viernes, 20 de noviembre de 2015

La administración pagaba mucho dinero a Colin, pero era demasiado tarde. Ahora, su deber era subir a casa de la gente todos los días. Le enviaban una lista y él anunciaba las desgracias un día antes de que sucedieran.
Subió los dos escalones, continuó por el pasillo y llamó, retrocediendo inmediatamente un paso. En cuanto la gente veía su gorra negra, sabían de qué se trataba y le maltrataban, pero Colin no tenía por qué decir nada; le pagaban por ese trabajo. La puerta se abrió. Él dio la noticia y se marchó.
Un pesado taco de madera le alcanzó en la espalda.
Buscó en la lista el nombre siguiente y vio que era el suyo.
Arrojó entonces la gorra y marchó por la calle y su corazón era de plomo, porque sabía que, al día siguiente, Chloé moriría

(...)

—A él le gusta mucho lo que usted escribe.
—Está en su derecho —dijo Jean-Sol—. La decisión es suya.
—Está demasiado enredado en este asunto, creo yo —dijo Alise—. Yo también he tomado mi propia decisión, pero yo soy libre porque él ya no quiere que viva con él, así que, ya que usted no quiere retrasar la publicación, voy a matarle.
—Va a hacerme perder mis medios de subsistencia —dijo Jean-Sol—. ¿Cómo quiere que cobre mis derechos de autor estando muerto?
—Eso es asunto suyo —dijo Alise—; yo no puedo tenerlo todo en consideración, ya que lo que quiero ante todo es matarle a usted.
—Pero usted tiene que admitir que yo no puedo ceder a una razón como ésa —dijo Jean-Sol Partre.
—Lo admito —dijo Alise. Abrió su bolso y sacó de él el arrancacorazones de Chick que había cogido unos días antes del cajón de su escritorio.
—¿Quiere abrirse el cuello de la camisa, por favor? —preguntó.
—Escuche —dijo Jean-Sol quitándose las gafas—, toda esta historia me parece una perfecta idiotez.
Él se desabotonó el cuello. Alise reunió todas sus fuerzas y, con gesto resuelto, hincó el arrancacorazones en el pecho de Partre. Él la miró, moría muy deprisa y lanzó una última mirada de asombro al comprobar que tenía el corazón en forma de tetraedro. Alise se puso muy pálida, ahora Jean-Sol Partre estaba muerto y el té se estaba enfriando. Cogió el manuscrito de la Enciclopedia y lo hizo pedazos, un camarero vino a limpiar la sangre y toda la porquería que se había formado con la sangre y la tinta de la estilográfica en la mesita rectangular. Pagó al camarero, abrió los dos brazos del arrancacorazones, y el corazón de Partre quedó sobre la mesa; plegó el brillante instrumento y lo volvió a meter en el bolso; después salió a la calle, llevando la cajita de cerillas que Partre guardaba en su bolsillo

(...)

—¡Douglas! —llamó el senescal.
—¡Presente! —respondió el primer agente.
—¡Douglas! —repitió el senescal.
—¡Presente! —dijo el segundo.
Siguió pasando lista. El senescal de la policía no era capaz de retener el nombre de todos sus hombres y Douglas se había convertido en su nombre genérico tradicional.

(...)

Eso no sucede. Se puede hacer un pago a cuenta, un doblezón, por ejemplo, y luego le dejan a uno tranquilo y no se habla más de ello durante algún tiempo. ¿Acaso un señor como Partre pagaba impuestos? Probablemente, pero, después de todo, desde el punto de vista moral, ¿es recomendable pagar los impuestos para tener, como contrapartida, el derecho de que le detengan a uno porque otros pagan los impuestos que sirven para mantener a la policía y a los altos funcionarios? Es un círculo vicioso que hay que romper; que no pague nadie durante un tiempo suficientemente largo y los funcionarios morirán de consunción y ya no habrá más guerras.

(...)

—Cálmate, Chloé, cariño —dijo Nicolás.
—Ese nenúfar —dijo Colin—. ¿Dónde habrá podido cogerlo?
—¿Tiene un nenúfar? —preguntó Nicolás, incrédulo.
—En el pulmón derecho —dijo Colin—. Al principio, el profesor creía que se trataba solamente de un ser animal. Pero es eso. Se ha visto en la pantalla. Es ya bastante grande, pero, vamos, debe ser posible acabar con él.
—Claro que sí —dijo Nicolás.
—¡Pero vosotros no podéis saber lo que es eso! —sollozó Chloé—. ¡Duele tanto cuando se mueve!
—No llore —dijo Nicolás—. No sirve para nada y se va a fatigar.
El coche echó a andar. Nicolás lo conducía lentamente a través de los complicados edificios. El sol desaparecía poco a poco por detrás de los árboles y el viento iba refrescando.
—El doctor quiere que vaya a la montaña —dijo Colin—. Afirma que el frío matará esa porquería…
—Fue en la carretera donde cogió eso —dijo Nicolás—. Había montones de inmundicias de ésas.
—Dice también que hace falta poner flores constantemente alrededor de ella, para que el nenúfar tenga miedo —añadió Colin.
—¿Por qué? —preguntó Nicolás.
—Porque si florece, se formarán otros —dijo Colin—. Pero no le dejaremos florecer…
—¿Y eso es todo el tratamiento? —preguntó Nicolás.
—No —dijo Colin.
—¿Qué más hay?
Colin vacilaba en decirlo. Sentía llorar a Chloé contra él y odiaba el tormento que iba a tener que infligirle.
—Es menester que no beba…—dijo.
—¿Qué?… —preguntó Nicolás—. Pero ¿nada?
—No —dijo Colin.
—¡Pero de todas formas, no será nada en absoluto!
—Dos cucharadas al día… —murmuró Colin.

