Luego sucede tal como había dicho Fiona.
De repente, así por las buenas —¡abracadabra!—, hasta donde mi vista alcanza, toda persona del entero mundo, hasta los polis, se echa a cantar lo que tiene el corazón en su interior, la forma en que yo tengo el corazón en el interior, también, en llamas tal como está la mañana, anhelando cosas que probablemente no van a pasar y tristes porque sabemos que probablemente no pasarán.
Aún así tan ilusos como para desear.
Pero sobre todo claros y suaves y hermosos.
(...)
Las cosas empiezan donde no sabes y terminan donde sabes. Cuando lo sabes es cuando preguntas: ¿Cómo empezó esto?
¿Cómo empezó esto?
Con la Ciénaga de los Lobos, con esta ciudad; así empezó esto. Cuando el encrucijado cruzó a Nueva York, la ciudad del jódete.
Ahora todo es diferente. Ahora se ha contado.
Me tiré a mi hermana. Traicioné a mi hermano. Asesiné a un poli. Maté al monstruo.
Mi cometido no era nada comparado con el de Tiro Acertado, o el de Rose, o el de Fiona.
El cometido de Tiro Acertado era restablecer el orden en el universo.
El cometido de Rose era realizar el sacrificio definitivo.
El cometido de Fiona era encontrar el sentido de la vida.
El cometido de Ruby era darnos a todos un nombre.
Y ahora, al amanecer, montado en un semental blanco, mi cometido es fácil: coger el caballo y salir de la ciudad.
Pero no es verdad.
Fiona diría: salir a caballo de la ciudad es lo típico que haría un tío. Tiro Acertado diría: Mira por dónde, la caballería salió a caballo después de Wounded Knee. Rose diría: los blancos de mierda sois todos iguales, creéis que la película ha terminado cuando el prota blanco se aleja a caballo. Y Harry: ¡Estoy lista para el primer plano, señor DeMille! Ruby estaría descojonándose de risa; como si lo oyera ahora mismo: William del Cielo, ¿qué voy a hacer contigo?
...
Todo lo que tiene que ver con el mundo es más brillante, más claro, como esos cuadros que cuando los miras por primera vez piensas que es una fotografía que tomó el fotógrafo cuando la luz endurecía los contornos de las cosas y las hacía más reales, o a lo mejor el fotógrafo tomó ácido e hizo una fotografía de cómo lo veía todo, pero entonces te acercas y ves las pinceladas, ves cómo el artista ha pintado el cuadro para que parezca una fotografía que es exactamente igual al mundo, pero más brillante.
Soy la Voluntad del Cielo. ¿Para qué vivimos, si no es para amar y recordar a los que amamos?
Se le podría llamar plegaria. Vuelta a Rienda Suelta lo llamábamos Charlie y yo.
Si cabalgas lo bastante rápido, dejando las riendas sueltas, si cierras los ojos y sueñas, puedes apropiarte del semental del guerrero y vivir para siempre así, montando libre.
(...)
Las terribles cosas que el padre ha infligido al mundo.
Di su merecido al diablo.
El auricular del teléfono yacía en el suelo. Lo recogí, me lo coloqué en el hombro, caminé poco a poco hasta el semental. El semental olía a Chub y a ayaHuaska en todo mi cuerpo. Mientras decía cosas cariñosas al precioso semental blanco, lo cogí por las riendas y lo monté.
De nuevo en la silla de montar.
Una silla del Oeste, lisa por el desgaste. Sonidos de cuero al instalarse mi culo.
El semental tenía las orejas erguidas. Mi palma abierta en la crin del caballo.
El gran cuerpo vivo del semental blanco debajo, deseoso de irse.
Até las riendas, las dejé caer.
Me levanté a Charlie 2Lunas del pecho. Besé las horizontales azules de abalorios y las verticales rojas de abalorios. Sostuve a Charlie en la palma abierta.
Charlie 2Lunas y sus historias.
Mis labios al oído del semental: calma, susurré. No te asustes. ¡La doncella se ha transformado en lobo!
La oscuridad está en su sitio, susurré. ¡Se ha restablecido el orden y el universo está a salvo!
(...)
Mi Familia Artística estaba apiñada, un coro griego de llantos y rechinar de dientes. Abracé a uno tras otro, les di a todos un beso de despedida y me metí el revólver plateado de Rose en los pantalones. Me notaba el revólver plateado duro y frío al lado de la polla. Las cenizas de Charlie 2Lunas alrededor del cuello, el pene rosado y erecto en el bolsillo.
Entre chien et loup. Entre perro y lobo. Crepúsculo.
Luz ocre de tormenta de polvo de la lámpara procedente de otra encarnación.
Más abajo del Parque Caca de Perro, debajo de Houston, la cabina telefónica de san Judas con el auricular colgando como mi pito fofo; en el interior de la cabina, pintadas por todas partes.
Cuando todo lo demás fallaba, flor de cacao, todo al carajo, cuando no tenía adónde ir, cuando estaba pringado hasta el cuello, en un mundo de dolor, fui directo a la cabina de san Judas de Ruby Prestigiacomo. La línea directa con Dios.
Cogí el auricular. Silencio al otro lado de la línea. El auricular no estaba unido al resto del teléfono.
(...)
Al sur, justo más allá de la cornisa, debajo de mí, la Guerra del Parque Caca de Perro.
Tropecé con un viejo tronco podrido y debajo, medio sumergido, el suelo era una masa espesa de insectos, babosas, bichos que se arrastraban, un enjambre viviente de putrefacción deshonrosa.
Justo más allá de la cornisa, debajo de mí, en el Parque Caca de Perro, de todos los lugares posibles del mundo, en este distraído globo, los bichos encasquetados vestidos de azul, los brillantes escarabajos acorazados estaban ganando la batalla a las reinas de la indigencia, la humanidad.
(...)
Gente chillando y gritando. Caballos caballos por todas partes. Personas que corrían a diestro y siniestro.
El sargento Supremacía Blanca fijó los ojos en mí. Sonrió.
Hay algunos que saben lo que es una carrera hípica y otros no. Yo lo sabía, siempre lo había sabido. Sólo que nunca pensé que tendría una oportunidad.
Le devolví la sonrisa. Lancé al sargento Supremacía Blanca un gran guiño. Me agarré la entrepierna, fruncí los labios y solté sonidos de besuqueos.
(...)
La gente del Parque Caca de Perro había construido una barricada que rodeaba el parque. Los que vivían en el Parque Caca de Perro estaban dentro; todos los demás, el resto de Nueva York, sobre todo la policía —los Jinetes— estaban fuera.
(...)
Luego no sólo estaba yo más o menos bailando a un lado, junto al altavoz como de costumbre. Así por las buenas, los brazos flacos, el gran trasero, las tetillas demasiado marcadas en la camiseta, las piernas grandes y desnudas de Idaho, blancas como la barriga de un sapo, los nervios de mi madre: estaba paseando solo en medio de una humanidad danzante.
¿A quién le importa lo que piense un puñado de capullos? Me invitaron a esta fiesta.
Bailar. Sin paletos que se desenfrenen cuando llega la hora de cierre. Sin ranchos de hamburguesas considerados como el hogar dulce hogar.
