»—Perdóneme. Yo… he llorado tanto tiempo en silencio…, en silencio. ¿Estuvo usted con él… hasta el final? Pienso en su soledad. Sin nadie a su lado que lo comprendiera como yo lo habría comprendido. Quizá nadie que oyera… »—Hasta el último momento —dije tembloroso—. Oí sus últimas palabras… —Me detuve asustado. »—Repítalas —murmuró en tono angustiado—. Quiero algo…, quiero algo, algo con lo que poder vivir. »Yo estuve a punto de gritarle: “¿No las oye?”. El crepúsculo las estaba repitiendo con un persistente susurro en torno a nosotros, un susurro que parecía ir en aumento, amenazador, como el primer rumor de un viento que levanta: “¡El horror! ¡El horror!”. »—Sus últimas palabras…, algo con lo que vivir —insistió ella—. ¿No comprende que yo lo amaba…? Lo amaba. ¡Lo amaba! »Procuré tranquilizarme y le hablé lentamente. »—La última palabra que pronunció fue… su nombre. »Oí un pequeño suspiro y después mi corazón se detuvo, se paró en seco al oír un grito exultante y terrible, un grito de inconcebible triunfo y dolor indecible. »—¡Lo sabía…, estaba segura! »Ella lo sabía, estaba segura. La oí llorar; ocultaba el rostro entre las manos. Me pareció que antes de que pudiera escapar yo de allí la casa se vendría abajo, que el cielo se desplomaría sobre mi cabeza. Pero no ocurrió nada. Los cielos no se hunden por una pequeñez semejante. Quisiera saber si se habrían hundido de haber hecho yo a Kurtz la justicia que merecía. ¿No había dicho que solo quería justicia? Pero no pude. No fui capaz de decírselo. Habría sido todo demasiado triste. Demasiado triste… (...) »Extendió los brazos como tras una sombra furtiva; alargándolos, negros, y con las manos pálidas y crispadas, a través del resplandor estrecho y desvaído de la ventana. ¡No verlo nunca!, en aquel momento yo lo veía claramente. Veré a aquel elocuente fantasma mientras viva, y también la veré a ella: una sombra trágica y familiar, cuyo gesto recordaba a otra, también trágica, adornada con inútiles amuletos, que extendía los brazos desnudos y bronceados por encima del fulgor de la corriente infernal, la corriente de las tinieblas. De pronto dijo en voz muy baja: »—Murió como había vivido. »—Su final —dije con una rabia sorda agitándose en mi interior— fue digno de su vida en todos los aspectos. »—Y yo no estaba a su lado —murmuró. Un infinito sentimiento de lástima hizo que se aplacara mi rabia. »—Todo lo que se podía hacer… —dije entre dientes. »—Ah, pero yo tenía más fe en él que nadie en el mundo…, más que su propia madre, más que… él mismo. ¡Me necesitaba! ¡A mí! Yo habría atesorado cada suspiro, cada palabra, cada señal, cada mirada… »Sentí una fría opresión en el pecho. (...) Sin embargo, mientras estábamos aún dándonos la mano, vino a su rostro una expresión de una desolación tan terrible que comprendí que se trataba de una de esas criaturas que no son juguetes del Tiempo. Para ella era como si hubiera muerto ayer. Y, ¡por Dios!, la impresión que me produjo fue tan poderosa que también a mí me pareció que hubiera muerto solo un día antes, más aún, en aquel mismo minuto. Los vi a los dos en el mismo instante, la muerte de él y la aflicción de ella. Vi su dolor en el preciso momento de la muerte de Kurtz. ¿Comprenden? Los vi juntos. Los oí juntos. Tomando aliento profundamente, ella había dicho: “He sobrevivido”, y mientras tanto mis fatigados oídos parecían oír claramente el recapitulador susurro de la condenación eterna de él mezclado con el tono de desesperada tristeza de ella. Me pregunté qué es lo que estaba haciendo allí, con el corazón embargado por una sensación de pánico, como si me hubiera colado en un lugar lleno de misterios crueles y absurdos, insoportables para el ser humano. (...) »Pensaba que su recuerdo era como los otros recuerdos de los muertos que se van acumulando en la vida de cada hombre: una vaga impresión dejada en el cerebro por sombras que en su paso último y veloz han terminado por quedarse en él; pero delante de aquella puerta grande y pesada, en medio de las altas casas de una calle tan silenciosa y respetable como la alameda bien