todo puede acontecer, pero nunca he oído de nadie herido por haber puesto el pie en la taza del inodoro. Me dio pena de mí mismo recordar que hasta poco tiempo atrás, cuando me enseñaron estos «hechos científicos», me los creí ciegamente y me atemorizaron.
Me entraron ganas de reír con sólo pensar cómo iba conociendo poco a poco de qué se trataba el mundo.
Pese a todo, los seres humanos me inspiraban temor; y no podía encontrarme con los clientes del bar sin haberme tomado un vaso de sake. Tenía miedo y, no obstante, iba al bar, igual que un niño que tiene un poco de miedo a su mascota y, por eso, la aprieta con más fuerza entre sus manos. Bajo los efectos del alcohol, me acostumbré a prodigar ante los clientes torpes teorías sobre el arte.
Un dibujante de historietas anónimo, que no conocía ni grandes alegrías ni grandes tristezas. Deseaba que me llegara alguna inmensa felicidad, aunque después le siguiera la desgracia más profunda; pero entonces mi único placer era charlar trivialidades con los clientes y beberme su sake.
(...)
La sociedad. Para entonces hasta yo estaba empezando a tener una ligera idea de qué se trataba. O sea, una lucha entre individuos. Y una lucha que el ganarla lo supone todo. El ser humano no obedece a nadie. Hasta los esclavos llevan a cabo entre ellos mismos sus venganzas mezquinas. Los seres humanos no pueden relacionarse más allá de la rivalidad entre ganar y perder. A pesar de que colocan a sus esfuerzos etiquetas con nombres grandilocuentes, al final su objetivo es exclusivamente individual y, una vez logrado, de nuevo sólo queda el individuo. La incomprensibilidad de la sociedad es la del individuo. Y el océano no es la sociedad sino los individuos que la forman. Y yo, que vivía atemorizado por el océano llamado «sociedad», logré liberarme de ese miedo. Aprendí a actuar de una forma descarada, olvidándome de mis interminables preocupaciones, respondiendo a las necesidades inmediatas.
(...)
Gracias a las gestiones de Shizuko, se organizó un encuentro entre ella, «El lenguado» y Horiki, decidiéndose que se cortaban las relaciones con mi familia y que viviría con ella. También por su intervención, mis tiras cómicas comenzaron a producir más dinero del que podía esperar; por fin pude comprar mi sake y mi tabaco, pero cada vez me sentía más desamparado y solitario. Sentía hundirme más y más. Cuando dibujaba la tira cómica en serie Las aventuras de Kinta y Ota, me acordaba de repente de mi casa natal y me entraba tal tristeza que mi pluma se resistía a moverse y, con la cabeza gacha, no podía contener las lágrimas.
En esas ocasiones, Shigeko me ayudaba. Para entonces, ya me llamaba «papá» como si fuera lo más natural del mundo.
—Papá, ¿es cierto que si rezo Dios me concederá lo que le pida?
Entonces se me ocurrió que yo podría hacer una plegaria así: «Dame, por favor, una voluntad gélida. Muéstrame la naturaleza del ser humano. ¿No es un pecado que las personas vivan rechazándose unas a otras? Concédeme, por favor, una máscara de ira».
—Claro. Dios concederá a Shigechan todo lo que quiera, pero a papá quizá no.
Hasta Dios me daba miedo. No podía creer en su amor, sino sólo en su castigo. La fe… Me parecía que eso equivalía a colocarse ante un tribunal, dispuesto a recibir el castigo divino. Creía en el infierno, pero me costaba mucho creer en el cielo.
—¿Por qué a ti no?
—Porque no obedecí a mis padres.
—Pero todos dicen que papá es muy buena persona…
Porque los engañaba. Era cierto que toda la gente en este pequeño edificio de apartamentos era amable conmigo, pero no podía explicar a Shigeko el miedo que me inspiraban todos, ni cómo cuanto más les temiera más bien les caía, y que su amabilidad sólo aumentaba mi temor, lo que me empujaba a huir de todos.
—Dime, Shigechan, ¿qué quieres que Dios te conceda? —le pregunté despreocupado.
—Quiero que vuelva mi verdadero papá.