De todos los lugares posibles del mundo. Un sótano oscuro de América. Carbón. La Ciénaga de los Lobos. Aquí abajo en la jungla. Disfrazado de mí mismo. Donde está el corazón. Donde mandas al carajo la esperanza. Donde no me tocas nunca. Donde tienes que ser uno para conseguir uno.
(...)
Pero aquí en Nueva York, hay basura desparramada por las calles… ratas, alimañas. Las personas sin hogar, los mendigos están por todas partes. Podrían tener al menos la cortesía de quedarse en su barrio.
El momento en que después, eres diferente.
Mi puño golpeó la mesa. El agua y el vino se rizaron en las copas.
Un silencio súbito como sólo se logra en Nueva York.
¡Abracadabra! Mi puño fue un puñetazo John Wayne, un gran bombazo, un puto bombazo de padre y muy señor mío, justo en la bocaza del tío americano.
No me acuerdo demasiado de lo siguiente.
Un gran estruendo, griterío. El tío americano —con silla incluida— salió volando y aterrizó en las baldosas negras y blancas del Café Cauchemar. Alguien, varias personas me separaron del americano, me desgarraron la camisa. En menos que canta un gallo, yo cruzaba las puertas rojas de vaivén y me plantaba en la cocina.
Me abrí camino hasta el chef Som Chai. El chef estaba rehogando un lenguado à la meunière. Besé al chef Som Chai en la mejilla, luego la otra mejilla. El chef bajó la vista a la cacerola. No dijo nada. Sencillamente lo supo. El ensaladero kunfú me dio una palmada en la palma abierta. Me cambié de ropa en el vestuario. Me puse la gorra de béisbol y la cazadora Levi’s. Atravesé el comedor, atravesé la puerta, tal como había entrado.
Hacía tanto tiempo.
(...)
En la calle 50, el PASE/NO PASE estaba en PASE. No miré atrás, seguí caminando. En el Saks Quinta Avenida, las dos mujeres flacas de la Familia Artística con vestiditos negros se tapaban los ojos.
De todos los lugares posibles del mundo, en este distraído globo, pendiente de los movimientos del cuerpo, tieso como un zapato nuevo, el corazón, los pedazos rotos de mi corazón arañándome el pecho, los zapatos rojos de tenis paso a paso, por toda la Quinta Avenida, a lo largo de los escaparates de Saks, en cada escaparate, cada miembro de la Familia Artística, (los hombres vestidos de esmoquin, los hombres vestidos de sport, las mujeres con trajes azul marino y sombreros con velo, la mujer del traje largo de noche, rojo y brillante) todos y cada uno de ellos, en llanto.
En llanto.
El rechinar de los dientes.
En llanto.
(...)
Rose puso la mano palma abierta en la mía, alzó mi mano con la suya y las meneó de acá hacia allá, de acá hacia allá, tal como se hace cuando se es campeón.
Sólo en la ciudad de Nueva York, dijo Rose, podía yo conocer a personas de tu índole, querido William del Cielo. ¡Por Manhattan!, dijo Rose.
¡Por la Ciénaga de los Lobos!, dije.
¡Por la ciudad, dijo Rose, que a diario vende el alma por una imagen de sí misma!
¡Por Arlequín, dije, y la ciudad de los tontos!
Rose buscó en la mochila, sacó un frasco de pastillas y vació las pastillas azules en la palma Desierto del Sáhara.
¿Valium?, dije.
Morfina, dijo Rose.
¿De dónde sacaste morfina?, dije.
¡No preguntes!, dijo Rose. Una mujer debe guardar sus secretos.
¿Vas a compartirla conmigo?, dije.
No no Yoko Ono, dijo Rose.
Rose alzó la palma Desierto del Sáhara y se echó todas las pastillas en la boca.
Dios mío, Rose, dije, ¿no es eso demasiado?
Todo es poco, dijo Rose.
¿Por qué tomas morfina?, dije.
Porque soy un gilipollas, gallina y cagado, dijo Rose.
¿Qué?, dije.
Tú calla y sírveme más coñac, dijo Rose.
Vacié el VSOP en la copa de Rose.
¡L’amour de la bouteille!, dijo Rose. La última gota, dijo Rose.
(...)
Hicimos una recolecta, dijo Tiro Acertado, y lo incineramos.
¿Qué hiciste con las cenizas?, pregunté.
El viento se llevó la mayoría, dijo Tiro Acertado. Vino una ventolera diabólica de polvo y se llevó gran parte consigo. Pero me quedan unas pocas, dijo Tiro Acertado.
¿Dónde están?, dije.
Tiro Acertado se tocó la bolsa de gamuza con la horizontal de abalorios azules y la vertical de abalorios rojos. Se puso los pulgares y los dedos en cada lado del cuello, pellizcó la hebra de gamuza, se la pasó por la cabeza.
Agaché la cabeza. Sentí cosquillas en las orejas al pasar la correa de gamuza que se instaló en mi cuello.
La bolsa de gamuza me tocó la garganta: la horizontal de abalorios azules que se cruzaba con la vertical de abalorios rojos. El peso sorprendente de la bolsa.
Con la mano, la derecha, palma arriba, sostuve la bolsa de gamuza, sostuve las cenizas de Charlie 2Lunas.
Ser hermanos. Respetarse y quererse siempre mutuamente y decirse siempre la verdad y guardarse mutuamente los secretos y no olvidar nunca.
(...)
Hace tres o cuatro años, dijo Tiro Acertado, me meé en este cristal y marqué mi territorio en este lugar. Y ahora he venido a coger este fardo de medicina: esta pipa sostenida por la imagen de un hombre indio en el interior de este cristal en este Museo de Historia Antinatural. No he venido para perjudicar o ser irrespetuoso de ninguna manera. He venido para llevar la pipa a su casa, a su pueblo. Siento que es mi cometido. Para eso nací, para devolver esta pipa pródiga a su pueblo.
Entiendo de encrucijadas y entiendo de tontos y fariseos. Sé la historia de la Ciénaga de los Lobos. Sé la historia judía. Y sé lo del caballo de hierro.
De modo que deduzco que esto basta, dijo Tiro Acertado. Esta verdad que expreso. Y que esta senda que ha elegido mi corazón es la senda correcta.
Tiro Acertado se quedó allí, los brazos en cruz. Se oían pasos en otras salas. Los vigilantes seguían sin aparecer. Supuse que Tiro Acertado tendría una llave maestra o una palanca o algo para abrir una de las puertas, pero sencillamente se quedó allí, con los brazos tendidos.
La afroamericana se levantó.
El momento en que, después, eres diferente.
Todo está allí desde el principio, pero no te das cuenta. Así por las buenas, yo era el punto quieto en el mundo que giraba, dentro de mí y fuera de mí estaba el misterio.
(...)
A la mañana siguiente, alguien me estaba dando golpecitos en el hombro. Abrí los ojos y me encontré con una taza de café y un dónut de chocolate en mi bandeja blanca.
Despierta, Bella Durmiente, dijo Tiro Acertado. Son las diez de la mañana.
Cuando los ojos me volvieron a este mundo, no di crédito a lo que vieron.
Tiro Acertado con el pelo cortado al rape.