cuidada de un cementerio, lo vi de pronto sobre la camilla, abriendo vorazmente la boca como si fuera a devorar la tierra entera con toda la humanidad. En ese momento fue como si estuviera vivo delante de mí, más vivo de lo que nunca lo había estado. Una sombra insaciable de honores espléndidos, de realidades pavorosas; una sombra más oscura que las sombras de la noche, noblemente envuelta en los pliegues de una magnífica elocuencia. La visión pareció entrar conmigo en la casa… La camilla, los fantasmales porteadores, la salvaje multitud de obedientes idólatras, la penumbra de la selva, el resplandor del tramo del río entre los tenebrosos recodos, el sonido del tambor apagado y regular como el latido de un corazón, el corazón de las tinieblas victoriosas. Fue un momento de triunfo para la jungla. Una acometida vengativa e invasora que me pareció que debía mantener a raya yo mismo para conseguir la salvación de otra alma. El recuerdo de lo que le oí decir allá lejos, con aquellas siluetas adornadas con cuernos agitándose tras de mí en el resplandor de las hogueras, en el seno de la paciente espesura, sus frases entrecortadas volvieron a mí, volví a oírlas con toda su simplicidad ominosa y aterradora. Recordé sus súplicas abyectas, sus abyectas amenazas, la magnitud colosal de sus viles deseos, la bajeza, el suplicio, la angustia tormentosa de su alma. (...) Decidí que yo mismo iría a devolverle su retrato y las cartas. ¿Curiosidad? Sí y puede que también otro sentimiento. Todo lo que Kurtz había sido se me había escapado de las manos: su alma, su cuerpo, su puesto, sus proyectos, su marfil, su carrera. Solo quedaban su recuerdo y su prometida, y, en cierto modo, yo quería dejar también todo eso en manos del pasado, entregar personalmente todo lo que me quedaba de él al olvido, que es la última palabra de nuestro común destino. (...) Me encontré de vuelta en la ciudad sepulcral, molesto ante la visión de la gente corriendo por las calles para sacarles algo de dinero a los demás, para devorar su infame comida, para tragar su insalubre cerveza, para soñar sus sueños estúpidos e insignificantes. Irrumpían en mis pensamientos. Eran intrusos cuyo conocimiento de la vida me parecía de una pretensión irritante, porque estaba seguro de que era imposible que supieran lo que yo sabía. Su comportamiento, que no era otro que el comportamiento de los individuos normales ocupándose de sus asuntos con la absoluta certeza de que nada puede sucederles, me resultaba ofensivo como los escandalosos pavoneos de la locura frente a un peligro que es incapaz de comprender. No tenía ningún particular interés en explicárselo, pero tuve que hacer esfuerzos para contenerme y no reírme en sus caras, tan llenas de estúpida importancia. Me atrevo a decir que no estaba del todo bien por aquel entonces. Iba dando tumbos por las calles (tenía que arreglar varios asuntos), sonriendo amargamente a personas totalmente respetables. Admito que mi comportamiento no tiene excusa, pero en aquellos días mi temperatura rara vez era normal. (...) Yo he luchado a brazo partido con la muerte. Es la pelea menos emocionante que puedan imaginar. Tiene lugar en una impalpable penumbra, sin nada bajo los pies, sin nada alrededor, sin espectadores, sin voces, sin gloria, sin grandes deseos de conseguir la victoria, sin un gran temor por la derrota, en una atmósfera mórbida en la que reina un tibio escepticismo, sin demasiada fe en tus propios derechos y menos aún en los de tu adversario. Si esa es la forma que al final adopta la sabiduría, la vida es un enigma mayor de lo que muchos piensan. Faltó un pelo para que tuviera mi última oportunidad de pronunciarme y descubrí con humillación que probablemente no habría tenido nada que decir. Por eso afirmo que Kurtz fue un hombre extraordinario. Tenía algo que decir. Lo dijo. Puesto que yo también me había asomado al borde, comprendo mejor el significado de su mirada fija, que no podía ver la llama de la vela pero era lo bastante amplia para abarcar todo el universo, penetrando lo suficiente en él como para introducirse en todos