Me dio un vuelco el corazón y me sentí mareado. Un enemigo… ¿Era yo el enemigo de Shigeko, o ella era el mío? En todo caso, aquí tenía a un adulto para aterrorizarme. Un extraño, un extraño incomprensible, un extraño lleno de secretos… De pronto, así se me apareció el rostro de Shigeko. Me había engañado pensando en que Shigeko era diferente, pero no. También ella era como la vaca que da un latigazo fulminante e inesperado con la cola para matar a un tábano. Entonces supe que, a partir de ese momento, debería ser tímido incluso con aquella niña.
(...)
Viendo la alegría con que Horiki se comía su jalea, me di cuenta de la frugalidad de la gente urbana y de la enorme diferencia entre su vida en casa y fuera. Por mi parte, cual idiota en perpetua huida de la sociedad humana, no diferenciaba ambas, de modo que me dio la impresión de que hasta Horiki me había dejado de lado. Mientras comía la jalea con unos palillos de laca descascarillada, me invadió una insoportable tristeza.
(...)
Sin embargo, cuando me marché de su casa no tenía la menor intención de ir a consultar sobre «mis planes futuros» a gente de la ralea de Horiki. Lo había dicho para tranquilizar a «El lenguado». No escribí la nota para conseguir tiempo para huir lo más lejos posible, como si de una novela de detectives se tratara —aunque un poco de eso había—, sino que sería más exacto decir que temía el alboroto que se organizaría con el susto que le iba a dar. Por supuesto, tenía claro que acabaría por descubrirse la verdad, pero era una lamentable parte de mi carácter el adornarla de algún modo. Esto ha causado que en la sociedad me despreciaran como a un mentiroso; no obstante, no actué en beneficio propio sino que temía estropear el ambiente y, aunque supiese que esto me acabaría perjudicando, no podía controlar mi inclinación desesperada a complacer a la gente. Este comportamiento, repetido innumerables veces, podría interpretarse como un síntoma de mi debilidad y estupidez, pero las personas «honradas» de la sociedad se aprovecharon considerablemente de él. Fue por eso que entonces me surgió del fondo de la memoria el nombre y el domicilio de Horiki.
(...)
—Si no me deja estar en la habitación de la planta alta, voy a trabajar…
—¿Lo dices en serio? ¿No sabes que en estos tiempos hasta los graduados de la Universidad Imperial…?
—No me refiero a un trabajo de oficina.
—¿Entonces?
—Quiero ser pintor —dije con la mayor convicción.
—¿Cómo?
Nunca olvidaré la expresión de «El lenguado», riéndose con el cuello inclinado a un lado y una sombra de astucia en el rostro. Parecía desprecio; pero no, era diferente. En el mundo, igual que en el mar, existían lugares de profundidad inmensa, y esa sombra extraña quizá se pudiera descubrir en su fondo. Y esa risa me mostró hasta el fondo lo más bajo de la existencia de los adultos.
Me dijo que no servía de nada hablar sobre el asunto, que mi actitud no era firme en absoluto y que me pasara la noche reflexionando. De modo que, como si me persiguieran, me refugié en mi habitación y me acosté, aunque no se me ocurrió en qué reflexionar. Al amanecer me marché de casa de «El lenguado».
(...)
A causa de lo acontecido en Kamakura, me expulsaron de la escuela y acabé viviendo en una minúscula habitación de tres tatami en la primera planta de la casa de «El lenguado». Al parecer, llegaban cada mes de mi lugar natal pequeñas sumas de dinero para mi manutención, aunque iban directamente a manos de «El lenguado». Además, procedían de mis hermanos que las enviaban a escondidas de mi padre. Mis relaciones con la familia se cortaron y, para colmo, «El lenguado» siempre estaba de mal humor; aunque le sonriera, nunca me correspondía. Me pareció asombroso —mejor dicho, cómico— cómo el ser humano podía cambiar radicalmente con la misma facilidad que se le daba vuelta a la mano.
(...)