Parecía un alumno de un colegio de curas o un sargento de instrucción.
Luego estaban sus espejos New Age de pasta ojos de gato. Los pantalones negros de chándal con los calzoncillos rosados debajo, el suéter gris que decía JODE LA FUNDACIÓN NACIONAL PARA LAS ARTES, las botas militares. La bolsa de gamuza con la horizontal de abalorios azules y la vertical de abalorios rojos que le colgaba del cuello. La bandana roja atada en la cabeza.
Jerónimo va de ácido.
(...)
La voz de Ruby era más aguda ahora, o grave, bueno, distinta, como haces cuando llegas al final de algo y pones la voz más aguda o más grave porque es tu última oportunidad de hacer que suene bien.
La esperanza de que el teatro deje al desnudo el corazón humano.
Ruby metió otra moneda. Sirenas. Coches. Camiones.
Tiro Acertado dijo que al final te contó el secreto de la Ciénaga de los Lobos, dijo Ruby. Eso es bueno. Yo mismo creo que las propias palabras, las palabras de la historia de la Ciénaga de los Lobos, tienen un poder, las palabras te transforman, de modo que cuando las oyes nunca vuelves a ser el mismo.
William del Cielo, dijo Ruby. Nunca volverás a ser el mismo.
Cuando cae el velo, dijo Ruby, Manhattan sólo es una ciénaga neblinosa, una manada de lobos, una condenada damisela en peligro y un semental espantado.
Apuesto por Tiro Acertado en lo de enamorarte, dijo Ruby Es un petardo viejo y gordo lleno de cuentos chinos, espíritus y partidos de fútbol (todo ese rollo de machos; la única polla que sostendrá entre las manos en toda la vida será la suya) pero aún así apuesto por Tiro Acertado. Hay muchas maneras de querer. Y cuando se descubra el marrón, Will, cuando salga a relucir la verdad, no seas demasiado duro con él. Es un hombre encantador y se ha portado muy bien conmigo.
Ruby estaba tosiendo muchísimo. La tos de Ruby rascaba y rascaba en la cinta de mi contestador automático, por todo el apartamento; todos nosotros, mi Familia Artística y yo, quietos y completamente presentes, escuchando.
Siento que me viene una canción, dijo Ruby y se puso a cantar:
Fools rush in where wise man never go,
But wise men never fall in love.
So how are they to know.
When we met I felt my life begin.
So open up your heart and let this fool rush in.
Café Life, dijo Ruby, con la voz llena de altibajos, el chip del viaje es la clave.
Luego: William del Cielo. ¿Qué voy a hacer contigo?
Sólo silencio, por un momento, de todos los lugares posibles del mundo, en Nueva York, sólo silencio. Silencio sepulcral.
(...)
Aquella mañana, cuando salí de debajo de las ramas del ciprés, no tenía ni idea de que era la mañana en que después todo sería diferente.
América —la tierra de los libres y el hogar de los valientes, oh, hermosa por sus cielos espaciosos— nunca volvió a ser la misma.
Se instaló la niebla. El exterior era interior.
Estaba yo en el centro de las cosas, cara a cara con el monstruo en el laberinto.
Aquí es donde empecé a darme cuenta.
(...)
Así por las buenas, aplausos y aclamaciones de la multitud que se encontraba bajo los matorrales de enebro.
Harry hizo una gran reverencia.
Margo, Dave, Hunter, Gus, Fiona y yo nos miramos unos a otros a la luz plateada y nos reímos de los aplausos y aclamaciones sorpresa que Harry había arrancado a la multitud reunida bajo los matorrales de enebro.
De todos los lugares posibles del mundo, dos demócratas liberales, dos JAMU, una dominatriz de cuero, Harry y yo en un mundo de personas sin techo, todos aplaudiendo aplaudiendo aplaudiendo.
Ovación general.
(...)
De todos los lugares posibles del mundo, allí estábamos, los MacIlvane, Harry y yo, acurrucados en un claro del Parque Caca de Perro, mirando a través de los árboles, estatuas luminosas en la oscuridad, la luz plateada, mirando la luna.
Bajé la vista y justo a mi lado, justo al lado de mi pierna, bajo la luz plateada, en un banco se veían las caras de dos niños dormidos debajo de una bolsa negra de plástico.
Luego a través de los árboles y salidos de la nada, salidos de la oscuridad, así por las buenas, alrededor, debajo de mantas, abrigos, ropas, lonas, plástico, personas de todos los colores y medidas imaginables, sentados y tumbados en los bancos, mirando la luna.
Una mujer tumbada en el banco al lado de Harry tendió la mano, palma hacia arriba. El claro de luna en la mano.
Harry le dio un dólar.
Ella dijo: Gracias. No tenía dientes.
En el quiosco, se extendía una pancarta de punta a punta del escenario. Había un fuego ardiendo dentro de un bidón justo debajo de la pancarta, las letras rojas, la pintura corrida.
UN TECHO PARA LOS SIN TECHO.
La luna en el cielo azul marino, el viento en los árboles, las palabras rojas corridas UN TECHO PARA LOS SIN TECHO que flotaban de acá hacia allá, de acá hacia allá, encima del bidón de fuego.
Debajo de la pancarta, apiñadas alrededor del fuego, personas, cientos de personas, tumbadas en el suelo.
¡Dios mío!, dijo Dave. ¡No puedo creerlo!
Había perros que corrían en todas las direcciones.
Ni rastro de Charlie 2Lunas.
(...)
En aquel momento, mi cuerpo comprendió lo que era ser valiente. Siempre había pensado que los valientes eran sencillamente valientes. Martin Luther King era valiente. Malcolm X era valiente. Harvey Milk era valiente. Rosa Parks era valiente. Nube Roja era valiente. Llevaban la valentía en los huesos y punto.
Pero al mirar a aquel tío de pantalones caquis y camisa blanca aquel día —esa mirada de perro apaleado que tienen algunos y que él tenía—, lo supe: Ser valiente significaba que estabas asustado, asustado de verdad, pero tirabas millas de todos modos. Invitabas al miedo a un coñac Alexander y seguías adelante con tu vida.
(...)
El sida es la sombra del cristianismo, dijo Rose.
Se sentó. Tenía el ojo derecho casi cerrado, el ojo izquierdo una dura piedra de ébano alisada por la erosión.
Soy el héroe, dijo Rose, y soy una loca, y estoy aquí para restablecer el orden. Y créeme, dijo Rose, se acabó el chollo. Hay un nuevo orden y esos cabrones blancos heterosexuales de mierda lo van a pagar caro.
Antígona se sacrificó, dijo Rose. Tiene que haber un sacrificio, dijo Rose, para restablecer el orden.
De todos los lugares posibles del mundo, en el apartamento de Rose, así por las buenas, como caída del cielo, la enorme pisada del monstruo, rompiendo cristales, aplastando edificios, oscureciendo el cielo.
En todas partes, perros ladrando, lobos.
Justo antes de que nos durmiéramos, mi cuerpo arrimado al de Rose. Puse los labios al oído de Rose. Rose, dije, tienes que deshacerte de ese revólver.
(...)
Antígona es una Cazadora Tímida, dije.
¡Exacto!, dijo Rose. Porque sigue su corazón a pesar de sus miedos.