los corazones que laten en las tinieblas. Había recapitulado…, había juzgado. “¡El horror!” (...) Las largas extensiones, que parecían ser siempre la misma, los monótonos recodos, exactamente iguales unos a otros, pasaban deslizándose junto al vapor con su tropel de árboles centenarios que observaban el paso de aquel mugriento pedazo de otro mundo, una avanzada del cambio, del comercio, de masacres, de bendiciones. Yo miraba hacia delante gobernando el timón. »—Cierre la portilla —dijo un día de pronto Kurtz—. No soporto ver todo esto. —Lo hice. Se produjo un silencio—. ¡Oh, algún día te arrancaré el corazón! —gritó a la invisible espesura. (...) La parda corriente fluía rápidamente desde el corazón de las tinieblas, llevándonos río abajo en dirección al mar, al doble de velocidad que cuando la remontamos; la vida de Kurtz también se escapaba con rapidez, fluía y fluía de su corazón hacia el mar del tiempo inexorable. El director estaba muy tranquilo, ya no tenía ninguna inquietud vital y nos toleraba a ambos con mirada comprensiva y satisfecha: el “asunto” había ido tan bien como cabía desear. Yo veía acercarse la hora en la que me convertiría en el único representante del partido del “método equivocado”. Los peregrinos me miraban con desaprobación. Me incluían, por decirlo así, entre los muertos. Resulta extraño cómo acepté aquella imprevista familiaridad, aquella pesadilla, que me había visto obligado a elegir en una tierra tenebrosa invadida por fantasmas mezquinos y codiciosos. (...) »Ya comprenderán que no quería tener que estrangularlo, y además hacerlo habría sido algo carente de toda utilidad práctica. Yo intentaba romper el hechizo, el mudo y poderoso hechizo de la selva, que parecía arrastrarlo hacia su implacable seno, despertando en él instintos brutales y olvidados y el recuerdo de pasiones monstruosas y satisfechas. Estaba convencido de que solo eso lo había hecho dirigirse hacia el lindero, hacia la espesura, hacia el resplandor de las fogatas, el latido de los tambores, el zumbido de los extraños ensalmos; solo eso había llevado su inmoral espíritu más allá de los límites permitidos para cualquier ambición. ¿No se dan cuenta?, lo espantoso de aquella situación no era que pudieran partirme la cabeza, aunque también tenía muy presente ese peligro, sino que me veía obligado a entendérmelas con un ser ante el que no podía apelar en nombre de nada por bajo o elevado que fuese. Como los negros, debía invocarlo a él, a él mismo, a su propia, exaltada e increíble degradación. No existía nada ni por encima ni por debajo de él, y yo lo sabía. Se había desprendido a patadas de la tierra. ¡Maldito sea! Había hecho pedazos la propia tierra a patadas. Estaba solo y, ante él, yo no sabía si pisaba tierra firme o si flotaba en el aire. (...) Yo avanzaba rápidamente dando grandes zancadas con los puños apretados. Creo que tenía la vaga idea de caer sobre él y darle una paliza. No lo sé. Se me pasaron muchas estupideces por la cabeza. La vieja haciendo punto con el gato en el regazo se interponía en mi memoria como la persona menos indicada para estar al otro extremo de un asunto como aquel. Vi una fila de peregrinos llenando el aire de plomo con los Winchesters apoyados en la cadera. Pensé que nunca volvería al vapor y me imaginé a mí mismo viviendo solo y desarmado en la selva hasta una edad avanzada. Esa clase de tonterías, ya saben. Recuerdo que confundía el sonido del tambor con los latidos de mi corazón y que me alegraba notar su calma y su regularidad. (...) Creo que me quedé apoyado en la barandilla medio dormido hasta que me despertó el estallido inesperado de un griterío, la explosión irresistible de un frenesí misterioso y reprimido que me dejó desconcertado y lleno de asombro. Se cortó de pronto y el débil zumbido continuó y produjo un efecto de un silencio sofocado y tranquilizador. Eché por casualidad una mirada al interior de la caseta. Dentro de ella ardía una luz, pero el señor Kurtz no estaba allí. »Si hubiera dado crédito a mis ojos, creo que habría puesto el grito en el cielo. Pero al principio no pude creer lo que veía… Me pareció imposible. Lo cierto es que estaba completamente acobardado, presa de un puro y profundo terror, de un terror puramente abstracto sin conexión alguna con ninguna forma tangible de peligro físico. Lo que convertía aquella emoción en algo tan abrumador era…, ¿cómo explicarlo?