(...)

Había algo de etéreo en la manera de tocar de Johnny Hodges, algo inexplicable y perfectamente sensual. La sensualidad en estado puro, desprendida del cuerpo.
Las esquinas de la habitación se modificaban, redondeándose, como efecto de la música. Ahora, Colin y Chloé reposaban en el centro de una esfera.
—¿Qué era? —preguntó Chloé.
—Era The Mood fo be Wooed —dijo Colin.
—Es exactamente lo que sentía —dijo Chloé—.¿Cómo podrá entrar el médico en nuestra alcoba, con la forma que tiene?

(...)

Allí donde los ríos se arrojan al mar se forma una barra difícil de franquear y grandes remolinos coronados de espuma donde bailan los restos de los náufragos. Entre la noche que reinaba fuera y la lucecita de la lámpara los recuerdos fluían de la oscuridad, chocaban con la claridad y, ya sumergidos, ya a flote, mostraban sus vientres blancos y sus espaldas plateadas.

(...)

Jean-Sol acababa de comenzar. Al principio, no se oyó más que los clicks de los obturadores. Los fotógrafos y los reporteros de la prensa y del cine se entregaban a su tarea con toda el alma. Pero uno de ellos fue derribado por el retroceso de su aparato y se produjo una horrible confusión. Sus colegas, furiosos, se arrojaron sobre él y lo rociaron de polvo de magnesio. Ante la general satisfacción, desapareció dentro de un relámpago deslumbrador, y los policías se llevaron a todos los demás.

(...)

Era ya la carretera buena, plana, tornasolada por reflejos fotogénicos, con árboles perfectamente cilíndricos a ambos lados, hierba verde, sol, vacas en los prados, vallas carcomidas, setas en flor, manzanas en los manzanos y hojas secas en montoncitos con un poco de nieve de vez en cuando para hacer más ameno el paisaje, con palmeras, mimasas y pinos del norte en el jardín del hotel, y un muchacho pelirrojo y desgreñado que conducía dos borregos y un perro borracho. A un lado de la carretera soplaba viento y al otro no. Podía escogerse el que más gustase. Sólo un árbol de cada dos daba sombra y sólo en una de las cunetas había ranas.

(...)

El Religioso se había vuelto a poner la ropa de todos los días, con un gran agujero en la nalga, pero contaba con comprarse un sobretodo nuevo con su parte de los cinco mil doblezones. Además, acababa de estafar a la orquesta, como siempre se hace, y de negarse a pagar la retribución del director de la misma, ya que había muerto antes de haber comenzado.
Los demás, de pie en la escalinata, miraban cómo se llevaban a los músicos en un coche celular, porque todos tenían deudas. Iban como sardinas en lata y, para vengarse, soplaban en sus instrumentos, lo cual, en el caso de los violinistas, producía un ruido abominable

(...)

—Sí, está bien —dijo Pegaso, con deseo—. Pero ella, ella tiene un pecho tan redondo que no hay manera de imaginarse que es un hombre…
Coriolano se ruborizó.
—A mí me parece bonita —murmuró—… Dan ganas de tocarle el pecho. ¿No te da esa impresión?…
Su hermano lo miró con estupor.
—¡Qué guarro eres! —remachó con energía—. Eres lo más vicioso que existe… ¡Un día de éstos vas a acabar casándote con una mujer!

(...)

En otro escaparate, un hombre gordo con delantal de carnicero degollaba niños pequeños. Se trataba de un escaparate de propaganda de la Beneficencia.
—Mira a dónde va a parar el dinero —dijo Colin—. Les debe costar un riñón limpiar eso todas las noches.
—¡Pero no serán de verdad!… —dijo Chloé asustada.
—¿Cómo saberlo? —dijo Colin—. Además, a la Beneficencia le sale gratis.

(...)

—Tiene razón, Nicolás. ¿Qué cree usted? ¿Encontraré hoy mi alma gemela?… Me gustaría un alma gemela del tipo de su sobrina…
—El señor hace mal en pensar en mi sobrina —dijo Nicolás—, puesto que se desprende de acontecimientos recientes que el señor Chick ha llegado primero.
—Pero, Nicolás —dijo Colin—, tengo tantas ganas de estar enamorado…

(...)

A continuación se persignó porque el patinador acababa de estrellarse contra la pared del restaurante, en el extremo opuesto de la pista, y se había quedado pegado allí como una medusa de papel maché descuartizada por un crío cruel.
Una vez más, los pajes-limpiadores cumplieron su cometido, y uno de ellos colocó una cruz de hielo en el lugar del accidente. Mientras la cruz se derretía, el encargado puso discos de música religiosa.
Después, todo volvió a su orden. Chick, Alise y Colin siguieron dando vueltas

La espuma de los días - Boris Vian

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