jueves, 24 de diciembre de 2015

—He tratado de comprender ciertas observaciones que me hizo Elijah: que la destrucción de lo que ustedes llaman el mal resulta menos justa y deseable que la conversión de este mal en lo que designan con el nombre de bien.
Hizo una pequeña pausa, como titubeando, y luego, casi sorprendido de sus propias palabras, aconsejó bíblicamente.
—Vete y no peques más.
Baley, sonriendo de repente, tomó a R. Daneel del brazo, y salieron por la puerta apoyados uno en el otro.

(...)

Baley contempló el semblante cincelado de R. Daneel con una fulgurante y repentina esperanza. Fuera lo que fuese esta criatura, por lo menos era fuerte y fiel, impulsada por un instinto que nada tenía de egoísta. ¿Qué más podía pedírsele a un amigo? Baley necesitaba un amigo, y no estaba para ponerse a cavilar sobre el hecho de que una palanca reemplazara a un vaso sanguíneo en éste que se le ofrecía.

(...)

Muchos de estos medievalistas no se acomodan. Recuerdo que una vez me indicaste, Lije, que las gentes a menudo confunden sus propias incapacidades con las de la sociedad, y buscan remedios para mejorar las ciudades porque no saben cómo beneficiarse ellas mismas.
Baley recordó, y ahora sus palabras le sonaban huecas y superficiales al oído.

(...)

Pero Jessie no parecía preocuparse por su rostro serio.
—No importa que te me presentes con aspecto de limón agrio —le confiaba—. En realidad sé que no eres así, y me imagino que si estuvieras sonriendo siempre, como yo lo hago, haríamos explosión al juntarnos. Tú sigue así, Lije, e impídeme que me vaya volando.
Y fue ella quien impidió que Lije Baley se hundiera.

(...)

Tomó su copa de ponche y le sonrió mecánicamente. Le produjo la impresión de ser una persona alegre y amigable, por lo que se quedó junto a ella. Era nuevo allí, y se sentía solitario al estar en una fiesta donde lo único que haría era observar a los grupos sin formar parte de ellos. Más tarde, cuando hubiesen ingurgitado suficiente alcohol, quizá todo iría mejor.
Mientras tanto permaneció junto a la ponchera, bebiendo a pequeños sorbos y contemplando el ir y venir de la gente.

(...)

El semblante alargado de Baley estaba encendido de rabia.
—Si te hubiesen reconocido como a un robot…
—Yo tenía la seguridad de que no.
—En todo caso, recuerda que sólo eres un simple robot, como esos dependientes en la zapatería.
—Eso es obvio.
—Y no eres un ser humano.
Baley se sentía impelido hasta la crueldad, muy en contra de su voluntad.
Al parecer, R. Daneel reflexionaba en esas palabras.
—Quizá la división entre los seres humanos y los robots —explicó— no sea tan significativa como la que existe entre la inteligencia y la no inteligencia.

(...)

A Baley le entró un escalofrío. La ciudad era la máxima perfección; pero exigía demasiado de sus habitantes. Los obligaba a vivir dentro de una rutina estricta, y ordenaba sus existencias de acuerdo con un método científico y restringido. En ciertas ocasiones, en determinadas circunstancias, estallaban las inhibiciones constreñidas.

Bóvedas de acero - Isaac Asimov

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