…, la conmoción moral que me produjo, como si algo absolutamente monstruoso, insoportable para el pensamiento y odioso para el espíritu se me hubiera venido encima de pronto. Por supuesto, solo duró una ínfima fracción de segundo, después el peligro mortal de todos los días y la habitual sensación que produce, la posibilidad de ser atacados de pronto y de que se produjera una masacre o algo por el estilo, que yo adivinaba inminentes, fueron tranquilizadora y favorablemente recibidos. De hecho, me calmaron hasta tal punto que no di la voz de alarma. »Había un agente embutido en un sobretodo abrochado hasta el último botón que dormía en cubierta en una silla a casi un metro de donde yo estaba. Los gritos no le habían despertado, roncaba ligerísimamente; le dejé que disfrutara de sus sueños y salté a tierra. No traicioné al señor Kurtz, estaba escrito que nunca lo traicionaría, que sería leal a la pesadilla que había elegido. (...) No podía oír ni una palabra, pero a través de los prismáticos vi su brazo delgado extendido imperiosamente, vi cómo se le movía la mandíbula inferior, los ojos de aquel espectro brillaban lúgubres hundidos en la cabeza huesuda, que se movía con grotescas sacudidas. Kurtz…, Kurtz…, eso significa “corto” en alemán, ¿no es así? Pues bien, el nombre era tan cierto como todos los demás hechos de su vida… y de su muerte. Parecía medir más de dos metros, la manta que lo cubría se había caído y su cuerpo emergía de ella, espantoso y lastimero, como de una mortaja. Pude ver cómo se movían todas las costillas de su caja torácica, cómo se balanceaban los huesos de su brazo. Fue como si una imagen animada de la muerte, tallada en marfil antiguo, hubiera estado agitando amenazadoramente los brazos ante una multitud de hombres hechos de bronce oscuro y reluciente. Le vi abrir mucho la boca, lo que le daba un aspecto extrañamente voraz, como si quisiera tragarse todo el aire, toda la tierra, todos los hombres que tenía delante. (...) Es curioso cómo me invadió la sensación de que ese tipo de detalles serían mucho más insoportables que las cabezas secándose en las estacas bajo las ventanas del señor Kurtz. Después de todo, aquella era tan solo una visión salvaje y yo parecía haber sido transportado de golpe a una oscura región de horrores misteriosos en la que el salvajismo en estado puro, sin más complicaciones, constituía un verdadero alivio, ya que era algo con un evidente derecho a existir sobre la faz de la tierra. (...) Tan solo demostraban que el señor Kurtz carecía de freno a la hora de satisfacer sus diversos apetitos, que estaba falto de algo, de algún pequeño detalle, que se echaba de menos cuando aparecían esos impulsos que lo acuciaban. No sé si él era consciente o no de ese defecto. Creo que tan solo llegó a darse cuenta al final, en el último momento. Pero la selva lo comprendió antes y se había cobrado una venganza terrible por tan fantástica invasión. Creo que le susurró cosas sobre sí mismo que desconocía, cosas que no había siquiera imaginado hasta que empezó a atender a los consejos de aquella enorme soledad. El susurro había resultado ser irresistiblemente fascinador. Resonó con fuerza en su interior porque por dentro estaba hueco… (...) Entonces hice un movimiento brusco y uno de los postes que quedaban del desaparecido cercado se metió en el campo de visión de mi catalejo. Recordarán que les dije que, desde lejos, me habían impresionado ciertos intentos de ornamentación bastante notables dado el aspecto ruinoso del lugar. Ahora, de pronto, pude verlo más de cerca y mi primera reacción fue echar la cabeza hacia atrás como si me hubieran golpeado. Después, fui muy despacio de poste a poste con los prismáticos y me di cuenta de mi error. Los pomos redondeados no eran ornamentales sino