Se levantó de un salto y se puso a caminar arriba y abajo por el salón de fumadores, primero despacio, y luego cada vez más deprisa. Todos lo miramos con cierta extrañeza, pero yo advertí alarmado que sus pasos, a pesar de la vehemencia con que se movía, medían siempre el mismo espacio sobre el suelo; era como si tropezara cada vez con una barrera invisible en medio del salón vacío que le obligase a girar en redondo. Reconocí estremecido en aquel ir y venir los límites de su celda de antaño: sí, era exactamente así como durante los meses de su cautiverio debía de haberla recorrido, de acá para allá como una fiera enjaulada ante los barrotes, con las manos igualmente crispadas y los hombros encogidos;así y no de otro modo debía de haber ido y venido mil veces, con la mirada fija y febril, encendida por el relampagueo purpúreo de la locura. (...) Vivía como un buzo bajo la campana de cristal en el negro océano de aquel silencio; un buzo que presiente que se ha roto ya la cuerda que le unía al mundo exterior y que nunca más será rescatado de aquellas calladas profundidades. Nada que hacer, nada que oír, nada que observar; el entorno de la nada, el vacío total, sin espacio y sin tiempo. Me paseaba arriba y abajo y conmigo iban los pensamientos, arriba y abajo. Una y otra vez, arriba y abajo (...) No nos hacían nada, se limitaban a situarnos en el vacío más absoluto, y es bien sabido que nada en el mundo puede oprimir tanto el corazón del hombre como la nada. Recluyéndonos a cada uno de nosotros en una vacuidad total, en una habitación herméticamente aislada del mundo exterior, sustituían la presión externa de las palizas y del frío por una presión interior que finalmente habría de conseguir que despegáramos nuestros labios. (...) Toda mi vida me han intrigado los monomaniacos, las personas obsesionadas por una sola idea, pues cuanto más se limita uno, más se acerca por otro lado al infinito; son precisamente estos seres en apariencia fuera del mundo los que, como termitas, saben construir en su ámbito una imagen reducida del mundo, única y extravagante. No disimulé, por tanto, mi intención de examinar con lupa aquel singular espécimen de monocordia intelectual durante los doce días del viaje a Río. Novela de ajedrez - Stefan Zweig
viernes, 4 de diciembre de 2015
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