Yo aún estaba liando cigarrillos. Entregué un cigarrillo a Rose, pero meneó la cabeza no no Yoko Ono y sacó un Gauloise.
Rose, dije, no puedes engañarme.
Rose acercó la llama de la cerilla a su cigarrillo. Se le llenó la boca de humo. Dejó la boca abierta, el humo arremolinándose, luego así por las buenas, el humo le subió a la nariz, aspiración francesa.
¿Engañarte?, dijo, ¿por qué demonios iba a querer engañarte?
Porque, dije, eres un Cazador Tímido, dije, podrás estar hablando de Antígona, dije, pero en realidad estás hablando de ti mismo.
Silencio. En cuanto dije ti mismo, la Sala Pavo Real, el Waldorf Histeria, de todos los lugares posibles del mundo, fue silencio. Silencio y la bocanada de aire y humo exhalado de la nariz de Rose.
Luego: Mi querido William del Cielo, dijo Rose, pulseras, clac, clac.
Diste en el clavo, dijo Rose.
(...)
Cuando nos metemos en complicaciones, dijo Rose, es cuando se nos persuade de que veamos equilibrio donde no lo hay, orden donde no lo hay.
Rose arrojó el cuchillo en el aire y el cuchillo dio una vuelta sobre sí mismo. Rose cogió el cuchillo y luego —¡abracadabra!— el cuchillo de plata desapareció en el aire.
El elemento excesivo domina tanto, dijo Rose, que crea la ilusión del orden, de realidad, y vivimos en esta ilusión como si fuera verdad.
Cuando vivimos en una ilusión como si fuera verdad, dijo Rose, en realidad estamos viviendo en el caos.
Rose apoyó los codos en la mesa, se acercó más y más a mí. Todos estamos viviendo en el caos, susurró Rose.
Me puse a liar cigarrillos.
Rose sostuvo la hoja del cuchillo de plata apuntada directamente a mi corazón.
Toda mi existencia se basa en una falsa suposición de la realidad, dijo Rose. Mi existencia no se funda en mi cuerpo, en mi corazón, o en la madre tierra, en la naturaleza, en la sustancia, en el firmamento, sino más bien en lo que pienso.
Lo real, dijo Rose, es de hecho un concepto de lo real.
La sonrisa de Rose. El cuchillo de plata apuntado a mi corazón se había convertido en una cuchara de plata.
No estamos viendo con el corazón, dijo Rose.
Sólo somos El Pensador, dijo Rose.
La palma Desierto Sáhara de Rose me hizo agarrar la cuchara de plata. Rose puso el pulgar con su uña color violeta en la concavidad de la cuchara.
Lo femenino, dijo Rose, es lo que saca vida de la oscuridad. Trae vida, pero puesto que nos dio vida, ahora tenemos que enfrentarnos a la muerte.
Y ahí está el busilis, dijo Rose. Nuestro miedo a la muerte nos ha vuelto en contra de lo femenino; nuestro miedo a la oscuridad ha inclinado el Justo Medio para permitir que domine el principio masculino.
El exceso del principio masculino, dijo Rose, ha creado una ilusión de la realidad que todos asumimos que es verdadera.
(...)
Rose empezó a alzar la barbilla. Juntó las palmas Desierto Sáhara. Un solo y enorme puño negro. Hizo rodar su mirada del techo abajo. Un músculo debajo del ojo derecho de Rose, palpitando.
Dame una buena razón, dijo Rose, por la que debería contártelo.
Puse la mano rosada flaca sobre el gran puño negro de Rose. Soy tu amigo, dije. Puedes confiar en mí.
Rose me envolvió la mano con las palmas Desierto Sáhara. ¿Confiar?, dijo Rose. En los ojos de Rose, el ciervo golpeado por los faros.
Dulce William, dijo Rose, ¿me atrevo a confiarte la verdad de mi corazón dolido?
¿Para qué vivimos, si no es para ser queridos?
Sí, dije. Soy un Cazador Tímido, dije, también.
Doblé la mano dentro de las de Rose, como cuando rezas pero no extiendes los dedos.
Lo prometo, dije.
La promesse.
Luego: ¡Camarero!, gritó Rose. ¡Camarero!
En la Sala Pavo Real, un silencio súbito como sólo se logra en Nueva York.
¡Dos Dry Martinis de Bombay con aceituna!, gritó Rose. ¡En copas heladas!
(...)
Charlie estaba tumbado en la hierba lodosa. Barro en las rodillas, el trasero, la cara. Los largos y ondulados cabellos despeinados, en el barro. Bobbie estaba tumbada hecha un ovillo, perfectamente en el interior de su rectángulo color lavanda.
Yo estaba de rodillas.
Ante Dios.
La melodía que canturreaba Charlie era America the Beautiful, la parte de above the fruited plain.
Me dejé caer, me solté, desplomado en la hierba lodosa.
Sin Universo Conocido. Sin mapa. En ninguna parte. Sin salida, sólo entrada.
Bobbie, Charlie y yo, descoyuntados en el suelo como después de un tornado, brazos y piernas a diestro y siniestro.
Estamos todos aún allí tumbados, en el prado, sobre la hierba lodosa, después del tornado: Bobbie, Charlie y yo.
Carne de cañón.
(...)
Justo antes de la segunda avalancha, a las nueve y cuarenta y cinco, Daniel, el hermano del jefe, subió por las escaleras y se colocó en la entrada para recibir a los clientes, con los menús en la mano y la cara que siempre pone después de tomar cocaína: Buenas noches, bienvenidos al Café Pesadilla, soy el maître d’hôtel y me ha caído un rayo.
Luego vino el reparto de cocaína para todos los demás. Primero, John el Barman fue abajo, luego Joanie, luego Davey Dearest y Walter, luego Mack Dickson. Al subir las escaleras corriendo, cada uno de ellos ponía cara de haber pillado un extraterrestre en el cuarto de baño y morirse de ganas de contártelo.
(...)
El mono que papá bautizó Ricky y el ganso malo que bautizó Lubina se quedaban en el remolque para caballos y el remolque para caballos estaba aparcado en el patio trasero, sobre el liso hormigón, fuera a pleno sol. El mono estaba atado, pero el ganso andaba suelto por el remolque. Nunca tuve que entrar allí para dar de comer al mono y el ganso, gracias a Dios, porque papá decía que sus animales eran suyos y como tenían que recordar que eran suyos, él era quién se ocupaba de ellos. Aún así, transcurrían días y días sin que papá se acercara al remolque para caballos. El mono empezaba a chillar y el ganso a graznar y papá seguía sin darles de comer. Cuando la cosa se ponía muy mal, yo echaba alfalfa allí dentro y a veces restos de comida y colocaba una lata llena de agua por entre los travesaños azul piscina de la puerta trasera. Una noche se desató el infierno ya que el mono y el ganso empezaron a pelearse por la lata de agua. Me di un susto de muerte al contemplar aquellos animales encerrados —un ganso blanco y un esmirriado mono marrón oscuro— graznando, bufando, chillando y atacándose, plumas y sangre de mono volando. Luego Heap Big Chief se puso a ladrar. Se armó tal jaleo que pensé que despertarían a los muertos. Despertarían a papá. Pero papá no se despertó. Aquel agosto, con sus cubatas de Crown Royal, ni un terremoto ni un incendio de la casa habrían despertado a papá.