simbólicos, expresivos y enigmáticos, sorprendentes y perturbadores, alimento para el pensamiento y para los buitres, si hubiera habido alguno mirando desde el cielo. Y desde luego también para cualquier hormiga que fuera lo bastante laboriosa como para trepar por el poste. Las cabezas de las estacas habrían tenido un aspecto aún más impresionante si no hubieran estado con la cara vuelta hacia la casa. Solo una, la primera que acerté a distinguir, miraba hacia donde yo estaba. No me sobresalté tanto como pudieran pensar, el movimiento hacia atrás que hice no fue más que un movimiento de sorpresa, yo esperaba ver un pomo de madera, ya me entienden. Volví deliberadamente a mirar la primera que había visto, ahí estaba, negra, seca, hundida, con los párpados caídos. Una cabeza que parecía dormir en lo alto del poste y además sonreía, con los labios encogidos y secos que dejaban ver una blanca y estrecha fila de dientes, sonreía continuamente en mitad de algún alegre e interminable sueño, en un eterno descanso. (...) —Lo miré sin salir de mi asombro. Ahí estaba, con su traje de colores, como si acabara de fugarse de una compañía de mimos, fabuloso y lleno de entusiasmo. Su mera existencia era inexplicable, poco probable y por completo desconcertante. Un problema sin solución. Era inconcebible que hubiera sobrevivido, que se las hubiera arreglado para llegar tan lejos, que hubiese conseguido seguir allí… Que no desapareciera inmediatamente. »—Fui un poco más lejos —decía—, después un poco más… Hasta que estuve tan lejos que ya no sé si volveré algún día. No importa. Me sobra tiempo. Ya me las arreglaré. Háganme caso y llévense a Kurtz de aquí, deprisa, deprisa. »El hechizo de la juventud envolvía sus harapos multicolores, su indigencia, su soledad, la permanente desolación de sus inútiles vagabundeos. Durante meses, durante años, nadie habría dado un centavo por su pellejo, y ahí estaba, valeroso, inconsciente y con vida. Indestructible, a juzgar por las apariencias, en virtud tan solo de sus pocos años y su audacia irreflexiva. Me produjo una sensación parecida a la admiración, a la envidia. Aquel hechizo era lo que le hacía seguir adelante, lo que lo mantenía ileso. Solo le pedía a la selva espacio para respirar y seguir su camino. Lo único que necesitaba era vivir y seguir hacia delante con el máximo de riesgos y privaciones posible. Si alguna vez hubo un ser humano gobernado por el más desinteresado, puro y despreocupado espíritu de aventura, sin duda fue aquel muchacho cubierto de remiendos.Casi llegué a envidiarle la posesión de esa llama limpia y modesta. Parecía haber consumido en él todo pensamiento egoísta hasta tal punto que, incluso cuando te estaba hablando, olvidabas que era él, el hombre que estaba ante tus ojos, quien había pasado por todo aquello. Sin embargo, no le envidiaba su devoción por Kurtz. No había meditado sobre eso. Se había encontrado con ella y la había aceptado con una especie de fatalismo vehemente. Debo decir que a mí me parecía con mucho lo más peligroso con lo que se había tropezado hasta entonces. (...) »—¿Es usted inglés? —preguntó deshaciéndose en sonrisas. »—¿Lo es usted? —grité desde el timón. »La sonrisa desapareció y movió la cabeza como lamentando mi decepción. Después se animó otra vez. »—¡No se preocupe! —gritó dándome aliento. »—¿Llegamos a tiempo? —pregunté. »—Está ahí arriba —contestó, señalando con un movimiento de cabeza hacia la colina y adoptando de pronto un aspecto sombrío. Su rostro era como el cielo en otoño, encapotado un momento y despejado el siguiente. (...) También es posible que sea uno una criatura tan elevada como para ser ciego y sordo ante todo lo que no sean visiones y sonidos celestiales. En tal caso, la tierra no es más que un lugar de paso, y si con eso se gana o se pierde, no seré yo quien lo diga. Pero la mayoría de nosotros no somos ni una cosa ni la otra. Para nosotros la tierra es un lugar donde vivir, en el que tenemos que acostumbrarnos a soportar sonidos, imágenes y ¡olores por Dios!, respirar hipopótamo muerto, por así decirlo, y no contaminarnos. Es