Era un hombre tranquilo, de unos cuarenta años. Si en mi caso se me pudiera calificar de guapo, sería una belleza obscena, mientras que la suya era honrada y emanaba una tranquila sagacidad. Era tan reposado que hasta yo bajé la guardia mientras hacía mi declaración. De repente, me dio uno de esos ataques de tos, saqué el pañuelo del escote del kimono y, al ver la sangre, me pasó por la cabeza que podía sacar algún partido a la tos. Por eso añadí al final de la tos real dos veces de propina y, con la boca cubierta aún por el pañuelo, miré al fiscal.
—¿Es de verdad esa tos? —preguntó con una leve sonrisa.
Sólo de recordarlo me produce mucho más que un sudor frío; no puedo evitar el revolverme de inquietud. Si dijera que fue más chocante que cuando aquel idiota de Takeichi de la escuela secundaria me aguijoneó la espalda con un dedo y, diciendo: «Lo has hecho a propósito», me hizo caer a los infiernos, no sería ninguna exageración. Estas dos representaciones fueron los peores fracasos de toda mi existencia. A veces incluso pienso que hubiese sido preferible ser condenado a diez años de cárcel que sufrir el tranquilo desprecio del fiscal.
(...)
Esa noche nos lanzamos al mar en Kamakura. Tsuneko se desató la faja del kimono, diciendo que la había tomado prestada de una compañera de trabajo, y la dejó doblada sobre una roca. Yo me saqué el abrigo y lo coloqué en el mismo lugar. Entonces entramos al agua. Ella murió y yo fracasé en el intento.
Como yo era sólo un estudiante y, además, el nombre de mi padre tenía interés informativo, la prensa local organizó un alboroto con el incidente. Me ingresaron en un hospital junto a la costa, y uno de mis parientes se desplazó para ocuparse de las gestiones necesarias. Antes de marcharse, me dijo que mi familia se había enfurecido tanto que incluso me podían desheredar. Pero a mí esto no me importaba; sentía tanta nostalgia por Tsuneko que no podía parar de llorar. Hasta hoy, nunca quise a nadie más que a la miserable Tsuneko.
(...)
Aunque esa mujer no dijo: «¡Qué tristeza!», su cuerpo estaba envuelto en una profunda tristeza silenciosa, una corriente de miseria de unos tres centímetros que circulaba sobre ella. Al acercarme a ella, mi cuerpo quedaba también envuelto en esa corriente, mezclándose con la de mi punzante melancolía «como una hoja muerta que se pudre en el fondo del agua». Por fin, me había librado del miedo y la angustia.
Era muy diferente a dormir tranquilamente en los brazos de aquellas prostitutas idiotas; ellas eran alegres. La noche que pasé con la esposa de aquel delincuente acusado de estafa fue muy feliz y liberadora. Imagino que no volveré a usar en estos cuadernos unas palabras tan decididas y sin vacilación.
Pero sólo duró una noche. Al abrir los ojos por la mañana, me levanté de un salto y volví a ser el bufón superficial de siempre. Los cobardes temen hasta la felicidad. Pueden herirse incluso con el algodón. A veces, hasta la felicidad les hiere. Antes de resultar herido, me apresuré a separarme de ella, utilizando las bufonerías como una cortina de humo.
(...)
Por lo menos, había adquirido la habilidad de tartamudear algunas frases convencionales, ¿sería como resultado de mis actividades en el grupo clandestino? ¿O gracias a las mujeres? ¿Quizá al alcohol? Pero me parece que, sobre todo, se debió a la falta de dinero. Fuera a donde fuese, me perseguía esa sensación de temor. Se me ocurrió que si entrase en alguno de los grandes cafés, abarrotados de clientes bebidos, camareras y mozos, mezclándome con ellos mi corazón perseguido sin tregua podría tranquilizarse.
(...)
La irracionalidad… Me producía un cierto placer. Mejor dicho, me hacía sentir cómodo. El seguir las normas establecidas me parecía mucho más temible —me parecía que había en eso algo tremendamente poderoso—, era un mecanismo incomprensible; no podía continuar sentado en esa habitación fría y sin ventanas. Fuera se extendía el océano de la irracionalidad, y lanzarme a nadar en sus aguas hasta morir se me hacía más placentero.