(...)
Se trata de una historia judía, dijo Alessandro.
Viv estaba en los fogones removiendo algo en una cacerola. Cuando Alessandro dijo historia judía, Viv se volvió, se limpió la boca con la manga y sonrió con su sonrisa de dientes separados.
En Rusia, dijo Alessandro, había un rabino famoso. Cada vez que veía que el infortunio amenazaba a su gente, este rabino iba a un lugar del bosque a meditar. Luego, encendía un fuego, decía una oración determinada y sucedía el milagro y la gente del rabino se salvaba. Las cosas continuaron y continuaron así hasta que el rabino murió y posteriormente, su discípulo, otro rabino, cada vez que un infortunio amenazaba a su gente, iba al mismo lugar del bosque y decía al Gran Misterio: Lo siento pero no sé cómo se enciende el fuego, pero sigo sabiendo la oración y aquí tienes la oración. Y este rabino decía la oración y sucedía el milagro. Luego aquel rabino murió y su discípulo, otro rabino, cada vez que un infortunio amenazaba a su gente, iba al mismo lugar del bosque y decía: No sé cómo se enciende el fuego y no sé la oración, pero sé el lugar y esto debería de ser suficiente. Y sucedía el milagro. Cuando aquel rabino murió, su discípulo, el cuarto rabino, cada vez que un infortunio amenazaba a su gente, se sentaba en su silla en casa con la cabeza en las manos y decía al Gran Misterio: No sé cómo se enciende el fuego, no sé la oración, no sé el lugar del bosque, ni siquiera qué bosque. Lo único que puedo hacer es contártelo y esto debería de ser suficiente. Y sucedía el milagro.
Dios hizo al hombre porque le encanta escuchar historias, dijo Alessandro. Es una buena historia, ¿eh?
(...)
La luz del sol era un agujero.
El abuelo Alessandro tendió la mano a través de la oscuridad y abrió la portezuela de la cabaña del baño purificatorio.
Los ojos del abuelo Alessandro eran demasiado grandes, demasiado pavorosos para mirar, pero los miré.
Escuchadme, joven Charlie y Jesús, dijo Alessandro. Cuando se rompe una promesa, estamos perdidos. Dejar el camino rojo es perder el alma. ¡Acordaos siempre! La única forma de tomar el camino rojo es regresando al punto de partida. Esto es muy duro porque no puedes ver a través de tu confusión. La única forma de regresar al punto de partida y comenzar es regresando a la cazoleta y al corazón de esta pipa, la pipa que es el centro del universo, que también es tu propio centro, y te expandes y las cuatro direcciones del espacio surgen dentro de ti y la ilusión de estar separado se desintegra.
Sed valientes, Charlie y Jesús, dijo Alessandro. Vuestro amor es grande y bueno. Confiad en él. Nunca lo pongáis en duda.
Recordad bien, dijo abuelo Alessandro, y os lo voy a contar para que lo sepáis. Cuando estéis perdidos en el camino azul, cuando estéis en el oeste y no podáis ver, acordaos de que la luz resplandeciente que viene hacia vosotros al principio aparece como un caballo de hierro que arremete, una locomotora que os atropellará, que os aplastará.
Pero esa luz resplandeciente, dijo Alessandro, sólo es un caballo de hierro en apariencia. En realidad es la luz al final del túnel.
(...)
Al carajo Hope y todos los pueblos enanos, pueblos de mala muerte, pueblos de un solo semáforo, pueblos de tres bares, máquina de discos con música country y parqué mágico, pueblos de olla a presión, guisantes congelados, café infecto y heterosexuales casados, pueblos de niños que berrean dentro de cochazos Oldsmobile y mamás que pegan sopapos a sus hijos en los pasillos del supermercado Thriftway, pueblos de un banco, una gasolinera, una parada de autobús de las líneas Greyhound en el Café Pepsi, pueblos de dos cadenas de televisión, pueblos de una calle comercial, pueblos de salones de belleza caravana doble de Viv, pueblos de madres esquizofrénicas, pueblos de cómprese un revólver, pueblos de hermanas suicidas, pueblos del único indio bueno es el indio muerto, pueblos de cinco iglesias religiosamente correctas católicas, protestantes, mormonas, evangelistas, pueblos de goteo descendente republicano hasta la pobreza, pueblos de valores familiares y abusos sexuales, teorías a favor de la vida y la creación y asociaciones para fomentar el uso de armas, esos poblachos sentimentales y deprimentes de madres nerviosas y padres payasos de rodeo.
(...)
¡Se acabó el muermo, Patata!, pudo decir Daniel al final. Has venido al lugar ideal, dijo Daniel. En Nueva York no hace falta que esperes. No hay nada que esperar. Todo está aquí mismo. Al carajo la esperanza, dijo Daniel. El muermo no existe, no tienes más que alargar la mano y coger lo que quieres.
¡Al carajo la esperanza! dijo John y levantó la copa de Hennessy.
Daniel levantó su copa.
¡Al carajo la esperanza!, dijo Daniel.
Levanté mi copa de Hennessy.
¡Al carajo la esperanza!, brindamos todos.
(...)
Fue cuando, en plena luz del día, Tiro Acertado levantó la mano y se quitó los espejos.
Yo, siempre, cuando Tiro Acertado se quitaba los espejos, lo miraba a los ojos, para ver aquellos ojos, de acá hacia allá, de acá hacia allá, el baile de San Vito en la cabeza, buscando el espacio entremedias.
Tiro Acertado levantó la vista hacia Theodore Roosevelt, pestañeando.
¿Te recuerda a alguien?, dijo Tiro Acertado.
Me protegí los ojos con la mano.
¿No detectas un cierto parecido con la persona que actualmente dirige la nación?, dijo Tiro Acertado.
¿Quién, Reagan?
No, dijo Tiro Acertado. Nancy.
A Tiro Acertado y a mí nos dio entonces un ataque de risa. Tiro Acertado reía tanto que tuvo que ponerse en cuclillas de aquella manera que a mi me resultaba imposible mantener mucho rato. Reía y sacudía el palo zis zas de acá hacia allá, de acá hacia allá.
Se puso otra vez los espejos.
(...)
Esa manera de llorar es como echar la pota. En cuanto uno empieza, no puedes evitar que te contagie. Rodeé los súper encantadores hombros a Tiro Acertado con el brazo y nos echamos los dos a llorar a moco tendido.
Luego Tiro Acertado se sorbió la nariz y se enjugó los ojos con los dedos por debajo de los espejos.
Van a hacer esto al mundo entero antes de que nos queramos dar cuenta, dijo Tiro Acertado. Van a convertirlo todo en cuadro y lo van a enmarcar.
Entonces a Tiro Acertado le dio por llorar otra vez, rebotando toda su súper encantadora barriga y el pecho arriba y abajo, arriba y abajo.
Mira por dónde, dijo Tiro Acertado entre sollozos, en cuanto pudo. Vine, vi, vencí y lo metí en un museo, dijo Tiro Acertado.