ahí, ¿es que no se dan cuenta?, donde entran en juego tus fuerzas innatas, la fe en tu habilidad para excavar discretos agujeros en los que enterrar todo eso, tu capacidad de dedicarte con tesón, no a ti mismo, sino a una oscura y fatigosa tarea. Solo eso ya es bastante difícil (...) Llenamos el vapor y una gran parte tuvimos que amontonarla en la cubierta. Así pudo verlo y disfrutarlo a placer, ya que el gusto por semejante privilegio le acompañó hasta el final. Tendrían que haberle oído decir: «Mi marfil». Yo le oí: «Mi prometida, mi marfil, mi puesto, mi río, mi…», todo le pertenecía. Aquello me hacía contener la respiración esperando que la selva estallara en una ensordecedora carcajada capaz de mover de su sitio las estrellas fijas. Todo le pertenecía…, pero eso era lo de menos. Lo importante era saber a quién pertenecía él, cuántos poderes de las tinieblas lo reclamaban como suyo. Esa idea era la que te producía escalofríos por todo el cuerpo. (...) El estruendo ocasionado por los airados y belicosos chillidos cesó en el acto. A continuación, surgió de las profundidades de la selva un largo y tembloroso lamento, mezcla de la más absoluta desesperación y de un temor melancólico, semejante al que imaginaría uno oír el día que se desvaneciera la última esperanza de la faz de la tierra. (...) Todavía hoy, cuando pienso en ello, me asombra que, atormentados por los demonios del hambre, no nos atacaran (eran treinta contra cinco) y se dieran, por una vez en la vida, un buen atracón. Eran hombres altos y fornidos, casi sin capacidad de sopesar las consecuencias, valerosos, incluso fuertes aún, a pesar de que su piel había dejado de estar lustrosa y sus músculos ya no eran tan firmes. Me di cuenta de que ahí entraba en juego algo que los frenaba, uno de esos secretos del género humano que desafían las leyes de la probabilidad. Los miré con un repentino aumento de interés, no porque se me ocurriera que antes de que pasara mucho tiempo podía ser devorado por ellos, aunque tengo que reconocer que justo entonces me di cuenta (como si lo viera bajo una nueva luz) del aspecto tan poco saludable que tenían los peregrinos. Y llegué a desear, sí, deseé con toda mi alma que mi aspecto no fuese, ¿cómo decirlo?, tan poco apetitoso, un rasgo de fantástica vanidad que encajaba muy bien con las sensaciones casi oníricas que impregnaban todos mis días en aquella época. (...) Además, cada semana les habían dado tres trozos de alambre de latón de unos veinticinco centímetros de largo, y en teoría ellos debían comprar sus provisiones con aquella moneda en los pueblos de la orilla del río. Ya pueden imaginarse… O no había tales pueblos, o sus habitantes eran hostiles, o bien el director, quien como el resto de nosotros se alimentaba a base de conservas a las que de cuando en cuando añadíamos algún cabrito, no quería detener el vapor por motivos más o menos ocultos. De manera que, a no ser que se comieran el alambre o fabricaran lazos para atrapar peces con él, no consigo comprender qué utilidad podía tener para ellos un salario tan extraño; pero debo admitir que se les pagaba con la regularidad digna de una importante y respetable compañía mercantil. (...) Vagábamos por una tierra prehistórica, una tierra que parecía un planeta desconocido. Podríamos haber imaginado ser los primeros hombres en tomar posesión de una herencia maldita, que solo podría ser dominada al precio de angustias terribles y agotadores trabajos. Sin embargo, de pronto, mientras luchábamos por doblar un recodo, entreveíamos unas paredes de juncos y puntiagudos tejados de hierba: una explosión de alaridos, un remolino de negras extremidades, un amasijo de manos dando palmas, de pies pateando, de cuerpos tambaleándose, de ojos en blanco bajo el follaje que pendía pesado e inmóvil. El vapor pasaba trabajosamente junto al borde de un negro e incomprensible frenesí. El hombre prehistórico nos maldecía, nos suplicaba, nos daba la bienvenida… ¿Quién podría decirlo? Estábamos imposibilitados para entender lo que nos rodeaba; pasábamos deslizándonos como fantasmas, asombrados