viernes, 11 de diciembre de 2015

—¡Al Señor no le interesa ni lo uno ni lo otro, hombre! ¿Cómo le iban a interesar, eh, si resulta que ya es dueño de las dos cosas? ¿Y por qué tendrá que andar de acá para allá tras las almas de los pobres hombres, de los miserables, de los que ni siquiera saben pedir a tiempo una herramienta para cambiar las tejas de Su iglesia? Eso a mí no me lo preguntes. A lo mejor es porque Él los ha creado. A lo mejor se dijo: «Yo los he creado, y no sé por qué. Pero como Yo los he creado, ¡por Dios bendito que me voy a remangar con tal de llevarlos a la gloria eterna, tanto si quieren como si no!».
Pero esto no vino al caso en ese momento, y a mí me parece que él se dio cuenta, tal como se daba cuenta de que no pasaría nada en absoluto mientras siguiera allí plantado. Así que se guardó el reloj en el chaleco e indicó a Solon y a Homer que se acercasen, y todos nos quitamos el sombrero, menos él, allí plantado de cara al sol, con los ojos cerrados, y las cejas como si fuesen una enorme oruga gris al borde de un precipicio.

Un tejado para la casa del Señor - William Faulkner

«A lo mejor ni siquiera recoge esas veinte fanegas. A lo mejor todo se suma y todo cuadra y termina por no contar: el maíz, la alfombra, el fuego; el terror y el pesar, el andar desgarrado por un lado y por otro, como si tirasen por su cuenta dos yuntas… a lo mejor desaparece todo y todo acaba de una vez por todas».

(...)

En cambio, sí acertó a oír, y oyó, durante los largos segundos que siguieron, mientras no se oyó absolutamente nada más en el reducido espacio del almacén, atestado como estaba de gente, el sonido de un respirar reposado y atento, tan quedo que fue como si se hubiera columpiado al extremo de la cuerda, en lo más alto de un barranco, sujeto a los zarcillos de una parra, y como si en el punto más elevado del arco que trazaba el columpio quedase atrapado en un detenido instante de hipnótica gravitación, ingrávido en el tiempo.

Incendiar establos - William Faulkner

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