Luego, Tiro Acertado cerró sus súper encantadores puños y dijo: Un día voy a entrar aquí y cuando salga, saldré con ese fardo de medicina.
¿Con qué?, dije.
Con la medicina, dijo Tiro Acertado señalando al tío de la Familia Artística Americana Nativa que sostenía la pipa y la piedra de pipa.
Para mi pueblo, dijo Tiro Acertado, esa pipa es su vida, su medicina.
Mira por dónde, dijo Tiro Acertado, alzando los súper encantadores puños al aire. Un día saldré de aquí con esa pipa.
(...)
Soy muy tímido, dijo Rose.
Y también lo es Elizabeth, dijo Rose. De hecho, Elizabeth Taylor es la única persona del mundo más tímida que yo.
La mayoría de las personas lo toman por una actitud distante, dijo Rose. Pero no lo es. Es un verdadero terror social, dijo Rose. Al Cazador Tímido le aterroriza que los demás le destruyan la verdad que lleva en el corazón, dijo Rose, y, por consiguiente, el Cazador Tímido se pone una coraza.
Nadie sorprende a un Cazador Tímido, dijo Rose. Ni siquiera la muerte. Porque el Cazador Tímido se ha cubierto el culo y, acorazado así, observa, espera, estudia meticulosamente, acechando el mundo en busca de una presa.
Luego, de repente, así por las buenas, Rose irguió los hombros y se inclinó hacia mi sobre la mesa de centro de latón. Se llevó la palma abierta al pecho.
Depredadores, no en el sentido de devorar o matar, dijo Rose, sino depredadores en el sentido de cazar las verdades dolorosas en el interior de otro corazón humano. Depredadores en busca de la verdad, dijo Rose.
La serpiente en los ojos de Rose.
La verdad dolorosa que tú tienes en el corazón, dijo Rose. Para que yo pueda destapar el mío.
(...)
Cuando llegué a la entrada, los perros de Rose estaban atados con correa, con correa cada uno por su lado, y de repente se pusieron como locos al oler la pata de pavo que había comprado en Schacht.
No miré a Rose pero aún así le vi el gran pecho, los grandes brazos y piernas, el negro intenso de su pecho, brazos y piernas. No me atreví a mirarle la entrepierna. Para evitarlo, miré a mi izquierda donde estaba el póster del Sagrado Corazón de Jesús y los Seres abandonados en Busca de Dios y las tres Polaroids. Dediqué una pequeña oración al Sagrado Corazón de Jesús cuando empecé a subir, pendiente de los movimientos del cuerpo, tieso como un zapato nuevo, y, ¡acabáramos!, voy y piso a Mary —mi bota corta de abuelo justo sobre su pata de caniche—; Mary gimió, me agaché para consolarla y la muy cerdita me mordió la mano.
Estaba sonriendo cuando miré a Rose y luego dejé de sonreír. Seguí andando. Rose sostenía a Mary en sus grandes manos negras, palmas del Desierto Sáhara, y Mary gemía gemía.
Lo siento, dije.
En la parte trasera de la camiseta de Rose, decía: JODE AL PAPA.
(...)
Mira por dónde, dijo Tiro Acertado. El hombre blanco actúa como si tuviera corazón. Pero no tiene corazón. Tiene un anuncio de paparazzi por corazón. Tal como es por dentro, lo es por fuera, dijo Tiro Acertado. De modo que, tan pronto como el hombre blanco compró la Ciénaga de los Lobos, creó la Ciénaga de los Lobos.
Dios puede haber creado el mundo, dijo Tiro Acertado, pero el hombre blanco hizo Manhattan. Es un arreglo hecho en el infierno.
Quítale la arquitectura, dijo Tiro Acertado, quítale la moda, la fotografía; quítale el cuadriculado, la especulación, la Bolsa, las acciones y los bonos del Estado, el dinero, los tontos, los fariseos y las carreras profesionales, y lo único que queda es una ciénaga neblinosa, una familia de lobos despistados, un semental espantado y un monstruo.
Nueva York es estructura, dijo Tiro Acertado. Averiguarás que no es nada más. Forma, función, sin contenido. Manhattan es el punto cero, el lugar en que nada ocupa espacio ni detenta poder, que se vuelve algo sólo porque tú has entrado en él. Tal que así.
Esta isla existe, dijo Tiro Acertado, sólo porque le damos nombre, la compramos, la vendemos, la canjeamos, la construimos, la derribamos, la vestimos, la desnudamos, la jorobamos, la combatimos, la olvidamos, la elevamos.
Nosotros los residentes de la Ciénaga de los Lobos, dijo Tiro Acertado, existimos sólo porque decimos que existimos, porque podemos demostrar que existimos porque lo memorizamos, podemos repetirlo como un lobo, de dónde vengo, cuánto valgo, cuál es mi propósito, cuánto me necesitas, qué puedo hacer por ti, qué esta de moda, qué no lo está, dónde ir, qué vestir, qué no vestir, qué comprar, dónde comprarlo, qué construir, hasta qué altura, qué derribar. ¡Mírame! ¡Éste soy yo! Esto es lo importante que soy, aquí mismo en Manhattan es dónde estoy, y tú eres quién eres y aquí es dónde estás y si no sabes exactamente quién eres, si no sabes exactamente dónde estás, entonces deberías volver a Idaho o irte a freír espárragos.
(...)
Luego lo oí: el Cumpleaños Feliz. Harry que cantaba el Cumpleaños Feliz.
Herido por un flechazo de amor.
La sensación era un dedo que me dibujaba un círculo alrededor del corazón. Una ternura que no sentía desde Charlie 2Lunas. Estaba seguro de que era Dios, la palabra de Dios, la voz de Dios, el Gran Misterio, el Pez Gordo de la Capilla Sixtina extendiendo la mano.
Pero no es verdad.
Sólo era Harry, el único homosexual irlandés católico de Nueva York que sostenía un pastel de chocolate y cantaba el Cumpleaños Feliz en un bar.
No era Dios.
Sólo era Manhattan.
Y lo supe, allí mismo. De todos los lugares posibles del mundo. Al fin.
(...)
La señora Lupino entreabrió la puerta mientras yo estaba abriendo la mía. Un gato negro de ojos amarillos salió corriendo al vestíbulo.
Mi contestador rojo parpadeaba.
Ruby.
Ruby sonaba como cuando sueñas y necesitas decir algo en el sueño y no puedes decirlo porque las palabras están demasiado lejos de tu boca.
Ruby Prestigiacomo, ¿qué voy a hacer contigo?
Ningún mensaje de Janet de la universidad Columbia.
Al otro lado del patio, con papel de periódico esparcido alrededor, el tío ET Llamando a Casa estaba telefoneando a casa. Otra vez.
Había cinco: maniquíes. De pie en un contenedor verde en la parte este de Cooper Square. Dos mujeres y tres hombres. Todos ellos, brazos y piernas y cabezas intactos. Sin pezones ni tetillas. En los hombres unos bultos hacían las veces de pito y un tío tenía barba, pelo, no, sólo una barba moldeada. Sin pelo en los otros. Me costó un par de viajes, pero me los quedé todos y los cepillé bien.