y horrorizados en el fondo, como cualquier hombre cuerdo lo estaría ante un brote de entusiasmo en un manicomio. No podíamos comprender, porque aquello nos quedaba demasiado lejos y ya no podíamos recordar, ya que viajábamos en la noche de los primeros tiempos, tiempos que se han ido, casi sin dejar huellas… y ningún recuerdo. (...) En más de una ocasión tuvo que vadear un poco, con veinte caníbales empujando y chapoteando a su alrededor. Habíamos enrolado de camino a algunos de esos muchachos como tripulación. En su país, esos caníbales son buenos tipos. Hombres con los que se podía trabajar, y a los que estoy agradecido. Después de todo, no se devoraban unos a otros en mi presencia: habían llevado una provisión de carne de hipopótamo que se pudrió e hizo heder el misterio de la selva en mis mismas narices. ¡Puaf!, todavía puedo olerlo (...) Empecé a trabajar al día siguiente, dando la espalda, por así decirlo, a la estación; solo así me parecía posible seguir en contacto con las cosas que hacen que la vida continúe valiendo la pena. Sin embargo, a veces uno tiene que mirar a su alrededor; y entonces vi la estación, los hombres paseando sin rumbo por el cercado bajo los rayos del sol. En varias ocasiones me pregunté qué significado podría tener todo. Vagaban de aquí para allá con sus absurdos bastones en la mano, como una multitud de peregrinos descreídos que hubieran sido hechizados en el interior de una decrépita cerca. La palabra “marfil” resonaba en el aire, se murmuraba, se suspiraba. Cualquiera habría pensado que lo invocaban continuamente. Un tufo de estúpida rapacidad flotaba por todas partes, como el hedor que se desprende de un cadáver. ¡Por Dios! Nunca en toda mi vida he visto nada tan irreal. Y fuera, la jungla silenciosa que rodeaba el ínfimo claro en la espesura me impresionaba como algo grandioso e invencible, como el mal o la verdad, que estuviera esperando pacientemente a que pasara la fantástica invasión. (...) No era más que un vulgar comerciante, empleado en la región desde su juventud. Se le obedecía a pesar de que no infundía ni afecto ni temor, ni tan siquiera respeto. Infundía inquietud. ¡Eso es! Inquietud. No una abierta desconfianza. Simplemente inquietud. No tienen ni idea de lo eficaz que una… facultad así puede llegar a ser. No tenía ningún talento para la organización o la iniciativa, ni siquiera para el orden, eso se hacía evidente en cosas como el deplorable estado en que se encontraba la estación. No tenía ni estudios ni inteligencia. Su cargo le había llegado… ¿Por qué? Quizá porque nunca había estado enfermo… Había desempeñado allí tres turnos de tres años… Y es que una salud victoriosa, allí donde sucumben los más fuertes, es por sí misma una especie de fuerza. (...) »Negras siluetas yacían, se acurrucaban, se sentaban entre los árboles apoyándose contra los troncos, pegadas al suelo, medio iluminadas, medio difuminadas por la débil luz, en todas las posturas del dolor, el abandono y la desesperación. Otra mina estalló en el acantilado, seguida de un leve estremecimiento del suelo bajo mis pies. El trabajo seguía adelante. ¡El trabajo! Y este era el lugar donde algunos de los ayudantes se habían retirado a morir. »Estaban muriéndose lentamente, eso estaba muy claro. Ya no eran enemigos, ya no eran criminales, habían dejado de ser nada de este mundo, excepto oscuras sombras de hambre y enfermedad que yacían confusamente en la verdosa penumbra. Traídos desde los más recónditos rincones de la costa, con toda la legalidad que proporcionaban los contratos temporales, perdidos en un ambiente hostil y alimentados con una comida a la que no estaban habituados, enfermaban, dejaban de ser eficaces y entonces se les permitía alejarse arrastrándose y descansar. Aquellas sombras moribundas eran tan libres como el aire, y casi tan delgadas como él (...) Nos detuvimos en otros lugares con nombres de opereta, en los que la alegre danza de la muerte y el comercio prosigue en una atmósfera práctica y tranquila como la de una catacumba caldeada. Todos ellos estaban situados a lo largo de aquella