Existe la palabra «marginados», que denota a los infelices, a los fracasados y a los descarriados en la sociedad humana; pero yo creo que lo soy desde el momento en que nací. Por eso, cuando me cruzo con alguien calificado de «marginado», de inmediato siento afecto por él. Un afecto que llena todo mi cuerpo de un arrobamiento de ternura.
También existe el término «conciencia de delincuente». Al estar en la sociedad humana, toda la vida he sufrido de esta conciencia; pero ha sido mi fiel compañera, como una esposa en tiempos de pobreza, y ambos hemos compartido nuestras miserables diversiones. Puede que esta haya sido mi actitud en la vida.
Asimismo, la gente habla del «sentimiento de culpabilidad». En mi caso, me poseyó desde que era un bebé y, con el tiempo, en lugar de curarse se hizo más profundo, penetrándome hasta los huesos. Pero, incluso si se podía decir que mi sufrimiento por las noches era el de un infierno de infinitas torturas, pronto se me hizo más querido que mi propia sangre y carne. Y me llegó a parecer la expresión de ese sentimiento de culpabilidad vivo o quizá su murmullo afectuoso.
(...)
pero, incluso estando de acuerdo, supe que algo más incomprensible y horrible se escondía en el alma humana. No se trataba sólo de ambición ni de vanidad, ni tampoco de una mezcla de deseo sexual y avaricia; no lo entendía ni yo mismo; pero sentía que la sociedad humana no era sólo economía, sino que en el fondo acechaba algo misterioso. Esto me atemorizaba, pero aprobaba el materialismo con la misma naturalidad que el agua se nivela. Aunque este no me podía librar de mi temor por el ser humano y no me producía la esperanzada alegría de una persona ante la vista de las hojas que acababan de brotar.
(...)
Las prostitutas no me parecían personas ni mujeres, más bien me daban la impresión de seres idiotas o locos; por eso, me sentía muy a salvo en su compañía y podía dormir profundamente. Daba hasta pena ver que no tenían ni un ápice de avaricia. Al parecer, sentían que tenía algo en común con ellas porque siempre me trataron con una amabilidad espontánea que no me agobiaba. Una amabilidad sin segundas intenciones, sin fines de negocio, hacia una persona que quizá no volverían a ver. En estas prostitutas idiotas o locas alguna noche vi una aureola de Virgen María.
(...)
Cuando comencé la escuela secundaria, ya tenía los útiles necesarios para pintar al óleo. Intenté copiar las obras impresionistas, pero el resultado fueron pinturas tan muertas como figuras recortables, y me di cuenta de que seguir por este camino sería un error. Vaya tontería y falta de criterio el intentar mostrar un objeto hermoso con esa belleza. Los maestros eran capaces de plasmar la belleza en objetos de lo más trivial e incluso encontraban interesante describir algo tan feo que causara náuseas por el puro placer de expresarse, sin preocuparse de la opinión ajena. Después de que Takeichi me iniciara de un modo tan primitivo en el secreto de la pintura, me dediqué a pintar autorretratos, cuidando de que no los vieran mis visitantes femeninas.
Mis cuadros eran tan lúgubres que casi me dejaban helado a mí mismo. En ellos estaba plasmada mi verdadera naturaleza, que mantenía escondida en lo más profundo de mi corazón. En la superficie me reía alegremente y hacía reír a los demás; pero, en realidad, era así de sombrío. Como no había nada que hacer, en secreto afirmaba esta naturaleza. Sin embargo, aparte de Takeichi, no se los mostré a nadie. Si alguien descubriese mi lobreguez tras la máscara de bufón, seguro que comenzaría una estrecha vigilancia. Por otra parte, existía el peligro de que no reconocieran mi verdadera naturaleza y lo tomaran como una bufonada más, lo que causaría grandes risotadas. Esto sería lo más horrible que pudiera suceder. Y así, cada vez que terminaba un cuadro, me apresuraba a esconderlo en el fondo del armario.
Desde luego, en la clase de dibujo nunca mostré mi «estilo espectral» y continué pintando como hasta ahora las cosas bonitas como tales con la pertinente mediocridad.
(...)