Al barbudo, lo vestí con mi conjunto Jimmy Stewart, a otro con mi traje gris de zapa y al tercero, mis petos OshKosh. A una mujer, con mi gran camisa blanca y la gorra de béisbol al revés. A la otra con mi kimono japonés y pañuelo rojo con estampado de cachemira.
Los coloqué entre la cama y las ventanas. Parecía que estuvieran en un cóctel.
Cambiaban de nombre tan a menudo como de indumentaria.
Hazlo saber, haz arte de ello, había dicho Fiona.
Mi Familia Artística. Les llamé Mi Familia Artística.
(...)
Lo que dificulta la faena en este local es que está dividido. El dueño lo quiere dividido. Los barmans odian a los camareros, los ayudantes de los camareros odian a los camareros y, por supuesto, la cocina odia a los camareros, los fregaplatos odian a los camareros. Los camareros odian a todo el mundo, incluidos los demás camareros. Es igual con los demás. Los barmans odian a los ayudantes de camareros. La cocina odia a los fregaplatos, etcétera, etcétera. De esta forma, entiendes, dijo Fiona, nadie se fía de nadie y así nadie se hace amigos y tima al jefe. Divididos, dijo Fiona, vencidos.
(...)
fariseos y los tontos, dijo Kuby.
Eh, Ruby, dije, el chip del viaje es la clave, dije, emprendamos un viaje para salir de aquí.
Ruby bajó la mirada hacia mí desde sus majestuosas alturas encima de la silla.
Los fariseos, dijo, se rigen por leyes, ritos y ceremonias, son lógicos y consistentes, se centran en valores y están enamorados del poder de añadir ceros a los valores existentes; son morales, definidos sexualmente, son propensos a sacar pecho, rectos, fomentan el conformismo y el intercambio y, si les preguntas cómo se sienten, te dirán lo que están pensando.
La camarera mantuvo el cuerpo alejado de Ruby cuando trajo el cambio.
El doble de los gastos de servicio, unos dos dólares.
Vamos, Ruby, dije. Venga, vámonos.
Pero a Ruby no le daba la gana moverse.
Los tontos se rigen por el espíritu y los impulsos originales del corazón, dijo Ruby, son ilógicos e inconsistentes, se centran en el cero y están enamorados del poder de no fijar un centro en nada; son inmorales, ambivalentes sexualmente, son propensos a morderse la cola, a correr en círculos, fomentan la transformación y el cambio y, si les preguntas cómo se sienten, están asustados y solos.
(...)
Los dioses saben lo que es importante, lo que falla en ti. Lo saben todo. Si, al salir por ahí, vas en busca del Santo Grial, no te dejan encontrarlo. Por eso cuando salí por Manhattan, no busqué a Charlie. Había cruzado el río de mierda, estaba en un mundo de dolor, estaba en Manhattan, en la Ciénaga de los Lobos y me limité a dejar que la ciudad del jódete me jodiera.
Es como lo que nos contó el abuelo de Charlie, Alessandro, acerca del teruteru. La hembra te hace creer que se le ha roto el ala para que la sigas mientras se aleja del nido. Te lleva lejos de lo que quieres en realidad. Luego, después de haberte traicionado, te deja solo en medio del desierto al atardecer, te abandona con lo que has estado buscando toda la vida: a ti mismo.
(...)
Aquel día, tumbados en el colchón de mamá en la parte trasera de la camioneta, con el viento dándonos en el cuerpo, las orejas, agitándonos el pelo, azotándonos la ropa como sábanas en un tendedero, Bobbie me contó uno de sus secretos.
Nunca hubo una persona con tantos secretos como Bobbie.
Bobbie tenía sus secretos; Charlie sus libros; Charlie y Bobbie eran lo que yo tenía.
Estábamos entre Chubbucky Tyhee. Bobbie volvió la cabeza hacia mí y se me arrimó en el colchón.
Las motas doradas en los ojos de Bobbie, su pelo rojizo cortado a lo chico. Bobbie quería llevar el pelo tan corto que pareciera una cirugía cerebral, pero papá no lo permitía.
Soy la más feliz, dijo Bobbie, con el viento alrededor. El viento refresca y seca las cosas, dijo, y siempre te sientes como si alguien estuviera allí con el viento, tocándote, agitándote el pelo y susurrándote al oído.
(...)
Mis manos, nudillos blancos agarrados a la barandilla de la escalera de incendios. Me apoyé. Debajo de mis pies, una grilla de hierro y debajo de la grilla, el vacío.
Inspiración. Espiración.
A esto se lo podría llamar una plegaria.
Al gran Manhattan oscuro, ruidoso y contaminado, aullé:
¡Charlie! ¡Charlie 2Lunas! ¡Estoy aquí! ¡En Nueva York! ¡Vine a buscarte! ¡Tal como lo prometimos!
Se levantó un ligero viento. Abajo, al final del vacío, por entre mis pies, a través de la grilla de hierro, vi un vaso de papel que rodó por el cemento.
Entonces, surgió una voz de la oscuridad que gritó:
¡Cállate, pelmazo!
Una buena calada al cigarrillo. En la noche, mis shorts y mi camiseta, mi piel rosada, rutilando como estatuas católicas.
Las siguientes palabras, no las aullé. Las pronuncié con claridad, en voz alta pero no tan alta, dirigiéndolas al extremo azul y blanco del Con Ed.
Por favor, Charlie, dije, perdóname. Tienes que perdonarme. No tenía ni zorra idea de qué hacer.
(...)
Mira por dónde, dijo Tiro Acertado. Ruby te robó la cartera porque lo pedías a gritos.
¡Pero si es lo último, dije, que quería!
Los ojos de Ruby me miraban fijo, pero estaban más como mirándome sin verme. Sin sonrisa, el labio torcido hacia arriba y las fosas nasales se le abrían y se le cerraban.
El jódete y cáete muerto neoyorquino.
Ruby me guiñó el ojo.
Cuando no quieres que ocurra algo con tantas ganas como tú no querías que te robaran la cartera sólo significa una cosa, dijo Ruby.
Tus peores miedos, dijo Tiro Acertado.
Eso es lo importante en la Ciénaga de los Lobos y la razón por la que viniste aquí, dijo Ruby. No se puede querer algo o no quererlo con tantas ganas.
Ahora que estás en la Ciénaga de los Lobos, dijo Tiro Acertado, ahora que has venido porque tenías miedo a venir…
Estás en un nuevo rollo, completamente distinto, dijo Ruby. Encrucijado. Tienes que cambiar completamente la forma en que te tomas las cosas que quieres y no quieres, lo que temes.
Antes, tenías miedo de que ocurriera lo que temías y te pasabas todo el rato asegurándote de que no ocurrieran, dijo Tiro Acertado. Ahora que te has vuelto un encrucijado, te pasas todo el rato asegurándote de que ocurran.
(...)
No es mi intención agobiarte, hombre, dijo Ruby, y no soy un irresponsable. Estoy solo, nada más. Y Einstein es el hombre más sexy de todos los tiempos, después de Martin Luther King. Y cuando te vi en el aeropuerto, allí solo en las luces fluorescentes, comprobando que seguías con la cartera, no sé qué leches me pasó.
Se te veía tan humano allí, dijo Ruby. Sonrisa de Ruby.