costa informe, bordeada por peligrosas rompientes como si la propia naturaleza hubiera intentado alejar de allí a los intrusos. En los recovecos de los ríos, corrientes de muerte en vida cuyas orillas no eran sino lodo corrompido, cuyas aguas, convertidas en espeso cieno, invadían los manglares retorcidos que parecían debatirse ante nosotros en el límite de una impotente desesperación. En ningún sitio nos detuvimos el tiempo suficiente para sacar una impresión determinada, pero la sensación generalizada de espanto vago y opresivo fue creciendo en mi interior. Era como un fatigoso peregrinar entre indicios de sueños angustiosos. (...) En una ocasión, recuerdo que encontramos un buque de guerra fondeado lejos de la costa. No había ni una simple choza y, no obstante, estaban bombardeando la espesura. Por lo visto, los franceses tenían una de sus guerras en marcha por los alrededores. Con su enseña caída lánguidamente como un trapo y la boca de los largos cañones de seis pulgadas asomando por todo el casco del barco, el suave oleaje lo mecía arriba y abajo y hacía cimbrear sus finos mástiles. Ahí estaba, en la vacía inmensidad de agua, cielo y tierra, incomprensible, disparando sobre un continente. ¡Bum!, disparaba uno de los cañones de seis pulgadas, surgía una pequeña llamarada y se desvanecía junto a un poco de humo blanco. Un minúsculo proyectil emitía un débil chirrido y nada ocurría. No podía ocurrir nada. Había algo de locura en aquello, el espectáculo producía una lúgubre sensación de absurdo que no se disipaba a pesar de que alguien a bordo asegurara con la mayor seriedad que había un campamento de nativos (¡enemigos, los llamaba!) oculto por allí. (...) En el curso de esas confidencias se me hizo evidente que había sido recomendado a la mujer de un alto dignatario y Dios sabe a cuánta gente más, como una criatura inteligente y excepcional (un verdadero hallazgo para la compañía), un hombre de los que no se encuentran todos los días. ¡Dios mío! ¡Y yo que iba a ponerme al mando de un vapor de río de poca monta, con silbato incluido! Y además resulta que iba a ser un Obrero, con mayúscula, ya saben. Algo así como un mensajero de la luz, una especie de apóstol de segunda clase. Habían circulado un montón de tonterías sobre eso en la prensa y en la calle, y la pobre mujer, que vivía inmersa en el bullicio de tantos disparates, había dado crédito a toda su palabrería. Me habló de “lograr que aquellos millones de ignorantes abandonaran sus horribles costumbres” hasta que, les doy mi palabra, me hizo sentir bastante incómodo. Me atreví a sugerir que lo que movía a la compañía era conseguir beneficios. »—Olvidas, querido Charlie, que el obrero tiene derecho a su sustento —contestó con rapidez. (...) Se trataba de conquistadores, y para eso no hace falta más que fuerza bruta, nada de lo que uno pueda enorgullecerse, pues esa fuerza no es más que un accidente, resultado tan solo de la debilidad de los otros. Cogieron lo que pudieron coger, únicamente por el valor que pudiera tener. Fue solo robo con violencia, asesinatos a gran escala con agravantes. Y unos hombres que se aplicaron a ello ciegamente, un modo muy adecuado para aquellos que deben hacer frente a las tinieblas. La conquista de la tierra, en la práctica, significa arrebatársela a aquellos que tienen otro color de piel o narices un poco más aplastadas que las nuestras, y eso no resulta nada agradable cuando uno se para a pensarlo detenidamente. Tan solo la idea lo redime. Tener detrás una idea, no una pretensión sentimental, sino una idea. Y una creencia desinteresada en la idea, algo a lo que poder adorar, ante lo que inclinarse y a lo que ofrecer sacrificios… (...) Entre nosotros existía, como ya he dicho en alguna parte, el vínculo del mar, lo que, además de mantener nuestros corazones unidos durante largos periodos de separación, tenía la virtud de volvernos tolerantes con los relatos de los demás e incluso con sus convicciones. El corazón de las tinieblas - Joseph Conrad
miércoles, 7 de diciembre de 2016
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