Las personas que temen a otros seres humanos desean ver espectros de apariencia todavía más horrible; las que son nerviosas y se asustan con facilidad, rezan para que la tormenta sea lo más violenta posible; y ciertos pintores, que han sufrido a causa de unos fantasmas llamados seres humanos, acaban creyendo en cosas fantásticas y viendo espectros en pleno día, en medio de la naturaleza. Pero ellos no se dedican a engañar con bufonerías, se esfuerzan en pintar exactamente lo que vieron. Tal como dijo Takeichi, pintaron «cuadros de fantasmas», ni más ni menos. Entonces supe que esos fantasmas serían mis amigos de ahora en adelante. Me excité tanto que apenas pude contener las lágrimas.
(...)
Las personas se engañan unas a otras del modo más natural y, sorprendentemente, sin resultar lastimadas. Parecen no darse ni cuenta de la superchería. Creo que su vida está llena de ejemplos nítidos, puros y claros de desconfianza. No obstante, a nadie parece preocuparle este intercambio de falsedades. Yo mismo engaño a los demás desde la mañana a la noche con mis bufonerías. No tengo el menor interés en eso que los libros de texto llaman moral. Me cuesta entender que el ser humano viva o quiera vivir con pureza, claridad y felicidad en medio de toda esta mentira mutua. Nunca me han explicado la razón de esta habilidad. Si lo hicieran, quizás me librarían del terror que siento por ellos o de mis representaciones desesperadas. O quizá también de mi enfrentamiento con ellos y del infierno que experimentaba todas las noches. En suma, no había evitado contar sobre el odioso delito de los criados debido a la desconfianza en el ser humano ni, por supuesto, al cristianismo. Creo que fue porque ellos cerraron con firmeza la cáscara de la confianza a ese pequeño Yozo. Hasta mis propios padres se comportaron de una forma incomprensible para mí.
Años después, muchas mujeres fueron capaces de detectar el olor de la soledad que nunca había mostrado a nadie, y me da la impresión de que esta fue la causa de que abusaran de mí. De hecho, las mujeres me consideraron un hombre capaz de guardar un secreto de amor
(...)
Mas, si pueden seguir viviendo sin matar o volverse locos, interesados por los partidos políticos y sin perder la esperanza, ¿se puede llamar a esto sufrimiento? Con su egoísmo, convencidos de que así deben ser las cosas, sin haber dudado jamás de sí mismos. Si este es el caso, el sufrimiento es muy llevadero. Quizá así sea el ser humano, y esto es lo máximo que podamos esperar de él. No lo sé…
Después de dormir profundamente, supongo que se levantarán refrescados. ¿Qué sueños tendrán? ¿Qué pensarán cuando caminan por la calle? ¿En dinero? ¡No puede ser sólo esto! Creo recordar haber oído la teoría de que el ser humano vive para comer, pero nunca he escuchado a nadie decir que viviera para ganar dinero. Desde luego que no. Pero en ciertas circunstancias… No, tampoco lo entiendo. Cuanto más pienso, menos entiendo. Me persigue la inquietud y el miedo de sentirme diferente a todos. Casi no puedo conversar con los que me rodean. No sé qué decir, ni cómo decirlo.
(...)
El rostro en la segunda fotografía era tan diferente que causaba sorpresa. Era de la época de estudiante. No se podía apreciar si de secundaria o ya estaba en la universidad, pero era un muchacho extraordinariamente apuesto. Mas, de nuevo, acontecía algo extraño: no daba la impresión de tratarse de un ser vivo. Iba vestido con un uniforme, de cuyo bolsillo delantero asomaba un pañuelo blanco, y estaba sentado en un sillón de mimbre con las piernas cruzadas. También sonreía, pero esta vez no era el rostro arrugado de un mono sino que mostraba una sonrisa inteligente. Sin embargo, era distinta a la sonrisa de un ser humano. ¿Cómo decirlo? Le faltaba el peso de la sangre, la aspereza de la vida. No producía el efecto de tener sustancia; no tenía ni el peso de un pájaro, apenas el de una pluma. Era una simple hoja de papel blanco con una sonrisa por completo artificial. Utilizar los adjetivos pedante, frívolo, falso, sería poco.
Indigno de ser humano - Osamu Dazai
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