Herido por un flechazo de amor, dijo Ruby.
El corazón me latía en los oídos cual sirena.
Luego mis labios volaron hacia los de Ruby. Los labios de Ruby eran suaves y el aliento le olía a cigarrillos, cerveza y el dulce aroma de su alma. Nos besamos a lo grande, un beso profundo como en el cine, mientras le recorría el pelo con las manos y las hacía descender por la espalda hasta el culo.
Pero no es verdad.
Gracias, dije, por traerme. Por todo.
(...)
¿Tienes nuestra tarjeta de visita?, dijo Ruby. ¿Seguro?
Claro, dije y me saqué la tarjeta del bolsillo lateral. TRANSPORTISTAS DE ROMEOS. MUDANZAS DE ESPÍRITUS. PARQUE CACA DE PERRO.
¿Dónde están las llaves del apartamento?, dijo Ruby.
Me saqué la cartera del bolsillo interior de la chaqueta y, de un bolsillo lateral, extraje tres llaves grandes y una pequeña.
Una para la puerta exterior, dos para la interior, dijo Ruby. La pequeña es para el buzón. Hazte un duplicado. Da un juego a una persona de confianza. Puedes confiar en mí, dijo Ruby, su sonrisa. Guarda el otro juego. Recuerda siempre esto: los neoyorquinos sólo quieren a los que se quieren a sí mismos. Ponte siempre a ti mismo en primer lugar. Vístete informal cuando cojas el metro. Pilla un contestador automático. Y recuerda, los neoyorquinos se jactan de saber siempre dónde están. Cómprate un mapa. Siempre debes saber dónde estás. Si no, actúa como si lo supieras.
Luego: Los Angeles es la ciudad del yo, dijo Ruby, y Nueva York es la ciudad del tú. En Los Ángeles es ¡Hay que joderse! En Nueva York es Jódete! Adopta esta actitud. Está todo en la cara. Sobre todo en los ojos.
Así, dijo Ruby.
Los ojos de Ruby me miraban fijo, pero estaban más como mirándome sin verme: sin sonrisa, el labio torcido hacia arriba y las fosas nasales se le abrían y se le cerraban.
El jódete y cáete muerto neoyorquino, dijo Ruby. Esa actitud. Ahora pruébalo tú.
Hice como pensé que Ruby quería que yo actuara.
Bájate la gorra, dijo Ruby. Mírame pero como si no estuviera. ¡No, no, no!, dijo Ruby y me dio una palmada a cada hombro. Sin chulería en los hombros; van a tratar de quitártela de un manotazo. Es pasivo, dijo Ruby, es como si ya estuvieras muerto y desearas que todos los demás también lo estuvieran.
El jódete y cáete muerto neoyorquino, dijo Ruby.
Requiere práctica, dijo Ruby.
(...)
De todas las cosas que podría haber dicho allí mismo, cosas practicadas en las que no tartamudeaba, dije la siguiente:
Porque tenía miedo de hacerlo, dije, además, dije, porque estoy buscando a alguien.
Los espejos de Tiro Acertado estaban posados en mí desde la izquierda y desde la derecha el aliento de Ruby estaba demasiado cerca.
A Ruby le bizquearon los ojos color almendra.
En la encrucijada, ¿eh? —dijo Ruby.
¿En la encrucijada?, dije.
Es cuando dejas de ser de una manera y empiezas a ser de otra, dijo Ruby. Algo que no pueden hacer muchos, o no quieren. De hecho, Ruby dijo, los únicos que cruzan, lo hacen porque están en una especie de Misión Imposible.
(...)
Somos una flecha, la flecha de la Puerta de los Muertos, abriéndose camino a bramidos, inclinados, ladeándonos, pasando a toda velocidad por donde no está permitido, las ruedas derechas sobre el bordillo y las izquierdas en el alcantarillado, con un muro de protección sólo a unos pocos centímetros de nosotros a la derecha. A la izquierda, llamativos conos de tráfico y el embotellamiento formado por hileras de coches, camionetas, camiones con remolque y limusinas Volkswagen, Chevrolet, Ford y Toyota. Nosotros nos empeñamos en ir por el medio, haya espacio o no.
A Ruby le brilla la frente al reflejársele las luces en el sudor. Los huesos se le marcan, una gran sonrisa cadavérica. Tiene los ojos clavados al frente, como todos nosotros, mirando el trayecto, nuestra propulsión, pero también está observando a Tiro Acertado. Ruby quiere a Tiro Acertado y está observando a Tiro Acertado, conductor de coches de carreras, ambos, dos tíos bullangueros de rodeo, colegas de marchas nocturnas de los viernes, que avanzan deprisa y sortean por el flanco derecho dos, cuatro, seis kilómetros de atasco y ve sumando.
Los Vogue franceses encendieron cigarrillos franceses. Joder. Merde. Joder. Joder. Joder.
¡El peaje!, bramó Tiro Acertado como si aquello fuera un Nintendo y el peaje un dragón. La rueda derecha frontal bajó del bordillo a la carretera con un zarandeo y luego la rueda derecha trasera. Tiro Acertado metió la segunda.
¡Controla los polis!, bramó.
¡Controlad los polis!, bramó Ruby
(...)
Los hados guían a la que quiere, dijo Fiona, a la que no, la arrastran.
Y así por las buenas, nos echamos a reír. Fiona y Rose y Tiro Acertado y yo nos abrazamos, aferrándonos a la bebida, los cigarrillos, aferrándonos a la vida desesperadamente; nos reímos tanto que enseñábamos las encías, tanto que hombre y mujer, blanco e indio y negro, gay y heterosexual, todo aquello entre nosotros desapareció y nos convertimos sólo en cuatro personas que reían.
El momento en que después, eres diferente.
(...)
Ella y Rose —y ahora que lo pienso, Ruby y Tiro Acertado y yo también— supremos drag queens. Era nuestra manera de ser reales.
La pierna de Fiona, enfundada en unas mallas negras, se enroscaba a las mías y, con el codo, me rozaba la entrepierna.
Guay. Aquí te pillo, aquí te follo.
Provócame y verás.
En nuestra mesa de la esquina junto a la ventana, apiñados alrededor de una llama en un cristal rojo, todos nosotros, cuerpo contra cuerpo contra cuerpo contra cuerpo. El tacto que demuestra que no estás solo, que hay alguien más.
(...)
Cuando todo lo demás falla, dijo Ruby, cuando no tienes adónde ir, cuando estás pringado hasta el cuello. Puedes venir aquí a hablar. Es una cabina singular: la cabina de San Judas. Línea directa con Dios, dijo Ruby. Para casos desesperados.
Ultima llamada.
Aquella cabina telefónica se me quedó grabada en la cabeza. La cabina telefónica era más bien como una estatua católica, una hornacina frente a la cual podías arrodillarte y rezar, una hornacina rota dedicada a todas las cosas rotas, una hornacina en la que podías levantar el auricular, arrimarle la oreja, los labios, hablar en él y así no te sentías solo.
Es como dijo Rose una vez: no nos alimentamos de las cosas sino del significado de las cosas.
Aquella cabina telefónica, la cosa. Su significado.
No estar solo.
La ciudad de los cazadores tímidos - Tom Spanbauer
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